LA LUZ Y LAS TINIEBLAS DE LA HISTORIA

Valeri Zemskov

En el final de la novela del conocido escritor cubano Lisandro Otero Temporada de ángeles los soldados del ejército revolucionario fusilan a cuatro compañeros suyos. En realidad, aquel día de mayo de 1649, según las órdenes de Oliverio Cromwell, líder de la revolución burguesa en Inglaterra en el siglo xvii, fueron ejecutados no cuatro, sino tres soldados del regimiento amotinado en la ciudad de Salisbury. A los personajes resales Thompson, Church y Perkins, el autor agregó al capitán Luciano, un personaje ficticio. ¿Para qué lo necesitaba el escritor que reconstruye minuciosamente los sucesos de la revolución inglesa de acuerdo con las fuentes y los documentos estudiados por él con mucha profundidad?
Lisandro Otero contestó así al autor de estas líneas: «Lo más difícil era encontrar tal distancia en relación con el material histórico que permitiría librarse de la presión de los hechos y adquirir la libertad del pensamiento y de la imaginación. ¿Obligar al personaje histórico que piense y diga lo que no pensaba y decía? Seguramente, es permisible a aquel quien puede atribuirse semejante responsabilidad... Me parece que es mejor inventar personajes paralelos que hubieran podido vivir en aquella época y, por lo tanto, expresar su tiempo.»
Además de Luciano, entre los personajes centrales tenemos otros protagonistas ficticios: es el abogado Stanton y el comerciante Norton. Son tres protagonistas con diferentes destinos y de diferentes capas de la sociedad inglesa. Luciano personifica la base popular de la revolución y transcurre el camino de un jornalero ignorante y analfabeto a capitán del ejército de Cromwell; Stanton simboliza a la intelectualidad progresista y radical. Filósofo y propagandista de la revolución, Stanton se convierte en secretario del Consejo de Estado de Cromwell. Norton es un burgués, un conformista que busca su propio provecho y más tarde cuando la revolución se hace más radical, es su enemigo. La vida de cada uno de ellos traza las líneas principales del desarrollo de la primera de las grandes revoluciones de los tiempos modernos, aclara sus éxitos y errores; sus ideas, vacilaciones y búsquedas conforman aquel fondo espiritual sobre el cual se descubre el sentido de las acciones de los personajes y su desarrollo mismo en el período indicado por el escritor: de 1639 a 1649 que fue un período de cambios enormes y radicales, de acontecimientos increíbles que engendraron formas políticas inauditas y que promovieron al primer plano a grandes pensadores y luchadores. La lucha del Parlamento encabezado por John Pym, famoso político y representante de los intereses de la joven burguesía inglesa, contra Carlos Estuardo I, la lucha de los aristócratas y papistas; las batallas encarnizadas de las corrientes religiosas y políticas; el paso de la oposición burguesa a la ofensiva y el comienzo de la sangrienta guerra civil; la creación por Cromwell y Fairfax del Ejército Nuevo donde entran los ironsides, los pequeños burgueses, campesinos, jornaleros, artesanos que luchan abnegadamente por la Causa común de la liberación y que se convierten en coroneles y capitanes y más tarde en miembros del nuevo Parlamento depurado ya de los aristócratas, en legisladores y jueces de Carlos I. Sucede algo inusitado: se le condena al monarca que es ejecutado por la traición y opresión de los derechos del pueblo y se establece la república.
La ola de la revolución crece: los soldados pertenecen al ala radical y democrática, a los levellers encabezados por John Lilburne, y exigen que se lleven al final las transformaciones democráticas, mientras que los verdaderos levellers, o diggers con Gerard Winstanley a la cabeza ya exigen la abolición de no solamente los privilegios de las clases pudientes, sino también de la propiedad privada y abogan por la propiedad social de la tierra... Para Norton es insoportable, mientras que Stanton que considera que el radicalismo es excesivo y pernicioso para la sociedad, formula un nuevo credo de la sociedad burguesa y protestante que rompió las estructuras medievales y feudales económicas, políticas y espirituales: «¡La propiedad... es como Dios!» Cromwell que obtuvo la victoria con la ayuda de los soldados responde al motín de los levellers con su aplastamiento en Salisbury.
