Oscar Zanetti: Sin azúcar, no hay historia de Cuba

Por: Pedro Quiroga Jiménez

Tiene la imaginación fértil y el don de la palabra fácil. Más allá de títulos y distinciones, el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2011, Oscar Zanetti Lecuona, plantó sus pies en tierra firme desde que descubrió su pasión por la historia.

Con esa misma pasión –necesaria en el ejercicio creativo, asevera- se tituló como Doctor en Ciencias Históricas y dedicó varias décadas a la enseñanza; notorias encomiendas que no restaron tiempo a numerosas investigaciones y libros publicados, varios de ellos laureados fuera de la Isla.

-Se dice que la historia casi siempre la escriben los vencedores. ¿Está de acuerdo con esa afirmación?

-Eso ocurre, a veces a tal extremo que un famoso historiador francés decía que cuando las rebeliones populares escapaban a la represión, escapaban también a la historia, pues quedaba apenas la constancia de la represión y no la de los pensamientos, las acciones y motivaciones de los rebeldes.

Generalmente los vencidos –que son los más débiles- no tenían acceso a la cultura, ni tenían la posibilidad de dejar testimonio escrito de sus hechos y aspiraciones, y todo ello conllevaba a que su presencia histórica fuese menor y a que, obviamente, las versiones las impusieran los vencedores. Siempre ha habido rescates históricos, como el famoso libro Visión de los vencidos, del mexicano Miguel León-Portilla. Con el tiempo esas distorsiones han ido cambiando, pero en realidad, la proporción ha sido muy desigual.

-¿Hasta dónde llega la interpretación personal del historiador cuando escribe sobre cualquier pasaje o suceso?

-La interpretación personal existe desde mucho antes de que escriba, es decir, desde la manera en que percibe o se plantea el problema histórico que va a investigar. Hay determinadas condiciones que tienen que ver con su subjetividad y, por supuesto, con su formación; es algo de lo cual, los historiadores tenemos que cuidarnos mucho porque si ello se hace sin autocontrol, terminan por darse versiones muy parcializadas de los hechos, las cuales son, por demás, muy frecuentes en la historia.

-Usted mencionó la palabra subjetividad. ¿Hasta dónde un historiador puede ser objetivo o subjetivo?

-Esas proporciones van a cambiar mucho según los casos; depende de la individualidad del historiador. Creo que no hay ninguno que se libre de tener un cóctel con esos dos ingredientes en proporciones diversas.

-Durante muchos años se acuñó una frase en Cuba: “Sin azúcar no hay país”. ¿Qué opinión le merece?

-Es una frase de finales del siglo XIX, de Fernández de Castro, político e intelectual autonomista. Casi se perdió en el tiempo y a mediados de la década de 1930 la rescató José Manuel Casanova, figura importante en la organización de los hacendados. Fue este último quien la convirtió en consigna de sus colegas, en un momento en que el país había puesto de manifiesto la fragilidad de una economía sustentada en la mono producción azucarera y que, por ende, desde el punto de vista de los programas políticos, había comenzado a plantear alternativas al azúcar.

Era una manera de preservar la hegemonía de los propietarios azucareros.


“Los últimos años han demostrado que puede haber país sin azúcar o con poca, lo cual en modo alguno ha resultado una ventaja. Pero lo que sí puedo asegurar con los ojos cerrados es que, sin azúcar, no hay historia de Cuba; es imposible comprender la historia de nuestra nación al margen del azúcar.


-Usted tiene un libro sobre metodología de la investigación histórica. ¿Cuáles son los pasos fundamentales de esa metodología?

-Es un proceso complejo. Se trata de una asignatura que impartí en la universidad por más de una década y siempre sucedía que los estudiantes la detestaban mientras estaban sentados en sus pupitres pero, una vez graduados, venían a pedirme que volviera a impartírselas. Era en la práctica cuando enfrentaban la necesidad del trabajo organizado.

