En
los años finales del siglo XIX la
sociedad cubana transitaba de la tradición
a la modernidad. Dejaba atrás la
producción sobre la base de hombres
física y jurídicamente esclavizados;
modernizaba sus instalaciones fabriles;
introducía el telégrafo, el
teléfono, la luz eléctrica;
incrementaba las publicaciones que reflejaban
la opinión pública; creaba
formas asociativas que protegían
los intereses de individuos, sectores y
grupos, pero todo este fenómeno se
producía en un país colonizado
que luchaba por obtener su independencia.
La Sociedad en Crisis
trata de abordar el estudio de algunos
de estos aspectos en su marco urbano, por
lo general el de la ciudad de La Habana.
Para ello analiza hechos y circunstancias
en tres niveles, el de los acontecimientos
políticos y su manipulación,
el de las formas en que se produce la reestructuración
de la sociedad, y el de los diversos niveles
de la cotidianeidad. La guerra y sus avatares
no están en el primer plano, quedan
en el trasfondo, también se esboza,
en segundo lugar una interrogante que debe
y puede ser respondida sobre la base de
las rupturas y continuidades de nuestro
proceso: ¿En qué medida el
año 98 tuvo una significación
trascendente para nuestra sociedad o fue
simplemente un acontecimiento político
que no cambió substancialmente el
proceso que se venía produciendo?
Las respuestas pueden ser diversas, no obstante,
el análisis de una etapa de larga
duración, demuestra que los factores
significativos del cambio ya estaban dados,
aunque ese momento fue especialmente convulso
y marcó, subjetivamente, a los individuos
que lo vivieron.
Capítulo
III Sociedad y Vida Cotidiana
"Avatares de una ciudad bloqueada"
El año 1898 fue una
fecha límite para Cuba, de igual
forma que debió serlo para España
y para los Estados Unidos. Y no sólo
porque se rompiese la continuidad de un
proceso que, de una forma u otra debía
tener alternativas similares, sino porque
la sociedad, al menos momentáneamente,
se vió estremecida y conmocionada,
salió de sus carriles y se enfrentó
a situaciones que, por lo general, los científicos
sociales no recogen, porque, aparentemente,
no poseen una escala de trascendencia significativa.
Esos dilemas, sin embargo, fueron, en su
momento, esenciales para los seres humanos,
principales actores de la historia vivida,
que los sufrieron y padecieron
La
capital a finales de los noventa
Si una visión superficial
permitía convenir que la vida citadina
había cambiado poco, apenas se profundizaba
en lo que estaba ocurriendo se evidenciaban
los síntomas de una crisis profunda.
El valor de las propiedades urbanas -que
representaban la mayor riqueza imponible
de la Capital-, era la mitad del que había
tenido en los años ochenta. El del
Palacio Aldama, por ejemplo, había
descendido de 250 000 a 120 000 pesos(1).
El año 1896 fue crítico
para La Habana, la campaña invasora
había traído los combates
a sus puertas. Si a fines del año
1895 habían emigrado muchas familias,
previendo el extremismo de los integristas
que hablaban de la necesidad de "echar la
llave", a mediados del 96 comenzaban a salir
los propios peninsulares con sus parentelas
y sus capitales(2).
La prensa destacaba que las
familias que emigraban eran pudientes y
que con ellas se iba el dinero; añadía
que la mayor parte se dirigían a
La Florida que al igual que había
hecho con la del 68, sacaría nuevamente
provecho de la nueva emigración,
gracias a la primera se había levantado
Cayo Hueso; ahora le tocaba el turno a Tampa
y a otras localidades de ese territorio(3).
Los ricos no abrían
sus salones con la frecuencia y ostentación
de años atrás; por lo general
lo hacían sólo para los íntimos.
Aún se mantenían los paseos
familiares por las principales calles -Obispo
y el Paseo del Prado sobre todo-,que continuaban
siendo puntos de obligada reunión
de las familias distinguidas. Allí
acudían las damas con sus guantes
blancos de cabritilla, sus capotas con crisantemos
-último grito de la moda-, y sus
sombreros con plumas largas y negras(4).
