Lealtad
y Nación
Pedro de la Hoz
¿De qué manera el entorno familiar influyó
para que naciera en ti la vocación de escribir? ¿Cuándo
esa vocación se hizo consciente?
Mi padre fue periodista y escritor; dos de mis tíos también
ejercieron el periodismo; mi hermano fue profesor universitario.
En mi casa existía una inmensa biblioteca. Desde que aprendí
a leer me aficioné a los libros. Me leí varias veces
muchas partes de los veinte tomos del Tesoro de la
Juventud; la sobremesa de los almuerzos familiares
dominicales era un foro de comentarios sobre la actualidad del
país. Comencé a escribir -como todo el mundo-, de
manera mimética, tratando de imitar a quienes me agradaba
leer. Mis primeros cuentos debo haberlos escrito alrededor de
los trece o catorce años.
No muchos guardan la memoria de un Lisandro Otero que escribía
notas sobre música y aventuraba juicios críticos.
¿Podrías compartir públicamente esa experiencia?
Desde mi niñez fui melómano. Estudié música
con el maestro José Ramón Betancourt, quien era
director de la banda de música de la Marina de Guerra.
Tocaba trompeta de pistones. Participé en desfiles martianos
con la banda del Colegio Añorga, donde cursé la
primaria. En mi adolescencia no me perdía ni uno de los
conciertos dominicales de la Orquesta Filarmónica de La
Habana. Eran los excelentes tiempos de Erich Kleiber y de Bruno
Ormandy. En mi casa había un gramófono con discos
de 78 revoluciones que escuchaba con frecuencia. Durante el bachillerato
me reunía con frecuencia con otros amigos, que también
disfrutaban de la música clásica, para escuchar
conjuntamente las grabaciones novedosas. En el periódico
Excelsior de La Habana, donde mi padre laboraba, se hizo
necesaria la presencia de un crítico auxiliar de música
y Ramón Becali padre, jefe de las páginas de espectáculos,
me pidió que asumiera esas funciones. Después abandoné
esa rúbrica y pasé a ser crítico de cine,
en las mismas páginas.
Antes de Tabaco para un Jueves Santo ¿hubo
algún intento de novela que no conozcamos? ¿Qué
facilidades y dificultades le reconoces al cuento como género?
Tabaco... reúne los primeros cuentos que
erróneamente consideré no desechables. En esos tiempos
escribí mucho. Recuerdo una obra teatral que hice bajo
la influencia de Alejandro Casona. También hice una noveleta
de unas sesenta u ochenta páginas. No faltaron muchos poemas.
Todo ello fue a parar al lugar que le correspondía: el
latón de basura. Los cuentos de Tabaco...
también merecían ser repudiados pero no tuve el
valor necesario.
El cuento es el más difícil de los géneros
de la narrativa. Siempre recuerdo la anécdota de Balzac
que al ser requerido por una revista para que les entregara un
cuento en una semana respondió que era muy poco tiempo,
pero que en vez de ello podía escribirles una novela. El
cuento se realiza por compactación y la novela se hace
por yuxtaposición. En el cuento lo más importante
es la tensión interior que a veces no es referida en el
relato; lo invisible es más importante que lo visible.
Algunos, como O'Henry, hacen énfasis en el final sorpresivo,
pero eso no es fundamental. Otros, como Chéjov, toman un
trozo de un decursar del tiempo, que viene fluyendo antes de que
comience el cuento y continuará después del final.
Esa es la forma que pretendí cultivar.
Te has referido, varias veces, a la influencia que Hemingway
ejerció sobre tu formación literaria original. A
esas alturas, ¿qué le debes, qué no le debes?
Hemingway fue mi segundo maestro. Los primeros fueron los autores
españoles de la generación del 98: Azorín,
Valle Inclán, los Machado, Ortega. Cuando descubrí
la literatura estadounidense abandoné los valores españoles
que me parecieron, por comparación, farragosos y decimonónicos.
