TEMPORADA DE ÁNGELES,
historia, historiografía, ficción


Verity Smith


Mi interés en Temporada de ángeles se debe entre otras cosas al hecho de que comparto la opinión de Lisandro Otero para quien la década de 1640 a 1650 en Inglaterra es una época apasionante. El momento histórico y el país que escogió este escritor cubano me dieron la oportunidad de dedicar algún tiempo al estudio de la historia de las islas británicas en estos años claves que culminaron en la ejecución del rey Carlos I en 1649. Es bastante natural que a lectores británicos e incluso europeos les interese que un autor cubano haya seleccionado esta época histórica, pero aunque según lo que él ha dicho le sorprendió la popularidad de la novela entre un público cubano, también era previsible que se le criticara por no haber reflejado, en las palabras de Madeline Cámara, «la riquísima realidad social que vivimos hoy día los cubanos». Lisandro Otero se defendió de reparos de este tipo en el curso de una entrevista con Víctor Rodríguez Núñez en la que observó:
"Temporada de ángeles es una novela cubana en la medida que Hamlet es una pieza de teatro inglés... yo no diría que se trata de una obra sobre nuestra Revolución. Sí aceptaría que resulta, en una buena medida, un discurso narrativo sobre la revolución social. En ella se manifiestan determinadas constantes que se han producido en procesos como la Revolución Francesa, la Comuna de París, el Octubre Rojo, la Revolución Mexicana entre otros".
También hay razones más bien personales que explican por qué Lisandro Otero escogió esta época revolucionaria en particular, dado que después de haber ejercido de agregado cultural en Chile, pasó a ocupar el mismo cargo en Londres en 1973. Los tres años que llevó allí le dieron la oportunidad de adquirir en la biblioteca del Museo Británico la formidable documentación que iba a desplegar en Temporada de ángeles. Además, su llegada a Londres tuvo lugar en un momento decisivo de la historiografía sobre el siglo xvii británico, siendo ésta una época que desde el principio ha producido muchos debates, polémicas y una cuantiosa bibliografía secundaria. Ésta última fue iniciada por el conde de Clarendon quien en 1646 empezó a redactar los seis tomos de la Historia de la Rebelión, desde entonces siempre ha sido fácil deducir la ideología política del historiador de esta época por el uso u omisión de la palabra «revolución», puesto que los historiadores de derecha se refieren siempre a una «rebelión». En este siglo, algunos de los libros sobre este período que sirven de hitos historiográficos son los siguientes: El estudio de Eduardo Bernstein Cromwell y el comunismo, cuyo subtítulo es «socialismo y democracia en la gran Revolución inglesa» (1930). En la década de los años cincuenta domina este campo la historiadora Verónica Wedgwood cuyo estudio más importante, La gran rebelión (1955)6 muestra claramente su postura por su título. Hacia finales de la década de los años cincuenta aparecieron las dos primeras publicaciones sobre el siglo xvii británico del historiador marxista Christopher Hill. Aunque publicó dos tomos más en la década siguiente, su época más productiva como historiador fueron los primeros años de la década de los setenta, coincidiendo por lo tanto con la estancia en Londres de Lisandro. Hill publicó en 1970 una biografía de Cromwell, El inglés de dios, una introducción a los escritos de Gerardo Winstanley, el jefe del grupo llamado «cavadores» que intentaron un comunismo agrícola y, por último, el estudio que más impacto tuvo, El mundo vuelto al revés: ideas radicales en la revolución inglesa, de 1972.
