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Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas.
Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban por esos campos gente de Vueltarriba con gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado largo hacia arriba hasta darse con el pelo oscuro. Tenía los ojos negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres.
Por entonces nos juntábamos en el barracón y se ponía
un farol en medio de todos. Allí venían: Soriano, Miguel,
Marcelino y otros que no me acuerdo. Luego en cuanto
Juan empezaba a hablar uno se ponía bobo escuchándolo.
No había pájaro en el monte ni sonido en la guitarra
que Juan no se sacara del pecho. Uno se movía, se daba
golpes en las piernas espantándose los bichos, pero
seguía ahí, con los ojos fijos en la cara de Juan, mientras
él se ayudaba con todo el cuerpo y refería con voz distinta
de la suya cuando hablaban los otros personajes del
cuento. Allí, con vales para la tienda, y el cuerpo
doblado con el sol a cuestas durante todo el día, uno
llevaba metido dentro el oído para las cosas que pudieron
haber sido y no fueron.
Pero, eso sí, a Juan nunca se le pudo contradecir, porque cerraba los cuentos con una mirada de imposición en redondo y uno se quedaba viendo cómo el hombre tenía algo fuerte metido en el cuerpo suyo. Preciso, certero, Juan sacaba la palabra del saco de palabras suyas y la ataba en el aire con un gesto y aquello cautivaba, adormecía [...]
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