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PROSA
(CONTINUACIÓN)
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"Con
tinta roja, como la que sólo estaba permitido usar a los antiguos
emperadores, ha de haber escrito ella, suprema señora de las
letras de los Siglos de Oro en el Nuevo Mundo, hasta el día
en el que, renunciando a ello, comenzó a hacerlo con su propia
sangre. Púrpura del genio, digan lo que digan los autógrafos
que anteceden a los años de delirio expiatorio; después,
púrpura del afán de santidad. O ni siquiera eso, porque
eso no se atrevió a esperarlo ni a aspirarlo Sor Juana, "la
peor de todas", la convencida de valer menos que el polvo arrastrado
por las sandalias de cualquiera de sus hermanas jerónimas,
la que se creía obligada a verter a diario el jugo de sus venas
para renovar, con la pluma impregnada en él votos de arrepentimiento,
admisión de la enormidad de sus pecados, autohumillaciones
y súplicas de perdón. Viaje terrible del encausto a
la sangre que todavía, a casi tres siglos de distancia, estremece
y anega al estudioso en interrogaciones. ¿Cómo? ¿Por
qué caminos llegó a eso, apenas arribado a la cuarentena
ya -y, a la vez, apenas arribado a la cuarentena de sus natales-el
cerebro más lógico, se diría que más jurídicamente
lúcido, poseído por un poeta mujer en nuestra lengua,
y con el que resisten comparación muy pocos de los disfrutados
por sus colegas del sexo opuesto?
[...]
Monja del siglo XVII, en esa Nueva España a la que demoraba
ocho meses en llegar la noticia de la muerte de Felipe IV y en la
cual, como en todo el Nuevo Mundo, las novedades científicas
padecían un centenar o más de años de retraso,
transformarla, destruir lo que en esas condiciones era capaz de ser,
plegarla y doblegarla hasta obtener que hiciese esa travesía
que hizo desde el encausto hasta la sangre, ¿no fue un crimen?
[...]
Verdad es que la crítica no siempre supo -ni sabe, a veces,
todavía- situarla como debe. Que si gongorismo inferior, que
si mal gusto barroco, que si el quiero-y-no-puedo de Primer sueño...
¿Cuántos osan reconocer que su Divino Narciso es más
bello que cualquier auto sacramental calderoniano? Recogen todas las
antologías y selecciones los sonetos «Esta tarde, mi
bien, cuando te hablaba...» o «Detente, sombra de mi bien
esquivo» y nadie ignora sus epifonemas magistrales: «pues
ya en líquido humor viste y tocaste/ mi corazón deshecho
entre tus manos», y ni qué mencionar las redondillas
sobre la necedad masculina; pero la Sor Juana pensadora, la que pone
a luz lo más sólido y asombroso de su pensamiento, hay
que convenir que se conoce poco. ¿Un poeta? ¡Claro que
todo un poeta! Mas no solamente un poeta lírico y dramático:
antes y por encima de eso, el cálamo de la Carta Atenagórica
y la mujer serena, enérgica, de rarísimo talento, de
la Respuesta a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz."
(Tomado
de Del encausto a la sangre: Sor Juana
Inés de la Cruz, pp. 9, 45, 46, Casa de las
Américas, col. Cuadernos Casa, 17, La Habana, 1975)
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"En
cuestiones culturales, la presencia femenina en nuestra América
es esencialmente artística. Literaria dentro de lo artístico.
Y dentro de los literario, poética antes que cualquier otra.
Porque es en la literatura -en la poesía- donde puede encontrarse
en la cultura hispanoamericana el tríptico de figuras femeninas
de eco universal: Sor Juana Inés de la Cruz, mexicana del siglo
XVII; Gertrudis Gómez de Avellaneda, cubana del pasado siglo;
y la chilena contemporánea, Gabriela Mistral. [...] En las
tres, sensibilidad de primer orden; en las tres, acusados perfiles
de energía; en las tres, dentro de caracteres y estilos de
vida muy distintos, la savia de la religiosidad y la fiebre o los
rescoldos de la pasión humana. Una sucesión cronológica
que puede ser también una escala de valores críticos
une a estas mujeres que marcan, a una por siglo, una síntesis
histórica y hasta un resumen geográfico. Sor Juana en
México, hecha a sangre española, a convento español
y a convivencias cortesanas con virreyes hispánicos. Tula Avellaneda
en calor antillano, naciendo cuando los anhelos independentistas ardían,
si todavía no en su isla, en el resto de Iberoamérica;
dejándose llamar española mucho tiempo y reclamando
al final de su existencia la denominación nacional que separaba
ya a los cubanos de la metrópoli. Por último, Gabriela,
chilena libre, fusión de indio y de vasco, iberoamericana definitiva,
viniendo del extremo meridional del Continente."
