LA
LUZ Y LAS TINIEBLAS DE LA HISTORIA
Valeri Zemskov
En
el final de la novela del conocido escritor cubano Lisandro Otero
Temporada de ángeles los soldados del ejército
revolucionario fusilan a cuatro compañeros suyos. En realidad,
aquel día de mayo de 1649, según las órdenes
de Oliverio Cromwell, líder de la revolución burguesa
en Inglaterra en el siglo xvii, fueron ejecutados no cuatro, sino
tres soldados del regimiento amotinado en la ciudad de Salisbury.
A los personajes resales Thompson, Church y Perkins, el autor
agregó al capitán Luciano, un personaje ficticio.
¿Para qué lo necesitaba el escritor que reconstruye
minuciosamente los sucesos de la revolución inglesa de
acuerdo con las fuentes y los documentos estudiados por él
con mucha profundidad?
Lisandro Otero contestó así al autor de estas líneas:
«Lo más difícil era encontrar tal distancia
en relación con el material histórico que permitiría
librarse de la presión de los hechos y adquirir la libertad
del pensamiento y de la imaginación. ¿Obligar al
personaje histórico que piense y diga lo que no pensaba
y decía? Seguramente, es permisible a aquel quien puede
atribuirse semejante responsabilidad... Me parece que es mejor
inventar personajes paralelos que hubieran podido vivir en aquella
época y, por lo tanto, expresar su tiempo.»
Además de Luciano, entre los personajes centrales tenemos
otros protagonistas ficticios: es el abogado Stanton y el comerciante
Norton. Son tres protagonistas con diferentes destinos y de diferentes
capas de la sociedad inglesa. Luciano personifica la base popular
de la revolución y transcurre el camino de un jornalero
ignorante y analfabeto a capitán del ejército de
Cromwell; Stanton simboliza a la intelectualidad progresista y
radical. Filósofo y propagandista de la revolución,
Stanton se convierte en secretario del Consejo de Estado de Cromwell.
Norton es un burgués, un conformista que busca su propio
provecho y más tarde cuando la revolución se hace
más radical, es su enemigo. La vida de cada uno de ellos
traza las líneas principales del desarrollo de la primera
de las grandes revoluciones de los tiempos modernos, aclara sus
éxitos y errores; sus ideas, vacilaciones y búsquedas
conforman aquel fondo espiritual sobre el cual se descubre el
sentido de las acciones de los personajes y su desarrollo mismo
en el período indicado por el escritor: de 1639 a 1649
que fue un período de cambios enormes y radicales, de acontecimientos
increíbles que engendraron formas políticas inauditas
y que promovieron al primer plano a grandes pensadores y luchadores.
La lucha del Parlamento encabezado por John Pym, famoso político
y representante de los intereses de la joven burguesía
inglesa, contra Carlos Estuardo I, la lucha de los aristócratas
y papistas; las batallas encarnizadas de las corrientes religiosas
y políticas; el paso de la oposición burguesa a
la ofensiva y el comienzo de la sangrienta guerra civil; la creación
por Cromwell y Fairfax del Ejército Nuevo donde entran
los ironsides, los pequeños burgueses, campesinos, jornaleros,
artesanos que luchan abnegadamente por la Causa común de
la liberación y que se convierten en coroneles y capitanes
y más tarde en miembros del nuevo Parlamento depurado ya
de los aristócratas, en legisladores y jueces de Carlos
I. Sucede algo inusitado: se le condena al monarca que es ejecutado
por la traición y opresión de los derechos del pueblo
y se establece la república.