Una de las causas del motín de los soldados radica en su negativa a marcharse a Irlanda para subyugar la población rebelde de la isla vecina. Para Cromwell y los hombres que ostentaban el poder fue el método más sencillo desembarazarse del ejercito en rebelión, desangrarlo en la guerra y al mismo tiempo convertir la isla en una colonia de Inglaterra. Para Luciano y otros levellers se hace evidente que aquello significaba su desaparición de la escena política y la traición de la revolución. F. Engels determinó el sentido de las actividades de Cromwell cuando escribió que éste «combinaba en la misma persona a Robespierre y Napoleón» de la revolución inglesa.
La revolución llegó a su punto culminante y la cima histórica aunque también más tarde se observarán momentos importantes y el mismo Cromwell jugará el papel inicial de Robespierre, pero...Lisandro Otero con la exactitud de un historiador determinó donde poner el punto final: en la ejecución de los rebeldes en Salisbury. En el último capítulo, una especie de epílogo, se traza la línea dominante del desarrollo de la revolución inglesa: después del fusilamiento de sus compañeros de armas Cromwell se dirige a Oxford para recibir un honorable título de doctor y después en el coche dorado de Carlos I llega a Londres. Luego viene la escena final donde él conversa con Stanton. Cromwell habla evasivamente, no lo dice todo, hasta que expresa una idea que él mismo teme: ¿tal vez, debe aceptar la corona de Inglaterra como se lo aconsejan? Sabemos que Cromwell se negará a coronarse y, al parecer, evitará la deshonra con que más tarde se cubrirá Bonaparte que traicionará la revolución y se convertirá en emperador Napoleón I. Pero en su calidad de protector de la Inglaterra republicana Cromwell, de hecho, será un dictador y después de su muerte el país volverá a la monarquía , pero ésta, sin embargo, perderá el poder absoluto para siempre...
¿Quería Cromwell el poder personal absoluto y albergaba la idea de volver a la monarquía? Los historiadores responden a esta pregunta de maneras diferentes: fue una responsabilidad compleja, pero es evidente que no podemos contentarnos con motivos netamente sicológicos. En condiciones de contradicciones sociales agudizadas que desembocaron en una lucha anárquica de los partidos enemigos, Cromwell abogaba por el ordenamiento de las nuevas formas de la gobernación y el establecimiento del poder fuerte que debía, de un modo u otro, combinar los intereses de la nueva burguesía y la aristocracia terrateniente, igual que de los hombres salidos del «tercer estado» que soñaban con privilegios y títulos de nobleza. Él rechazó las exigencias de los levellers y más aún de los diggers que portaban las ideas más radicales de la revolución inglesa.
Antes de la ejecución Luciano saca conclusiones de su vida y piensa en Cromwell, hombre que encabezó la revolución e interrumpió su desarrollo al establecer «la dictadura de los generales y los generales de la City». El soldado Perkins, su compañero en la desgracia, se desespera al saber que fueron traicionados: «Todo era una gran porquería: los hombres padecen deseos insaciables... la única igualdad valedera es el poder equivalente de destruirse unos a otros; no hay ideas que guíen.» ¿Todo cogió su nivel? Entonces, ¿para qué hicieron la revolución? ¿Es posible plasmar en la vida la gran utopía, son justificados todos los esfuerzos, sufrimientos, el dolor, la sangre vertida en nombre de la Causa común, son alcanzables aquellos objetivos ideales en cuyo nombre miles se encaminan hacia su muerte? En general, ¿el hombre puede hacer algo, puede hacer la historia o la hace algo más poderoso?
Si generalizamos todas las dudas de Luciano acerca de la revolución y Cromwell y formulamos el problema en el lenguaje moderno, se expresará, al parecer así; ¿en qué consiste el secreto de la correlación de los factores objetivos y subjetivos de la historia que determinan las posibilidades y las «limitaciones» de llevar a cabo el ideal revolucionario, la marcha de la revolución misma y el grado de la participación personal del hombre en ella?