La vida cotiana resultaba
difícil, sobre todo para los de menores
recursos. Los precios de los productos básicos
se habían duplicado. Las capas populares
se resentían de la situación,
pero ésta también gravaba
a familias que habían vivido holgadamente
y ahora se veían precisadas a hipotecar
sus propiedades(5).
La reconcentración de los campesinos
había puesto en precario la producción
agraria y en todas las casas se carecía
de lo esencial.
La prensa, en broma y en
serio, se hacía eco de la situación.
Tras el estallido de la guerra, en 1895
los elementos más reaccionarios de
la sociedad, preocupados por el papel que
esta jugaba al evidenciar las situaciones
sociales, políticas y económicas
que se estaban produciendo -la miseria por
una parte y la impasividad de aquellos que
podían afrontarla por otra-, comenzaron
a solicitar que se eliminase la libertad
de imprenta que se había establecido
en la Isla a partir de la aplicación
de la Constitución de 1876. Justificaban
estos la censura sobre la base de argumentar
que existía en otras naciones llamadas
liberales y anti-republicanas(6).
De todas formas los periódicos progresistas,
impedidos de informar sobre el desarrollo
de la guerra -desde agosto de 1895 sólo
podían reproducirse los partes oficiales-,
se dedicaron a evidenciar las situaciones
que afrontaba la población:
Es cosa muy
peregrina
lo que entre
nosostros pasa:
el billete
sube y sube
pero los precios
no bajan.
Cuando valía
el centén(7)
15 pesos(8),
se cobraba
en todas partes
lo mismo
que hoy se
cobra.
En esta Habana
toda alteración
del oro
toda alteración
de plata,
la fluctuación
del billete,
todo se ordena
y se fragua
para que explote
el que vende
y se fastidie
el que paga.
Hasta las
cosas menores
exigentes,
necesarias,
que antes
dábanse de contra(9)
ahora se venden
muy caras.
(...)
El billete
sube y sube
pero los precios
no bajan.
Al Gobernador
pedimos
mucha tranca,
mucha tranca(10).
Los alimentos más
asequibles a las capas pobres habían
sido siempre las viandas(11)
pero ahora ocurría que:
3 boniatos
valen medio,
10 centavos
4 papas,
por un ñame
así chiquito
que no satisface
nada
quieren dos
reales sencillos,
y uno por
cada malanga,
a real y medio
el chayote,
un real una
remolacha
y vale 12
centavos
una yuca negra
y agria.
(...)
Luego hay
hombres sin conciencia,
que al infeliz
que trabaja
y su mezquino
jornal,
en centenes
le pagaban,
hoy aprovechan
infames
las actuales
circunstancias
lo que antes
ganaba en oro
en billetes
se lo pagan(12).
La situación con los
precios de la carne llegó a ser escandalosa.
En tiempos normales la capital consumía
300 reses diarias, 100 cerdos y 100 carneros.
Se hacían gestiones para comprar
la carne en Sancti Spíritus, pero
el transporte, la mortalidad, la merma del
peso durante el viaje, etc. la encarecían(13),
por estas razones se insistía en
la necesidad de importarla. Se comentaba
que los propios encomenderos obstaculizaban
la libre entrada del ganado en los corrales
de Luyanó y en el matadero de la
capital. Estos formaban un trust que
tenía el privilegio de la matanza
en el Rastro, razón por la cual controlaban
la compra de ganado y también, desde
luego, los precios de la carne(14).
Un Bando de Weyler, de agosto
de 1897, prohibía vender las reses
vivas a más de 1.50 pesos la arroba.
Estas serían adquiridas por los ayuntamientos
para vender la libra de toro novilla o vaca
a 0,20 y a 0,25 la de ternera(15).
En la práctica la solución
resultó más contraproducente
que el problema, pues se obligaba a los
labradores a entregar, con destino a la
matanza, las vacas productoras de leche
y los bueyes destinados al fomento de las
áreas de cultivo(16),
de forma tal que se estaban afectando otras
formas de consumo y de producción.
A pesar del precio establecido
oficialmente la carne se anunciaba a 0,30
plata la libra(17).
