BETO
GALÁN: EL SONERO COMO ARTISTA
Nelson Osorio
"El
primer vómito se le presentó por la tarde. Tuvo
como un hipo, dijo que tenía revoltura y se fue al baño
[...]. No quiero suspender el baile: ese fue uno de sus mejores
días; después he hablado con quienes lo oyeron esa
noche, y lo habían escuchado antes: dijeron que fue una
interpretación dirigida al cielo, que trabajó para
los ángeles, que preparó el camino para que lo recibieran
bien, si es que iba a tal lugar [...]. Cuando llegó a La
Habana apenas podía caminar. Tres días después,
murió" (pp. 9). Así comienza Bolero,
novela del cubano Lisandro Otero.
En este párrafo inicial, como en toda tradición
que se respete, la muerte del héroe y el comienzo del mito
se enlazan. La muerte de Esteban María Galán, conocido
como Beto Galán, compositor, cantante y director de orquesta,
abre las puertas de su incorporación a la mitología
popular. Sus amigos, los que le conocieron, los que participaron
de algún momento de su vida serán ahora sus evangelistas
orales, los que irán redondeando los detalles con que se
inscribirá su vida en la memoria popular. Gracias a esta
forma de canonización sin ritos ni burocracias, están
vivos en la cultura periférica urbana de América
Latina, los nombres de Carlos Gardel, Jorge Negrete, Pedro Infante,
Violeta Parra, Benny Moré... Y este último, precisamente,
es para muchos el sustrato referencial que anima la figura del
Beto Galán que nos entrega Bolero.
Bolero es una novela que puede desconcertar a más
de alguno. A partir de la muerte de Beto Galán, un periodista
(Agustín Esquivel), que no lo conoció personalmente,
comienza a indagar en los testimonios de su vida:
"...le expliqué (al Profesor) que mi periódico
me había encomendando redactar una nota sobre los funerales
de Esteban María Galán, pero me interesé
por su vida y entrevisté a varios músicos que le
conocieron y decidí escribir una serie de reportajes, quizás
hasta un libro, sobre quien había sido el más importante
compositor, cantante y director de orquesta en el universo de
la música popular cubana" (pp. 10).
Así, a partir de las confidencias y opiniones de quienes
fueron sus amigos, compañeros del medio, admiradores, se
va organizando un mundo y una figura que paso a paso va desplegando
su dimensión confusa y conflictiva.
En apariencia -y para muchos esta apariencia será su sola
experiencia de lectura- la novela es la reconstrucción
de una vida y un medio lleno de anécdotas y ocurrencias
curiosas. La glosa de algunas situaciones de la vida de Benny
Moré refuerzan la idea de una biografía ficcionada,
una vida novelada del sonero mayor de Cuba, homenaje a su condición
de mito popular. Pero una lectura menos anecdótica y referencial
es sólo uno de los niveles del mundo creado en la novela,
y que, por debajo de la capa anecdótica palpita la metáfora
de la creación artística vista como angustiosa búsqueda
de expresar lo absoluto.
Beto Galán, el bolerista, el sonero, el personaje de la
bohemia nocturna y cabaretera, es esencialmente un artista, un
buscador de valores, un personaje estremecido por el impulso de
crear una música nueva, total, plena. La novela nos va
revelando en el personaje de farándula a un artista preñado
de inseguridades y buceando desesperadamente en la vida, en el
amor, el arte, el alcohol, para tratar de alcanzar una expresión
nueva, plena, absoluta.
Desde esta perspectiva, las anécdotas pintorescas, los
actos arbitrarios, las manifestaciones desconcertantes adquieren
una nueva dimensión, una coherencia reveladora. Y el lector
va presintiendo, descubriendo que detrás, debajo, imbricado
en el mundo pintoresco y bohemio, palpita el escalofrío
de la búsqueda artística angustiada y confusa.
El motivo del artista enfrentado con angustia a la responsabilidad
de la creación no es nuevo en la literatura; lo nuevo es
que este motivo esté simbolizado aquí en un cantante
y compositor de música de baile. Y esto es lo que puede
ser desconcertante para cierto tipo de lectores.
