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La
vida de Pablo de la Torriente Brau fue tan breve como
intensa: nació el 12 de diciembre de 1901, en
San Juan, Puerto Rico, y murió en combate -también
en diciembre-, el l8 de 1936, en Majadahonda, España.
Como el héroe de la tragedia griega -llamado a morir
tempranamente-, poseyó altas cualidades: inteligencia,
prestancia, alegría y pasión desbordantes.
Treinticinco años le bastaron a Pablo para dejar la
huella imperecedera de su hacer en el campo de la creación
(periodística y literaria) y de la política,
más allá de las fronteras de Cuba, su tierra
por derecho propio.
Todo fue rápido y acaso prematuro en su vida: llegó
segundo, para ser el único varón, entre sus
hermanas Graciela, Lía, Zoe y Ruth, la prole del matrimonio
de Graciela Brau Zuzuarragui y Félix de la Torriente
Garrido.
A los tres años, viaja con su padre a Santander, España.
Allí conoce a su abuela Genara, y oye habla de Francisco
de la Torriente Hernández, el abuelo cubano recién
muerto, motivo, con seguridad, de esa atmósfera rara
que hay dentro de la casa. Pero él vive en libertad,
en el patio, donde pasa los primeros sustos y tal vez haya
aprendido a domeñar los primeros miedos. Los adultos
a veces dicen cosas extrañas, con frecuencia escucha
conversaciones sobre su madre, del pronto reencuentro de la
familia, que no será en Puerto Rico, sino La Habana,
en Cuba. Lejos, muy lejos de Santander, del otro lado del
mar inmenso, el espectáculo más increíble
que haya presenciado en su corta existencia, un escenario
más amplio, infinitamente mayor, que el patio magnífico
de la abuela Genara.
El viaje de vuelta -dos años después- le prodiga
nuevas vivencias: conoce a su hermana Zoe, asiste a la escuela
del profesor Lima, en la Quinta de los Molinos. Y en medio
de ese torbellino, cuando apenas siente que está en
su ciudad definitiva: un nuevo viaje a Puerto Rico, que si
no estuviera también después del mar, pero más
cerca que Santander, sería como La Habana, aunque no
lo es, porque allá está el abuelo Brau, de quien
todos hablan con respeto "por culto y por patriota".
Muy grande debió ser José Martí, cuando
Papador no se cansa de prodigarle elogios, y no conforme,
le regala al nieto un ejemplar de la Edad de Oro, para que
aprenda a leer en esas páginas.
Ya es 1909. Hay que hacer las maletas de nuevo. Otra partida
y la tristeza de decir adiós al abuelo, que tanto sabe.
Pero el destino no es La Habana, sino El Cristo, en Oriente,
un lugar bonito, distinto a la capital, con grandes montañas,
donde su padre trabajará en los Colegios Internacionales
y él se sumirá divertido en las andanzas de
El Quijote y su escudero Sancho Panza.
Y como ya ha hecho tantas cosas a la edad en que otros
niños apenas si fueron al pueblo más cercano,
y como ya leyó la Edad de Oro y El Quijote, y
el abuelo Brau escribe libros y su padre lo hace en
los periódicos, prueba fortuna y publica su primer
texto en El Ateneísta. 
Y así van pasando los días y los años.
Y aprende en la escuela y aprende en la calle, en la esquina,
con los muchachos del barrio, donde los varones -porque a
las mujeres no las dejan- aprenden tantas cosas de la vida;
donde ha visto con sus amigos muchas cosas, hasta el charco
de sangre que ha dejado un hombre después que otro
le clavó un cuchillo "a traición"
por la espalda y por eso está preso. Y ha oído
hablar a su padre de la cárcel, de lo terrible que
es. Pero eso no debe preocuparle, porque él nunca mataría
a nadie y mucho menos por la espalda. Él está
estudiando en el Colegio Cuba, y de ahí pasará
al Instituto de Santiago. Y quiere ser alguien, escribir,
ojalá que como Emilio Salgari.