No citaremos aquí las cavilaciones y los argumentos de Luciano que trata de comprender sus experiencias y explicarse a sí mismo qué es la revolución y qué puede hacer un hombre, porque el lector lo leerá todo. Planteamos la pregunta: ¿hubiera podido el capitán del ejército de Cromwell pensar y hablar de la revolución con palabras y términos que utiliza Luciano? Sí y no. Da la impresión que todo esto es asequible para él, pero al mismo tiempo sentimos que él sabe más que su época. Allí está el papel y la importancia del Luciano «paralelo» al Perkins real e histórico, del cuarto hombre que no se encontraba entre aquellos que fueron encerrados en la iglesia antes de la ejecución, pero este personaje inventado permite al escritor tener la libertad para penetrar en el material histórico, para sacar aquellas verdades que fueron engendradas por la época, pero que podrían entenderse solamente en épocas posteriores y de modo distinto en tiempos diferentes. El mismo papel Lisandro Otero adjudicó a Stanton.
El escritor es verídico cuando describe sucesos reales y a los personajes históricos; son totalmente creíbles también los personajes ficticios, sin embargo, su comprensión de la esencia de los acontecimientos sobrepasa y vence los límites temporales sin salirse de ellos por completo. Es una particularidad individual no sólo de Lisandro Otero aunque se expresa individualmente. Aquí vemos un fenómeno de carácter más general: son métodos característicos para la «nueva» novela latinoamericana histórica como lo dice el conocido crítico venezolano Alexis Márquez Rodríguez. El crítico opina que la novela histórica latinoamericana «en nombre de la exactitud histórica se basa en el estudio previo de los hechos en que descansa la obra, aunque finalmente resulta que este material en mayor o menor grado está transformado por la imaginación y, más aún, por la fantasía del narrador». Alexis Márquez pone de ejemplo varias obras entre las cuales vemos novelas tan importantes de los últimos tiempos como Lope de Aguirre, el príncipe de la libertad del venezolano Miguel Otero Silva que conocen nuestros lectores, La isla de Robinson del venezolano Arturo Uslar Pietri y La guerra del fin del mundo del peruano Mario Vargas Llosa. Espero que nuestros lectores podrán leerlas algún día.
Realmente, la novela histórica empezó a ocupar en la novelística latinoamericana moderna un lugar cada vez más significativo y efectivamente, existe algo común en las búsquedas de los escritores latinoamericanos que se dirigen a la temática histórica. Desarrollando la idea de Alexis Márquez, se puede determinar como el deseo de «trabajar con la imaginación» la historia sin sacrificar la exactitud y la veracidad con el fin de comprender no solamente el pasado, sino también el presente. Los escritores latinoamericanos establecen las relaciones con la contemporaneidad sin el apoyo en alusiones ocultas o evidentes o en las llamadas construcciones «parabólicas» filosóficas donde la idea «se desliza» por «el arco» de la parábola ideológica y de la trama del pasado. El escritor lo elabora todo de tal manera, ilumina tantas capas ocultas y construye de tal manera a sus personajes que, sin quererlo expresamente, empezamos a pensar en nuestros días. Se trata, en primer lugar, del enfoque del material y en el segundo, de la comprensión de la historia y antes que todo, de aquello que determina en los últimos decenios la realidad latinoamericana: el proceso revolucionario, sus experiencias y sus lecciones. Todas las novelas mencionadas de Otero Silva, de Uslar Pietri, de Vargas Llosa están dedicadas a los acontecimientos históricos de carácter revolucionario: la rebelión de Lope de Aguirre en el siglo xvi contra el poder monárquico español en el libro de Otero Silva; los sucesos y los destinos de la época de la lucha por la independencia de España en la primera mitad del siglo xix en la novela de Uslar Pietri; la rebelión popular en el Brasil a finales del siglo xix en la obra de Vargas Llosa.
No sería erróneo afirmar que Temporada de ángeles resume esta línea del desarrollo desde las experiencias de la revolución cubana que conmovió a todo el continente latinoamericano, una revolución triunfante y en desarrollo lo que es especialmente importante para corregir otros puntos de vista. Las primeras novelas de Lisandro Otero, La situación (1963, traducción al ruso 1966) y En ciudad semejante (1970, traducción al ruso 1979), plasmaron las experiencias inmediatas del escritor que participó en la lucha revolucionaria contra la dictadura de Batista y la reconstrucción social de la sociedad cubana. Ahora llegó el momento de las generalizaciones.