Aunque una lectura de Temporada de ángeles muestra que la copiosa documentación de Lisandro Otero incluye historia militar de la época; un conocimiento detallado del rey Carlos y su corte, y muchos aspectos más de la historia británica de esta época, no cabe duda que su enfoque y otros datos determinados vienen de Hill. Los trabajos de éste suponen una reinterpretación de la historia social que abrió nuevas perspectivas para los historiadores de la época. En Temporada de ángeles se nota sobre todo el impacto de El mundo vuelto al revés donde Hill examina el papel de las nuevas sectas religiosas de ideas revolucionarias y milenarias que se formaron en estos años. La primera de estas dos décadas, es decir la que emplea Lisandro Otero, fue un hervidero de ideas, algo que se debe en gran parte al hecho que no hubo censura. La excepción, como se indica en la novela, fueron los teatros que se cerraron en 1641, aunque en la actualidad los historiadores piensan que se tomó esta medida mas bien por motivos políticos y no de orden moral como se sugiere en Temporada de ángeles. Sin embargo, en cuanto a la palabra impresa, no hubo censura en Inglaterra entre 1641 y 1649. Esto ayuda a explicar el carácter singular, osado y hasta trastornado de ideas y acciones provocadas, en ciertos casos, por una fuerte corriente de misticismo religioso. Por motivos de orden práctico, ideológico o estético, Lisandro ha sometido esta década a un proceso de selección y simplificación que, entre otras cosas, da a Temporada de ángeles una estructura parecida a la de las novelas de marco histórico de Carpentier y también a la novela suya de 1970, En ciudad semejante. Así, Temporada de ángeles pasa dialécticamente del final de una época al comienzo de otra.
La cuestión de una marcada influencia de Alejo Carpentier es otro reparo que se ha puesto a Temporada de ángeles, aunque convendría distinguir entre lo que quizá sea por una parte un «demonio cultural» y, por otra, un homenaje a Carpentier. El primer capítulo de la novela de Lisandro entra en la segunda categoría pues imita deliberadamente el fragmento al comienzo de El siglo de las luces: en el caso de Temporada de ángeles tampoco se identifica al personaje que figura en este breve capítulo en el que el símbolo de la guillotina enfundada es sustituido por el de una imprenta. También el segundo capítulo de Temporada de ángeles, que describe una noche de fiesta en el palacio de los reyes, tiene rasgos afines al capítulo cuatro de El siglo de las luces, pues en ambos se emplean elementos teatrales para insinuar el final de una época histórica y el inicio de otra. Sin embargo, este recurso le sirve a Lisandro para obtener un efecto distinto. En el caso de la novela carpenteriana se emplea la imaginería para subrayar los elementos alegóricos de la obra, la noción de «El Gran Teatro del Mundo». En Temporada de ángeles el espectáculo palaciego se ciñe a aspectos determinados de la historia de la época, siendo la primera de una serie de referencias a la vida teatral. Estas se insertan para justificar una entre varias respuestas filosóficas a los acontecimientos de esta década revolucionaria que propone el autor al lector a través de una variedad de personajes de ideas disímiles y opuestas. Tal propósito justifica lo que a primera vista parece ser un ejemplo de factografía mal digerida al comienzo del capítulo nueve. Aquí se da al lector una descripción pormenorizada de los espectáculos londinenses de la época asequibles a un personaje como Luciano quien en ese momento es un aprendiz de panadero. La primera descripción, de una pelea de osos y mastines, sirve más bien para ambientar la escena, pero la siguiente -del teatro El Globo- parece tener un propósito más concreto. En ella Luciano asiste a una representación de Macbeth, e impactan en él estas líneas pronunciadas por el protagonista: «La vida es... un cuento narrado por un idiota, lleno de estrépito y furor y que nada significa» (TA, 77). Luciano medita sobre esta actitud ante la vida pero, pensando en la reciente ejecución del conde de Strafford, la rechaza a favor de otra más positiva: «Ya había escuchado que era posible lograr el bienestar del hombre sobre la tierra, además de la buenaventura que debía disfrutar en el cielo» (TA, 77).
