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Desde potrico ya le dijo siempre: ¡caballo!, y así fue echando cuerpo con la palabra como un susto y una orden.
De modo que cuando el alazán pudo llevar encima el hombre, se estremecía al oir su palabra:
— ¡Caballo! —y el animal vibraba del casco a la oreja;
¡brrr! hacía y el suelo trepidaba bajo sus patas.
Porque ¡caballo! quería decir muchas cosas, empezando por alerta:
«Soy lo que está antes de la hierba y el agua. Antes soy de la primera orilla del río crecido que miras espantado».
«Lo sigo siendo en mitad de la corriente avasalladora y lo soy después de la otra orilla del río vencido».
«Solo cruzas porque yo digo ¡caballo!, y porque he anudado a mis nervios tus cuatro patas debajo del agua».
[...]
«¡Caballo! quiere decir que eres otro miembro de mi cuerpo y otra dirección de mi pensamiento».
«Y por tanto y lo mismo, ¡caballo! no eres tú solo en tu soledad, sino los dos cogidos en el puente de una palabra» [...]
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