Cuando
Esteban Montejo, se refiere a sus padrinos
Gin Congo y Susana, quienes le informaron
sobre sus padres, un lucumí de Oyó,
nombrado Nazario, y la esclava criolla,
Emilia, a quienes no conoció porque
fue vendido muy niño, y no tenía
memoria de sus antepasados; y después
se convirtió en cimarrón,
y no pudo ir a visitarlos "por salvarme
el pellejo", pero, como "eso no es triste,
porque es la verdad"; también está
contando la historia parcial de una familia
rota. De su narración podrían
derivarse muchas elucubraciones: ¿Tuvo
hermanos? ¿Lo consideraron muerto
o conocieron de su fuga? ¿Cómo
influyó ese desgajamiento inicial
en su vida futura?
Entre la visión idílica
que nos transmite la condesa de Merlín,
sobre los esclavos que vivían en
su casa paterna, y las reflexiones de Francisco
Manzano -esclavo letrado-, sobre los diversos
momentos de una infancia que transitó
entre una dueña que lo protegía,
y otra que lo avasallaba, hay todo un imaginario
de inferencias y un vacío de información.
También lo hay en la "valoración"
de Fredrika Bremer, cuando compara la vida
del esclavo en el barracón con la
de los animales, porque "los hombres y las
mujeres se juntan y se separan según
su gusto y capricho". Entonces se refiere
a una pareja, porque pidió, como
si estuviera ante un inventario, ver esclavos
con una relación estable, que invariablemente
hubieran vivido juntos. Y a partir de ese
instante la palabra "siempre",
se convierte en el centro de un discurso
atemporal y ridículo que concluye
diciendo, con una maniquea visión
de otredad, profundamente racista, aunque
Fredrika fuese antiesclavista: "¡y
esto entre dos negros, entre dos hijos salvajes
del desierto!". Para la Bremer , como para
algunos historiadores, la existencia de
una familia esclava era una rareza, una
excepción, que poco tenía
que ver con las costumbres "bárbaras"
de los africanos y sus descendientes.
Inmersa en éstas,
y en otras disquisiciones, he estado mucho
tiempo, entre papeles viejos e ideas nuevas,
varias de las cuales se exponen en este
trabajo. A algunas de ellas quisiera referirme
en esta Introducción, pues aunque
aparecen específicamente analizadas
en el texto, pueden perder vigor en medio
de la profusa información que se
brinda, y porque considero útil subrayarlas.
La más importante de todas, que debe
preceder cualquier examen, es la necesidad
de estudiar el "tema negro" desde una perspectiva
desprejuiciada, capaz de integrarlo al análisis
concreto de la sociedad, en los diversos
momentos de su desarrollo. Esta visión
debe estar precedida del interés
por romper viejos paradigmas, establecidos
a partir de posiciones atemporales, absurdas,
y dicotómicas, que pudieran ser resumidas
en la existencia de un blanco -bueno, inteligente,
explotador, rico, y letrado; y la de un
negro -salvaje, torpe, bruto, incapaz, explotado,
e ignorante. Blancos, negros, y mulatos,
vivieron en una sociedad a la cual se integraron
en estamentos, capas, grupos y sectores
Tuvieron formas de sociabilidad particulares
y se integraron a otras sistémicas.
Se desenvolvieron en espacios públicos
y privados. Pero todas estas formas de participación
pasaron por su integración social
y tuvieron un punto de partida, frecuentemente
obviado, en sus familias".
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