El elemento teatral, dentro del marco histórico, reaparece en el capítulo dieciséis (Invierno de 1644-1645) cuando Luciano se encuentra con el viejo actor que había hecho el papel de Macbeth. Más maduro ahora, Luciano está más abierto a otros puntos de vista. No es sólo que lamente el cierre de los teatros, sino que ni se toma la molestia de dar la explicación oficial al actor, pues le resulta totalmente insuficiente (TA, 175). Luciano ve a este actor tan sólo una vez más, después de la victoria del Nuevo Ejército Modelo en Naseby. En esta ocasión está presente cuando mata al actor el fanático Coronel Harrison (uno de los personajes históricos de la novela): «...con su espada le degolló lentamente, moviéndola como una sierra; reconociste en el moribundo al viejo actor de El Globo... ¿por qué la moral arremetía contra el arte? ¿Qué plagas pretendía ahuyentar? (TA, 216). Macbeth viene a la memoria de Luciano una vez más, en un momento clave de la narración, cuando se confronta con su antiguo mentor, Stanton, antes de ponerse a la cabeza de los regimientos rebeldes, acción que provocará su ejecución en Burford. Luciano nota que el abogado aún se mantiene receptivo a las ideas de los militares radicales pero, para Luciano, Stanton se ha condenado por sus acciones. «Ya había perdido lo que pudo perder y había avanzado tanto en el lago de la sangre que, como Lady Macbeth, era igual continuar que regresar» (TA, 323). De este modo, las imágenes teatrales que se presentan al principio de la narración se desarrollan más adelante mediante alusiones a aspectos concretos de la historia cultural de esta época en Inglaterra. La serie de citas de Macbeth mantiene la noción de un mal augurio que ya encierra la descripción del espectáculo en el palacio real, pero sirven también para indicar la creciente madurez del protagonista mediante su modo de reaccionar ante la tragedia de Shakespeare.
Así como Carpentier en el prólogo de El reino de este mundo, Lisandro Otero niega haber modificado la materia prima histórica en Temporada de ángeles. Dijo: «...a pesar de que en la novela hay elementos de ficción, yo no he inventado ni traspuesto nada... todo lo que está allí como fenómeno, como circunstancia, es demostrable al detalle por fuentes históricas». Esto no es del todo verdad y, además difícilmente podría serlo si se acepta que la inserción de la ficción en la historia para modificar ésta última sirve para hacernos recordar la problemática veracidad de cualquier versión de hechos históricos. Quizá el ejemplo más impresionante de esta invasión de «lo real» por lo imaginario es la adición de un personaje ficticio (Luciano) a los personajes históricos fusilados en Burford, borrándosele de un acontecimiento histórico en el que nunca participó. De todas maneras, la mayoría de los cambios del material histórico no tienen trascendencia. Quizá la excepción serían dos cambios que tienen interés porque es probable que se hayan hecho para obtener ciertos efectos estéticos. El más interesante de ellos es un cambio cronológico por el cual se obtiene un marcado contraste. En el capítulo siete Luciano se retira de Londres para pasar una temporada con su familia campesina en algún rincón del campo inglés. Su llegada al pueblo coincide con la de un cazador de brujas de esta época, Mateo Hopkins. Según la novela, los acontecimientos de este capítulo tienen lugar en la primavera de 1641, pero según Keith Thomas, en La religión y el ocaso de la magia, los procesos que instigó Hopkins empezaron unos años más tarde. «El período más agudo», escribe Thomas, «fue 1645-1647 cuando la campaña dirigida por Mateo Hopkins y sus partidarios resultó en la ejecución de centenares de brujas en Essex, Suffolk, Norfolk y otros condados vecinos» (Thomas, 451). Puesto que la documentación de Lisandro es tan considerable y teniendo en cuenta también la fecha de publicación del libro de Thomas (1971), es muy dudoso que este cambio se deba a una casualidad o a la ignorancia. Lo que se obtiene es un efecto formal mediante la yuxtaposición de dos procesos. El primero, el de las supuestas brujas, le resulta repulsivo a Luciano; para él es «un proceso dilatado y sin sentido donde La Justicia ha estado ausente» (TA, 56). Es la crueldad inútil de estos procesos que le hace regresar a Londres, centro de la oposición a las injusticias provocadas por el rey y sus ministros. El capítulo ocho (De marzo de 1941) empieza con el proceso del Conde de Strafford, consejero personal del rey, odiado por el pueblo. Él será el primero de tres figuras históricas que han de ser decapitados; el que sigue a Strafford es el arzobispo Laud, y el último, el propio monarca. Así el proceso de Laud marca un hito en la lucha del pueblo contra la tiranía del rey, algo que se recalca en la novela mediante el contraste de los dos procesos.
