Crónicas

 

REIVINDICACIÓN DE EMILIO SALGARI
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(continuación)

Y como todos estuvieron allí y de alguna manera era necesario rendirles tributo, acordamos que era preciso reivindicar la memoria injustamente desdeñada de Emilio Salgari, creador de tanto inaudito personaje. Raúl y yo entonces proyectamos escribir, para pasmo de nuestros críticos literarios, una Evocación de Emilio Salgari, en la que él se ocuparía de descubrir el aspecto antimperialista de su obra -"porque lo tiene", decía Raúl recordando las luchas de sus protagonistas contra los defensores de las grandes potencias- y yo, de su valor educativo como impulsador de la infancia por los caminos más nobles del heroísmo y del esfuerzo. Y, naturalmente, enseguida mandamos a pedir los libros que "nos hacían más falta consultar".
Dos cosas enseguida acabaron de poner el ambiente a tono con nuestro deseo: una fue que poco después de aquella noche evocadora, un grupo de penados, capitaneados por Sergio y por Romero, entraron violentamente por la madrugada en la galera y nos tiraron de las camas, dando lugar a que viviéramos instantes de rebelión peligrosa; y la otra el saber, por Carlos Montenegro, que Salgari se había matado colocándose una bomba en el vientre abierto. Murió, pues, como un héroe de él mismo y esto le añadía un profundo interés humano.
Así, cuando llegaron los primeros libros que nos mandó Gonzalo Mazas, todo el mundo dejó las lecturas pendientes y se puso a leerlos desordenadamente. ¡Y que se trataba nada menos que de la colección del Corsario Negro, sombrío e inverosímil caballero de la venganza y del triunfo!
Emilio de Rocabruna, señor de Veintimiglia y de Valpenta, se enseñoreó de nuestra galera, y sus intrépidas aventuras nos las contábamos con un asombro burlón que nos hacía gratas las horas. Mongo Miyar se aprendió de memoria muchos de los juramentos de Carmaux y cada vez que al "loco" Roa se le ocurría cometer uno de sus impublicables alardes, Farina gritaba: "¡Por el vientre de un tiburón!" O, si la cosa era grave, con más énfasis todavía: "¡Millones de cañones!"
Sin embargo, el entusiasmo no llegó hasta su punto más alto -y ya nadie leyó otra cosa en la galera- sino cuando vino la serie de Sandokan. Unos a otros nos pregutábamos por dónde íbamos y nos poníamos en turno riguroso para ir leyendo Sandokan, La mujer del pirata, Los dos rivales, Los estranguladores...
Fue Raúl Ruiz, el popular Cienfueguito, quien vino a estropear aquel "ingenuo y pueril volver a la infancia" -como diría Juan Marinello, según imitación de Raúl- cuando una noche exclamó, con su voz chusmona, al leer algún párrafo escalofriante de Sandokan: ¡Caray, este hombre quiere ser más guapo que nadie!... ¡Mira que tiene rabia!... ¡Con una herida así en el pecho y estar nadando tanto tiempo como un pescado! ¡Qué va, no trago!" Y terminó haciendo una observación que nos hizo reír a todos. "¡Y luego, a estos "paraos" lo único que les rompen los cañones es el bauprés!"
La efervescencia no puede durar mucho nunca y esta se agotó también. Ya sólo queda que de vez en cuando Carlos Montenegro, para distraer los ochenta y pico de días que le quedan para irse en libertad después de once años de prisión, viene a pedir "un libro de Salgari", para al día siguiente devolverlo un poco desencantado, sospechando, como en una esperanza que "estos de ahora sean hechos por otro" para aprovechar la fama conquistada.
Y queda también que algunas veces Mongo recita con énfasis pirata, aunque no venga al caso, aquello de: "¿Y Singal, el más valiente y audaz pirata de la Malasia? ¡Atravesado el pecho por una bala de espingarda cayó a mi lado! ¿Y Sangau, el León de las Romades? ¡Yo lo vi! ¡Cayó a mi lado con un casco de metralla en la cabeza! ¡Muertos! ¡Muertos todos mis valientes! ¡Pero les vengaremos!..."

Y de aquel deseo de Raúl Roa y mío de hacer una reivindicación de Emilio Salgari, del gran poeta de las aventuras, sólo quedan estas líneas. Sin embargo, perdura en ellas algo que ya es bastante: un bello recuerdo de la infancia.


Marzo de 1931. Castillo del Príncipe.


 
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