La ola de la revolución crece: los soldados pertenecen
al ala radical y democrática, a los levellers encabezados
por John Lilburne, y exigen que se lleven al final las transformaciones
democráticas, mientras que los verdaderos levellers, o
diggers con Gerard Winstanley a la cabeza ya exigen la abolición
de no solamente los privilegios de las clases pudientes, sino
también de la propiedad privada y abogan por la propiedad
social de la tierra... Para Norton es insoportable, mientras que
Stanton que considera que el radicalismo es excesivo y pernicioso
para la sociedad, formula un nuevo credo de la sociedad burguesa
y protestante que rompió las estructuras medievales y feudales
económicas, políticas y espirituales: «¡La
propiedad... es como Dios!» Cromwell que obtuvo la victoria
con la ayuda de los soldados responde al motín de los levellers
con su aplastamiento en Salisbury.
Una de las causas del motín de los soldados radica en su
negativa a marcharse a Irlanda para subyugar la población
rebelde de la isla vecina. Para Cromwell y los hombres que ostentaban
el poder fue el método más sencillo desembarazarse
del ejercito en rebelión, desangrarlo en la guerra y al
mismo tiempo convertir la isla en una colonia de Inglaterra. Para
Luciano y otros levellers se hace evidente que aquello significaba
su desaparición de la escena política y la traición
de la revolución. F. Engels determinó el sentido
de las actividades de Cromwell cuando escribió que éste
«combinaba en la misma persona a Robespierre y Napoleón»
de la revolución inglesa.
La revolución llegó a su punto culminante y la cima
histórica aunque también más tarde se observarán
momentos importantes y el mismo Cromwell jugará el papel
inicial de Robespierre, pero...Lisandro Otero con la exactitud
de un historiador determinó donde poner el punto final:
en la ejecución de los rebeldes en Salisbury. En el último
capítulo, una especie de epílogo, se traza la línea
dominante del desarrollo de la revolución inglesa: después
del fusilamiento de sus compañeros de armas Cromwell se
dirige a Oxford para recibir un honorable título de doctor
y después en el coche dorado de Carlos I llega a Londres.
Luego viene la escena final donde él conversa con Stanton.
Cromwell habla evasivamente, no lo dice todo, hasta que expresa
una idea que él mismo teme: ¿tal vez, debe aceptar
la corona de Inglaterra como se lo aconsejan? Sabemos que Cromwell
se negará a coronarse y, al parecer, evitará la
deshonra con que más tarde se cubrirá Bonaparte
que traicionará la revolución y se convertirá
en emperador Napoleón I. Pero en su calidad de protector
de la Inglaterra republicana Cromwell, de hecho, será un
dictador y después de su muerte el país volverá
a la monarquía , pero ésta, sin embargo, perderá
el poder absoluto para siempre...
¿Quería Cromwell el poder personal absoluto y albergaba
la idea de volver a la monarquía? Los historiadores responden
a esta pregunta de maneras diferentes: fue una responsabilidad
compleja, pero es evidente que no podemos contentarnos con motivos
netamente sicológicos. En condiciones de contradicciones
sociales agudizadas que desembocaron en una lucha anárquica
de los partidos enemigos, Cromwell abogaba por el ordenamiento
de las nuevas formas de la gobernación y el establecimiento
del poder fuerte que debía, de un modo u otro, combinar
los intereses de la nueva burguesía y la aristocracia terrateniente,
igual que de los hombres salidos del «tercer estado»
que soñaban con privilegios y títulos de nobleza.
Él rechazó las exigencias de los levellers y más
aún de los diggers que portaban las ideas más radicales
de la revolución inglesa.
Antes de la ejecución Luciano saca conclusiones de su vida
y piensa en Cromwell, hombre que encabezó la revolución
e interrumpió su desarrollo al establecer «la dictadura
de los generales y los generales de la City». El soldado
Perkins, su compañero en la desgracia, se desespera al
saber que fueron traicionados: «Todo era una gran porquería:
los hombres padecen deseos insaciables... la única igualdad
valedera es el poder equivalente de destruirse unos a otros; no
hay ideas que guíen.» ¿Todo cogió su
nivel? Entonces, ¿para qué hicieron la revolución?
