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| REIVINDICACIÓN
DE EMILIO SALGARI |
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Para Raúl
Roa, cabeza desordenada
de Beethoven hambriento y figura
de Hamlet estilizado. |
Hay que reconocer que Raúl
Roa y yo tenemos la enorme y vital virtud de ser exagerados,
excesivos, hiperbólicos. En el fondo, esta es
la única manera real de ser. Lo demás,
como Raúl dice, plagiando indecentemente a no
sé quién, "es ser sombra". Este
preámbulo no viene a cuento, pero ya está
hecho y no me gusta empezar tarea alguna dos veces.
Además... pudiera ser que explicase todo esto,
que tuvo por teatro la galera 18 del Castillo del Príncipe.
Una noche, hace ya mes y medio, él y yo estábamos
sentados al borde de la cama de Mongo Miyar y los tres
nos habíamos dado gusto diciendo que el Dante,
a quien no hemos leído, era un pesado; que Cervantes
era muy inferior a don Quijote, desde luego, que Shakespeare
en definitiva sólo resultaba un matón
insoportable, y qué sé yo cuántas
insolencias más... De aquella reunión
salió el acuerdo solemne de considerar como intolerables
la gran mayoría de las obras universalmente famosas.
Luego nos remontamos río-tiempo arriba y llegamos
al arroyuelo de la infancia en donde el agua corrió
siempre a brincos, blanquiazul y alegremente tempestuosa.
Aquel arroyuelo, que fue engrosando el caudal de la
vida, fluyó siempre por un cauce virgen, aun
en la cercana ancianidad de su recuerdo. Allá
fueron los sueños ardientes y hermosos, el presentimiento
en brumas del amor y el ansia vibrátil del heroísmo
sin límites. ¡La realidad es sólo
un sueño pobre, y la vida, si la vida es algo
que quiera valer la pena, es de veras el huracán
de sueños de los primeros años impetuosos,
locos, vehementes y desaforados!
Y es casi una prueba de ello el que evocar es vivir.
Aquella noche, al borde de la cama de Mongo, con su
eterna preocupación de no meter en sobres distintos
las cartas interminables que escribía, los tres
llegamos también a este acuerdo fundamental.
Emilio Salgari era mucho más grande que todos
esos señores hieráticos e inalcanzables
a los que casi ni se les puede mirar de frente en los
retratos. Porque indiscutiblemente, la emoción
es la onda sonora del espíritu y ninguna ha vibrado
tanto ni tan larga y hondamente en el nuestro, como
la que le arrancara en aquellos años primeros
la inaudita epopeya de los héroes inverosímiles,
palpitantes en los libros de Salgari.
La larga, interminable lista, fue brotando entusiasma-damente
de nuestros labios; y los naufragios tempestuosos, los
abordajes increíbles entre la ensordecedora gritería
de los corsarios y los piratas, las caminatas sin término
por entre las selvas tupidas y majestuosas, las cacerías
de búfalos en las praderas del Oeste, las luchas
entre las fieras, y las muertes y las victorias grandiosas,
se siguieron unas a otras con precipitado ritmo para
llegar a la total convicción de que todo aquel
remolino desorbitado de vida fantástica, fue
más que ninguna otra cosa, el alimento crudo
y vigoroso, enérgico estimulador de temperamentos
por modelar, que anhelaron entonces ser creadores de
realidades imposibles y ser dignos alguna vez de llegar
como héroes hasta las páginas de un libro
inverosímil...
Y, enseguida, con el rogocijo del recuerdo claro todavía
y viviente, los héroes fueron saliendo, agitados
y frenéticos, de las memorias antiguas de la
evocación del momento. Allí estuvo, más
vivo que ninguno, impetuoso y ardiente como el huracán
desenfrenado, aquel incomparable Sandokan jefe de los
fieros Tigres de Mompracen, que amó a Mariana
Guillonck, la rubia Perla de Labuán con el ímpetu
salvaje del tigre y odió a los ingleses, conquistadores
de sus islas, con el fuego inextinguible de un volcán;
allí estuvieron también Yáñez,
su inseparable amigo, y Tremalnaik, y, luego, en catarata
y de manera loca, como en una ilustración de
Gustavo Doré, estuvieron danzando sobre la cama,
entre fulgores de cimitarras, yataganes, lanzas y puñales
y aullidos de triunfo y voces de agonías sangrientas
y terribles, el León de Damasco y su hijo, los
náufragos del Liguria, los cortadores de cabezas,
los coolíes chinos, la soberana del Campo de
Oro, los pieles rojas, el hombre de fuego, el Corsario
Negro, Carmaux, Wan Stiller, Moko, Yolanda, Morgan,
la Capitana del Yucatán, los conquistadores del
polo, los pescadores de perlas... ¡Los cien, los
mil maestros de valor y de audacia que fueron culpables,
en más de una ocasión, de magníficas
pateaduras recibidas años atrás, cuando
la exaltación provocada por la lectura de sus
hazañas, nos hizo atrevidos y hasta insolentes!...
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