Hemingway me enseñó a economizar vocablos, a intentar
el máximo de posibilidades expresivas con el mínimo
de recursos. También me enseñó a observar.
Me mostró que para evocar un ambiente basta señalar
uno solo de los detalles para que el conjunto aparezca en la mente
del lector. Es la imaginación del receptor pasivo quien
añade lo demás. No le debo a Hemingway lo que luego
aprendí en la narrativa francesa: la libertad absoluta
del autor para mezclar géneros, unir el razonamiento a
la acción y ser omnisciente.
¿Por qué fuiste a París a mediados de
los cincuenta? ¿Curiosidad intelectual, circunstancias
políticas? ¿Acaso fue París, para ti, una
fiesta?
Viajé a Europa en 1953 buscando un ambiente cultural que
no hallaba en Cuba. No hubo móviles políticos. El
golpe de Estado de Batista se había efectuado un año
antes de mi partida y, en su inicio, profundizó la mediocridad
isleña. La represión vino después. La sociedad
cubana era chata, vulgar, materialista y tosca. Tras la Segunda
Guerra Mundial, Europa renacía. Estados Unidos nunca me
interesó como cultura, globalmente considerada. Me fascinaban
sus escritores pero el resto me parecía aguachento, ingenuo
y falto de pimienta. Como he dicho alguna vez, me atraía
más la imagen decadente de Simone Signoret, con un cigarrillo
colgando de los labios bajo una farola opaca, que la resplandeciente
Doris Day hablando por un teléfono blanco. París
sí fue una gran fiesta, intelectual y cognoscitiva, me
abrió puertas y ventanas que desde entonces no se han cerrado.
¿Dónde te sorprendió la noticia de la
huida de Batista en la madrugada del primero de enero de 1959?
¿Pudieras evocar lo que sentiste en ese momento?
La noche del 31 de diciembre de 1958 la pasé recluido en
mi casa, sin celebraciones ni familiares, porque existía
la consigna revolucionaria de las Cero tres C o sea, cero cine,
cero compras, cero cabaret. Como a las dos y media de la mañana
del primero de enero me sacó de la cama una llamada del
periodista Enrique de la Osa para informarme que Batista había
huido del país. La noticia se la había dado Miguel
Ángel Quevedo, director de la revista Bohemia, donde
yo laboraba. Llamé a Miguel a su casa y me confirmó
el escape del dictador. Se lo había referido Enrique Pizzi
de Porras, quien era el jefe de prensa de la Presidencia de la
República, y asistió a la fuga de Batista y sus
colaboradores cercanos, en el aeropuerto de Columbia. De inmediato
fui a tomar una ducha para desperezarme y mientras lo hacía
comencé a cantar, con entusiasmo, el Himno Nacional.
Me dirigí al Canal 12 de Televisión, situado en
el Hotel Habana Hilton, de cuyo noticiero era jefe de información,
y lo puse en estado de alerta llamando por teléfono a ingenieros
y reporteros para situar la señal en el aire y disponer
el servicio informativo. Muchos colaboradores de Batista, que
se hallaban celebrando el fin de año en el cabaret del
Hilton, vinieron a preguntarme si era cierta la salida del país
del presidente.
Después supe que muchos de ellos, vistiendo aún
el smoking de la fiesta, fueron directamente hacia el aeropuerto
de Rancho Boyeros para abordar los primeros aviones que despegasen
hacia el extranjero. Al amanecer dimos la noticia. La Habana se
despertó con la alegría de la libertad.
¿Qué idea tenías de tu país en aquellos
años de fundación revolucionaria? ¿Pudiera
interpretarse como un reflejo de la transformación radical
la escritura de Cuba: Z.D.A.?
La generación a la que pertenezco recogió el legado
de la revolución de 1933. Fuimos de izquierda, nacionalistas
radicales. Nos conmovíamos escuchando los compases de la
Berceuse campesina de García Caturla; viendo las volutas
coloridas en los cuadros de Amelia o leyendo a Martínez
Villena. Anhelábamos tener un país soberano, emancipado
de la sujeción económica y cultural de Estados Unidos.