Con esas ideas vuelve a hacer las valijas: la familia se
muda de nuevo para La Habana. Dieciocho años es edad
de comenzar a trabajar: no quiere estudiar más, o mejor
dicho: asistir a clases. El mundo se le escapa mientras está
en el aula. Toda vez que tenga el título de bachiller,
adiós escuela -piensa-, pero no cumple este propósito:
la urgencia de trotar mundo se lo impide.
Emprende viaje con el ingeniero José María
Carbonell hacia Sabanazo, allá en Oriente, en calidad
de delineante, y vive aventuras aún más intensas
que las del patio de la abuela Genara o las que compartió
con sus amigos del barrio, de la esquina: es la vida, con
sus regalos maravillosos y sus desafíos infaltables.
Conoce a Teté Casuso, quien aún es una niña
"fea y malcriada", y regresa con otra visión
imborrable: la de un hombre, un compañero, devorado
por un cocodrilo, sin que él pudiera evitarlo, cuando
desbrozaban monte para la supuesta construcción del
ingenio.
"Porque mis ojos se han hecho para ver las cosas extraordinarias
y mi maquinita para contarlas...," escribiría
después, pero piensa ahora, de regreso a La Habana,
cuando comienza a colaborar con el Diario Nuevo Mundo y la
revista El Veterano. Todo tema es inquietante para este hombre.
Atleta él mismo, rompe cánones cuando escribe
una crónica deportiva. Y experimenta -conciente o inconcientemente-
para hacer un periodismo diferente que, sin dejar de serlo,
está más cerca de la literatura. Un periodismo
que muchos años después llamarán nuevo
periodismo o periodismo literario, y del cual es en Cuba,
como del testimonio, uno de los precursores.
Escribir sueltos, noticias, crónicas, le llena el
alma, no así los bolsillos. Ocupa un puesto en el Departamento
de Adeudos del Ministerio de Hacienda. El salario es magnífico
para la época: 170:00 pesos, pero a los dos meses renuncia,
porque aquello era una desvergüenza o -como solía
decirse- "una botella". Y se presenta, entonces,
a una convocatoria en la Escuela Naval. Vence uno a uno los
exámenes. Ya casi podía decirse que tenía
asegurado el ingreso. Contesta correctamente, si no la última,
una de las últimas preguntas de Gramática: cenador
con ce y senador con ese, mas no puede sustraerse a la tentación,
y en ese estilo suyo, como si fuera un chiste, escribe la
verdad que lo deja fuera de la academia: "Senador en
Cuba es sinónimo de botellero."
Ese es el Pablo que, en 1923, llega a una oficina,
en San Ignacio 40, en la Habana Vieja, que dejará
honda huella en su trayectoria: el bufete de Ortiz-Giménez
Lanier, donde conoce, entre otros hombres extraordinarios,
al doctor don Fernando Ortiz y al joven estudiante de
Derecho, Rubén Martínez Villena, un tipo
"serio, reservado, pensativo, con una lengua afilada
como navaja de barbero", según relatos de
Conchita Fernández, la muchachita rubia de la
oficina, quien sería su gran amiga y también
tendría reservado un sitio en la historia de
Cuba. Ochenta pesos es el salario de Pablo como mecanógrafo,
pero se está bien allí, no sólo
por la sapiencia de don Fernando, de los ilustres visitantes
que frecuentan el lugar, de la personalidad subyugante
de Rubén, sino por la charla nutricia y la claridad
en los análisis con respecto al país,
por ese ambiente de alta cultura, casi solemne, que
sólo él transgrede con sus ocurrencias,
no pocas veces a los gritos, como si fuera un loco,
que todos ríen a espaldas de don Fernando, porque
es muy cuerdo este De la Torriente Brau, lo que sucede
es que lo dice, lo escribe y lo hace todo a la vez con
una alegría fuera de lo común, desde jugar
fútbol hasta asistir a un concierto, de preferencia
si tocan la Sinfonía Nuevo Mundo, de Anton Dvorak.

Y como siempre necesita más de sí mismo se atreve
en un género difícil: el cuento. Escribe "El
héroe", que publica por intermedio de Martínez
Villena, con la ayuda de José Antonio Fernández
de Castro, en el Diario de la Marina, en 1928. Y después
un poema "Motivos del viaje bajo la noche lunar",
a lo que le sigue un proyecto más ambicioso, Batey,
en coautoría con su amigo Gonzalo Mazas. En lo adelante
no parará más de escribir reportajes, crónicas,
cuentos, cartas...
