|
Éramos cuatro a bordo y vivíamos de pescar langostas.
El «Eumelia» tenía un solo palo y cuando de noche un
hombre llevaba entre las manos o las piernas el mango
del timón, tres dormíamos hacinados en el oscuro castillo
de proa y sintiendo cómo con los vaivenes del casco
nos llegaba el agua sucia de la cala a lamernos los
tobillos.
Pero éramos cuatro obligados a aquella vida, porque cuando un hombre coge un derrotero y va echando cuerpo en el camino ya no puede volverse atrás. El cuerpo tiene la configuración del camino y ya no puede en otro nuevo. Eso habíamos creído siempre, hasta que vino el quinto ente nosotros y ya no hubo manera de acomodarlo en el pensamiento. No tenía razón ni oficio de aquella vida y a cualquiera de nosotros le doblaba los años. Además era rico y no había porque enrolarlo por unos pesos de participación. Era una cosa que no se entiende, que no gusta, que un día salta y se protesta después de haberse anunciado mucho en las miradas y en las palabras que no se quieren decir. Y al tercer día se dijo, yo por mí, lo dije:
— Mongo, ¿qué hace el rico aquí?, explícalo.
— Mirar el fondo del mar.
— Pero si no es langostero.
— Mirarlo por mirar.
— Eso no ayuda a meter la presa en el chapingorro.
— No, pero es para nosotros como si ya se tuviera la langosta en el bolsillo vendida y cobrada.
— No entiendo nada.
— En buenas monedas, Lucio, en plata que rueda y se gasta.
— ¿Paga entonces?
— Paga.
— ¿Y a cuánto tocamos?
— A cuanto queramos tocar.
Y Mongo empezó a mirarme fijamente y a sonreir como cuando buscaba que yo entendiera, sin más palabras, alguna punta pícara de su pensamiento [...]
|