Crónicas

 

EN EL PARAPETO
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II
(continuación)

Y, en efecto, comenzó la función. Los francotiradores, los "pacos", no descansaron.
A nuestra izquierda, a unos veinticinco metros, quedaba un parapeto aislado. Cinco hombres lo cubrían. El espacio entre nosotros quedaba bajo el fuego directo de una ametralladora enemiga. Un hombre se levantó allá y enseñó un pedazo de jamón:
-El que tenga cojones que venga por él -gritó.
Y enseguida uno de los que estaban haciendo el chocolate, dijo: "Eso me completa el desayuno", y lo fue a buscar. A la vuelta, la ametralladora lo persiguió, pero todas las balas picaron atrás, contra las rocas. Después, ofrecieron vino, y también lo fueron a buscar bajo las balas. Y si no se levanta el teniente hubieran continuado aquellas imprudencias temerarias de que ya me había hablado. El último hombre que cruzó tuvo que quedarse allá.
La Chata, una hermosa muchacha, de negro pelo estatuario, vino a nuestra chabola a tomar el desayuno.
-Oye, esta barraca es sólo para hombres le dijo uno en broma.
-Bueno, pero es que yo también soy un hombre ahora -respondió.
Y uno me dijo:
-Esta se duerme en los parapetos.
-No seas embustero. Mira que no estoy de buen humor -le contestó-. He tenido ahora una discusión con Lolita, en el parapeto de al lado.
-¡Una camilla... Un hombre herido! -se asomó uno, urgiendo.
Todos salimos rápidamente. Disparaba el enemigo a descargas cerradas inútiles. Pero del suelo recogían un cuerpo inerte. Era Lolita Maiquez. Sólo tenía diecisiete años. Me había leído la carta última de su mamá, contenta de saber que muy pronto tendría permiso para volver a Madrid. En la carta le decía: "Dime si es cierto, cuándo vienes, para ir a la cola, a buscar carne." La madre es vendedora de periódicos y ella era aprendiz de modista. Se había portado como un héroe en el combate del día 22 de septiembre. Era pequeña, una seria muchacha simpática. De su parapeto había cruzado al vecino para buscar unos gemelos y explorar al enemigo. En el punto más alto del cruce, si no se arrastra uno, se pasa a la descubierta. Fue imprudente y cayó, sin una palabra, sin sangre. Pero llevaba ya ese lívido color de la muerte, que se parece al de un canario enfermo. Mas es ridículo comparar con nada a una muchacha muerta en la guerra. Llevaba la cabeza abatida. Los compañeros la evacuaron bajo el fuego. Dos veces cayeron y pensamos por un segundo que tendríamos que ir a recogerlos también, pero sólo era el apuro que tenían por llegar al puesto de emergencia.
-¡Pobre Lolita! -dijo La Chata, su compañera de parapeto, mientras se peinaba su tumultuosa cabellera negra.
Y la tristeza hizo el silencio mientras el enemigo disparaba, respondiéndole nuestras guardias.
-Y que no hay esperanzas, porque herido que no habla, ese está mal -dijo otro.
En efecto, cuando regresaron los hombres se supo. Había muerto en el acto, una bala le había partido la aorta. El teniente Ruiz tomó mi pluma y escribió:
"Parte de Guerra. -Peña del Alemán, 5, 10, 1936. -Al Capitán de la Tercera Compañía de Acero. -A las ocho de la mañana del día de hoy, la miliciana Dolores Maiquez, destacada en un parapeto de cinco hombres (responsable cabo Cruz Tello), al salir al parapeto próximo recibió un tiro de fusil, siendo evacuada a mano por el teniente Avelino Ríos y dos milicianos más, por no existir ambulancia, ni camilleros. -El Teniente, A. Ruiz."
Luego salió a recorrer los parapetos y fui con él. En cada uno regañó enérgicamente a los hombres.
-Tú, ¿qué haces sin el correaje? Aquí va a haber que dar las órdenes a tiros. Estas muertes me indignan. Aquí no venimos a morir, sino a matar. Sólo venimos a morir cuando vamos al ataque, cuando vamos a cambiar la vida por un objetivo. La vida que traemos al parapeto no es nuestra. Ya lo ha dicho el Partido Comunista. Es de la revolución. Y un muerto no es sólo un compañero que cae. Es un rifle menos para matar fascistas. Ustedes tienen miedo. Tienen miedo a que los demás se crean que tienen miedo. Y hay que acabar con esto. Y no hay que ser más valientes porque haya mujeres. Aquí las mujeres son hombres. Porque aquí sólo hay rifles de la revolución. Aquí no hay sexos. Y del parapeto no se sale sino cuando es imprescindible. Y si se sale hay que salir así. Y, arrastrándose, el teniente Ruiz pasaba de posición a posición, recriminando a los hombres su imprudencia. Pero estaba colérico. La muerte de Lolita Maiquez lo había puesto violento.


 
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