¿Es posible plasmar en la vida la gran utopía, son
justificados todos los esfuerzos, sufrimientos, el dolor, la sangre
vertida en nombre de la Causa común, son alcanzables aquellos
objetivos ideales en cuyo nombre miles se encaminan hacia su muerte?
En general, ¿el hombre puede hacer algo, puede hacer la
historia o la hace algo más poderoso?
Si generalizamos todas las dudas de Luciano acerca de la revolución
y Cromwell y formulamos el problema en el lenguaje moderno, se
expresará, al parecer así; ¿en qué
consiste el secreto de la correlación de los factores objetivos
y subjetivos de la historia que determinan las posibilidades y
las «limitaciones» de llevar a cabo el ideal revolucionario,
la marcha de la revolución misma y el grado de la participación
personal del hombre en ella?
No citaremos aquí las cavilaciones y los argumentos de
Luciano que trata de comprender sus experiencias y explicarse
a sí mismo qué es la revolución y qué
puede hacer un hombre, porque el lector lo leerá todo.
Planteamos la pregunta: ¿hubiera podido el capitán
del ejército de Cromwell pensar y hablar de la revolución
con palabras y términos que utiliza Luciano? Sí
y no. Da la impresión que todo esto es asequible para él,
pero al mismo tiempo sentimos que él sabe más que
su época. Allí está el papel y la importancia
del Luciano «paralelo» al Perkins real e histórico,
del cuarto hombre que no se encontraba entre aquellos que fueron
encerrados en la iglesia antes de la ejecución, pero este
personaje inventado permite al escritor tener la libertad para
penetrar en el material histórico, para sacar aquellas
verdades que fueron engendradas por la época, pero que
podrían entenderse solamente en épocas posteriores
y de modo distinto en tiempos diferentes. El mismo papel Lisandro
Otero adjudicó a Stanton.
El escritor es verídico cuando describe sucesos reales
y a los personajes históricos; son totalmente creíbles
también los personajes ficticios, sin embargo, su comprensión
de la esencia de los acontecimientos sobrepasa y vence los límites
temporales sin salirse de ellos por completo. Es una particularidad
individual no sólo de Lisandro Otero aunque se expresa
individualmente. Aquí vemos un fenómeno de carácter
más general: son métodos característicos
para la «nueva» novela latinoamericana histórica
como lo dice el conocido crítico venezolano Alexis Márquez
Rodríguez. El crítico opina que la novela histórica
latinoamericana «en nombre de la exactitud histórica
se basa en el estudio previo de los hechos en que descansa la
obra, aunque finalmente resulta que este material en mayor o menor
grado está transformado por la imaginación y, más
aún, por la fantasía del narrador». Alexis
Márquez pone de ejemplo varias obras entre las cuales vemos
novelas tan importantes de los últimos tiempos como Lope
de Aguirre, el príncipe de la libertad del venezolano
Miguel Otero Silva que conocen nuestros lectores, La isla de
Robinson del venezolano Arturo Uslar Pietri y La guerra
del fin del mundo del peruano Mario Vargas Llosa. Espero que
nuestros lectores podrán leerlas algún día.
Realmente, la novela histórica empezó a ocupar en
la novelística latinoamericana moderna un lugar cada vez
más significativo y efectivamente, existe algo común
en las búsquedas de los escritores latinoamericanos que
se dirigen a la temática histórica. Desarrollando
la idea de Alexis Márquez, se puede determinar como el
deseo de «trabajar con la imaginación» la historia
sin sacrificar la exactitud y la veracidad con el fin de comprender
no solamente el pasado, sino también el presente. Los escritores
latinoamericanos establecen las relaciones con la contemporaneidad
sin el apoyo en alusiones ocultas o evidentes o en las llamadas
construcciones «parabólicas» filosóficas
donde la idea «se desliza» por «el arco»
de la parábola ideológica y de la trama del pasado.
