LA
LUCIDEZ EN UN SUEÑO DE LISANDRO OTERO
Oscar Hurtado
Cuando tuve en mis manos Pasión de Urbino, me pregunté
si este librito de ochenta y ocho páginas puede llamarse
«novela». Había olvidado momentáneamente
obras tales como el poema de Parménides, los fragmentos
de Heráclito, el Tao Te King, que no son mayores. Hay cosas
que de puro sabido se olvidan, como decía Unamuno, y yo
había olvidado que el peso de un libro no se mide por el
número de sus páginas, sino por su intensidad. Una
cosa pequeña, un insignificante plátano manzano,
puede crear un paraíso en nuestro paladar.
Después de leído, comprendí que Pasión
de Urbino se prolongaría en los calendarios de nuestra
memoria por la forma en que está hecha.
Algunos escritores cubanos señalan «influencias»
de Alejo Carpentier y lo dicen como algo notable, pero no lo es.
Todos los escritores tienen influencias de otros escritores, porque
hasta la fecha nadie ha nacido por generación espontánea,
ni tan siquiera en las letras. Además, la literatura se
hace con literatura. Al menos, la buena, la civilizada, la libre
de primitivismo. Hablar de influencias de Carpentier equivale
a resbalar por la superficie estilística de algunos breves
momentos de Pasión de Urbino sin penetrar en el
tuétano de la novela. Es el pecado original de la mayoría
de los escritores cubanos: no tener nada inteligente que decir.
No han visto que esta novela de Lisandro Otero es la de estructura
más notable de todas las escritas en Cuba (y en otros países
latinoamericanos) y la más compleja en su procedimiento;
y está tan bien planeada como un robo de Arsenio Lupin.
Alejo Carpentier no tiene nada así. Ni ningún novelista
nuestro ha manejado el concepto del tiempo en una técnica
literaria tan bien lograda. Lisandro Otero se nos presenta poseyendo
esa extraña facultad tan difícil de encontrar en
los hombres en general y en nuestros escritores en particular:
la lucidez intelectual, para con ella desarrollar una novela como
Capablanca una partida de ajedrez, con la máxima economía
de movimientos y la máxima intensidad de procedimientos,
porque hasta el momento de aparecer Pasión de Urbino,
nuestra novelística era, técnicamente hablando,
primitiva y convencional.
¿Qué técnica utiliza Lisandro Otero en Pasión
de Urbino...? No creo que ninguno de sus colegas lo sepa,
a pesar de que en su novela, Otero prodiga pistas para interpretar
su clave; sólo saben hablar de «influencias».
Cuando empecé su lectura, al ver la primera página,
la epigráfica, comprendí inmediatamente que este
libro no tenía comienzo, y que la exposición de
la materia principiaba con las citas de Shakespeare, Pirandello
y Marco Aurelio, y que la página era una llave para el
sentido, una clave. Después percibí otras muy lógicamente
iluminativas. Se hallan en las sucesivas muertes del sacerdote,
en las palabras del obispo, en el sueño de Urbino («...y
en su propia huella en la tierra reconoció que marchaba
en espiral»), y en las citas de la primera página
que antecede al texto.
En El jardín de senderos que se bifurcan, Borges
describe la novela escrita por un chino llamado Tsui Pen, que
fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal
y se enclaustró para hacer dos cosas: escribir una novela
y construir un laberinto. Trece años después de
comenzada la novela murió su autor, que no la concluyó.
La novela pareció a todos una insensatez ; en cuanto al
laberinto, nadie lo encontró.
Los eruditos recordaron dos frases que había escrito Tsui
Pen antes de retirarse a escribir. Una es: Me retiro a escribir
un libro. La otra: Me retiro a construir un laberinto. Un iluminado
comprendió que libro y laberinto eran un solo objeto. En
un capítulo de la novela de Tsui Pen, por ejemplo, un hombre,
al que llamaremos A, sorprende a su mujer C en adulterio con otro
hombre B. El hombre A dispara y mata a B y a C. En el capítulo
siguiente, B y C, que no han muerto para sorpresa del lector,
tienden una celada al hombre A y lo matan. En el siguiente capítulo,
la mujer C, esposa de A, se confabula con éste para matar
a B con el propósito de robarle. En el capítulo
siguiente... Y así sucesivamente. Esta novela, como se
comprenderá, estaba inconclusa; no por la muerte de su
autor, sino porque era imposible de concluir: es infinita, como
el círculo y la espiral.
Pero, Lisandro Otero no ha copiado este procedimiento, porque
el suyo es más complejo. El laberinto de Tsui Pen es una
línea recta donde cada punto, cada suceso, irradia sus
posibilidades al igual que el sol sus rayos o el erizo sus púas.