Yo creo que hay en el historiador lo que constituye su oficio, que es lo que generalmente se representa en el imaginario popular: el individuo metido en un archivo, sacando un montón de papeles polvorientos, y encorvado sobre un manuscrito casi indescifrable. Esa es una parte de su trabajo, la búsqueda de las fuentes que no son solo–mucho menos, hoy en día- los documentos.

También están los testimonios de quienes participan en los hechos, las propias evidencias materiales, los restos arquitectónicos, es decir, la gama de portadores que puede proporcionarle información al historiador, es muy amplia.

Pero tan importante como todo eso, es saber que el historiador solamente puede extraer de la fuente lo que sabe preguntarle, y para preguntar hay que tener una formación, una concepción de la historia, un criterio de cuáles son los procesos que pueden explicar ciertos problemas, que a su vez puedan haber conducido a determinadas situaciones. Entonces, ese saber preguntar a la fuente depende de la formación teórica, del manejo conceptual y de la imaginación, que esto último sí no lo aporta nadie.

La metodología tiene que ver con todo eso y con otra parte muy importante que a veces los colegas descuidan: la capacidad de ofrecer de una manera clara, y sobre todo amena, los resultados de la investigación. ¿Cómo ordenas tus resultados, la información y los conocimientos obtenidos, y cómo los elaboras para presentarlos de una manera atractiva? Eso también es parte de la metodología.

-¿Usted echa por tierra esa teoría, de que la memoria no es imprescindible en un historiador?

-Tengo una memoria que la gente considera privilegiada, pero con los años se ha ido deteriorando. Me doy cuenta de que no es indispensable, porque en realidad existe la falsa creencia de que el historiador tiene un cerebro que es un gran receptor y almacén de información, y no es así. Actualmente, el volumen de información de que dispone cualquiera que vaya a estudiar cualquier tema es tan amplio -excepto cuestiones muy remotas de las cuales han quedado pocos vestigios-, que resulta imposible conservarlo en alguna memoria… ni en la de una computadora.

En consecuencia, el problema no estriba tanto en lo que tú puedas conservar en tu memoria como en tu habilidad para informarte, y aquí regreso a la pregunta anterior, porque es algo que tiene que ver con la metodología de trabajo.

-Héroes y antihéroes, dos palabras complejas en un proceso histórico.

-Eso tiene que ver con una especie de historia en blanco y negro, que es una falsa imagen del acontecer o la trayectoria de la humanidad. Obviamente, hay personajes que tienden a ser enteramente negativos, y serían los antihéroes, como los hay que son principalmente positivos y han quedado registrados en la historia por sus aportes. Pero nadie pone en cuestión que un eminente científico, que con su descubrimiento pueda haber librado a la humanidad de determinado flagelo, fuese un esposo insoportable y la mujer tuviese que soportar situaciones intolerables.

Lo importante es que, los que hacen la historia son los hombres y mujeres concretos, y sus proyecciones pueden tener una u otra dirección, pero generalmente nadie es ni completamente bueno, ni completamente malo; depende de los momentos de la vida, de las circunstancias y de los aspectos de la personalidad que se consideren.

Creo que lo de héroe y antihéroe es un asunto de falsa dicotomía, si uno construye la historia sobre eso. No quiere decir que haya personalidades ante las cuales los historiadores tengan que quitarse el sombrero porque merecen el reconocimiento eterno de la humanidad.

-¿Considera que la politización de la historia atenta contra la veracidad del hecho que acontece en determinada etapa?

-Tendríamos que partir de la base de que no hay historia apolítica. Desde Herodoto hasta nuestros días, no hay historiador que pueda haber escrito al margen de la política. Ahora bien, otro problema es la historia escrita con una finalidad política, lo cual –a mi modo de ver- suele traicionar la propia esencia de la historia, porque esta se escribe para que los hombres enriquezcan su experiencia, para que comprendan mejor su circunstancia y puedan establecer decisiones más certeras para transformar las realidades y, a veces, al plantear esas versiones en determinados códigos políticos que suprimen facetas de los problemas, lo que hacen es un falso servicio a los seres humanos, porque no les permiten percibir sus realidades como realmente son.

