La Otra Familia

"Cuando María de los Reyes Castillo nos dice que su abuela Antonina, que murió en 1917, y que tenía un color prieto, muy asentadito, había nacido en una aldea de Cabinda, lugar habitado por los quincongos, y había sido raptada, junto a sus hermanas Casilda y Gestora, para, tras una larga travesía desde la lejana África, ser vendida en la Isla de Cuba; está iniciando la historia de su familia. Antonina se enamoró de Basilio, otro esclavo africano, y juntos comenzaron un linaje que tuvo que asumir, como era característico de la esclavitud en nuestro país, el apellido Hechevarria, que era el de los amos.

Cuando Esteban Montejo, se refiere a sus padrinos Gin Congo y Susana, quienes le informaron sobre sus padres, un lucumí de Oyó, nombrado Nazario, y la esclava criolla, Emilia, a quienes no conoció porque fue vendido muy niño, y no tenía memoria de sus antepasados; y después se convirtió en cimarrón, y no pudo ir a visitarlos "por salvarme el pellejo", pero, como "eso no es triste, porque es la verdad"; también está contando la historia parcial de una familia rota. De su narración podrían derivarse muchas elucubraciones: ¿Tuvo hermanos? ¿Lo consideraron muerto o conocieron de su fuga? ¿Cómo influyó ese desgajamiento inicial en su vida futura?

Entre la visión idílica que nos transmite la condesa de Merlín, sobre los esclavos que vivían en su casa paterna, y las reflexiones de Francisco Manzano -esclavo letrado-, sobre los diversos momentos de una infancia que transitó entre una dueña que lo protegía, y otra que lo avasallaba, hay todo un imaginario de inferencias y un vacío de información. También lo hay en la "valoración" de Fredrika Bremer, cuando compara la vida del esclavo en el barracón con la de los animales, porque "los hombres y las mujeres se juntan y se separan según su gusto y capricho". Entonces se refiere a una pareja, porque pidió, como si estuviera ante un inventario, ver esclavos con una relación estable, que invariablemente hubieran vivido juntos. Y a partir de ese instante la palabra "siempre", se convierte en el centro de un discurso atemporal y ridículo que concluye diciendo, con una maniquea visión de otredad, profundamente racista, aunque Fredrika fuese antiesclavista: "¡y esto entre dos negros, entre dos hijos salvajes del desierto!". Para la Bremer , como para algunos historiadores, la existencia de una familia esclava era una rareza, una excepción, que poco tenía que ver con las costumbres "bárbaras" de los africanos y sus descendientes.

Inmersa en éstas, y en otras disquisiciones, he estado mucho tiempo, entre papeles viejos e ideas nuevas, varias de las cuales se exponen en este trabajo. A algunas de ellas quisiera referirme en esta Introducción, pues aunque aparecen específicamente analizadas en el texto, pueden perder vigor en medio de la profusa información que se brinda, y porque considero útil subrayarlas. La más importante de todas, que debe preceder cualquier examen, es la necesidad de estudiar el "tema negro" desde una perspectiva desprejuiciada, capaz de integrarlo al análisis concreto de la sociedad, en los diversos momentos de su desarrollo. Esta visión debe estar precedida del interés por romper viejos paradigmas, establecidos a partir de posiciones atemporales, absurdas, y dicotómicas, que pudieran ser resumidas en la existencia de un blanco -bueno, inteligente, explotador, rico, y letrado; y la de un negro -salvaje, torpe, bruto, incapaz, explotado, e ignorante. Blancos, negros, y mulatos, vivieron en una sociedad a la cual se integraron en estamentos, capas, grupos y sectores Tuvieron formas de sociabilidad particulares y se integraron a otras sistémicas. Se desenvolvieron en espacios públicos y privados. Pero todas estas formas de participación pasaron por su integración social y tuvieron un punto de partida, frecuentemente obviado, en sus familias".