Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX

Muy poco se ha escrito sobre las particularidades de la sociedad cubana en los años finales del siglo XIX. Los historiadores cubanos han centrado su interés en un acontecimiento específico y trascendente de esos años: la lucha por la independencia de Cuba. Absortos en esa intención han soslayado el estudio de otras cuestiones, estructurales unas, orgánicas otras, pero importantes todas para establecer el adecuado balance de una sociedad que transitaba hacia un nuevo estadio de su desarrollo.

La crisis es para algunos una mutación súbita, para otros un paroxismo doloroso y no falta quien identifique este término con manifestaciones violentas o trastornos periódicos y bruscos.

La crisis social es sin embargo una categoría mucho más compleja pues está relacionada con las épocas en que se produce el paso hacia niveles diferentes de desarrollo.

En los años finales del siglo XIX la sociedad cubana transitaba de la tradición a la modernidad. Dejaba atrás la producción sobre la base de hombres física y jurídicamente esclavizados; modernizaba sus instalaciones fabriles; introducía el telégrafo, el teléfono, la luz eléctrica; incrementaba las publicaciones que reflejaban la opinión pública; creaba formas asociativas que protegían los intereses de individuos, sectores y grupos, pero todo este fenómeno se producía en un país colonizado que luchaba por obtener su independencia.

La Sociedad en Crisis trata de abordar el estudio de algunos de estos aspectos en su marco urbano, por lo general el de la ciudad de La Habana. Para ello analiza hechos y circunstancias en tres niveles, el de los acontecimientos políticos y su manipulación, el de las formas en que se produce la reestructuración de la sociedad, y el de los diversos niveles de la cotidianeidad. La guerra y sus avatares no están en el primer plano, quedan en el trasfondo, también se esboza, en segundo lugar una interrogante que debe y puede ser respondida sobre la base de las rupturas y continuidades de nuestro proceso: ¿En qué medida el año 98 tuvo una significación trascendente para nuestra sociedad o fue simplemente un acontecimiento político que no cambió substancialmente el proceso que se venía produciendo? Las respuestas pueden ser diversas, no obstante, el análisis de una etapa de larga duración, demuestra que los factores significativos del cambio ya estaban dados, aunque ese momento fue especialmente convulso y marcó, subjetivamente, a los individuos que lo vivieron.

 

Capítulo III Sociedad y Vida Cotidiana

"Avatares de una ciudad bloqueada"

El año 1898 fue una fecha límite para Cuba, de igual forma que debió serlo para España y para los Estados Unidos. Y no sólo porque se rompiese la continuidad de un proceso que, de una forma u otra debía tener alternativas similares, sino porque la sociedad, al menos momentáneamente, se vió estremecida y conmocionada, salió de sus carriles y se enfrentó a situaciones que, por lo general, los científicos sociales no recogen, porque, aparentemente, no poseen una escala de trascendencia significativa. Esos dilemas, sin embargo, fueron, en su momento, esenciales para los seres humanos, principales actores de la historia vivida, que los sufrieron y padecieron

 

La capital a finales de los noventa

Si una visión superficial permitía convenir que la vida citadina había cambiado poco, apenas se profundizaba en lo que estaba ocurriendo se evidenciaban los síntomas de una crisis profunda. El valor de las propiedades urbanas -que representaban la mayor riqueza imponible de la Capital-, era la mitad del que había tenido en los años ochenta. El del Palacio Aldama, por ejemplo, había descendido de 250 000 a 120 000 pesos(1).

El año 1896 fue crítico para La Habana, la campaña invasora había traído los combates a sus puertas. Si a fines del año 1895 habían emigrado muchas familias, previendo el extremismo de los integristas que hablaban de la necesidad de "echar la llave", a mediados del 96 comenzaban a salir los propios peninsulares con sus parentelas y sus capitales(2).

La prensa destacaba que las familias que emigraban eran pudientes y que con ellas se iba el dinero; añadía que la mayor parte se dirigían a La Florida que al igual que había hecho con la del 68, sacaría nuevamente provecho de la nueva emigración, gracias a la primera se había levantado Cayo Hueso; ahora le tocaba el turno a Tampa y a otras localidades de ese territorio(3).

