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En el rancho todos sabíamos lo que le estaba pasando a Fidencio: la fiebre.
Era natural. Tenía que ser así. No en vano se mete uno
por entre los pantanos burreando leña sobre el lomo,
con el aparejo encima, la soga sobre la almohadilla
de la frente y los brazos tirando hacia abajo la cuerda
de la carga. Por algo pasan estas cosas. Ahí es que
viene un mosquito y entonces le mete a uno la fiebre
hasta los huesos.
Eso le pasó a Fidencio. Eso nos había pasado a todos y luego que nos tomábamos la quinina cargábamos con los troncos de nuevo, abriendo veredas por entre la maraña de los mangles rojos, desbrozando de aquí y de allá hasta romperle un claro al monte.
Pero uno se ponía bueno, se enderezaba otra vez. Mas Fidencio no. Había envejecido haciendo carbón. El pelo castaño se le volvió blancuzo y gastado con el tiempo. Esta que cuento pudo haber sido su décima fiebre en dos años. Y no tenía cara de curarse.
— Estoy mejor —decía—. Pero sabíamos que estaba temblando porque se oía crujir la tarima.
— Ahoritica estás bueno y cargas tú solo con el monte —decía el Isleño desde su rincón del rancho.
Hablábamos debajo de los mosquiteros. Afuera zumbaba un enjambre de mosquitos negros.
Pero Fidencio no se puso bueno, y Martínez, que le había dado hasta la última cápsula de quinina, le puso la mano encima y le dijo:
Vas a tener que irte [...]
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