Esa situación contribuyó a
que desde el mes de junio se incrementase
la campaña de prensa:
No sólo
los concentrados
no tiene carne,
ya vemos que
nos quedamos sin ella,
en La Habana
, por los precios
escandalosos
que cobra
la gente del
matadero.
Hemos visto
en estos días
personas que,
antes, lo menos
pesaban 300
kilos
que se han
quedado en el hueso
(...)
¿Y
que están bien cebaditos
los 30 papás
del pueblo!(18).
En el mes de
septiembre de 1897 la prensa señalaba
que la situación comenzaba a tener
aspectos de calamidad pública(19).
Lo que hacen
esos señores
es un verdadero
escándalo
que debe la
Autoridad
corregir sin
compadrazgos.
Compran la
carne por 2
y nos la venden
por 4,
y aquí
ya no comen carne,
sino los privilegiados,
los que tiene
el dinero
de sobra para
botarlo.
Así
nos vamos poniendo
de entecos
y de esmirriados
gracias al
procedimiento
de los señores
del Rastro.
(...)
Señor
Alcalde, ¡Por Cristo!,
corrija usted
ese escándalo
y a todos
los casilleros
métalos
en un zapato
para que toda
La Habana,
no diga de
usted al cabo,
como el "Príncipe
Tartín"
que "no es
carne... ni pescado"(20).
Aunque no levantaba tanto
escándalo en la prensa, el problema
del pan era similar pues el gremio que lo
producía trataba de aprovechar la
dificil situación para disminuir
su tamaño y subirle el precio. De
ello se hizo eco el juguete cómico
La cuestión del pan que
con un éxito enorme se presentó
en el Teatro Alhambra el 11 de junio de
1897(21).
La situación socieconómica
incidió en el incremento del marginalismo
y de la prostitución. La vida de
las mujeres era precaria, se desenvolvían
en una esfera laboral limitada y ganaban,
cuando más, 35 pesos al mes. Una
habitación costaba de 6 a 8 pesos
mensuales y debían gastar, aproximadamente
1 peso diario en alimentos(22).
Estos dos rubros rebasaban sus salarios.
Paradójicamente algunas meretrices
logran tener un nivel de vida superior(23).
Dos de ellas, muertas antes de finalizar
el siglo, dejaron legados de 80 000 y 40
000 pesos oro respectivamente(24).
La reconcentración
incrementó, apreciablemente, las
enfermedades, la marginalidad y también
la prostitución, muchas mujeres vendían
sus cuerpos para poder sobrevivir. En 1898
funcionaba, en la Calzada del Cerro, la
Quinta de Higiene San Antonio, que era un
hospital para prostitutas.
Hasta en los establecimientos
de este tipo se marcaban las diferencias
raciales y sociales; en la Quinta había
salas para mujeres blancas y salas para
mujeres negras; mientras las enfermas graves
sólo podían disponer de cuartos
de cuatro camas, las meretrices con mayores
recursos económicos, pagaban cuartos
independientes, extras en la alimentación
y ropa de cama especial(25).
En 1899 el 80% de las prostitutas
eran cubanas y el 50% de estas eran menores
de 20 años. A finales del siglo las
"guabinas"(26)
abandonaron sus antiguas calles de Habana
y Teniente Rey para extenderse por toda
la ciudad(27),
especialmente por Amistad, Neptuno y San
Miguel. También en la prensa se versificaba
sobre ese fenómeno:
Y casi todas
las casas *
de pupilas:
La Francesa,
la Asturiana
de Aguacate,
la Curra de
Compostela,
la Catalana
de Sol,
Filomena La
Gallega ,
que vivía
en Obrapía
y se mudó
a la Chorrera(28).
Otro fenómeno que
paradójicamente perturbaba la sociedad,
era el incremento de los turistas. Durante
la etapa colonial muchos viajeros habían
visitado la Isla, unos por curiosidad, otros
por cuestiones de salud y muchos tratando
de obtener información para sus negocios,
pero a finales del siglo se apreciaba una
diferencia en la calidad y procedencia de
los visitantes, los norteamericanos tomaban
posesión de La Habana y también,
de paso, de nuestro benévolo invierno.