El escritor lo elabora todo de tal manera, ilumina tantas capas
ocultas y construye de tal manera a sus personajes que, sin quererlo
expresamente, empezamos a pensar en nuestros días. Se trata,
en primer lugar, del enfoque del material y en el segundo, de
la comprensión de la historia y antes que todo, de aquello
que determina en los últimos decenios la realidad latinoamericana:
el proceso revolucionario, sus experiencias y sus lecciones. Todas
las novelas mencionadas de Otero Silva, de Uslar Pietri, de Vargas
Llosa están dedicadas a los acontecimientos históricos
de carácter revolucionario: la rebelión de Lope
de Aguirre en el siglo xvi contra el poder monárquico español
en el libro de Otero Silva; los sucesos y los destinos de la época
de la lucha por la independencia de España en la primera
mitad del siglo xix en la novela de Uslar Pietri; la rebelión
popular en el Brasil a finales del siglo xix en la obra de Vargas
Llosa.
No sería erróneo afirmar que Temporada de ángeles
resume esta línea del desarrollo desde las experiencias
de la revolución cubana que conmovió a todo el continente
latinoamericano, una revolución triunfante y en desarrollo
lo que es especialmente importante para corregir otros puntos
de vista. Las primeras novelas de Lisandro Otero, La situación
(1963, traducción al ruso 1966) y En ciudad semejante
(1970, traducción al ruso 1979), plasmaron las experiencias
inmediatas del escritor que participó en la lucha revolucionaria
contra la dictadura de Batista y la reconstrucción social
de la sociedad cubana. Ahora llegó el momento de las generalizaciones.
Lisandro Otero habla de su novela: «Una cosa es el tema
de la obra y otra es su objeto. Son cosas totalmente diferentes.
En lo que se refiere a mi novela, su tema y su trama son los acontecimientos
de la revolución inglesa del siglo xvii y su objeto verdadero
es el proceso revolucionario. Algunos historiadores ingleses evitan
el uso del concepto de la 'revolución' en relación
con aquellos acontecimientos y prefieren hablar de 'la guerra
civil', pero aquello fue una revolución, una de las grandes
revoluciones burguesas. Al estudiar los materiales de la revolución
inglesa, descubrí significantes paralelos con diferentes
etapas de la revolución cubana. Aquellos hombres vivos,
de carne y hueso aunque vivieron en otra época me parecían
mis contemporáneos. Empecé a pensar en aquellos
que antes de la revolución pertenecían a las clases
pobres y fueron elevados hacia arriba; la revolución los
evaluó altamente, pero luego ellos se convirtieron en unos
pedantes y orgullosos y se volvieron contra ella... La similitud
entre los destinos humanos concretos me pareció asombrosa...
Me dije: todo se repite... Aunque, claro está, no se repite
la historia que se desarrolla no en círculo, sino en espiral;
se repite aquello que yo llamo 'la condición humana'. Así
llegué a la idea de escribir una novela de la revolución
inglesa. La trato basándome en mi conocimiento de la revolución
cubana y, por supuesto, de otras revoluciones que sucedían
a otra escala...»
Prestemos atención a que el escritor determinó el
objeto de su obra como «proceso revolucionario». Creo
que suena algo desacostumbrado y está lejos no solamente
de las ideas del fundador del género Walter Scott, sino
de la novela habitual histórica. Pero así son las
ideas de los mejores novelistas de América Latina que tratan
de generalizar las experiencias comunes de toda la humanidad y
crear una especie de filosofía de la historia (como, por
ejemplo, lo hace el cubano Alejo Carpentier o el colombiano García
Márquez) y ahora también del proceso revolucionario
que se comprende como la acción central y más dramática
de la historia. Es evidente que estas ideas están engendradas
por el carácter mismo de nuestra época que exige
una evaluación muy atenta del pasado y presente en nombre
del futuro.
En su respuesta Lisandro Otero señaló la especificidad
de la comprensión de la historia y de la revolución.