Alrededor de 1950 esos grupos comenzaron a cuajar en torno a la
Universidad de La Habana. Firmamos el Manifiesto del Comité
"30 de septiembre", de carácter antimperialista.
Luego fundamos la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Comencé
a leer marxismo en aquellos años; cuando llegué
a París asistí a un círculo de estudios.
Aunque nunca milité en ninguna organización política,
ya teníamos, casi madura, una visión del mundo cuando
triunfó la Revolución, en 1959.
Escribí Cuba: Z.D.A. para reflejar el ambiente
festivo de aquellos primeros meses del triunfo revolucionario,
de las radicales transformaciones que se emprendían, de
la ingenuidad con que pretendíamos haber alcanzado la utopía.
Me impregné de un nacionalismo fervoroso, más intenso
aún del que había experimentado a inicios de los
años cincuenta. Aquel libro fue uno de los primeros éxitos
editoriales de la Revolución, en pocos meses se vendieron
cuarenta mil ejemplares.
Entre La situación y Árbol
de la vida mediaron más de cinco lustros.
¿Te proponías ofrecer una respuesta narrativa al
proceso de nacimiento de una nación? ¿Puedes medir
el cúmulo de satisfacciones e insatisfacciones que te ha
deparado esa trilogía, incluyendo, desde luego, a En
ciudad semejante?
En esa trilogía he tratado de expresar a Cuba en sus aromas,
sabores, mitos y sonidos, en sus anales y fastos, en su dinamismo
y sus letargos, en quimeras y ruindades, en glorias e infortunios.
Me tomó veintisiete años concluirla. Fue exactamente
mi propósito; narrar el nacimiento de una nación
y su adentramiento en los avatares de la madurez. Me satisfizo
que La situación se convirtiese en un punto
de referencia para la primera generación revolucionaria;
en sus páginas muchos aprendieron a reconocer nuestra identidad.
Fue causa de insatisfacción que En ciudad semejante
busqué una continuidad con la novela precedente y mantuve
los mismos recursos estilísticos, lo cual la apartó
de la vanguardia experimental narrativa que se había desarrollado
en esos años. Árbol de la vida es
aún una novela insuficientemente conocida dentro de Cuba.
¿Qué hay de ti, y qué no hay, en Luis
Dascal?
Como todos los personajes de ficción, Luis Dascal es la
suma de muchos caracteres. Hay algo del autor, evidentemente,
pero ello ha conducido a algunos, erróneamente, a estimar
que se trata de una autobiografía novelada. No es así.
Hay una fundición de muchas personalidades que tratan de
conformar un personaje-época. Se trata, efectivamente,
de un bildungsroman, una trilogía de novelas que abarcan
un período de formación.
Cuando publicaste Pasión de Urbino se
desató una polémica en las páginas de El
Caimán Barbudo, en la que se tomaba tu novela como
pretexto para ensalzar Tres tristes tigres de
Guillermo Cabrera Infante, a costa de hacer leña tu narración.
¿Qué hubo detrás de ese episodio?
No fue como lo cuentas. La encuesta se dirigió a tres escritores:
Oscar Hurtado, Luis Rogelio Nogueras y Heberto Padilla. Las respuestas
de Hurtado y Nogueras fueron extremadamente elogiosas. No hicieron
leña mi trabajo, como dices, sino todo lo contrario. Ahí
están los archivos para comprobarlo. Padilla aprovechó
la coyuntura para expresar su descontento con la Revolución,
elogiar a Cabrera Infante y de paso arremeter contra la oscura
policía que le había impedido, a Cabrera, un primer
intento de abordar el avión en el que pretendía
dirigirse a su exilio. Pasó de la temática a la
política; más que a mí, atacó a la
Seguridad del Estado y pasó la frontera entre la cultura
y las fuerzas armadas. Apenas habló de mi novela, como
hicieron los otros dos consultados, sino que buscó una
ocasión para definirse dentro de un perfil político
que estaba buscando y alcanzar cierta notoriedad.