Las mujeres recorrían
en grupos las calles de Obispo y O'Reilly,
se volvían locas por los abanicos
que reproducían escenas toreras y
compraban banderillas de lujo. Los hombres,
cámara en mano, recorrían
la Plaza de Armas, tomaban fotos del Castillo
del Morro, visitaban la tumba de Colón
y finalmente se iban a la Valla de Gallos.
También organizaban excursiones al
Vedado, al Cerro y a Palatino(29).
Los hoteles cambiaban su fisonomía
y se adaptaban a la nueva situación:
anunciaban tener baños con agua fría
y caliente, elevadores y el conocimiento
de varios idiomas para comunicarse con los
huéspedes.
Las familias de La Habana
y de Matanzas preferían veranear
en Madruga. Allí había pequeños
hoteles, el San Luis y La Quinta
Pardiñas que se repletaban
en los meses más cálidos(30).
Otros aspectos de la vida
moderna penetraban en la ciudad. El 2 de
febrero de 1889 se ensayó la utilización
de la luz eléctrica; ésta
empezó a usarse en el Parque de Isabel
la Católica y en el Parque Central
el 3 de marzo de 1889. Se informó
a la población que este servicio
se daría a través de líneas
soterradas, pero esto no se hizo, razón
por la cual, la prensa emplazaba a la empresa
por el peligro a que se sometía a
la población(31).
En 1893 se inauguró
el acueducto de Albear. Los fonógrafos
y las cámaras fotográficas
Kodak se anunciaban en la prensa. Se generalizaban
las cocinas de gas y el teléfono,
y la nueva fábrica de hielo y cerveza
" La Tropical ", propiedad de Cosme
Blanco Herrera, hijo del conde de la Mortera,
comenzaba a funcionar en agosto de 1897(32).
El "choteo" cubano también
hacía uso de la modernización:
"¡No dejará
de ser eso cosa de los yanquis!. Esos demonios
habrán de inventar una máquina
para hacer niños artificiales que
caminen lo mismo que los de carne y hueso(...)"(33).
1-
"Información promovida en 1894",
en Revista de Agricultura, pp.
29 a 32, año 15, no. Ext. 364/366,
La Habana.
2-
El Fígaro, pp. 219, no.
19, La Habana, 24 de mayo de 1896.
3-
"Crónica", en El Fígaro,
pp. 66-67, no. 6, La Habana, 9 de febrero
de 1896.
4-
"Crónica", en El Fígaro,
pp. 23, no. 2, La Habana, 12 de enero
de 1896.
5-
"nos vemos en la necesidad de tomar 6 000
pesos pagando sus intereses y me parece
que por lo menos dos años, pues aunque
tenemos rentas que cobrar (...) no contamos
con ellas. Deseo saber si Ud. pudiera hacernos
un favor (...) nosotros le daremos todas
las seguridades posibles en cafetales que
tenemos en el campo y casas aquí
en La Habana (...) aunque aquí pudiéramos
hacer este negocio hay dos razones que nos
sujetan: primero que nos pondrían
un subido interés y segundo que se
manifiestan más y los que no estamos
acostumbrados a esto es para nosotros muy
fuerte (...). Con Ud. es como un negocio
de familia".
Joaquín Plana también le escribía
a Marta Abreu el 7 de marzo de 1897. Le
expresaba que debía más de
un año y medio de la casa que habitaba
por la que debía pagar 30 pesos al
mes. Plana poseía 17 caballerías
de tierra que en tiempos normales debía
rentarle 3 000 pesos oro al año.
"Carta del 28 de marzo de 1897 a Marta Abreu,
firmada por Teresa", "Carta del 3 de marzo
de 1897 a Marta Abreu, firmada por Joaquín
Plana", en Colección Manuscritos
Abreu, 234. vol. 2, Sala Cubana, Biblioteca
Nacional "José Martí",
La Habana.
6-
El Comercio, uno de los periódicos
más reaccionarios de Cuba en esos
momentos, planteaba que "aunque somos una
partícula de ese poder, sin embargo
pedimos restricciones, pp. 1, c. 1 a 5,
13/9/1897.
