UN
ESCRITOR NO ES DIOS
La trayectoria de un escritor puede medirse por las diversas influencias
que se va recibiendo en el camino hacia la madurez. Tuve en mi
etapa inicial un fuerte influjo de la sencillez del estilo de
Hemingway, la finura de su parquedad, pero también, lo
confieso, me fascinaban las peripecias de una vida colorida, efusiva,
movediza, nerviosa: eso de participar en guerras y asonadas, andar
en cacerías de leones y combatir submarinos desde un yate
poseía un atractivo muy poderoso para un joven escritor.
Lisandro
Otero | México
Norman Mailer afirmaba que el novelista debe vivir aterrado de
la experiencia y hambriento de ella, creer que es nadie y superior
a todos, amarse superlativamente y despreciarse profundamente.
Ese es el vaivén emotivo que atravesé yo en mis
años de aprendizaje. Uno suele enaltecer la acción
ajena para encubrir insuficiencias propias. Roger Caillois ha
hablado de la sacralización que el hombre común
realiza de los valores del héroe para evadir su mediocridad.
Por ello no es extraño que un joven intelectual, urbano
y pequeño burgués como yo, haya descubierto la existencia
de Ernest Hemingway sublimándola como un arquetipo de vida.
Se convirtió en mi primer maestro por sus temas aventureros
y la concisión de sus cuentos que me parecieron fáciles
de imitar. En mis balbuceos de entonces no logré dominar
la esencia de mi idioma: barroco, estructuralmente complejo. De
James M. Cain a Quevedo hay un abismo insondable. Pero las formas
usadas por los escritores behavioristas norteamericanos se prestaban
más a mis noviciados que el laberinto de la lengua castellana.
Después de mi ruptura con la Generación del 98 española
siguieron otros tutores que me fascinaron: Faulkner, con su oscura
poesía, Dos Passos, Dreiser, James T. Farrell y su dramático
historicismo. Releí los cuentos de El asno oficioso,
de Caldwell, innumerables veces. Saroyan era uno de mis predilectos
por su frescura y en Steinbeck me sedujo su enfoque social. Scott
Fitzgerald me aclaró el síndrome del salto de clase
que genera la burguesía en los que no pertenecen a ella.
Todos me enseñaron a entender y amar aquella literatura
seca, recia, donde el autor no asumía el papel de Dios
y dejaba que sus criaturas se explicasen con sus acciones. Años
después, cuando había superado el fervor inicial,
frecuenté a otros: McCullers, Capote, O'Hara, Mailer, Styron,
Salinger, Kerouac, Bellow, Vidal. El cuento se había desarrollado,
de Maupassant a O'Henry, mediante un esquema de crecimiento sinfónico
que culmina con el clásico 'twist in the end':
el cierre inesperado. Para dominarlo era necesaria una experiencia
vital y literaria de la que carecía, pero Chejov rompió
con esos módulos creando sus tranches de vie:
su toma de fragmentos representativos de la vida humana, que viene
fluyendo desde sus fuentes antes de que comience la narración
y continúa una vez terminada ésta. Es la forma que
dominará en el siglo veinte y Hemingway era uno de sus
más brillantes artesanos. Comencé a pergeñar
este tipo de relatos, más abordables desde mi impericia.
Transcurrirían muchos años antes de que comprendiese
que aquella aparente facilidad del estilo de Hemingway, aquellos
cuentos donde aparentemente no sucedía nada, requerían
una gran dosis de saber literario. Que lo importante no era la
acción sino una tensión interior, muy difícil
de lograr, que se desprendía de una atmósfera. No
era la expresividad de la línea escrita sino el poder de
sugerencia entre ellas: lo que Hemingway llamó el iceberg:
una décima parte evidente y nueve décimas ocultas
bajo el agua.
Una
noche entré en el bar El Floridita y hallé a Ernest
Hemingway acodado a la barra, bebiendo un daiquirí mientras
escribía a lápiz. Llevado por mi inmensa admiración
me le acerqué intentando tímidamente una presentación.
Con una furia visible me increpó: ¡creía que
podía molestarlo porque se hallaba en un lugar público!
Y vi venir hacia mí, como un tren expreso, el puño
inmenso del escritor; me agaché a tiempo de evadir el golpe
y me escurrí muy amoscado hacia el otro extremo del bar.
Bebí algunos tragos para olvidar la humillación
y solicité la cuenta al retirarme. El cantinero me informó
que había sido pagada y me señaló hacia Hemingway,
que me sonrió. Volví a acercarme, esta vez con precaución,
y le agradecí su cortesía. Balbuceó una disculpa:
estaba muy concentrado en un párrafo que no acababa de
salirle y le había estropeado su estado de concentración.
Entonces me invitó a ir el domingo siguiente a su finca
en San Francisco de Paula. Así lo hice. Desde el portón
llamaron a la casa y un sirviente me condujo hasta la boca de
aljibe azulejada en la terraza delantera. Allí le aguardé.
Vino sonriente con un trago en la mano y me incitó a incorporarme
a la fiesta que ofrecía a decenas de invitados. Había
guitarristas, cantaores de flamenco y muchos norteamericanos,
tipos de Hollywood, gente importante. Anduve un poco perdido y
como no conocía a nadie al poco rato me fui. Encontré
a Hemingway en otras ocasiones: cuando regresó de un largo
safari en África, donde sufrió un accidente de aviación.
Venía con cuarenta bultos y baúles, cajas de armas
y animales disecados que cargaron en un camión. Hizo algunos
comentarios festivos intentando demostrar que la ginebra era más
curativa que la penicilina e intercambió golpes amistosos
con el boxeador Kid Tunero. Se le había dado por muerto
en el percance y la noticia de su defunción había
aparecido en todos los periódicos del mundo. Me dijo que
leer las notas necrológicas que le dedicaban se convirtió
en otro vicio.
La trayectoria de un escritor puede medirse, también, por
las diversas influencias que se va recibiendo en el camino hacia
la madurez. Tuve en mi etapa inicial un fuerte influjo de la sencillez
del estilo de Hemingway, la finura de su parquedad, pero también,
lo confieso, me fascinaban las peripecias de una vida colorida,
efusiva, movediza, nerviosa: eso de participar en guerras y asonadas,
andar en cacerías de leones y combatir submarinos desde
un yate poseía un atractivo muy poderoso para un joven
escritor.
Hemingway solía decir que su mejor maestra fue Gertrude
Stein porque lo enseñó a tachar lo superfluo en
un relato. También decía, extensión de lo
anterior, que la virtud mayor que puede tener un escritor es poseer
un detector de porquería. En esa misma época me
aficioné mucho a Azorín, que es una especie de Hemingway
castellano, en cuanto al estilo. Luego comprendí que lo
aparentemente espontáneo y llano del estilo hemingwayano
requería una enorme dosis de saber literario porque lo
esencial es la atmósfera, una especie de masa gaseosa que
se desliza entre líneas y no es apreciable a simple vista,
pero le concede ese garbo poético, esa elegancia desenvuelta
que es su mayor mérito. Sí, en mis primeras novelas
hay mucha influencia del montaje cinematográfico de las
secuencias, de los diálogos vivaces que son un legado de
toda la literatura norteamericana moderna. Pero eso no duró
mucho tiempo porque cuando me fui a vivir a Europa asimilé
otros cánones creativos que cambiaron mi visión
de la literatura.
Tomado de Llover sobre mojado,
Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1997.