La historia como una disciplina ofrece los datos y la metodología
del estudio del proceso revolucionario, pero para un escritor
es solamente un punto de partida porque su tarea consiste no en
revelar las regularidades socioeconómicas y políticas,
sino humanas, aquello que Lisandro Otero llama 'condición
humana'. La novela del escritor cubano demuestra que la investigación
de un escritor posee su valor irrepetible e independiente porque
no profundiza simplemente nuestra comprensión del proceso
histórico, sino a través del estudio del hombre
en la revolución, es decir, de su factor subjetivo en primer
lugar, descubre nuevamente en los destinos humanos la dialéctica
de la historia en todas sus contradicciones y dramatismo. La novela
de Lisandro Otero, severa y con trazos difuminados, posee un gran
potencial filosófico e intelectual que se forma de todas
las situaciones, imágenes, conflictos que recrean el rostro
amenazante y dramático de la época de los cambios
catastróficos en el desarrollo de la sociedad. «Es
la temporada de ángeles y mártires, temporada de
locos y rebeldes, santos y héroes, temporada de motines,
paradas, rebeliones y agitaciones; temporada de fidelidad y traición,
de unidad y división; temporada de unión y unificación;
temporada de decadencia y enemistades...»
De todos modos, ¿qué es lo que organiza la idea
en la novela? Prestemos atención a la frase mencionada
anteriormente: «temporada de ángeles y rebeldes...»
¿Quién da esta determinación de la revolución?
Estas palabras son del autor que está haciendo la narración,
pero hubieran podido ser de Stanton, teórico de la historia
y de Luciano, práctico de la revolución y al final
de la novela su filósofo. Sin embargo, aunque las ideas,
el lenguaje, los conceptos y la terminología del autor
y de sus personajes pensantes son muy cercanos, no coinciden y
hasta se contradicen.
Como dijo el crítico cubano R. Rodríguez Coronel,
sucede una interacción compleja de los puntos de vista.
El autor no sale de los límites de la conciencia histórica
de los personajes, pero tampoco se funde con ellos; llena sus
conversaciones con conceptos e ideas que corrigen la comprensión
de los sucesos y sacan sus ideas al futuro, sin embargo, tampoco
a este nivel él está de acuerdo con ellos en la
interpretación de la historia como un proceso. Aproximadamente
en la mitad de la novela la narración se complica con el
cuento en segunda persona en nombre de Luciano que empieza a comprender
los acontecimientos y se une a ellos. Pero Luciano no es portador
del punto de vista del autor. Lo será solamente al final
de la obra. Al proyectar la experiencia y las ideas de los protagonistas
hacia el futuro, el autor se deja el derecho a una posición
más elevada que se plasma no en las ideas directas acerca
de la revolución y la historia que expresan Stanton y Luciano:
el autor tiene su propio lenguaje del que vamos a hablar más
tarde. Mientras tanto, veamos cómo hablan los protagonistas.
Podemos señalar, por lo menos, tres capas del léxico,
de la terminología y de conceptos e imágenes que
se refieren a diferentes épocas en la historia de la humanidad
que al fusionarse e interrelacionarse (por ejemplo, «ángel»
y «sesión» en la misma determinación
de la revolución), forman la filosofía general de
la revolución que se crea en la conciencia de los personajes
con la cual choca el autor y en que se basa. La capa primaria
y básica surge del «material» de la revolución
reflejada que hablaba, según las palabras de Carlos Marx,
«con el lenguaje, pasiones e ilusiones tomados del Antiguo
Testamento». La revolución en Inglaterra se llevaba
a cabo como una lucha religiosa y política entre el protestantismo
que fue la bandera espiritual del campo de Cromwell por un lado
y el papismo, Vaticano, el catolicismo ortodoxo por el otro. El
campo protestante se dividía en muchas corrientes, sectas,
ramificaciones que representaban intereses sociales de diferentes
capas. Los mismos líderes de la revolución hablaban
un lenguaje pesado y poderoso de la Biblia: Cromwell, John Lilburne,
el incorruptible, el aliado de Cromwell al principio y después
su antagonista; Gerard Winstanley, un soñador apasionado
cuya acción heroica y enloquecida corona la revolución
inglesa quedándose como un testamento para el futuro.