Los ricos no abrían sus salones con la frecuencia y ostentación de años atrás; por lo general lo hacían sólo para los íntimos. Aún se mantenían los paseos familiares por las principales calles -Obispo y el Paseo del Prado sobre todo-,que continuaban siendo puntos de obligada reunión de las familias distinguidas. Allí acudían las damas con sus guantes blancos de cabritilla, sus capotas con crisantemos -último grito de la moda-, y sus sombreros con plumas largas y negras(4).

La vida cotiana resultaba difícil, sobre todo para los de menores recursos. Los precios de los productos básicos se habían duplicado. Las capas populares se resentían de la situación, pero ésta también gravaba a familias que habían vivido holgadamente y ahora se veían precisadas a hipotecar sus propiedades(5). La reconcentración de los campesinos había puesto en precario la producción agraria y en todas las casas se carecía de lo esencial.

La prensa, en broma y en serio, se hacía eco de la situación. Tras el estallido de la guerra, en 1895 los elementos más reaccionarios de la sociedad, preocupados por el papel que esta jugaba al evidenciar las situaciones sociales, políticas y económicas que se estaban produciendo -la miseria por una parte y la impasividad de aquellos que podían afrontarla por otra-, comenzaron a solicitar que se eliminase la libertad de imprenta que se había establecido en la Isla a partir de la aplicación de la Constitución de 1876. Justificaban estos la censura sobre la base de argumentar que existía en otras naciones llamadas liberales y anti-republicanas(6). De todas formas los periódicos progresistas, impedidos de informar sobre el desarrollo de la guerra -desde agosto de 1895 sólo podían reproducirse los partes oficiales-, se dedicaron a evidenciar las situaciones que afrontaba la población:

Es cosa muy peregrina

lo que entre nosostros pasa:

el billete sube y sube

pero los precios no bajan.

Cuando valía el centén(7)

15 pesos(8), se cobraba

en todas partes lo mismo

que hoy se cobra.

En esta Habana

toda alteración del oro

toda alteración de plata,

la fluctuación del billete,

todo se ordena y se fragua

para que explote el que vende

y se fastidie el que paga.

Hasta las cosas menores

exigentes, necesarias,

que antes dábanse de contra(9)

ahora se venden muy caras.

(...)

El billete sube y sube

pero los precios no bajan.

Al Gobernador pedimos

mucha tranca, mucha tranca(10).

Los alimentos más asequibles a las capas pobres habían sido siempre las viandas(11) pero ahora ocurría que:

3 boniatos valen medio,

10 centavos 4 papas,

por un ñame así chiquito

que no satisface nada

quieren dos reales sencillos,

y uno por cada malanga,

a real y medio el chayote,

un real una remolacha

y vale 12 centavos

una yuca negra y agria.

(...)

Luego hay hombres sin conciencia,

que al infeliz que trabaja

y su mezquino jornal,

en centenes le pagaban,

hoy aprovechan infames

las actuales circunstancias

lo que antes ganaba en oro

en billetes se lo pagan(12).

La situación con los precios de la carne llegó a ser escandalosa. En tiempos normales la capital consumía 300 reses diarias, 100 cerdos y 100 carneros. Se hacían gestiones para comprar la carne en Sancti Spíritus, pero el transporte, la mortalidad, la merma del peso durante el viaje, etc. la encarecían(13), por estas razones se insistía en la necesidad de importarla. Se comentaba que los propios encomenderos obstaculizaban la libre entrada del ganado en los corrales de Luyanó y en el matadero de la capital. Estos formaban un trust que tenía el privilegio de la matanza en el Rastro, razón por la cual controlaban la compra de ganado y también, desde luego, los precios de la carne(14).