Acostumbrados como estamos a que la «novela de artistas»
(el «Künstieroman» de que escribió alguna
vez Marcuse) nos presente siempre figuras vinculadas al gran arte
institucionalizado, puede chocar a muchos el que un «compositor,
cantante y director de orquesta en el universo de la música
popular cubana» no sólo sea presentado como un artista,
sino que se simbolice en él la agónica búsqueda
de la creación artística.
En otras palabras, lo que puede desconcertar es que el conflicto
espiritual de un «creador» sea encarnado en un «sonero»,
en un bolerista. La búsqueda, angustias y conflictos del
artista, parecen legítimamente en nuestra cultura tradicional
si se trata de un pintor como Mariano Renovales en La maja
desnuda de Blasco Ibáñez, o de un escultor como
el Alberto Soria de Ídolos rotos de M. Díaz
Rodríguez, o un músico como el que nos entrega el
Doktor Faustus de Thomas Mann. En estos casos se trata,
como se sabe, de «artistas serios», «cultos»,
brotes algo desmigajados del viejo tronco romántico de
los «genios» en conflicto con la vulgaridad ambiente.
Pero aquí precisamente todo eso está presentado
en un personaje del llamado ambiente vulgar. Y eso es lo que podría
desconcertar a más de alguno.
Y no es que no se hayan dado muestras anteriores. Bástenos
con citar un ejemplo de gran altura en «El perseguidor»
de Cortázar. Pero ese Johnny Carter no logra desprenderse
de cierta aura de idealización que facilita su digestión
para nuestros cultivados estómagos.
Beto Galán no. En Bolero no se idealiza al «sonero»
para convertirlo en «artista» mayusculado. Uno de
los méritos de la novela es que al tratar de un músico
de baile no cae en el paternal «a pesar de...», sino
que reivindica la plena validez creativa de este ejercicio popular
de la música de baile. Fácil hubiera sido caer en
la tradicional y sobajeada figura del músico que se gana
la vida tocando en orquestas de cabaret, mientras sueña
con la gran obra que en otro terreno musical quisiera (y no puede)
realizar. Este doble estatuto cultural de la música «culta»
y la música «popular» (que implícita
y clasistamente sugiere que lo popular no es cultura), queda fuera
del universo de Beto Galán.
Él es un bolerista, un sonero, un músico de baile
que se asume como tal, convencido de que «su música
podría deslumbrar al mundo si llegaba a desarrollar su
potencialidad» (pp. 110). Beto Galán, como dice uno
de los personajes (el Profesor), «buscaba una síntesis,
casi imposible diría él, de la riqueza rítmica
cubana: era como alcanzar la quintaesencia de lo nacional a través
del sonido: trataba de apoyarse en la tradición para alcanzar
el futuro» (pp. 13). Pero «había en él
algo torturado y desgarrante que le impidió llegar a donde
quería» (pp. 31).
Como se puede advertir, en esta perspectiva el asunto de la mayor
o menor correspondencia entre el Beto Galán de la ficción
y el Benny Moré de la realidad deja de ser relevante. El
proyecto literario que anima la novela no es recrear la vida de
Benny Moré -aunque aspectos importantes de ella sirven
de sustento a la trama- sino plantearse, en la actividad del bolerista
el problema de la creación artística como búsqueda
y como agonía (en el sentido etimológico del término).
Y es este nivel de significaciones el que verdaderamente articula
y subordina a todos los demás elementos del mundo novelesco
en Bolero.
El tratamiento del sonero, del bolerista como creador, como artista,
es lo que confiere novedad e interés al texto de Lisandro
Otero.
Ya no se trata sólo de que las formas artísticas,
las expresiones y el lenguaje de la periferia se incorporen temáticamente
(cosa que ya se ha intentado) a la literatura, sino de legitimar
estos elementos y este mundo como perspectiva válida para
ver, comprender y organizar la realidad total.