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Crónicas
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| HOMBRES DE
LA REVOLUCIÓN |
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Yo he señalado hoy rasgos
de sus vidas que las normas "clásicas"
aconsejan callar en las solemnes conmemoraciones. Pero
no importa, porque ellos eran hombres de la revolución.
Y lo que ellos quisieran al año de muertos, lo
hemos intentado y lo seguiremos intentando. Y lo vamos
logrando ya, y al fin lo lograremos. Que ellos también
sabían, que la revolución no era la fiesta
de un día, sino la lucha y el sacrificio "hasta
después de muertos"
Nada importa que haya habido durante todo este año
una pasividad incalificable de parte de algunos. No importa
que haya quien se sienta pesimista o cansado. No importa
que inclusive, en este primer aniversario de la muerte
de dos héroes verdaderos, haya acaso voces de lamentación
insincera e hipócritas alabanzas. Nada de eso importa.
La revolución es parte de la vida y no puede sustraerse
a las realidades de la vida. La revolución no es
el sueño de un poeta solitario sino la canción
imponente y sombría de la muchedumbre en marcha.
Y porque así es la revolución, Antonio Guiteras
y Carlos Aponte fueron hombres de ella. Y la revolución
es grande, a pesar de todo, porque sólo en ella
pueden encontrarse hombres tales, porque en sólo
en ella pueden encontrarse hombres así, capaces
de tener el valor, la dignidad, el desinterés y
la angustia de muchos. Capaces de tener, de sobra, lo
que les falta a tantos
Lo que ellos quisieran, al año de muertos, se ha
intentado y se seguirá intentando, por todos aquellos
-¡por tantos!- que no consideran la revolución
como un episodio interesante de la juventud, que al cabo
del tiempo puede dar buen tono; por todos aquellos que
no consideran a la revolución como una oportunidad
para adquirir habilidad y prestigio políticos con
qué escalar algún día altos sitiales;
por todos aquellos que no consideran a la revolución
como una posibilidad, ni la ven como pontífices
bajo palio, desde unas alturas que más tienen de
tinglado de la feria que del vértigo ascendente
de la montaña.
Lo que ellos quisieran, al año de muerto, se ha
intentado y se seguirá intentando, por todos aquellos
incapaces de decepción; incapaces de perder la
fe y el entusiasmo; por todos aquellos incapaces de ver
en la revolución un episodio de la juventud, sino
un férvido deber para toda la vida; por todos aquellos
que no le deben nada a la ocasión; por todos aquellos
para quienes el esfuerzo de hoy no representa más
que un compromiso mayor para mañana; para todos
aquellos que no ocupan alturas displicentes sino que marchan,
entre la muchedumbre de los sin fortuna, con la angustia
de averiguar por qué claman y el deseo de que tengan
los hombres humildes la conquista plena de sus derechos
humanos.
Lo que ellos quisieran, al año de muertos, aún
alienta. El pueblo de Cuba está alerta. El pueblo
de Cuba, con el cansancio del largo combate inclemente,
siempre sin rendirse, espera la oportunidad para lanzarse
a la pelea de nuevo. El fuego de aquel aliento vencedor
en el que quemaron sus vidas Guiteras y Aponte, no se
ha apagado, porque las cenizas de los héroes cayeron
sobre él y lo conservan. Y él incendiará
en su día el viento tempestuoso de la revolución.
¡Antonio Guiteras y Carlos Aponte!
Las balas homicidas les destrozaron la cabeza y el corazón,
y aquel entusiasmo indómito que vivía en
ellos se apagó de pronto. El imperialismo nunca
yerra. Siempre da en la diana. Nunca pierde un tiro. Siempre
mató a los mejores. ¡Hasta un día
en que le estallará el arma en las manos!
Pero no importa. Ningún héroe es verdadero,
si no es más grande en la muerte que en la vida,
si no queda más vivo que nunca, después
de su muerte. Si no es capaz de engendrar alientos en
los que no lo conocieron sino por la leyenda, que es la
única historia de los héroes verdaderos.
Y Antonio Guiteras y Carlos Aponte, al año de su
muerte conservan, aumentados, aquel ímpetu estremecedor,
aquella audacia ilímite, aquella fiebre de sacrificio
y de victoria. Los hombres que no lo conocieron, se reúnen
en silencio, con los ojos atónitos, llenos a la
vez de pavor y de júbilo, a escuchar lo que hicieron,
de boca de los que fueron sus amigos. Y a su vez van a
narrar a otros las hazañas de los héroes
muertos. Así, en el corazón del pueblo noble
y valiente, se conserva cálido aquel recuerdo que
ya es sagrado, de quienes con él marcharon y para
él sacrificaron la vida.
Y hoy están más presentes que nunca. Hoy
son aquéllos a quienes el pueblo llama y a quienes
el pueblo sigue. Hoy son los que mantienen la fe y el
entusiasmo. ¡Hoy son los jefes de la revolución!
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