Lisandro Otero habla de su novela: «Una cosa es el tema de la obra y otra es su objeto. Son cosas totalmente diferentes. En lo que se refiere a mi novela, su tema y su trama son los acontecimientos de la revolución inglesa del siglo xvii y su objeto verdadero es el proceso revolucionario. Algunos historiadores ingleses evitan el uso del concepto de la 'revolución' en relación con aquellos acontecimientos y prefieren hablar de 'la guerra civil', pero aquello fue una revolución, una de las grandes revoluciones burguesas. Al estudiar los materiales de la revolución inglesa, descubrí significantes paralelos con diferentes etapas de la revolución cubana. Aquellos hombres vivos, de carne y hueso aunque vivieron en otra época me parecían mis contemporáneos. Empecé a pensar en aquellos que antes de la revolución pertenecían a las clases pobres y fueron elevados hacia arriba; la revolución los evaluó altamente, pero luego ellos se convirtieron en unos pedantes y orgullosos y se volvieron contra ella... La similitud entre los destinos humanos concretos me pareció asombrosa... Me dije: todo se repite... Aunque, claro está, no se repite la historia que se desarrolla no en círculo, sino en espiral; se repite aquello que yo llamo 'la condición humana'. Así llegué a la idea de escribir una novela de la revolución inglesa. La trato basándome en mi conocimiento de la revolución cubana y, por supuesto, de otras revoluciones que sucedían a otra escala...»
Prestemos atención a que el escritor determinó el objeto de su obra como «proceso revolucionario». Creo que suena algo desacostumbrado y está lejos no solamente de las ideas del fundador del género Walter Scott, sino de la novela habitual histórica. Pero así son las ideas de los mejores novelistas de América Latina que tratan de generalizar las experiencias comunes de toda la humanidad y crear una especie de filosofía de la historia (como, por ejemplo, lo hace el cubano Alejo Carpentier o el colombiano García Márquez) y ahora también del proceso revolucionario que se comprende como la acción central y más dramática de la historia. Es evidente que estas ideas están engendradas por el carácter mismo de nuestra época que exige una evaluación muy atenta del pasado y presente en nombre del futuro.
En su respuesta Lisandro Otero señaló la especificidad de la comprensión de la historia y de la revolución. La historia como una disciplina ofrece los datos y la metodología del estudio del proceso revolucionario, pero para un escritor es solamente un punto de partida porque su tarea consiste no en revelar las regularidades socioeconómicas y políticas, sino humanas, aquello que Lisandro Otero llama 'condición humana'. La novela del escritor cubano demuestra que la investigación de un escritor posee su valor irrepetible e independiente porque no profundiza simplemente nuestra comprensión del proceso histórico, sino a través del estudio del hombre en la revolución, es decir, de su factor subjetivo en primer lugar, descubre nuevamente en los destinos humanos la dialéctica de la historia en todas sus contradicciones y dramatismo. La novela de Lisandro Otero, severa y con trazos difuminados, posee un gran potencial filosófico e intelectual que se forma de todas las situaciones, imágenes, conflictos que recrean el rostro amenazante y dramático de la época de los cambios catastróficos en el desarrollo de la sociedad. «Es la temporada de ángeles y mártires, temporada de locos y rebeldes, santos y héroes, temporada de motines, paradas, rebeliones y agitaciones; temporada de fidelidad y traición, de unidad y división; temporada de unión y unificación; temporada de decadencia y enemistades...»
De todos modos, ¿qué es lo que organiza la idea en la novela? Prestemos atención a la frase mencionada anteriormente: «temporada de ángeles y rebeldes...» ¿Quién da esta determinación de la revolución? Estas palabras son del autor que está haciendo la narración, pero hubieran podido ser de Stanton, teórico de la historia y de Luciano, práctico de la revolución y al final de la novela su filósofo. Sin embargo, aunque las ideas, el lenguaje, los conceptos y la terminología del autor y de sus personajes pensantes son muy cercanos, no coinciden y hasta se contradicen.
Como dijo el crítico cubano R. Rodríguez Coronel, sucede una interacción compleja de los puntos de vista. El autor no sale de los límites de la conciencia histórica de los personajes, pero tampoco se funde con ellos; llena sus conversaciones con conceptos e ideas que corrigen la comprensión de los sucesos y sacan sus ideas al futuro, sin embargo, tampoco a este nivel él está de acuerdo con ellos en la interpretación de la historia como un proceso. Aproximadamente en la mitad de la novela la narración se complica con el cuento en segunda persona en nombre de Luciano que empieza a comprender los acontecimientos y se une a ellos. Pero Luciano no es portador del punto de vista del autor. Lo será solamente al final de la obra. Al proyectar la experiencia y las ideas de los protagonistas hacia el futuro, el autor se deja el derecho a una posición más elevada que se plasma no en las ideas directas acerca de la revolución y la historia que expresan Stanton y Luciano: el autor tiene su propio lenguaje del que vamos a hablar más tarde. Mientras tanto, veamos cómo hablan los protagonistas.
