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I
Polémica con el enemigo
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El 4 de octubre polemicé con
el enemigo. Difícilmente podría olvidar
aquello.
La tribuna fue un parapeto sobre una roca. El escenario
fue la noche prelunar, densa aún y peligrosa.
Mi contrario, un cura guerrillero. El público,
los milicianos de la Revolución española
y los fascistas insultadores, requetés, falangistas,
guardias civiles y militares traidores. Los aplausos,
ráfagas de las ametralladoras. ¿Quién
podría olvidar todo esto?
Nosotros llegamos al parapeto al anochecer. La luna
saldría más tarde, ya en menguante. La
noche era honda, maciza, casi impenetrable.
Aquel sitio era el que había recibido un nuevo
nombre en la geografía del lugar. Se llamaba
La Peña del Alemán, en honor de un compañero
(comunista) alemán que el cuatro de agosto se
había batido allí como un héroe
por defender la posición dominadora de un pequeño
valle. Al alemán, los milicianos, con su dificultad
para recordar el nombre extranjero, lo recordaban sólo
con el recuerdo. Alguno, vagamente, creía saber
que se llamaba Hans. Algún día lo sabré.
Frente a nuestra posición también la geografía
había tomado un nuevo nombre. Allá estaban
los fascistas, dominados por nosotros desde algunos
puntos, sobre otras colinas rocosas, a una distancia
de trescientos cincuenta a quinientos metros. Ellos
le llamaban a su avanzadilla El Parapeto de la Muerte.
Nosotros lo sabíamos por los hombres que se habían
pasado a nuestras filas.
Ya, antes de llegar a las peñas, yo había
recibido una emoción singular. Marchaba con el
teniente a la cabeza de la impresionante fila india
y me di perfecta cuenta de que el oficial no tenía
la exacta noción del rumbo. La marcha por las
rocas y los sembrados, en la noche sin matices, es peligrosa
en extremo, porque puede caerse frente al enemigo, como
a muchos les ha pasado. Fue una cosa de instinto, porque
casi enseguida varios hombres advirtieron:
-Teniente, por aquí nunca hemos venido, usted
va equivocado. ¡A ver si nos vamos hacia los fascistas!
-Aquí hay un camino -gritó uno atrás.
Se hizo un alto, el teniente realizó un recorrido
y la fila silenció las voces y apagó los
cigarros.
El oficial regresó y dijo:
-Íbamos bien, hombre.
Pero desvió el camino mucho más a la derecha.
Entonces, mientras ascendíamos a tropezones por
las peñas ásperas, comenzamos a escuchar
el lejano vocerío. Había comenzado, con
la noche, la batalla de insultos y de convencimientos.
En la guerra cabe la astucia, pero no la hipocresía.
Por eso, tan pronto como la oscuridad lo permitía,
los hombres sacaban la cabeza fuera de los parapetos
y comenzaban a insultarse unos a otros.
Era un combate en que el ingenio tomaba una parte principal.
Y florecía, junto a la brillante salida de un
estudiante, la ruda barbaridad de un campesino. Los
nuestros ciertamente llevaban la mejor parte.
-¡Rojillos! -gritaban ellos-, ¿habéis
comido hoy? ¿Habéis fumado?
-Sí, fascista, nos sobró pollo, hombre.
Ven por él... contestaba uno nuestro.
-Eh, rojillos, ¿desde cuándo no vais a
Madrid?
-Fascista, hablad claro que no tenéis espíritu
ni para gritar.
Mas pronto comenzó la "propaganda",
dándose cuenta de las mutuas victorias.
-¡Hijos de la Pasionaria! ¿Os habéis
enterado de lo de Toledo? ¿Por qué si
vais a Madrid tanto no os llegáis a Toledo que
está más cerca?
-Fascista, es que no tenemos tiempo. Tantas palizas
como os damos no nos dejan tiempo para todo. En algún
lado tenéis que descansar. ¿No sabéis
ya lo de Monte Aragón y Estrechoquinto? Os ocultan
la verdad, fascistas.
Había una diferencia entre los dos puestos. De
los nuestros hablaba quien quería. De ellos sólo
se escuchaban cuando más dos o tres voces. Y
no es que hubiera más disciplina, porque cuando
nosotros queríamos, hablaba uno sólo,
sino que había menos entusiasmo del lado enemigo.
Y de la propaganda se saltaba a las cosas que más
pudieran mortificar.
-Oye, fascista, ya se os acabó el Aquarium (café
de lujo de Madrid). Ahora dormimos en casas de vuestros
duques y condes...
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