Un Bando de Weyler, de agosto de 1897, prohibía vender las reses vivas a más de 1.50 pesos la arroba. Estas serían adquiridas por los ayuntamientos para vender la libra de toro novilla o vaca a 0,20 y a 0,25 la de ternera(15). En la práctica la solución resultó más contraproducente que el problema, pues se obligaba a los labradores a entregar, con destino a la matanza, las vacas productoras de leche y los bueyes destinados al fomento de las áreas de cultivo(16), de forma tal que se estaban afectando otras formas de consumo y de producción.

A pesar del precio establecido oficialmente la carne se anunciaba a 0,30 plata la libra(17). Esa situación contribuyó a que desde el mes de junio se incrementase la campaña de prensa:

No sólo los concentrados

no tiene carne,

ya vemos que nos quedamos sin ella,

en La Habana , por los precios

escandalosos que cobra

la gente del matadero.

Hemos visto en estos días

personas que, antes, lo menos

pesaban 300 kilos

que se han quedado en el hueso

(...)

¿Y que están bien cebaditos

los 30 papás del pueblo!(18).

En el mes de septiembre de 1897 la prensa señalaba que la situación comenzaba a tener aspectos de calamidad pública(19).

Lo que hacen esos señores

es un verdadero escándalo

que debe la Autoridad

corregir sin compadrazgos.

Compran la carne por 2

y nos la venden por 4,

y aquí ya no comen carne,

sino los privilegiados,

los que tiene el dinero

de sobra para botarlo.

Así nos vamos poniendo

de entecos y de esmirriados

gracias al procedimiento

de los señores del Rastro.

(...)

Señor Alcalde, ¡Por Cristo!,

corrija usted ese escándalo

y a todos los casilleros

métalos en un zapato

para que toda La Habana,

no diga de usted al cabo,

como el "Príncipe Tartín"

que "no es carne... ni pescado"(20).

Aunque no levantaba tanto escándalo en la prensa, el problema del pan era similar pues el gremio que lo producía trataba de aprovechar la dificil situación para disminuir su tamaño y subirle el precio. De ello se hizo eco el juguete cómico La cuestión del pan que con un éxito enorme se presentó en el Teatro Alhambra el 11 de junio de 1897(21).

La situación socieconómica incidió en el incremento del marginalismo y de la prostitución. La vida de las mujeres era precaria, se desenvolvían en una esfera laboral limitada y ganaban, cuando más, 35 pesos al mes. Una habitación costaba de 6 a 8 pesos mensuales y debían gastar, aproximadamente 1 peso diario en alimentos(22). Estos dos rubros rebasaban sus salarios. Paradójicamente algunas meretrices logran tener un nivel de vida superior(23). Dos de ellas, muertas antes de finalizar el siglo, dejaron legados de 80 000 y 40 000 pesos oro respectivamente(24).

La reconcentración incrementó, apreciablemente, las enfermedades, la marginalidad y también la prostitución, muchas mujeres vendían sus cuerpos para poder sobrevivir. En 1898 funcionaba, en la Calzada del Cerro, la Quinta de Higiene San Antonio, que era un hospital para prostitutas.

Hasta en los establecimientos de este tipo se marcaban las diferencias raciales y sociales; en la Quinta había salas para mujeres blancas y salas para mujeres negras; mientras las enfermas graves sólo podían disponer de cuartos de cuatro camas, las meretrices con mayores recursos económicos, pagaban cuartos independientes, extras en la alimentación y ropa de cama especial(25).

En 1899 el 80% de las prostitutas eran cubanas y el 50% de estas eran menores de 20 años. A finales del siglo las "guabinas"(26) abandonaron sus antiguas calles de Habana y Teniente Rey para extenderse por toda la ciudad(27), especialmente por Amistad, Neptuno y San Miguel. También en la prensa se versificaba sobre ese fenómeno:

Y casi todas las casas *

de pupilas: La Francesa,

la Asturiana de Aguacate,

la Curra de Compostela,

la Catalana de Sol,

Filomena La Gallega ,

que vivía en Obrapía

y se mudó a la Chorrera(28).