Podemos señalar, por lo menos, tres capas del léxico, de la terminología y de conceptos e imágenes que se refieren a diferentes épocas en la historia de la humanidad que al fusionarse e interrelacionarse (por ejemplo, «ángel» y «sesión» en la misma determinación de la revolución), forman la filosofía general de la revolución que se crea en la conciencia de los personajes con la cual choca el autor y en que se basa. La capa primaria y básica surge del «material» de la revolución reflejada que hablaba, según las palabras de Carlos Marx, «con el lenguaje, pasiones e ilusiones tomados del Antiguo Testamento». La revolución en Inglaterra se llevaba a cabo como una lucha religiosa y política entre el protestantismo que fue la bandera espiritual del campo de Cromwell por un lado y el papismo, Vaticano, el catolicismo ortodoxo por el otro. El campo protestante se dividía en muchas corrientes, sectas, ramificaciones que representaban intereses sociales de diferentes capas. Los mismos líderes de la revolución hablaban un lenguaje pesado y poderoso de la Biblia: Cromwell, John Lilburne, el incorruptible, el aliado de Cromwell al principio y después su antagonista; Gerard Winstanley, un soñador apasionado cuya acción heroica y enloquecida corona la revolución inglesa quedándose como un testamento para el futuro.
Pero también en su lenguaje está presente otra capa lexicológica que refleja las experiencias totalmente nuevas y grandiosas, históricas y espirituales de la época cuando se rompían bruscamente viejas estructuras sociales y espirituales y nacían formas políticas nunca vistas anteriormente. En las proclamaciones, discursos, artículos de aquella época surgían los conceptos de la nueva era acerca de la república, democracia, derecho natural, el poder del pueblo, gérmenes de las ideas de la economía política. Más aún, en los llamados del líder de los diggers Winstanley, vemos conceptos ocultos bajo la retórica bíblica que se dirigen hacia el futuro aún más lejano, hacia la era de las revoluciones futuras. Con más claridad esta capa léxica de conceptos está presentada en las ideas y discursos de los personajes ficticios. Dos episodios son especialmente significativos: en una taberna de Londres, Luciano escucha la conversación de Stanton que habla con los artesanos, criados y jornaleros acerca de las ideas totalmente extraordinarias sobre la igualdad y los derechos y en otra ocasión, en plena revolución, Stanton rodeado por los levellers, seguidores de John Lilburne (casi todos son personajes históricos como Overton, Petty, Cheadly, etc.) empieza a hablar en un lenguaje que nos lleva a la época de la Gran Revolución Francesa: iluminación, ignorancia, inteligencia, oscurantismo, las ventajas de la experiencia ante la fe, la ley... Aquí Stanton formula «una idea tan peligrosa como la pólvora»: «La felicidad debe lograrse también en este mundo», «no hay que esperar la muerte para recibir el premio por todos los sufrimientos; el mundo progresa y el bienestar es posible... Cuando esta idea se apropie de los pobres, será más fuerte que centenares de cañones». La utopía religiosa de los diggers se formula casi en el lenguaje de los jacobinos y socialistas utópicos de finales del siglo xviii.
También se habla del «progreso» y «la ciencia» y se expresan las ideas relacionadas directamente con el racionalismo del siglo xviii. Stanton dice: «no es suficiente observar la naturaleza, hay que someterla, darle la dirección correcta, convertirla en un arma que sirva al progreso». La fe ingenua y optimista en la posibilidad de lograr «la felicidad en este mundo» a través de la «transformación» de la naturaleza compone la base de una nueva utopía laica que de hecho preconiza Stanton. Al parecer, todo es lógico, todos creen en el futuro, a todos los une la lógica teórica de la historia, sin embargo, la historia real y verdadera que todos ellos hacen y cuyas creaciones son, refuta estas construcciones, a primera vista, comprobadas y en realidad mecanicistas con su dialéctica oscura e inesperada. Todos ellos y cada uno a su manera, deben convencerse y sentirlo todo en sus propias vidas, mientras que Luciano pagará por todo con su vida.
