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He tenido una idea maravillosa: me voy
a España, a la revolución española.
Allá en Cuba se dice, por el canto popular jubiloso:
"No te mueras sin ir a España." Y yo
me voy a España ahora, a la revolución
española, en donde palpitan hoy las angustias
del mundo entero de los oprimidos. La idea hizo explosión
en mi cerebro, y desde entonces está incendiando
el gran bosque de mi imaginación. Mas no hizo
explosión por medio de un contacto eléctrico.
Fue más bien, a la manera con que antiguamente
estallaban las bombas: por medio de una larga mecha
chisporroteante. Fue así: el día 28, me
enteré que estaba de paso por Nueva York, Miguel
Angel Quevedo, director de la revista Bohemia, de La
Habana, de carácter liberal y democrático,
donde algunas veces he escrito. El día 30 lo
fui a ver y le pregunté si no le interesaría
una crónica sobre las repercusiones de la Revolución
española en Nueva York. Me pidió que se
la enviara enseguida por sello aéreo. Por la
tarde, pues, me fui al gran mitin de Union Square a
tomar información. Allí, entre la multitud
de banderas rojas, entre los vendedores de periódicos
revolucionarios, escuchando los gritos contra Mussolini
y Hitler y los ¡vivas! al Frente Popular Español,
recordé que yo era periodista, que mi gusto era
ir por entre el pueblo, buscando su emoción para
expresar sus anhelos. Y entonces, recordando la febrilidad
con que venía siguiendo el curso de la lucha
en España, fue cuando me estalló la luminosa
idea: ¡Ir a España, a la revolución
española, a marchar con las columnas, a tomar
ciudades, a hablar con los héroes, a ver a los
niños y las mujeres armados!... Desde entonces,
el gran bosque de mi imaginación está
incendiado y el resplandor glorioso ilumina hasta los
remotos confines de mi vida, hasta los tres horizontes
de ayer, hoy y mañana...
¿Cómo no se me ocurrió antes la
idea? Ya estaría yo en España. La culpa
es de Nueva York. Aquí, en año y medio
de exiliado político, no he hecho otra cosa que
cargar bandejas y lavar platos. Me puse estúpido.
Me volví tornillo. He sido uno de los diez millones
de tuercas. Algún día me vengaré
de Nueva York. Aunque dicen los que lo conocen, que
es bello. Algunos compañeros de trabajo, dicen
que otros dicen que es hermoso, magnífico, único.
Yo, algunas veces, he sido arrastrado por el río
nocturno de Broadway, bordeado por la orilla de montes
incendiados con fuegos infinitos de Bengala. A la puerta
de cada burlesque, de cada cine, el río hace
remolinos... Y por las escaleras del subterráneo
se hunden los hombres ya cansados. Porque aquí,
donde todos son activos, todos están siempre
cansados. Y el sol sólo lo he visto en el tren
subterráneo. El "Subway Sun"...
Pero ahora yo me voy a España, a ser arrastrado
por el gran río de la revolución. A ver
un pueblo en lucha. A conocer héroes. A oír
el trueno del cañón y sentir el viento
de la metralla. A contemplar incendios y fusilamientos.
A estar junto al gran remolino silencioso de la muerte...
Por ello, la idea que estalló en mi cerebro,
ha incendiado el gran bosque de mi imaginación.
Y no duermo. Y estoy inquieto, nervioso, irritado. Porque
no hay barco. Ni todavía me han contestado, a
donde pedí dinero para el pasaje a un periódico.
Aquí ya New Masses me ha dado credenciales y
un plan de trabajo. Me acercaré a los líderes
para saber lo que piensan. Iré a donde están
peleando las milicias, en las montañas y desfiladeros,
contra el ejército traidor. Hablaré con
la Pasionaria, la jefa de las mujeres de corazón
de acero. Iré hasta los barcos de la escuadra,
mandados por marineros que han salvado la revolución
con su lealtad y valor, impidiendo el paso de los mercenarios
de Marruecos. Presenciaré el fusilamiento de
los jefes fascistas. Acaso, estaré allá
cuando Mussolini y Hitler, no pudiendo sostenerse más,
se lancen a la guerra y vendrá entonces la batalla
definitiva entre oprimidos y opresores... ¡Y asistiré,
de todos modos, al gran triunfo de la revolución!...
En la cama pasan las horas... la una, las dos, las tres,
las cuatro... Y nunca me duermo. Y pienso, sufro, gozo,
el chisporroteo del gran bosque incendiado de mi imaginación...
En la otra cama Teté Casuso de vez en cuando
da hondos suspiros. La conocí cuando ella tenía
sólo siete años. Ya hoy hace más
de seis que es mi única compañera. Y no
tiene fe ninguna en que yo solamente "vaya a ver"...
Pero ella comprende que es un glorioso deber el ir allá
para aprender y contar a otros pueblos cómo se
arranca la libertad y se aplasta al fascismo... Y ella
comprende.
Hoy debo recibir carta de Cuba. Y si no mañana
a más tardar. ¿Iré o no iré?
Si no puedo ir, ¡qué pobre cosa voy a ser
por algún tiempo!
Para distraer un poco la imaginación, leo las
noticias de las Olimpíadas en Berlín.
Pero todo está lleno de revolución hoy
en el mundo. Los desprecios de Hitler a los atletas
norteamericanos triunfadores, sólo por ser negros,
son elocuentes. ¡Lástima que en ese equipo
no haya habido un solo atleta capaz de asumir una actitud
digna y noble! Cada vez pienso más que el atleta
es el animal inferior de la escala humana...
Me he ido a aprender a nadar un poco. Esto me cansa
y, además, puede serme de extraordinaria utilidad,
a lo mejor...
Y los negros de Abisinia siguen peleando. ¡Esos
sí que son atletas famosos!
Pablo
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