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Eva Canel, una mujer de paradojas
Conocer a Pedro para entender a Eva.
Un análisis psicológico de Eva Canel pudiera demostrarnos que formada junto a su marido –era una adolescente cuando se casó-, admirándolo profesionalmente, compartiendo con él una vida joven, pletórica de aventuras y desasosiegos, lo convirtió en su modelo de vida. Deseó ser famosa, aplaudida, hablar en público, polemizar, fundar periódicos, escribir novelas y obras de teatro y también, a su forma, participar en la política, aunque, a diferencia de Pedro, estuviese siempre del lado más conservador.
Para tener una noción
del paralelismo que la Canel, consciente
o inconscientemente desenvolvió,
es imprescindible conocer algunos detalles
de la vida de Perillán Buxó.
Sus avatares se aproximan a los de una novela
por entregas, buena parte de estos fueron
compartidos con ella y evidentemente condicionaron
sus futuras acciones.
(…)
La vida de Eva Canel, desde la
muerte de su marido, revela un marcado deseo
de imitar sus acciones. Escribe para el
teatro, publica novelas, redacta en diversos
periódicos, utiliza todos los espacios
posibles para presentarse en público
como conferencista u oradora, incursiona
en la Trocha, viaja a la Tierra del Fuego,
es Secretaria de la Cruz Roja Española.
Trata de trascender en los espacios públicos,
para el privado sólo conserva el
papel de madre.
(…)
¡Oh
Martí, Martí,!, ¡Qué
falta nos has hecho a todos!(1)
Imposible parece encontrar escrita esta frase en una mujer que fue, sin lugar a dudas, una furibunda integrista, monárquica confesa, apasionada defensora de la permanencia del poder colonial en Cuba.
Valdría entonces la pena deconstruir algunas facetas de la personalidad de Eva, percibir el contexto en que conoció a José Martí, y tener una visión compleja y matizada de las relaciones humanas. La Canel se encuentra con Martí en Nueva York en 1891, cuando aún no había manifestado su incidencia en la conformación de una opinión pública proclive a la permanencia de los vínculos coloniales y pensaba que podía trabajar en la nación norteña.
En la Península se divulgaba
un supuesto interés de los Estados
Unidos por todo lo español con motivo
de las actividades que preparaban para la
conmemoración del Cuarto Centenario
del Descubrimiento. En New York estaba la
escritora Mary Serrano, que había
traducido al inglés algunas obras
de autores españoles y también
José Martí, a quien había
conocido a través de una relación
epistolar con el escritor ecuatoriano Nicolás
Augusto González. De ambos diría
que “procuraban darme ánimos al verme
descorazonada”(2).
Veintitrés años
más tarde la Canel confesará
de su relación con Martí que
“jamás hablamos de política
española en general, ni antillana
en particular; pero sí mucho de España,
de literatura, de razas, de sociología,
de hombres y de hechos (...) rehuía
la conversación política él
y yo, en aquel tiempo, no estaba facultada
por la experiencia para abordarla ni rozarla
siquiera”(3).
Él, que la llamaba amiga, la despidió
al salir para Cuba con una caja de bombones
y le dijo: “No me escriba. Yo no le escribiré
tampoco (...) porque no escribo a quienes
bien quiero. Podría llegar a comprometerles”(4).
Dice Eva que la comparaba con su madre,
cuestión poco probable porque entonces
ella tenía 34 años y Martí
38.
A pesar de esa “ingenua” aclaración,
cabe destacar que Eva vivía en Cuba
cuando se produjo la Conferencia Panamericana,
cuando se fundó el Partido Revolucionario
Cubano, cuando se ocuparon las armas del
Plan de Fernandina y también cuando
su amigo Pepe, como le llamaba, murió
en Dos Ríos. Hasta junio del 95 no
funcionó en Cuba la censura de prensa
para los asuntos de la guerra, sin embargo
no mencionó a Martí en sus
escritos de esos años, ni siquiera
se refirió a la visión que
éste tenía de la política
norteamericana, o de su humanismo, o tampoco
de su avenencia con los españoles
de las capas populares que vivían
en la Isla.
Esperó a 1914, cuando
la construcción simbólica
del paradigma martiano estaba arraigada,
entonces publicó las cartas de Nueva
York, en que éste firmaba como su
amigo(5),
y escribió para El Cubano Libre
un artículo titulado “El Gran
Místico (después de rezar
en la tumba de Martí)”(6),
en el cual la contradicción política
que le había impuesto un “olvido
voluntario” se manifiesta subrepticiamente
cuando lo mitifica: “¿Sufría?
¿Gozaba? ¿Dudaba? ¿Creía?
(...) nacía la sorpresa de verse
frente a un místico reconcentrado
en si mismo”(7),
en tanto que paralelamente reconocía
que “Martí tenía de terrenal
el profundo conocimiento del pueblo y de
los políticos norteamericanos. Su
aversión hacia ellos (...) se acentuaba
con la frase rápida, precisa, categórica,
para presentarlos, retratarlos y definirlos”(8).
Pero de la política colonial de España
en Cuba Eva no dice ni una palabra, ha pasado
el tiempo y se repite el silencio comprometido
y culpable de sus primeros años en
la Isla.
Publicado en Anuario
de Estudios Americanos,
pp. 227-252, LVII–1, ene–jun, 2001.
1-
Canel, Eva: Lo que ví en Cuba,
pp. 173.
2-
Ibídem, pp. 12.
3-
Ibídem, pp. 204.
4-
Ibídem, pp. 206.
5-
Aparecen publicadas en Ibídem, pp.
207-214.
6-
Ibídem, pp. 203-207.
7-
Ibídem, pp. 204.
8-
Ibídem, pp. 204.

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