Presentación
Biografía
Bibliografía
Obras
Fragmentos
Valoraciones
Galería

 

Taita, diga usted cómo
 

El padre y él —él dos palmos más bajo de la cintura del padre— llegaron hasta la cerca. El viejo se metió por el portillo de la piña y estaca en mano se fue sobre el potro.

— ¡Condenáo, arriba de la potranquita del vecino!

Buscando mejor pasto pudo ser que la yegüita nueva saltara al cuartón del macho. Encima se le vino el animal con los ollares redondos y rojos. Allá lejos, a la espalda de la manigua, retumbó su relincho.

Apareado a las bestias el viejo gritó y amenazó con la estaca, pero el animal retrocediendo unos pasos se irguió sobre sus remos traseros y cayó sobre el lomo de la hembra que coceaba inútilmente.

— ¡Condenáo, entoabía la carga!

El muchacho, que se había asomado a la boca del portillo, se acomodó para mirarlo todo.

— ¡Mal rayo te parta!

Y la estaca resonó en las costillas. Empero, la bestia persistía con el cuello curvo, nervudo y brillante, echando los dientes a la cruz de la yegüita estremecida.

Entonces el viejo gritó pegando en firme sobre la cabeza del animal:

— ¡Sálete, puñetero!

Quedó en el aire sobre sus patas traseras, pero ya en el minuto de la eyaculación el pisajo echó sobre la tierra su cálida simiente.

El pequeño la vió brillar un instante sobre el espeso campo verde. Ahora el padre venía voceando la yegua hasta el camino y el muchacho se hizo a un lado del portillo dejándole el paso libre a la bestia. Le vio sobre el lomo muy cerca de la cruz, dos heridas que le arrugaron la piel. Cuando el sol empezó a meterse detrás de la manigua Nando y el viejo encarrilaron el trillo [...]

 

Presentación  Biografía  Bibliografía  Obras
Fragmentos  Valoraciones  Galería

Corrección editorial:
Ruth Leyen Fernández

Actualizado: 27/05/02

Página anterior Página arriba Página siguiente