De hecho, la base más profunda de la filosofía de la revolución en la novela de Lisandro Otero es precisamente este conflicto entre la lógica teórica de la historia y su dialéctica verdadera. Los protagonistas poseen la primera y el autor la segunda, porque es portador de las experiencias del siglo xx, de la revolución que venció en su patria, las experiencias complejísimas y dramáticas de los procesos en el continente latinoamericano. Sin embargo, el escritor opera no con categorías lógicas, sino con el lenguaje del arte y crea la dialéctica de la revolución como una acción catastrófica de la historia con muchas interrogantes que rompen todos los esquemas y que destruye las utopías en una confrontación compleja de los factores objetivos y subjetivos de la combinación de los cuales depende su resultado.
La dialéctica de la revolución plasmada en la literatura de ficción surge de la interrelación de varias ideas-imágenes de carácter simbólico. Por un lado, es la Luz de la historia identificada con la iluminación, el sueño-utopía, la revolución en su aspecto optimista y creador, la Inteligencia como arma de la lucha por la Luz y por el otro, es la Oscuridad de la historia y la Locura como símbolo de las fuerzas del proceso histórico que no se someten a la voluntad del hombre y de lo oscuro, egoísta, irracional que se oculta en el hombre mismo. La confrontación entre estas fuerzas define en la novela el resultado de la Causa común y plantea el problema central, clave del Sentido o del Absurdo de la historia. Precisamente este problema lo resuelve en la noche antes del fusilamiento Luciano, aquel personaje que fue portador de la Luz y se convirtió en la víctima de las Tinieblas. El nombre de este personaje que se vuelve en el final de la novela en portador del punto de vista del autor tiene un sentido simbólico. Señalado con el fondo de los nombres puramente ingleses y dado en el original de la novela en su pronunciación española proviene de la palabra luz. El «ángel, santo y mártir» de la revolución sufre en su propia carne la dialéctica de la historia y toda la tragedia de sus contradicciones. Resulta que sus imágenes de apoyo en buen grado tienen su origen en el lenguaje de aquel escritor genial cuya obra fue una especie de prólogo a la revolución inglesa. Hablo de William Shakespeare.
En este sentido una gran importancia tiene el episodio del asesinato absurdo y cruel por el coronel Harrison (personaje histórico, miembro de numerosas sectas revolucionarias religiosas y políticas de aquellos tiempos) del viejo actor del teatro londinense El Globo, del mismo teatro donde trabajaba y escribía sus obras Shakespeare. Los ironside derrotaron al ejército real y, borrachos de sangre, matan a los justos e injustos. Luciano, estremecido, recuerda la frase de Macbeth que oyó en El Globo de la boca de este mismo viejo: «La vida es solo una sombra. Es un cuento narrado por un idiota, lleno de estrépito y furor y que nada significa.»
Es el desdoblamiento amenazador y peligroso de la historia que es capaz de convertir la Luz en Tinieblas, la Inteligencia en Locura, el Sentido en Absurdo.
Percibimos fácilmente la plástica y la imaginería de Shakespeare en personajes que a primera vista son periféricos, pero en realidad muy importantes como el Jorobado y su compañero, un loco que es llevado amarrado a una soga. El Jorobado dice a Luciano: la horrenda joroba que él lleva en la espalda es el símbolo de la fealdad oculta en cada persona y no se trata de la fealdad puramente física, sino también de la fealdad espiritual y moral. La joroba se la comerán los gusanos, pero la fealdad del alma ¿no se quedará para el futuro? En su expresión más extrema la fealdad del alma es la locura. Por esta razón el Jorobado lleva a un loco amarrado a una soga. Ambos simbolizan aquellas fuerzas de las Tinieblas, Locura y Absurdo que pueden salir afuera desde el torbellino de las pasiones sociales y humanas. ¡Es una imagen atrevida y poderosa! Es la locura de los codiciosos carcomidos por el afán de lucro y del poder, de los traidores, oportunistas, extremistas que tratan de «adelantarse» a la historia y que «asesinan a los hombres en nombre de su bienestar»...
