CONSTANCIA ESCRITA: ITINERARIO
A RITMO DE BOLERO


Reynaldo González


El bolero, rey permanente del amplio espectro musical caribeño, y desde su cuna, Cuba, ha servido para expresar los arrebatos pasionales, la ternura, la ingratitud, los sacrosantos celos y no escasas infidelidades. Él ha sido carta de presentación y alcahuete de los enamorados. En sus melosas páginas se expresa toda una filosofía, toda una cosmovisión. Su permanencia en la predilección de los melómanos y bailadores lo instrumentaliza como arma del arsenal romántico y le aporta una profundidad que escapa a cualquier enfoque frívolo. En ese terreno, hurgando en las esencias y presencias del ritmo y sus controvertidos textos, se movió con éxito literario Lisandro Otero.
El lector acompaña al periodista-personaje Agustín Esquivel en la reconstrucción de la vida de Esteban María Galán (Beto), rey de la farándula en las décadas cuarenta y cincuenta, prematuramente muerto por exceso en el consumo alcohólico, luego de una vida tan breve como relampagueante. Y están los condimentos de la tragedia vista desde un ambiente donde todo parece farsa. Pero esa sordidez por ráfagas alcanza también las altas esferas, vincula el drama personal con el impacto en las multitudes, arrastra arquetipos éticos, subraya comportamientos sociales. Está, en fin, el bolero con cuanto ha significado y continúa significando entre sus adeptos latinoamericanos.
Los modelos tenidos en cuenta por el novelista para la confección de su personaje-tipo, fueron muchos. Las vidas de los ídolos musicales tienen elementos comunes y algunos de los más descollantes, coincidentes en el tiempo y cuyas vidas se entrecruzaron, marcaron hitos de conducta a un tiempo que fueron arrastrados por sus propios esquemas y por la tiranía de la mercantilización. Para Lisandro Otero desde el inicio estuvo claro el camino: la unión de retazos reveladores, la enunciación de esas coordenadas sobre un fondo aturdido, colorístico.
Lo aparentemente inmarcesible de las artes populares, que en su promoción se presenta como intocado, en la novela queda visto en sus vinculaciones con otras esferas de la sociedad, en particular el poder político y sus manipulaciones. En Cuba, donde la política era, al decir de muchos, «la segunda zafra» -semejada a la cosecha del azúcar-, un músico de trascendencia en las masas, como el descrito, no podía pasar inmaculado:
"Beto mantuvo un vínculo con el senador Evaristo Mola. No puede afirmarse que fuese amistad: esa relación no es posible entre un poderoso y un miserable. Dueño del central Guayabal, Mola fue un real señor, un mandamás, un patrono, un gallo, un mayoral, un jerarca, un cacique en aquella zona de Oriente. Beto andaba con su guitarra por ahí, de trovero de curdas, y el chofer de Mola lo reclutó para las fiestas del Senador. Las bachatas se hacían en casa de doña Chena donde estaban las mejores hembras de la región. [...] Desde que el chofer llevó a Beto ante el Senador, no hubo remandingo donde no soltara sus boleros lacrimosos" (pp. 98-99).
Junto a los episodios de la vida del protagonista, Lisandro Otero, colocándolos en bocas de sus personajes-informantes, traduce los arquetipos predominantes en la cultura popular y sus grandes equívocos: el machismo, el hembrismo y sus contrapartidas, los roles sociales impuestos a una realidad y que no siempre se alcanzan a remedar.
Aunque Lisandro Otero desde las propias páginas de la novela, donde Benny Moré aparece fugazmente y se deja explícito que no es el personaje principal, y en declaraciones diversas ha dicho que su protagonista es una suma de ídolos de la canción, el paso de Bolero va acompañado por innúmeras referencias al «Bárbaro del Ritmo», al «Sonero Mayor». Eso se acrecienta en la medida en que el libro se abre paso en países donde la magna figura de Benny Moré, como en su patria, aun después de muerto sigue acaparando las preferencias. Como una página del tradicional «nunca falta alguien así», incluso la ex esposa de Benny, Noraida Rodríguez -madre de dos hijos del cantante, que han seguido los pasos musicales de su padre-, se vio obligada a declarar de manera altisonante: «Yo no maté a Benny Moré», para contrarrestar las comparaciones entre su vínculo amoroso con el ídolo y los que Otero describe entre Beto Galán y Olimpia. «Esa no soy yo. Lo repito. Eso es mentira. Puede haber ocurrido con Juanita Bocanegra, la mexicana, aunque lo dudo porque ella era corista, como tú dices. Los datos no coinciden.»
Y más anécdotas se sumarán al itinerario del libro, por su capacidad de sumar elementos de la realidad en la ficción. No es la vida de Benny Moré, pero sin duda alguna hay allí datos que pudieran atribuírsele como a muchos otros grandes de la música caribeña inmersos en un ambiente de creación y de forcejeos con una realidad hostil.

     
     
     
     
   
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Redacción editorial: Pablo Vargas
Diseño: Yemly Figueredo
Corrección editorial: Ruth Lelyen