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Caballo
 

Desde potrico ya le dijo siempre: ¡caballo!, y así fue echando cuerpo con la palabra como un susto y una orden.

De modo que cuando el alazán pudo llevar encima el hombre, se estremecía al oir su palabra:

— ¡Caballo! —y el animal vibraba del casco a la oreja; ¡brrr! hacía y el suelo trepidaba bajo sus patas.

Porque ¡caballo! quería decir muchas cosas, empezando por alerta:

«Soy lo que está antes de la hierba y el agua. Antes soy de la primera orilla del río crecido que miras espantado».

«Lo sigo siendo en mitad de la corriente avasalladora y lo soy después de la otra orilla del río vencido».

«Solo cruzas porque yo digo ¡caballo!, y porque he anudado a mis nervios tus cuatro patas debajo del agua».

[...]

«¡Caballo! quiere decir que eres otro miembro de mi cuerpo y otra dirección de mi pensamiento».

«Y por tanto y lo mismo, ¡caballo! no eres tú solo en tu soledad, sino los dos cogidos en el puente de una palabra» [...]

 

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Corrección editorial:
Ruth Leyen Fernández

Actualizado: 27/05/02

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