No es casual que el Jorobado y el loco aparecen cada vez cuando el rostro absurdo de la violencia anuncia la muerte. Es especialmente importante la escena del asesinato del loco. El Jorobado que se unió junto con su compañero a los diggers viene a Whitehall donde el juzgado revolucionario analiza el asunto de su líder Winstanley detenido por atentar contra la propiedad privada. Winstanley quedó absuelto (¡por ahora!), los diggers abandonan el palacio y en este momento un soldado revolucionario mata al loco; éste se revuelca en un charco de sangre y Luciano que no se atrevió a increpar al asesino que mata a un inocente, se hace reproches y piensa: «Así fue siempre. ¿Se repetirá todo de nuevo?» Pronto las Tinieblas lo matarán también a él.
Entonces, ¿en qué consiste el sentido de la revolución y de la historia y si existe en general? ¿Es posible llegar a la Utopía? ¿Se puede cumplir con la Causa? ¿De qué se compone el secreto de la conducta del hombre en la Arena de la historia? ¿No se encontrarán en el hombre mismo las respuestas a todas estas preguntas? Sin darse cuenta el escritor nos lleva al problema principal de la «naturaleza» del hombre que tiene tanta importancia en nuestros días. ¿No será nuevo este planteamiento del problema del «hombre en la revolución»?
El juego de las ideas-imágenes de la Luz y las Tinieblas se desarrolla durante toda la novela y en el final adquieren el sentido filosófico. La noche en la iglesia que se convirtió en la cárcel para los revolucionarios rebeldes, la oscuridad de la muerte que los espera y que envuelve sus almas y cabezas, ideas confusas. Todo culmina en la alborada que se convertirá para ellos en principio de la noche eterna. Aquí no vamos a repetir las preguntas que se plantea Luciano y sus respuestas. Son muchas igual que las dudas engendradas por la vida misma que él tuvo que vivir. Pero Luciano (¡por algo su nombre proviene de luz!) vence la oscuridad. La alborada que comienza es la luz de la Verdad del destino humano que él comprende, del Sentido de la historia y la gran utopía. Esta verdad no cabe en una palabra, en una frase, pero tiene algo incondicional. Tenemos que mencionar al gran novelista Alejo Carpentier tan querido por Lisandro Otero, autor de El reino de este mundo (1949) y El siglo de las luces (1962). Estos libros fueron un punto de partida de la novela latinoamericana sobre la revolución; ambos narran los acontecimientos revolucionarios que sucedieron en América Latina a finales del siglo xviii y principios del siglo xix. Lisandro Otero concientemente pone en su novela varias alusiones temáticas referentes a distintas situaciones en ambos libros de Carpentier, pero lo más importante es el parecido de las ideas centrales. ¿Es la historia el círculo vicioso, la repetición eterna, tautología absurda o el movimiento recto? Detrás de la confrontación de las ideas acerca del Sentido o el Absurdo de la historia ¿está la confrontación de dos conceptos modernos del futuro de la humanidad? La respuesta que da Carpentier y más tarde Lisandro Otero lleva el sello de las experiencias de los sucesos revolucionarios en América Latina; ambas respuestas no prometen nada fácil, pero ambos escritores relacionan el futuro con la lucha por la Causa común... Sí, la «condición humana» se repite, pero no solamente en sentido negativo: se repite la voluntad del hombre de vivir, la preparación para superarse en su afán de lograr el futuro que es lo único que puede oponerse al Absurdo de la historia.
En esta posición está la respuesta a la pregunta sobre el destino personal del hombre en la historia. El protagonista de El reino de este mundo, el esclavo Ti Noel, pasa por situaciones que se parecen a aquellas que debía sufrir el protagonista de Lisandro Otero. Ambos, Ti Noel y Luciano comprenden, cada uno a su manera, que sus sufrimientos y su martirio tienen sentido solamente como parte de la lucha común por la Causa o como la llaman en la novela de Carpentier el Gran Futuro. Pero Ti Noel lo percibe sólo vagamente, mientras que Luciano lo comprende perfectamente porque están presentes las experiencias de la revolución cubana triunfante y de todas las revoluciones de diferentes épocas.

     
     
     
     
   
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Redacción editorial: Pablo Vargas
Diseño: Yemly Figueredo
Corrección editorial: Ruth Lelyen