Fuiste vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura en una
época muy efervescente. ¿El funcionario desplazó
al escritor? ¿Te ganaste enemistades en el gremio? Creo
que es bueno conocer tu punto de vista pues, como sabes, circulan
ciertas leyendas negras sobre tu actuación en ese período.
Fui a esa responsabilidad tentado por la posibilidad de una transformación
en la cultura revolucionaria que se estaba gestando. Traté
de impulsar una política que intensificase la masificación:
llevar los conciertos a las fábricas, exhibir las piezas
de los museos en las oficinas públicas, dedicar espacio
en los periódicos a la educación artística,
impulsar un teatro itinerante en las más recónditas
zonas campesinas. De todo ello ha quedado huella en discursos
y artículos de la época que explican esos propósitos.
Algunos de esos objetivos se lograron. Infortunadamente la lucha
por el poder era aún muy intensa, existían diversos
grupos que pugnaban por la hegemonía. Los ataques que se
dedicaron a mi gestión tienen que ver más con la
contienda por el predominio que con el real manejo de los asuntos
culturales. Fui acusado, en pérfidas murmuraciones, de
censurar y reprimir algunos fenómenos culturales. Desafío
a quienes han urdido esos infundios, con ligereza y malignidad,
a que prueben uno solo de los cargos que entonces se me hicieron.
Después que abandoné el organismo cultural, en 1970,
otro grupo ocupó la dirección y se impulsaron rumbos
en cuya implementación no tuve participación alguna.
Es evidente que en ese período, tan intenso y polémico,
no pude dedicar ni un minuto a la literatura creativa.
¿Por qué escribir en los '70 General a
caballo en una década en que Roa Bastos, García
Márquez y Carpentier habían dado a luz novelas sobre
caudillos y tiranos?
Mario Benedetti calificó mi noveleta como una posdata humorística
al ciclo de los caudillos en la novelística latinoamericana.
Es cierto que enfoqué el fenómeno con menos pompa
que los demás. Enfrenté con ironía el autoritarismo
bufonesco de los dictadores. Hay menos dramatismo, trabajé
con ingravidez, manipulando espuma más que lápidas
de mármol. Las obras que mencionas fueron empresas narrativas
de mucho calado en tanto que yo solamente quise hacer un divertimento.
Atribuyo a mis años en Chile este nuevo entendimiento de
nuestro continente que se abrió en mí.
Cuando leí Temporada de ángeles
tuve la impresión de que historia y ficción hallaban
en nuestra literatura un vínculo superior. No era una novela
histórica, sino una novela sobre el sentido de la historia.
¿Qué representó esa experiencia para ti?
Esa novela es una meditación sobre la historia, la esencia
del poder político y los cambios sociales. La revolución
que encabezó Cromwell marcó el fin de la monarquía
absoluta y el advenimiento al gobierno de aquella nación
de la burguesía comerciante. Al investigar en la Biblioteca
Británica, en Londres, sobre ese período, me quedé
estupefacto por las coincidencias con lo que estaba ocurriendo
en Cuba. Extendí las comparaciones a la Revolución
francesa, la de Octubre, la mexicana de 1910 y los paralelismos
funcionaron en todos los casos. Es, efectivamente, una novela
sobre el sentido de la historia y las constantes que se producen
en los procesos profundos de transformación social. Esa
experiencia me mostró cuán útiles pueden
ser las fuentes documentales para un novelista y también
el peligro que constituyen si el factualismo llega a engullir
la imaginación. Investigué mucho, me sobrecargué
de información y al escribir intenté olvidarme de
los sucesos para que la fantasía fluyese mejor.
Bolero sorprendió a unos cuantos. Lisandro Otero
escribiendo sobre un ídolo de la canción popular.
