|
|
 |
En la cocina de su apartamento en Prospekt Mira, uno de los más vigorosos narradores soviéticos de hoy, Vladímir Bogomolov, me ofrece empanadillas de queso, trozos de salchicha y coñac armenio. Juan Cobo, el periodista hispanosoviético que me ha servido de amable puente para llegar al casi inaccesible autor de En agosto de 1944, evita con un rápido movimiento de prestidigitador que nuestro anfitrión derrame sobre la mesa un pote de mostaza. Bogomolov sonríe, y gruñe un chiste de disculpa: Por eso no puedo escribir a máquina: las destrozo siempre.
|
|