-¿Cómo se ejercita la memoria para retener tantas fechas, nombres y acontecimientos?

-La memoria es importante, pero no indispensable. Existe la falsa imagen de que el historiador tiene un cerebro superdotado, algo así como un gran receptor y almacén de información, y no es así. Hoy en día, el volumen de información de que dispone cualquiera que vaya a investigar o estudiar –excepto cuestiones muy remotas de las cuales han quedado pocos vestigios-, es tan amplia, que resulta imposible conservarla en memoria alguna, incluso en la de una computadora.

En consecuencia, el problema no estriba tanto en lo que puedas conservar en tu memoria, sino en tu habilidad para informarte, y eso tiene que ver con la metodología de trabajo.

-¿Se enseña la historia en Cuba como se debe, o faltan todavía algunas herramientas, metodología?

-Siento un gran respeto por el magisterio, y yo mismo lo he ejercido durante décadas. No dudo de la capacidad ni de la entrega de los profesores que enseñan en los niveles primario y medio.

La enseñanza de la historia en Cuba ha pasado por diversos momentos y ha tenido distintos tropiezos. En un momento se entendió -por falsos criterios de lo que podía ser la concepción marxista de la historia- de que ésta tenía que reducirse a conceptos, y se perdió la presencia del ser humano; las explicaciones empezaron a remitir a abstracciones sociales, y eso no podía ser atractivo para nadie.

En otra etapa, la historia se convirtió –y aún hoy se puede percibir en alguna clase- en una vieja película del Oeste, en una escenificación de buenos y malos, cuyos papeles estaban repartidos de antemano y solo en el mejor de los casos podía ser memorizada, porque no había forma de entenderla, porque las realidades humanas suelen ser demasiado complejas para que puedan ser presentadas en blanco y negro.

Lo atractivo de la historia son los problemas, los contrastes. Además, deben aprovecharse las posibilidades de acercarse a ella que ofrecen los museos, sitios históricos, etc., además de los medios audiovisuales que hoy están disponibles.

Sería muy difícil decir, como saldo, que la historia se está enseñando como podría aspirar a que se enseñe; en algunos casos por falta de dedicación y vocación, en otros, por falta de recursos.

-¿Qué compromisos tiene por delante?

-Me jubilé para tener más tiempo en mi actividad creativa, para investigar y pasar de la fase de las obligaciones a la de los compromisos. El premio que acabo de recibir hay que tomarlo como un adelanto; soy de los que piensa que lo mejor es lo que está por hacer. Por ejemplo, el jurado que tuvo la generosidad de honrarme no ha podido conocer mi más reciente libro, porque lo terminé hace dos meses: Esplendor y decadencia del azúcar en las Antillas hispanas. Es una historia comparada de Cuba, República Dominicana y Puerto Rico en el terreno de la economía, y diría que en el terreno de la sociedad del azúcar, porque la economía (o determinados procesos económicos) es imposible de comprender si parte de decisiones políticas, de ideologías que animan esas decisiones. Se trata de una comparación, básicamente en el siglo XX, y es un trabajo al que dediqué más de cinco años.

Ese análisis comparativo me parece muy importante para los cubanos, porque siempre digo que uno de los problemas de la historia de Cuba es que nuestro país, es más Isla en la historia que en la geografía. Nos hemos acostumbrado a ver nuestros procesos y situaciones como si fueran únicos, exclusivos, y ni somos el pueblo elegido, ni somos el ombligo del mundo. El hecho de mirar hacia los lados y apreciar circunstancias muy parecidas a las nuestras, siempre nos ayudan a comprendernos mejor.

Cuando uno termina un libro, valora distintas posibilidades. Tengo algunos problemas en cartera para volvérmelos a plantear. Me interesa moverme en las acciones económicas, la regulación y las orientaciones de la economía cubana entre los años 30 y 60 del siglo XX, pero en distintos planos: en el de las ideologías, las políticas y las prácticas económicas.