7-
El centén era una moneda de oro que
equivalía a 5,30 pesos oro.
8-
Se refiere a pesos billete y no oro.
9-
Era común que los establecimientos
diesen "de contra" es decir, gratuitamente
a sus clientes, pequeñas cantidades
de productos como azúcar o sal, por
ejemplo.
10-
"Los abusos del billete", en La Lucha,
pp. 2, c. 3, La Habana , 6 julio de 1897.
11-
Nombre que se da en Cuba a diferentes tubérculos
comestibles. También se denomina
de esta forma una variedad de plátano
que es necesario cocinar.
12-
Díaz González, Olallo: La
cuestión del pan, Imp. y Librería
de M. Ricoy, La Habana, 1899.
13-
"La cuestión de la carne", en La
Lucha , pp. 2, c. 4, 28 de junio de
1897.
14-
"Córtese el nudo", en El Comercio
(edic. de la tarde), pp. 2, c. 2,
La Habana, 10 enero de 1897.
15-
"Bando", en La Lucha, pp. 2, c.
4, La Habana, 16 de febrero de 1897.
16-
"El Bando del General y las zonas de cultivo",
en La Lucha, pp. 2, c. 1 y 2, La
Habana , 2 de agosto de 1897.
17-
"Anuncio del Mercado de Tacón. Casilla
15", en La Lucha, pp.4, c.3 y 4,
4 de enero de 1898.
18-
"¡Carne, carne!", en La Lucha,
pp. 2, c.4, La Habana, 12 de julio
de 1897.
19-
"La carne", en El Comercio, pp.
1, c. 5, La Habana, 14 de septiembre de
1897.
20-
"Los casilleros", en La Lucha,
pp. 2, c. 3, La Habana, 8 de septiembre
de 1897.
21-
Ob.Cit. (203).
22-
El 32,4% de las prostitutas que existían
en la Isla en 1889 trabajaban en la esfera
de los servicios, o tenían alguna
profesión, la mayor parte eran criadas
de manos, lavanderas y planchadoras, costureras
y tabaqueras.
23-
La prensa reflejaba cotidianamente casos
de prostitutas que eran robadas, en julio
de 1897 se refiere a Gabriela Cañada
a la cual su criado Santiago Pamplona le
robó 80 centenes, 4 medias onzas,
70 pesos en billetes, 25 pesos plata, gafas
de oro, un baso de planta y otros objetos,
en El Comercio, Novedades, pp.
3. c.1, La Habana, 2 de julio de 1897.
24-
Molinet, Eugenio: Memoria informe de
la Sección Médica de la Higiene
Especial, pp. 155, Imprenta de Francisco
Xiqués, La Habana, 1899.
25-
La clínica estaba ubicada en el número
440, junto al edificio de Obras Públicas.
Las salas comunes tenían 16 camas.
Había un comedor para "prostitutas
distinguidas". Ibídem, pp.
20.
26-
Nombre que se daba a las prostitutas.
27-
Una disposición del jefe de la Sección
de Higiene, Dr. Eslava eliminó los
barrios especiales de prostitutas, extendiéndose
esa situación a toda La Habana.
28-
El periódico El Pueblo,
publicaba el 30 de julio de 1897, en la
pp. 3, c. 3, un artículo titulado
"Carta Higiénica", que se refería
a esa situación.
29-
"Crónicas", en El Fígaro,
pp. 7, no. 5, 14 de febrero 1892.
30-
"Crónicas", en El Fígaro,
pp.7, no. 23, 3 de julio de 1892.
31-
El Diario de la Marina se refería
el 18 de enero de 1898 al trabajo del Dr.
Claudico Delgado, presenta en al Real Academia
de Ciencias Médicas, Físicas
y Matemáticas, titulado Consideraciones
sobre el alumbrado eléctrico de La
Habana.
32-
La construcción de esta fábrica
había comenzado en 1891, su reconstrucción,
culminada en 1897, costó 60 000 pesos,
en La Lucha, pp. 3, La Habana,
2 agosto de 1897.
33-
Ob. Cit. (203).
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