Un aspecto más de la representación de la historia en Temporada de ángeles de la que se ocupa Madeline Cámara en su reseña es el empleo sutil de distintos puntos de vista, creando así una forma modificada de la omnisciencia. La excepción sería Luciano, pues se penetra directamente en su conciencia por el uso del «tú» que lo señala como el más decisivo de los personajes ficticios. Según Madeline Cámara, uno de los logros concretos del autor consiste en evitar «los escollos que plantea una novela de fuerte carga ideológica donde siempre se puede recaer en panfletos». Aquí no estoy de acuerdo con ella por dos razones: una es que Lisandro Otero siempre ha evitado esta «fuerte carga ideológica» en sus novelas, reservándola para sus artículos y ensayos. También se debe tener en cuenta que a no ser que uno comparta la interpretación de la historia de una Verónica Wedgwood, la década de 1640-1650 en Inglaterra ya ofrece suficiente carga ideológica sin que el autor tenga que incurrir en exageraciones para obtener el efecto deseado. Claro que hará una selección, por ejemplo simplificando en ciertos casos la materia prima histórica para evitar que se aburra el lector y también para comunicar una interpretación de la historia remota de la de Verónica Wedgwood. Pero si se tiene presente el carácter excepcional del momento en la historia británica descrito en Temporada de ángeles, este propósito se puede alcanzar sin tergiversar la documentación histórica, preservando a la vez lo que los estudiantes del realismo llaman «el término medio».
Una manera de enfocar la cuestión de exactamente como se logra este «término medio» o, si se prefiere, una visión panorámica de la sociedad, es por el examen de la presentación de los personajes, tanto históricos como ficticios. La novela recoge toda la gama social desde los personajes sin historia como el actor de El Globo, la tripulación enganchada de un buque de guerra o la prostituta irlandesa, hasta la familia real. Aunque el autor se inclina por los personajes sin poder, pues son ellos los que siempre acaban perdiendo a la larga, históricamente los reyes también entran en esta categoría. Las alusiones a las «Copias» de Manrique y el tema del ubi sunt acompañan la descripción de la miseria en que vive la exreina en el destierro (TA, 305). Encuentran un eco posteriormente cuando Luciano pasa revista a los acontecimientos de la primera década revolucionaria:
"¿Qué fue de la tempestad y el torbellino, qué de la voluntad de transformación, en qué se convirtió su inocencia original, dónde se perdió la pureza de algunos, por qué transformaron el atropello en privilegios y a la antigua opulencia en rígidas jerarquías, por qué acompañar la instauración de la justicia con el autoritarismo? Se quiere demasiado orden en la República y por ello iban a matar la imaginación" (TA, 324-325).
Mientras que la presencia del rey se siente a través de toda la novela, otras figuras históricas claves se introducen muy sutilmente, algunas bastante tarde. Así, tanto el fragmento introductorio como el capítulo tres tratan del jefe de los niveladores, John Lilburne, pero no se le identifica como tal a esta altura de la acción. Se usa el mismo método en la presentación de Oliverio Cromwell, quien sólo aparece por primera vez en el capítulo catorce (Primavera y verano de 1643), aunque ya se le ha mencionado de paso cuando el rey en sus reflexiones lo aleja como «El mediocre diputado Oliveiro Cromwell» (TA, 96). Cromwell es la figura que domina el último capítulo, lo cual sirve como otro ejemplo de una simplificación de la historia hecha por motivos estéticos. Las últimas líneas de la novela, donde la imagen estilizada de los cisnes refuerza el punto de interrogación sobre el futuro del abogado Stanton, cubre lo que fue inevitablemente una realidad más confusa. Según la versión de Christopher Hill, Cromwell sólo asumió pleno control del gobierno en 1653, tras el fracaso del parlamento llamado «Barebones» o de «huesos sin carne». Del mismo modo, la ola de fervor religioso que atravesó el país en la década de los años 1640 no terminó abruptamente con la ejecución de los tres niveladores (históricos) en Burford. Hill se refiere al «ardor de la controversia de los 1640 y los 1650 (MVAR, 215). Además, Tomás Naylor, quien recogió aspectos del ideario de los niveladores hizo una entrada simbólica en la ciudad de Bristol en 1656, montado en un burro y precedido por mujeres que tiraban ramos en su camino en imitación del Domingo de Ramos (MVAR, 200).