(Tomado
de Influencia de la mujer en Iberoamérica,
pp. 9-10, Servicio Femenino para la Defensa Civil, La Habana, 1948)
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"Es
de maravilla, como guión, el elaborado por François
Truffaut para este filme. Si alguna vez uno ha alcanzado categoría
de hecho literario de primer orden, Los 400 golpes está en
este caso. Como la literatura dramática, existe la cinematografía
con sus características determinadotas de un arte propio en
donde el de las letras se conjuga con los recursos de otras artes.
Y cuando, como en este caso, un autor vigoroso y sensible se dé
acompañado del mismo vigor y de la misma sensibilidad creadora
para aquello que comienza una vez que lo literario ha terminado, el
fruto no puede dejar de ser diferente.
Truffaut da con mano maestra ese mundo aterrador de la niñez
acosada en su indefensión por la ceguera, la estupidez y la
crueldad de los adultos. Y en ese sentido, difícil será
llegar en cine a mejorar su logro. El contraste entre maldad e inocencia,
entre tragedia y juego, se balancea en Los 400 golpes con un aceramiento
y una ternura que se traduce en carne y sangre palpitantes. Y a ese
balanceo de frases, de episodios, de constante medalla de doble cara,
se reúne en la cinta un olfato muy certero para la extensión
de las secuencias y aún de las escenas en sí mismas.
Truffaut mide como pocos directores la cantidad necesaria de pies
de película que ha de producir una determinada reacción
psíquica en el espectador. Y como ejemplo baste la larga carrera
final del pequeño protagonista y, si requiere ceñir
más al caso, dentro de ella, su recorrido ya sobre la arena
de la playa. No hay aquí una décima de segundo de más
o de menos sino, precisa y exactamente el tiempo que debe existir.
El director sabe de su oficio y conoce bien el mundo de lo infantil.
Los estudios realizados sobre las reacciones emocionales de los niños
pequeños ante los títeres, que a tan singulares conclusiones
llevan a los paidólogos, se aprovechan incidentalmente para
Los 400 golpes; como se aprovecha centralmente al maximum el mundo
de lo escolar. Lo que no puede, en cambio, decirse de lo penitenciario,
reducido a una denuncia, si bien enérgica, demasiado rápida
y superficial. Porque aquí, Los 400 golpes roza ya con lo que
no quiere ahondar: la sociedad en que se producen las cosas que el
film narra y las fuentes del mal. [
]
Apena, porque sus valores fílmicos son muy grandes. El reparto,
todo él formidable, nos entrega un protagonista infantil que
puede calificarse de genial. Pero la secuencia magnífica del
interrogatorio del niño en el Centro de Observación
es, justamente, el Yo acuso donde el film se frustra ideológicamente.
Porque la criatura no puede ver la realidad circundante si no a través
de su diminuta vida, a través de su pequeño corazón
maltratado, y no puede culpar sino a los directos ejecutores de su
desdicha. Pero las cosas no pueden ni deben quedar ahí cuando
las cámaras se han movido apuntando con el índice a
los adultos. Las de Los 400 golpes van del niño al hogar, del
hogar a la escuela y de la escuela al celador. ¿Por qué
Truffaut, antes de pasar de las rejas al agua, al cielo y a la soledad,
no abrió el lente para tomar algo más? ¿O es
que ese hogar, esa escuela y esas rejas brotan de una inexplicable
y gratuita maldad humana?"
("Los
400 golpes". Crónica publicada en Hoy,
19 de junio de 1960. Tomado
de Crónicas de cine,
t.2, pp. 349- 351, Letras Cubanas, La Habana, 1989)
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