Cada punto de la línea, cada suceso, no tiene principio
ni fin; ni la línea tampoco. Se prolonga a ambos extremos
hasta perderse de vista en el misterio. En cambio, el laberinto
de Lisandro es circular. La última parte del último
capítulo de la novela empata con el primer capítulo
y todo vuelve a empezar. El cambio ocurre en los personajes. Para
Tsui Pen los personajes no eran importantes; el «yo no soy
lo que soy» de Shakespeare carece de importancia en su laberinto;
pero en el laberinto de Lisandro, el tiempo tiene como sustancia
la posibilidad. El concepto de posibilidad tiene relación
con el de realidad y se ha manifestado en dos posiciones extremas
en el terreno de la filosofía, a ninguna de las cuales
pertenece Lisandro. Pertenecería a la posición defendida
por Wolf si no sustituyese «realidad» por «literatura».
Con las posibilidades ejecutadas con sus personajes, el autor
trata de abrir posibilidades en la novela.
En Tsui Pen un hombre A muere (o no) y no muere; en Lisandro ese
hombre siempre muere, pero de distintas maneras. Inclusive utiliza
la muerte al igual que Espronceda en El estudiante de Salamanca
y Zorrilla en el Don Juan Tenorio, cuando Urbino, saliendo
de casa del obispo ve pasar un cortejo fúnebre, pregunta
quién es el muerto y se le contesta: «Antonio Urbino».
En Tsui Pen no hay, no tiene que haber, trama; en Lisandro la
hay. Los personajes, por ejemplo, siempre irán a Florencia
en el cíclico transcurrir de la novela; hay también
principio y fin: se ven nacer a los hermanos en el recuerdo de
Tata Candá y se ven morir (huir, desaparecer, en una de
las posibilidades de Guido); y este sentido de lo circular, como
proposición para lograr nuevas técnicas literarias,
se encuentra en las palabras de Su Ilustrísima al padre
Urbino: «El círculo es mágico...es infinito.»
«Es necesario creer en las cábalas.» Y uno
se pregunta, ¿para qué? Porque, contestaría
Lisandro, las novelas actuales se han vuelto convencionales, demasiado
lógicas en sus procedimientos, y hay, por lo tanto, que
regresar al caos germinativo para conseguir un mundo nuevo. «Hemos
organizado demasiado el caos de la creación. Es necesario
organizar el desorden del primer día del Génesis.»
Para lograr esto no sirve la lógica convencional, sino
la magia, la cábala. «Nosotros, dice Su Ilustrísima,
debemos magnetizar el espacio, sumergirnos en un infinito entrecruzar
de caminos sin salida...» «Todo se somete al tiempo.
Para consolarse de la tiniebla (lo convencional muerto que no
arroja luz) hay que acudir a la tiniebla (caos inicial).»
Una vida, parece decirnos el autor, es un conjunto de circunstancias
contemporáneas a una circunstancia determinada (el haber
nacido varón, el ser sacerdote, el ir a Florencia...).
Este conjunto, paradójicamente, se precede a sí
mismo, porque cuando conocemos una cosa es porque previamente
conocimos otras que la antecedieron y formaron: la precosa kantiana.
Una cosa, decía Kant, antes de ser ella misma ha sido sus
condiciones de posibilidad. Es decir, conocemos la cosa porque
hemos conocido las precosas; y conocemos las precosas porque conocemos
la cosa. Este problema forma parte del famoso e inmortal regreessus
in infinitum, que incluye las famosas paradojas estudiadas por
el Círculo de Viena.
Pero, ¿esto es lícito o ilícito de hacer;
honesto o deshonesto, verdadero o falso? «Las cosas no son
por naturaleza honestas o deshonestas», responde Marco Aurelio.
«Cada uno de nosotros cree ser siempre el mismo; y somos
uno distinto con cada persona», Pirandello. «Yo no
soy lo que soy», dice Shakespeare. Entonces, ¿qué
somos para el autor de Pasión de Urbino? Posibilidades.
Posibilidades de ser esto o de ser lo otro; o de que ocurra tanto
esto como lo otro. La criada Sibila dice que Fabiola no se ocupa
de Machayo; y Fabiola dice, acto seguido, que sí, que ella
es una buena madre. ¿Cuál de las dos dice la verdad?
Lo mismo una que la otra puede decir la verdad, parece decirnos
el autor, pero en realidad esto no tiene importancia: una buena
novela no descansa sobre estos valores.
Muchas obras del Renacimiento usaban un procedimiento de doble
fondo. En un bajorrelieve podía verse a Dios Padre sacrificando
a Su Hijo a los hombes; y más abajo a Abraham sacrificando
el suyo a Dios.
Hamlet sufre porque su tío Claudio mata a su padre el rey;
y Laertes sufre porque Hamlet mata a su padre Polonio. De la misma
manera, las partes de Pasión de Urbino (monólogos
de Sibila y Fabiola) se corresponden con el todo. Es asombroso
el perfeccionismo de Lisandro Otero.