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Los niños se despiden, Novela (1968)

Capítulo 1

Y
es el portal abriéndose a la súbita noche de los jardines, de la calle; abriéndose a las conversaciones, al saludo fugaz de los que pasan, a los gritos de los niños que se despiden y recogen sus libros, sus juguetes, una camisa, un suéter, un sombrero. Han cesado las voces inocentes que formaron los coros: reyes y príncipes depuestos, melancólicas viuditas del Conde de Oré, delgadinas cautivas, doñadas de delicadísimos dedos que despiertan las rosas y cierran los claveles, pájaras pintarrajeadas que saltan recogiendo flores, gallegas con nombre de emperatriz rusa, desobedientes y majaderas, soldados aragoneses, rubios y altos, muertos en batalla, y, un negrito gordo y sonriente, comedor de arroz. Coros de un ingenuo erotismo, que fabulan amores desgraciados e innobles: cantos y danzas, celebraciones infantiles en la tarde que cae.
    La calle es de un gris profundo que, a trechos, iluminan las lámparas que se encienden, todas a una, en los portales. La calle fragante y húmeda que no volveríamos a ver hasta la mañana siguiente, pero cuya vida sería comentada, divulgada, en la mesa y luego en los dormitorios, de una cama a otra, antes de persignarnos, decir las oraciones y cerrar los ojos, apretando los párpados para ahuyentar oscuridad, los muertos, el silencio, hasta que el sueño nos rindiera.
    Entonces, los mayores reanudaban sus pláticas en los portales, poblando los sillones, los bancos, los columpios, los balances, intimando con sus puntuales referencias del día. Se hablaba del trabajo, de la casa, de la familia, de los amigos; se narraban historias de muertos, de aparecidos, de viajes irrealizados, de proyectos por cumplir, de las enfermedades, y, bajando la voz, entre dientes, casi en un susurro, comentaban una desgracia sentimental ocurrida en la familia, sin hacer de ello escándalo. A nuestra prima Hortensia le había nacido un niño sin padre, y Hortensia era la más dulce, generosa y bella de nuestras relaciones.
La pobre, tan joven y ahora tan triste. Comentaban la situación económica de algún pariente o amigo, sus dificultades, la escasez y la pobreza. Se hablaba de las personas evitando nombrarlas. Mamá añadía un refrán, siempre a mano para concluir un escabroso tema: «Ruin es el árbol que no cobija sus raíces», decía. Papá comenzaba a historiar el esplendor y las penurias de sus antepasados. Éramos cubanos, nacidos de padres cubanos, hijos de cubanos nacidos en las Islas, y ésa era nuestra gloria. Papá hablaba despacio ycon esmero de sus vidas y sus hazañas con la misma nostalgia con que les oyera a su gente esos viejos relatos. Sus cuentos adolecen de una atroz monotonía (no voy a repetirlos), pues era incapaz de recrear un asunto, de completar con rigor un cuadro. Lo importante en sus relatos no eran las personas, sino los lugares. A ellos dedicaba extensas descripciones; le gustaba reflexionar sobre una circunstancia dada y sus efectos dentro de un lugar determinado; los sucesos nunca son iguales en todas partes. El paisaje influye sobre los acontecimientos. La gente, para él, para nosotros luego, no importaba mucho; nuestra verdadera pasión se trasladaba a los lugares, ya fuera para defenderlos o combatirlos. Lo que había que amar y respetar era, para decirlo en términos familiares, la geografía. Sustentábamos un concepto muy pobre de la historia; éramos ahistóricos. Lo importante era ser cubano, sentirse cubano, y eso sólo lo podía determinar nuestra geografía, su clima y naturaleza. Éramos cubanos porque habíamos nacido aquí y no en otra parte, como los gallegos eran gallegos, los moros, moros y los polacos, polacos. Por eso papá desaprobaba la emigración, cualesquiera que fueran las razones; los viajes, sí, porque los viajes ilustran; pero para vivir y morir, la Isla. Con él no era posible otra alternativa; creo que con sus hijos, tampoco.

(Tomado de la edición de Casa de las Américas, La Habana, 1968, pp. 11 - 13.)




El Vientre del pez, Novela (1993)

J
acobina Longoria, Jacobina Longoria, Jacobina Longoria, susurran los veloces neumáticos, el aire que cruza los ventanillas, los insectos que rebotan contra el parabrisas o se adhieren o él, sin vida.