Pero también en su lenguaje está presente otra capa
lexicológica que refleja las experiencias totalmente nuevas
y grandiosas, históricas y espirituales de la época
cuando se rompían bruscamente viejas estructuras sociales
y espirituales y nacían formas políticas nunca vistas
anteriormente. En las proclamaciones, discursos, artículos
de aquella época surgían los conceptos de la nueva
era acerca de la república, democracia, derecho natural,
el poder del pueblo, gérmenes de las ideas de la economía
política. Más aún, en los llamados del líder
de los diggers Winstanley, vemos conceptos ocultos bajo la retórica
bíblica que se dirigen hacia el futuro aún más
lejano, hacia la era de las revoluciones futuras. Con más
claridad esta capa léxica de conceptos está presentada
en las ideas y discursos de los personajes ficticios. Dos episodios
son especialmente significativos: en una taberna de Londres, Luciano
escucha la conversación de Stanton que habla con los artesanos,
criados y jornaleros acerca de las ideas totalmente extraordinarias
sobre la igualdad y los derechos y en otra ocasión, en
plena revolución, Stanton rodeado por los levellers, seguidores
de John Lilburne (casi todos son personajes históricos
como Overton, Petty, Cheadly, etc.) empieza a hablar en un lenguaje
que nos lleva a la época de la Gran Revolución Francesa:
iluminación, ignorancia, inteligencia, oscurantismo, las
ventajas de la experiencia ante la fe, la ley... Aquí Stanton
formula «una idea tan peligrosa como la pólvora»:
«La felicidad debe lograrse también en este mundo»,
«no hay que esperar la muerte para recibir el premio por
todos los sufrimientos; el mundo progresa y el bienestar es posible...
Cuando esta idea se apropie de los pobres, será más
fuerte que centenares de cañones». La utopía
religiosa de los diggers se formula casi en el lenguaje de los
jacobinos y socialistas utópicos de finales del siglo xviii.
También se habla del «progreso» y «la
ciencia» y se expresan las ideas relacionadas directamente
con el racionalismo del siglo xviii. Stanton dice: «no es
suficiente observar la naturaleza, hay que someterla, darle la
dirección correcta, convertirla en un arma que sirva al
progreso». La fe ingenua y optimista en la posibilidad de
lograr «la felicidad en este mundo» a través
de la «transformación» de la naturaleza compone
la base de una nueva utopía laica que de hecho preconiza
Stanton. Al parecer, todo es lógico, todos creen en el
futuro, a todos los une la lógica teórica de la
historia, sin embargo, la historia real y verdadera que todos
ellos hacen y cuyas creaciones son, refuta estas construcciones,
a primera vista, comprobadas y en realidad mecanicistas con su
dialéctica oscura e inesperada. Todos ellos y cada uno
a su manera, deben convencerse y sentirlo todo en sus propias
vidas, mientras que Luciano pagará por todo con su vida.
De hecho, la base más profunda de la filosofía de
la revolución en la novela de Lisandro Otero es precisamente
este conflicto entre la lógica teórica de la historia
y su dialéctica verdadera. Los protagonistas poseen la
primera y el autor la segunda, porque es portador de las experiencias
del siglo xx, de la revolución que venció en su
patria, las experiencias complejísimas y dramáticas
de los procesos en el continente latinoamericano. Sin embargo,
el escritor opera no con categorías lógicas, sino
con el lenguaje del arte y crea la dialéctica de la revolución
como una acción catastrófica de la historia con
muchas interrogantes que rompen todos los esquemas y que destruye
las utopías en una confrontación compleja de los
factores objetivos y subjetivos de la combinación de los
cuales depende su resultado.