Tiene veintinueve años, edad de casarse con aquella
niña, que ahora es una atractiva muchacha de veinte
"que siempre hace lo que le da la gana": Teté
Casuso, la mujer que lo acompañará siempre:
al estadio o al teatro, en la lucha, la prisión, el
exilio... de la que solo lo separa la guerra y la muerte prematura.
"La caña se pone a tres trozos" en el país:
el tirano Machado, bautizado por Rubén como "el
asno con garras", se extralimita cada vez más
en su política opresiva. Está asfixiando a la
nación y la muchachada, el pueblo, no se lo van a permitir,
Rubén y Pablo entre ellos. Como tampoco este nuevo
personaje que empieza a ser su amigo: Raúl Roa, otro
tipo singular, que de niño jugaba pelota y leía
a Martí en medio del terreno improvisado en cualquier
solar yermo; quien también tuvo un abuelo patriota,
y por si fueran pocas las coincidencias, es de hablar arremolinado,
fulminante y libérrimo; escribe y vive a toda velocidad,
y ama a otra muchacha -más bien una muchachita-, fina
y culta: Ada Kourí. Qué espectáculo maravilloso
debió ser presenciar por el cerrojo de la puerta un
diálogo entre Rubén, Pablo y Raúl, o
con Juan Marinello y Zacarías Tallet, todos jóvenes,
todos excepcionales. Qué intelectualidad bisoña
y revolucionaria se afanó, junto con sus mayores, junto
con el maestro Enrique José Varona, en curarle las
heridas a la República vilipendiada.
Pablo, Raúl... integran el Ala Izquierda Estudiantil.
Se van de "tángana" por las calles aledañas
a la Universidad de La Habana, a protestar, a gritar una vez
más ¡Muera Machado! La represión cae sobre
los jóvenes con fuerza demoledora: hieren a Pablo,
a Rafael Trejo, quien muere en el hospital de Emergencias,
pocas horas después. En lo adelante, sobrevendrán
días cada vez más duros y difíciles.
El 3 de enero de 1931 se lo llevan preso para la cárcel
conocida -qué ironía- como Castillo del Príncipe.
Al salir escribe la serie de artículos "105 días
preso", publicada en el periódico El Mundo.
Poco tiempo después vuelve a ser detenido junto a
Raúl Roa y otros compañeros. El grupo es conducido
al Castillo del Príncipe, desde donde lo trasladan
para la cárcel de Nueva Gerona, para luego confinarlo
en el mal llamado Presidio Modelo de Isla de Pinos.
Dos años pasa en el Presidio Modelo. Dos años
-como diría José Martí- de "dolor
infinito", de cuyas experiencias surge la serie de trece
artículos "La isla de los 500 asesinatos",
que publica en el periódico Ahora, y le sirve de base
con posterioridad para escribir Presidio Modelo, en el que
denuncia los horrores cometidos por el capitán Pedro
Abraham Castells. Libro significativo no solo en la obra literaria
de Pablo, sino en la literatura cubana, y del cual la doctora
Ana Cairo dice en el prólogo de su más reciente
aparición en Ediciones La Memoria: "El presidio
político... [de José Martí] ilustra el
canon romántico; Presidio Modelo, el vanguardista..."
Corre el año 1933, Pablo marcha al exilio en
Nueva York. Escribe. Participa en la fundación
del Club Julio Antonio Mella, desde el cual continúa
combatiendo la dictadura de Gerardo Machado, quien finalmente
es derrocado el 12 de agosto. 
Pablo regresa a Cuba. Publica en las páginas de Ahora
"Tierra o Sangre", serie de reportajes -también
de denuncia- sobre los abusos que se cometen contra el campesinado
cubano. Colabora sobre temas diversos, de preferencia deportivos
y sociales, con El Mundo, Bohemia, Social, Carteles, Alma
Mater, Línea y Orbe.