     Habían acordado que la película, en tanto careciera de un argumento, fuera un río, algo que fluye mientras suceden cosas en sus márgenes y espía con atención las señas exteriores. De Bateyes sería un ensayo de la vida en esos lugares. Free cinema, la técnica a emplear. Te ocuparías de la investigación histórica y, mediante la narración, de hacer coherente aquel fluir de imágenes actuales y pretéritas.
    
Todo estuvo bien pensado y listo para comenzar el rodaje hasta la noche en que Idia te llamó con urgencia. Acababa de regresar de Oriente y de conocer en el Central Delicias a una mujer excepcional, vieja militante, que había participado desde muy joven en las luchas proletarias del central; sobre todo en la huelga de 1935 y la reorganizaci6n del movimiento sindicalista de 1938, período que a Idia interesaba en particular: su padre tuvo que emigrar a México, huyendo de la persecución postmachadista. Idia hablaba con prisa, como si quisiera llegar al fin de su aventura. En manos de esa mujer estaba el argumento para el filme que se proponían realizar. Fundamentado en dos álbumes: uno de fotografías cronológicamente organizado y otro con cartas, el libro inédito cubría la historia de una familia desde las guerras independentistas hasta el triunfo de la revolución. Bueno, no voy a contarte nada más por teléfono. . . Luego se apareció con aquel manuscrito: Mira, éste es el filme. Todavía no sé cómo se me ha permitido traerlo hasta acá. Después de tres días de intensas y persuasivas conversaciones, la hermana del supuesto autor -esta suposición es mía- me lo dejó por una semana. Por favor, léelo esta misma noche y mañana discutiremos. No disponemos de tiempo, ni siquiera para hacernos de una copia. Ya la conocerás. Mañana por le noche saldrás para Delicias ...



    Pero no saliste ni al siguiente día, ni al mes siguiente. Fue ella quien hizo un segundo viaje para entregar el manuscrito a la persona que deberás conocer tan pronto llegues al batey.
    Tendrás que establecer contacto con una mujer cuyo solo nombre te inhibe; empeñarte en merecer de ella tal grado de amistad -respeto, confianza- que te permita trabajar con las cartas y un álbum, tan celosamente cuidados por su dueña como el manuscrito. Admites haberte encantado con su lectura; has pasado noches y días enteros pensándolo, recordándolo, discutiéndolo contigo mismo y con Idia. Hubieses preferido no leerlo; ejerce sobre ti un indescifrable hechizo. Recelar protege tu proyecto. Vivir una experiencia inocente de noticias ponderadas por ajena invención complacería tus designios. No te niegas o concederle la credulidad a lo escrito, pero aspiras a verificar por cuenta propia cada uno de los hechos referidos. Te agota recurrir a tus propias convicciones, tan prejuiciadas como las de cualquier otro. Prefieres olvidar, pero ni el paisaje que transcurre sin impresionarte, ni el incesante parloteo de tus compañeros te distrae de tan persistente zozobra.
    Un ómnibus veloz, en sentido contrario, te saca de tu aletargamiento. Recuperas la realidad: tu ubicación en un tiempo y un espacio determinados; hará media hora dejaron La Habana y dentro del Robur no puedes disfrutar el verde jade acharolado que deslumbraba a cuanto transeúnte se le acercara, atraído por el brillo que lo distinguía de los demás carros parqueados junto al contén de la misma acera: Chevrolets, Pontiacs, Fords, Buicks, Renaults, especímenes arqueológicos milagrosamente conservados por imperativos insospechables, y que para ti constituyen mucho de una época sólo recuperable en reminiscencias estrictamente personales.




    Quiñones, ocupado en abarrotar el portaequipaje y los asientos traseros, se distraía acariciando con la mirada el hermoso vehículo. Bolsos, mochilas y deterioradas maletas se agolpaban unos contra otros, sin que sus portadores se preocuparan por acomodarlos debidamente. Te aferraste a la maleta esperando colocarla en un espacio donde no sufriera el embate del apresurado trasiego de manos y matules.
    —Con tal de que no me sepulten —se le oyó gritar a Quiñones, exasperado por la excesiva urgencia de sus compañeros—. Si no nos apresuramos, habrá perdido la virginidad cuando la montes —dijo volviéndose a ti—. Vaya, te concedo el honor y el placer y...
    — No me dirás que es de estreno —dijo Germán, que había venido a despedirte.
    —Señorita —aclaró Quiñones—, de la agencia al ministerio. Paco la sacó esta misma mañana, y a su edad...
     Una carcajada unánime rodeó a la espléndida guagüita.
    —No es para tanto. Llegará estropeada y envejecida, si logramos hacer todo el recorrido. ¿Cuántas horas de viaje son, sabes? —preguntaste.
    —Dice Juan que esta noche dormiremos en Santa Clara, y con buen tiempo llegarás a Delicias pasado mañana —te respondió Quiñones.
     —¿Cómo sabes eso?
     —Tu estación terminal es Puerto Padre, ¿no? Yo conocí a Cuba primero. Nos irá soltando como fardos. En fin, tendrás el privilegio de disfrutarla por más horas.
     —Es una Preciosidad —expresó Germán—. ¿Cómo te sientes?