La dialéctica de la revolución plasmada en la literatura
de ficción surge de la interrelación de varias ideas-imágenes
de carácter simbólico. Por un lado, es la Luz de
la historia identificada con la iluminación, el sueño-utopía,
la revolución en su aspecto optimista y creador, la Inteligencia
como arma de la lucha por la Luz y por el otro, es la Oscuridad
de la historia y la Locura como símbolo de las fuerzas
del proceso histórico que no se someten a la voluntad del
hombre y de lo oscuro, egoísta, irracional que se oculta
en el hombre mismo. La confrontación entre estas fuerzas
define en la novela el resultado de la Causa común y plantea
el problema central, clave del Sentido o del Absurdo de la historia.
Precisamente este problema lo resuelve en la noche antes del fusilamiento
Luciano, aquel personaje que fue portador de la Luz y se convirtió
en la víctima de las Tinieblas. El nombre de este personaje
que se vuelve en el final de la novela en portador del punto de
vista del autor tiene un sentido simbólico. Señalado
con el fondo de los nombres puramente ingleses y dado en el original
de la novela en su pronunciación española proviene
de la palabra luz. El «ángel, santo y mártir»
de la revolución sufre en su propia carne la dialéctica
de la historia y toda la tragedia de sus contradicciones. Resulta
que sus imágenes de apoyo en buen grado tienen su origen
en el lenguaje de aquel escritor genial cuya obra fue una especie
de prólogo a la revolución inglesa. Hablo de William
Shakespeare.
En este sentido una gran importancia tiene el episodio del asesinato
absurdo y cruel por el coronel Harrison (personaje histórico,
miembro de numerosas sectas revolucionarias religiosas y políticas
de aquellos tiempos) del viejo actor del teatro londinense El
Globo, del mismo teatro donde trabajaba y escribía sus
obras Shakespeare. Los ironside derrotaron al ejército
real y, borrachos de sangre, matan a los justos e injustos. Luciano,
estremecido, recuerda la frase de Macbeth que oyó en El
Globo de la boca de este mismo viejo: «La vida es solo una
sombra. Es un cuento narrado por un idiota, lleno de estrépito
y furor y que nada significa.»
Es el desdoblamiento amenazador y peligroso de la historia que
es capaz de convertir la Luz en Tinieblas, la Inteligencia en
Locura, el Sentido en Absurdo.
Percibimos fácilmente la plástica y la imaginería
de Shakespeare en personajes que a primera vista son periféricos,
pero en realidad muy importantes como el Jorobado y su compañero,
un loco que es llevado amarrado a una soga. El Jorobado dice a
Luciano: la horrenda joroba que él lleva en la espalda
es el símbolo de la fealdad oculta en cada persona y no
se trata de la fealdad puramente física, sino también
de la fealdad espiritual y moral. La joroba se la comerán
los gusanos, pero la fealdad del alma ¿no se quedará
para el futuro? En su expresión más extrema la fealdad
del alma es la locura. Por esta razón el Jorobado lleva
a un loco amarrado a una soga. Ambos simbolizan aquellas fuerzas
de las Tinieblas, Locura y Absurdo que pueden salir afuera desde
el torbellino de las pasiones sociales y humanas. ¡Es una
imagen atrevida y poderosa! Es la locura de los codiciosos carcomidos
por el afán de lucro y del poder, de los traidores, oportunistas,
extremistas que tratan de «adelantarse» a la historia
y que «asesinan a los hombres en nombre de su bienestar»...
No es casual que el Jorobado y el loco aparecen cada vez cuando
el rostro absurdo de la violencia anuncia la muerte. Es especialmente
importante la escena del asesinato del loco. El Jorobado que se
unió junto con su compañero a los diggers viene
a Whitehall donde el juzgado revolucionario analiza el asunto
de su líder Winstanley detenido por atentar contra la propiedad
privada. Winstanley quedó absuelto (¡por ahora!),
los diggers abandonan el palacio y en este momento un soldado
revolucionario mata al loco; éste se revuelca en un charco
de sangre y Luciano que no se atrevió a increpar al asesino
que mata a un inocente, se hace reproches y piensa: «Así
fue siempre. ¿Se repetirá todo de nuevo?»