¿Te sorprendió a ti mismo acometer un proyecto como
ése?
En Bolero traté de hurgar en los mecanismos
de la creación artística, en todo lo que puede inducir
un escape a la dimensión imaginaria: las humillaciones,
el dolor, la alegría, el estupor y la exaltación,
el enardecimiento y el amor. La base realista constituida por
las vidas de Benny Moré y Daniel Santos son el andamiaje
que sirve de sustento a lo verdaderamente esencial en la novela.
No me sorprendí porque hacía tiempo que estaba tratando
de emprender un proyecto de ese tipo.
Después de Árbol de la vida hubo
una novela, publicada en México, de la que no se ha hablado
en Cuba, con cierta carga erótica. ¿Qué lugar
ocupa en tu producción narrativa?
Esa novela se titula La travesía y trata
de un hombre maduro, recluido bajo la protección de su
madre, que emprende una aventura sentimental con una adolescente.
Su temor a vivir le produce una parálisis vivencial y confiesa
que no podría contar su biografía a ninguno sin
matarlo de aburrimiento. Es un ser que se deja llevar por las
circunstancias, sin imprimir su volición en el rumbo que
lleva su vida. Tras asesinar al objeto de su obsesión no
siente lástima ni arrepentimiento, sino que se considera
inmaculado como un recién nacido. La novela termina cuando
ve pasar un desfile y decide seguirlo, seguro de que lo llevaría
a alguna parte. Es un relato con una fuerte carga existencialista
que implica un resucitar de mis influencias de Sartre y Camus
y de los años que viví en París.
¿Sabes que eres un intelectual polémico? ¿Que
te han cuestionado tus relaciones con el poder, tus cargos públicos,
tus opiniones -pienso en el artículo que publicaste en
Le Monde Diplomatique- tu residencia actual en México?
Lo sé muy bien. No he cesado de debatir en torno a mis
ideas y actitudes. He tenido siempre, en una u otra parte, antagonistas
animosos que juzgan cada detalle de mi vida. Me hacen sentir que
estoy vivo. De haber sido un escritor aquiescente y sumiso eso
no hubiera ocurrido. Hay quienes evitan optar ante las encrucijadas,
logran escapar con una salida ingeniosa y no se definen. No he
sido de esos. Mi compromiso con la Revolución cubana ha
sido claro y definitivo, nunca he eludido mis responsabilidades.
Abracé la Revolución desde mucho antes que triunfara
en Cuba, en enero del 59. Me enorgullezco de mi modesto aporte.
Nunca me he considerado funcionario, como si perteneciese al Servicio
Civil de Su Majestad Británica, sino un escritor revolucionario
que ha cumplido responsabilidades que le han asignado. El objetivo
último de quien pretende la reforma de su entorno social
es alcanzar esa transformación, todo lo demás está
subordinado a ello. En México a veces me preguntan si me
considero un exiliado y siempre respondo que no, soy un revolucionario
inconforme; si no fuera inconforme no sería revolucionario.
Mi artículo de 1992, en Le Monde Diplomatique,
tan cuestionado después, y tan manipulado por algunos,
fue la expresión honesta y diáfana de mis criterios
sobre algunos escollos que debían ser evadidos para que
el proceso social pudiese continuar su rumbo con menos lastre.
No he sido un conformista sumiso y jamás he obrado contra
la Revolución. He confiado en la dirección de Fidel
Castro a quien considero uno de los más lúcidos
talentos políticos del siglo veinte.
¿Qué significado tienen para ti las siguientes
palabras: lealtad, compromiso, amistad, familia, nación?
La lealtad es el proceder perseverante acorde con los propios
antecedentes; el compromiso implica la fusión total con
un cuerpo de ideas y la conducta derivada de esa convicción;
la amistad es un lazo; la familia es el albergue más tibio;
la nación es la amalgama total de la carne, la sangre y
el espíritu.
México,
25 de septiembre de 2000.