En el caso de los personajes ficticios, los que destacan son Luciano, Stanton y Norton quienes representan distintas tendencias dentro del proceso revolucionario. Luciano, el utópico, se niega a contemporizar y se considera a sí mismo y a los otros niveladores como una vanguardia en busca de un mundo mejor que no está fuera del alcance del ser humano (TA, 341). Forma contraste con él, el abogado Stanton, quizá no del todo ficticio pues un episodio de su carrera evoca la figura histórica del Coronel Henry Marten.20 Stanton, a su vez, se contrasta con el comerciante Norton, obteniéndose una yuxtaposición histórica concreta mediante la actitud de estos dos personajes ante el matrimonio. Para Norton, su hija Julieta es sólo una inversión, y por eso la casa con un aristócrata empobrecido y libertino, Jonatán de Mandeville. Stanton es otro personaje que se casa con una aristócrata, pero este matrimonio se basa en el amor y al principio la consecuencia para su mujer es el rechazo por su familia. Este tipo de yuxtaposición se emplea también para indicar el paso de un orden social a otro con la muerte, primero, de Lord Brooke (cap. 4) y más adelante la del juez Stanton (cap. 12). Este último inculca en sus niños los nuevos valores puritanos de la dedicación al trabajo y la vida morigerada (TA, 110-111). Un contraste más es el que se establece entre las dos amantes de Luciano, Felipa y Carolina. Aquella, aunque de origen plebeyo, se convierte en trepadora social y emigra a Francia, pero Carolina representa la corriente progresista de la época en cuanto a las relaciones sexuales. Rechaza la mojigatería, diciéndole a Luciano que sus relaciones se deben reconocer simplemente como una manifestación del deseo. Esta actitud, que a primera vista podría parecer anacrónica, no lo es pues la sostiene Hill en el capítulo quince de El mundo vuelto al revés. «Besos despreciables e impúdicos». Aquí el historiador señala que el amor libre y hasta la promiscuidad fueron practicados por algunos de los grupos religiosos de este período en un intento de recobrar la inocencia edénica. Sin embargo, Hill añade una nota más sobria al indicar que como no había anticonceptivos, era la mujer quien tenía que aceptar las consecuencias de este «adelanto». No sorprende que este aspecto de la convulsión social ocasionada por la revolución del siglo diecisiete sea de interés a las feministas anglosajonas contemporáneas.21
Este artículo es un examen muy parcial de una meditación sobre la historia en forma de novela.22 Destacan en ella dos aspectos: 1. El dominio de las fuentes históricas de la época. 2. La destreza aparente en la selección del detalle histórico para crear un ambiente y una interpretación determinados de los acontecimientos descritos. Así, el autor se vale de las entonces comunes creencias en augurios y profecías para crear un ambiente funesto. Aquí he hecho alusión sólo al manejo de Macbeth, pero Temporada de ángeles contiene otros ejemplos más.23 Esta destreza se manifiesta también en la adopción de distintos puntos de vista y en el modo sutil de incorporar a los personajes en la narración para evitar su presentación en orden cronológico.24 La calidad de la novela justifica las varias ediciones en español así como las traducciones al alemán, el ruso y el búlgaro. En el caso de estas últimas parece irónico que hasta ahora la traducción más obvia -al inglés- es la que falta.

     
     
     
     
   
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Redacción editorial: Pablo Vargas
Diseño: Yemly Figueredo
Corrección editorial: Ruth Lelyen