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La otra muerte del gato
 

Sentado en la popa de la embarcación y echado hacia atrás, con el codo izquierdo hincado en las tablas y el brazo derecho extendido sosteniendo el sedal que le pasaba por el latido del dedo, Robles se puso a mirar el nacimiento del día. Por la punta de su pie descalzo vio ascender lentamente la yema del sol. Esto no era nada nuevo para él. Ahora mismo podía volverse seguro de tener detrás como siempre el semillerito de luces de Cojímar encendidas todavía. Lo tenía más que sabido desde treinta años atrás, desde que empezó con doce en el cuerpo halando potala para el viejo Crespo quien se sentaba en la popa a tratarlo de usted y a salpicarle el trabajo con palabras duras.

También esta mañana como aquellas otras que le descubrían al viejo sentado en su lugar, Robles hubiera pensado en él, pero la noche había sido escasa de pesca y ahora no podía más que meditar en sus asuntos. Por eso, dejando el sol aparte, su pensamiento volvió al fondo de la lancha mirando uno a uno los pocos peces cobrados: dos parguetes, tres rubias y cuatro guatíberos de basurita. Con esto nadie puede decir que ha pescado; a menos que sea uno de esos de sombrerito vistoso y camisa chillona que alquilan los domingos, enroscan todos los anzuelos y se van arrebatados, con un par de roncos que están ahí a la mano de cualquiera.

Necesitaba pues con el sedal a fondo que la suerte le allegara un par de chernos de diez o doce libras que fueran. Pero los chernos no venían y el sol iba cambiando el agua negra de la noche por el intenso suyo de azul profundo. ¡Ah! si el pícaro viejo Crespo estuviera allí. Le gritaría seguro que no sabía marcarse para dar con los pesqueros, pero el viejo estaba muerto, le pesaban quince años de tierra colorada sobre todo lo que fue, y ahora él podía sentirse más aliviado. Aunque si se va a ver, el viejo le había enseñado todo lo que sabía y hasta lo otro: robar la pesca de un palangre, como quien dice, debajo de las mismas narices de su dueño.

Eso él no lo había echo hasta ahora, pero podía hacerlo; saber sabía. El solo era un pescador capaz de sustentarse de lo propio suyo en tres potalazos nada más, dependiendo desde luego de cómo anduviera la corriente: si para arribita o para abajo, si por tierrita o por las veinte brasas. En verbo de trabajo podía hacer cualquier cosa como el mejor. Eso se lo debía al viejo y agradecido ... Además aquel caudal de marrullerías, porque el día que se le antojara también podía ser un gato como el viejo, y casi se echó a reir con este último pensamiento: un gato [...]

 

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Corrección editorial:
Ruth Leyen Fernández

Actualizado: 27/05/02

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