Otro fenómeno que paradójicamente perturbaba la sociedad, era el incremento de los turistas. Durante la etapa colonial muchos viajeros habían visitado la Isla, unos por curiosidad, otros por cuestiones de salud y muchos tratando de obtener información para sus negocios, pero a finales del siglo se apreciaba una diferencia en la calidad y procedencia de los visitantes, los norteamericanos tomaban posesión de La Habana y también, de paso, de nuestro benévolo invierno.

Las mujeres recorrían en grupos las calles de Obispo y O'Reilly, se volvían locas por los abanicos que reproducían escenas toreras y compraban banderillas de lujo. Los hombres, cámara en mano, recorrían la Plaza de Armas, tomaban fotos del Castillo del Morro, visitaban la tumba de Colón y finalmente se iban a la Valla de Gallos. También organizaban excursiones al Vedado, al Cerro y a Palatino(29). Los hoteles cambiaban su fisonomía y se adaptaban a la nueva situación: anunciaban tener baños con agua fría y caliente, elevadores y el conocimiento de varios idiomas para comunicarse con los huéspedes.

Las familias de La Habana y de Matanzas preferían veranear en Madruga. Allí había pequeños hoteles, el San Luis y La Quinta Pardiñas que se repletaban en los meses más cálidos(30).

Otros aspectos de la vida moderna penetraban en la ciudad. El 2 de febrero de 1889 se ensayó la utilización de la luz eléctrica; ésta empezó a usarse en el Parque de Isabel la Católica y en el Parque Central el 3 de marzo de 1889. Se informó a la población que este servicio se daría a través de líneas soterradas, pero esto no se hizo, razón por la cual, la prensa emplazaba a la empresa por el peligro a que se sometía a la población(31).

En 1893 se inauguró el acueducto de Albear. Los fonógrafos y las cámaras fotográficas Kodak se anunciaban en la prensa. Se generalizaban las cocinas de gas y el teléfono, y la nueva fábrica de hielo y cerveza " La Tropical ", propiedad de Cosme Blanco Herrera, hijo del conde de la Mortera, comenzaba a funcionar en agosto de 1897(32).

El "choteo" cubano también hacía uso de la modernización:

"¡No dejará de ser eso cosa de los yanquis!. Esos demonios habrán de inventar una máquina para hacer niños artificiales que caminen lo mismo que los de carne y hueso(...)"(33).

 

1- "Información promovida en 1894", en Revista de Agricultura, pp. 29 a 32, año 15, no. Ext. 364/366, La Habana.

2- El Fígaro, pp. 219, no. 19, La Habana, 24 de mayo de 1896.

3- "Crónica", en El Fígaro, pp. 66-67, no. 6, La Habana, 9 de febrero de 1896.

4- "Crónica", en El Fígaro, pp. 23, no. 2, La Habana, 12 de enero de 1896.

5- "nos vemos en la necesidad de tomar 6 000 pesos pagando sus intereses y me parece que por lo menos dos años, pues aunque tenemos rentas que cobrar (...) no contamos con ellas. Deseo saber si Ud. pudiera hacernos un favor (...) nosotros le daremos todas las seguridades posibles en cafetales que tenemos en el campo y casas aquí en La Habana (...) aunque aquí pudiéramos hacer este negocio hay dos razones que nos sujetan: primero que nos pondrían un subido interés y segundo que se manifiestan más y los que no estamos acostumbrados a esto es para nosotros muy fuerte (...). Con Ud. es como un negocio de familia".
Joaquín Plana también le escribía a Marta Abreu el 7 de marzo de 1897. Le expresaba que debía más de un año y medio de la casa que habitaba por la que debía pagar 30 pesos al mes. Plana poseía 17 caballerías de tierra que en tiempos normales debía rentarle 3 000 pesos oro al año.
"Carta del 28 de marzo de 1897 a Marta Abreu, firmada por Teresa", "Carta del 3 de marzo de 1897 a Marta Abreu, firmada por Joaquín Plana", en Colección Manuscritos Abreu, 234. vol. 2, Sala Cubana, Biblioteca Nacional "José Martí", La Habana.