La caída de tirano no ha significado un cambio para
la vida del país: la lucha continúa. Es 1935,
se convoca a la huelga, pero esta fracasa. Pablo debe partir
una vez más. Su destino nuevamente es Nueva York. Siguen
siendo el centro de su vida escribir y luchar por un mejor
destino para Cuba. Y lo hace del único modo posible
para él, incansablemente, aunque esté, como
le escribe a su amigo Pedro Capdevila: "barriendo, mapeando
y fregando escupideras e inodoros como cualquier emigrante"...
Funda el periódico Frente Único, vocero de
la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista
(ORCA). Envía y es reproducida en Bohemia su crítica
"Guajiros en Nueva York". Nada ni nadie lo hace
perder su alegría, su optimismo, su confianza en el
futuro.
El 18 de julio de 1936 estalla la Guerra Civil Española.
Pablo pasa de la conmoción al delirio. Lo obsede la
idea de irse a España. Y no hay minuto en que no piense
y hable de ello, ni carta en la que no lo anuncie a todos
los amigos de La Habana. Irá como corresponsal: allí
-está convencido- se decide el futuro de la humanidad.
Mientras reúne trabajosamente el dinero para el viaje,
una parte de su cabeza ya ha volado a España; la otra,
llena las cuartillas en blanco de las que ha comenzado a brotar
su única novela: Aventuras del soldado desconocido
cubano, parienta -por qué no- de lo que años
después se conocerá como "lo real maravilloso",
y portadora -como pocas en la literatura cubana del siglo
XX- de un afiladísimo sentido del humor, que deja inconclusa
cuando por fin logra irse como corresponsal de New Masses
y El Machete, no si antes detenerse en Bruselas para asistir
al Congreso por la Paz.
En Barcelona, primero, y Madrid después, Pablo
recoge testimonios, escribe crónicas memorables
y se comunica con sus amigos en cartas donde no solo
les cuenta cómo van las cosas por el frente,
sino en las que se interesa también por los destinos
de Cuba. Diríase que está feliz, sino
fuera porque la guerra es dura y cruel. A fin de cuentas
se salió con la suya y está allí
mirando lo que sus ojos tienen la misión de contar.

Dichas ciertas cosas, no le bastan para entregarle a España,
al mundo, a la causa de Cuba, lo mejor de sí: quiere
ir al frente, ser un combatiente más. El 10 de octubre
polemiza con el enemigo en la Peña del Alemán,
un mes después, el 11 de noviembre, es comisario de
guerra. A la semana, entra en Madrid con la emoción
de ser "un miliciano más". El 28, cuenta
de su encuentro con el poeta Miguel Hernández. La guerra
deviene una amalgama de sensaciones encontradas: el placer
de conocer al joven poeta español, la angustia por
tanta muerte inocente, por tanta destrucción... hay
que impedir que tomen Madrid. Hace frío, "un frío
que es peor que el hambre". Y tiene unos deseos inmensos
de ver a Teté, a su familia, a sus amigos... Mas hoy,
día 17, cuando los devotos de San Lázaro le
encienden velas en toda Cuba, para pedirle que les dé
salud o los ayude a conseguir un trabajito, "porque la
malanga está dura", la orden, allá en el
frente, es marchar hacia Majadahonda, donde cae herido de
muerte al día siguiente el cubano Pablo de la Torriente
Brau, miembro del Estado Mayor del 109 batallón de
la séptima división.
Y sucede -como otras veces en la historia- que oficialmente
se decreta otro día (el 19) como el de su muerte; tal
vez porque solo entonces sus compañeros pudieron creer
que era cierta la noticia.
Y salieron cuatro días después al rescate
de sus restos, para dejarlos en un lugar seguro. Y Miguel
Hernández, escribió su "Elegía
segunda". Y no fue hasta el 23, víspera
de Noche Buena, que la noticia se conoció en
La Habana, para que aquellos que más lo amaron
no tuvieran nunca más consuelo de su ausencia.
Para que en el futuro otros muchachos aprendieran a
querer para siempre al eternamente joven, irreverente,
y talentoso revolucionario, Pablo de la Torriente Brau.

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