    —Si me acojo al axioma de que únicamente por lo que hacemos aprendemos lo que somos, me siento como un adolescente. Todo marchará como lo hemos planeado —le respondiste.

    —¿Convicción o presagio? —te interrumpió Quiñones con burlona ironía.
    —No sé, existe la creencia de que todos los hechos están sujetos a una misma ley, de modo que todo repercute en todo. Creo en la rigurosa necesidad de cuanto sucede.
    —¿Fatalismo? —te preguntó Germán.
    —0 determinismo, como lo prefieras, pero no es por azar que Idia se haya propuesto este filme y me haya escogido para hacer el guión.
    —Eso no debería constituir un secreto para ti. Idia vive enamorada de tus metáforas.
    —Sin embargo, estoy preocupado —y lo estabas. Jessie desconocía el motivo ulterior de aquel viaje: realizárase o no la película, te quedarías en Delicias, de serte posible, hasta que terminara la zafra—. ¿Qué puede haberlas demorado?
    —A Idia, cualquier cosa, Jessie es más puntual.
    —Le dije que en la reunión del jueves se había decidido partir lo más temprano posible, después del almuerzo. Cuando nos despedirnos ayer, quedamos en encontrarnos aquí a las dos de la tarde.
   —Son las tres. Esta mañana dejé a ldia en casa preparando a !os muchachos para llevarlos a la escuela. Anoche estuvo hasta muy tarde en una reunión de la Federación. No sé cómo se las arregla para ocuparse de tantas cosas al mismo tiempo.
    —Jessie es más libre —respondiste sin vacilación.
    —¿Y esa maleta, piensas llevarla entre las piernas, o vas a acostarte sobre ella? —los interrumpió Quiñones, dirigiéndose a ti.
    —Es un collage diversionista, porno...¡Míralas, ahí llegan, gacelas en el aire, llamaradas! -exclamó Germán señalando hacia la acera opuesta.



    — Rocío —dijiste con voz casi imperceptible que alcanzó los oídos siempre alertas de Germán.
    —Memoria que no excusa la sorpresa, el olvido voluntario —murmuró Germán, lentamente, como si arrastrara las palabras.
    Permanecieron inmóviles y con la mirada atenta al apresurado andar de las mujeres: torbellino de ojos y bocas que hablaban raudos, discordes, tratando de dar una explicación convincente a la demora. El Robur vigilante convocaba a los viajeros, y Juan dio la voz de partida. Un tumulto de exclamaciones viriles ahogó las últimas recomendaciones de las mujeres. Jessie, enternecida, se lanzó a tus brazos y algo te dijo al oído que apenas conseguiste distinguir. Idia exigía la llamases tan pronto llegaras y le contaras la primera entrevista con la señorita Longoria.
    —A ver si te perdemos por allá —dijo Germán guiñándole un ojo a Jessie, y soltó una de sus sonoras y estridentes carcajadas.
    A ver si me encuentro por allá, pensaste, tratando de silbar una improvisada tonadilla para disimular tu impaciencia.
    Se despidieron sin pompa de palabras.
    Juan dio las ultimas instrucciones:
    —Yo soy el responsable de que cada cual llegue, sin problemas, a su lugar de destino.
    Se presentaron entre ellos y un laberinto de manos se extendió dentro del Robur en marcha. Repasaste a los hombres con la mirada: cuatro técnicos se distribuirían entre centrales de las provincias de Matanzas, Las Villas y Camagüey: dos escritores: Julio Quiñones con destino hacia el Argelia Libre y Adriano Mas hacia el Jesús Menéndez; tú te instalarías en el Guiteras y Juan regresaría a La Habana.

(Tomado de la edición realizada por Ediciones UNION, La Habana, 1989, pp. 9-13. )


 

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Redacción Editorial: Odenis B. Mesa Corrección Editorial: Nora Lelyen Diseño Web: Carlos Suárez-Murias