6- El Comercio, uno de los periódicos más reaccionarios de Cuba en esos momentos, planteaba que "aunque somos una partícula de ese poder, sin embargo pedimos restricciones, pp. 1, c. 1 a 5, 13/9/1897.

7- El centén era una moneda de oro que equivalía a 5,30 pesos oro.

8- Se refiere a pesos billete y no oro.

9- Era común que los establecimientos diesen "de contra" es decir, gratuitamente a sus clientes, pequeñas cantidades de productos como azúcar o sal, por ejemplo.

10- "Los abusos del billete", en La Lucha, pp. 2, c. 3, La Habana , 6 julio de 1897.

11- Nombre que se da en Cuba a diferentes tubérculos comestibles. También se denomina de esta forma una variedad de plátano que es necesario cocinar.

12- Díaz González, Olallo: La cuestión del pan, Imp. y Librería de M. Ricoy, La Habana, 1899.

13- "La cuestión de la carne", en La Lucha , pp. 2, c. 4, 28 de junio de 1897.

14- "Córtese el nudo", en El Comercio (edic. de la tarde), pp. 2, c. 2, La Habana, 10 enero de 1897.

15- "Bando", en La Lucha, pp. 2, c. 4, La Habana, 16 de febrero de 1897.

16- "El Bando del General y las zonas de cultivo", en La Lucha, pp. 2, c. 1 y 2, La Habana , 2 de agosto de 1897.

17- "Anuncio del Mercado de Tacón. Casilla 15", en La Lucha, pp.4, c.3 y 4, 4 de enero de 1898.

18- "¡Carne, carne!", en La Lucha, pp. 2, c.4, La Habana, 12 de julio de 1897.

19- "La carne", en El Comercio, pp. 1, c. 5, La Habana, 14 de septiembre de 1897.

20- "Los casilleros", en La Lucha, pp. 2, c. 3, La Habana, 8 de septiembre de 1897.

21- Ob.Cit. (203).

22- El 32,4% de las prostitutas que existían en la Isla en 1889 trabajaban en la esfera de los servicios, o tenían alguna profesión, la mayor parte eran criadas de manos, lavanderas y planchadoras, costureras y tabaqueras.

23- La prensa reflejaba cotidianamente casos de prostitutas que eran robadas, en julio de 1897 se refiere a Gabriela Cañada a la cual su criado Santiago Pamplona le robó 80 centenes, 4 medias onzas, 70 pesos en billetes, 25 pesos plata, gafas de oro, un baso de planta y otros objetos, en El Comercio, Novedades, pp. 3. c.1, La Habana, 2 de julio de 1897.

24- Molinet, Eugenio: Memoria informe de la Sección Médica de la Higiene Especial, pp. 155, Imprenta de Francisco Xiqués, La Habana, 1899.

25- La clínica estaba ubicada en el número 440, junto al edificio de Obras Públicas. Las salas comunes tenían 16 camas. Había un comedor para "prostitutas distinguidas". Ibídem, pp. 20.

26- Nombre que se daba a las prostitutas.

27- Una disposición del jefe de la Sección de Higiene, Dr. Eslava eliminó los barrios especiales de prostitutas, extendiéndose esa situación a toda La Habana.

28- El periódico El Pueblo, publicaba el 30 de julio de 1897, en la pp. 3, c. 3, un artículo titulado "Carta Higiénica", que se refería a esa situación.

29- "Crónicas", en El Fígaro, pp. 7, no. 5, 14 de febrero 1892.

30- "Crónicas", en El Fígaro, pp.7, no. 23, 3 de julio de 1892.

31- El Diario de la Marina se refería el 18 de enero de 1898 al trabajo del Dr. Claudico Delgado, presenta en al Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Matemáticas, titulado Consideraciones sobre el alumbrado eléctrico de La Habana.

32- La construcción de esta fábrica había comenzado en 1891, su reconstrucción, culminada en 1897, costó 60 000 pesos, en La Lucha, pp. 3, La Habana, 2 agosto de 1897.

33- Ob. Cit. (203).