Pronto las Tinieblas lo matarán también a él.
Entonces, ¿en qué consiste el sentido de la revolución
y de la historia y si existe en general? ¿Es posible llegar
a la Utopía? ¿Se puede cumplir con la Causa? ¿De
qué se compone el secreto de la conducta del hombre en
la Arena de la historia? ¿No se encontrarán en el
hombre mismo las respuestas a todas estas preguntas? Sin darse
cuenta el escritor nos lleva al problema principal de la «naturaleza»
del hombre que tiene tanta importancia en nuestros días.
¿No será nuevo este planteamiento del problema del
«hombre en la revolución»?
El juego de las ideas-imágenes de la Luz y las Tinieblas
se desarrolla durante toda la novela y en el final adquieren el
sentido filosófico. La noche en la iglesia que se convirtió
en la cárcel para los revolucionarios rebeldes, la oscuridad
de la muerte que los espera y que envuelve sus almas y cabezas,
ideas confusas. Todo culmina en la alborada que se convertirá
para ellos en principio de la noche eterna. Aquí no vamos
a repetir las preguntas que se plantea Luciano y sus respuestas.
Son muchas igual que las dudas engendradas por la vida misma que
él tuvo que vivir. Pero Luciano (¡por algo su nombre
proviene de luz!) vence la oscuridad. La alborada que comienza
es la luz de la Verdad del destino humano que él comprende,
del Sentido de la historia y la gran utopía. Esta verdad
no cabe en una palabra, en una frase, pero tiene algo incondicional.
Tenemos que mencionar al gran novelista Alejo Carpentier tan querido
por Lisandro Otero, autor de El reino de este mundo (1949)
y El siglo de las luces (1962). Estos libros fueron un
punto de partida de la novela latinoamericana sobre la revolución;
ambos narran los acontecimientos revolucionarios que sucedieron
en América Latina a finales del siglo xviii y principios
del siglo xix. Lisandro Otero concientemente pone en su novela
varias alusiones temáticas referentes a distintas situaciones
en ambos libros de Carpentier, pero lo más importante es
el parecido de las ideas centrales. ¿Es la historia el
círculo vicioso, la repetición eterna, tautología
absurda o el movimiento recto? Detrás de la confrontación
de las ideas acerca del Sentido o el Absurdo de la historia ¿está
la confrontación de dos conceptos modernos del futuro de
la humanidad? La respuesta que da Carpentier y más tarde
Lisandro Otero lleva el sello de las experiencias de los sucesos
revolucionarios en América Latina; ambas respuestas no
prometen nada fácil, pero ambos escritores relacionan el
futuro con la lucha por la Causa común... Sí, la
«condición humana» se repite, pero no solamente
en sentido negativo: se repite la voluntad del hombre de vivir,
la preparación para superarse en su afán de lograr
el futuro que es lo único que puede oponerse al Absurdo
de la historia.
En esta posición está la respuesta a la pregunta
sobre el destino personal del hombre en la historia. El protagonista
de El reino de este mundo, el esclavo Ti Noel, pasa por
situaciones que se parecen a aquellas que debía sufrir
el protagonista de Lisandro Otero. Ambos, Ti Noel y Luciano comprenden,
cada uno a su manera, que sus sufrimientos y su martirio tienen
sentido solamente como parte de la lucha común por la Causa
o como la llaman en la novela de Carpentier el Gran Futuro. Pero
Ti Noel lo percibe sólo vagamente, mientras que Luciano
lo comprende perfectamente porque están presentes las experiencias
de la revolución cubana triunfante y de todas las revoluciones
de diferentes épocas.