|
| REIVINDICACIÓN
DE EMILIO SALGARI |
|
2/2
|
Y como todos estuvieron allí
y de alguna manera era necesario rendirles tributo,
acordamos que era preciso reivindicar la memoria injustamente
desdeñada de Emilio Salgari, creador de tanto
inaudito personaje. Raúl y yo entonces proyectamos
escribir, para pasmo de nuestros críticos literarios,
una Evocación de Emilio Salgari, en la que él
se ocuparía de descubrir el aspecto antimperialista
de su obra -"porque lo tiene", decía
Raúl recordando las luchas de sus protagonistas
contra los defensores de las grandes potencias- y yo,
de su valor educativo como impulsador de la infancia
por los caminos más nobles del heroísmo
y del esfuerzo. Y, naturalmente, enseguida mandamos
a pedir los libros que "nos hacían más
falta consultar".
Dos cosas enseguida acabaron de poner el ambiente a
tono con nuestro deseo: una fue que poco después
de aquella noche evocadora, un grupo de penados, capitaneados
por Sergio y por Romero, entraron violentamente por
la madrugada en la galera y nos tiraron de las camas,
dando lugar a que viviéramos instantes de rebelión
peligrosa; y la otra el saber, por Carlos Montenegro,
que Salgari se había matado colocándose
una bomba en el vientre abierto. Murió, pues,
como un héroe de él mismo y esto le añadía
un profundo interés humano.
Así, cuando llegaron los primeros libros que
nos mandó Gonzalo Mazas, todo el mundo dejó
las lecturas pendientes y se puso a leerlos desordenadamente.
¡Y que se trataba nada menos que de la colección
del Corsario Negro, sombrío e inverosímil
caballero de la venganza y del triunfo!
Emilio de Rocabruna, señor de Veintimiglia y
de Valpenta, se enseñoreó de nuestra galera,
y sus intrépidas aventuras nos las contábamos
con un asombro burlón que nos hacía gratas
las horas. Mongo Miyar se aprendió de memoria
muchos de los juramentos de Carmaux y cada vez que al
"loco" Roa se le ocurría cometer uno
de sus impublicables alardes, Farina gritaba: "¡Por
el vientre de un tiburón!" O, si la cosa
era grave, con más énfasis todavía:
"¡Millones de cañones!"
Sin embargo, el entusiasmo no llegó hasta su
punto más alto -y ya nadie leyó otra cosa
en la galera- sino cuando vino la serie de Sandokan.
Unos a otros nos pregutábamos por dónde
íbamos y nos poníamos en turno riguroso
para ir leyendo Sandokan, La mujer del pirata, Los dos
rivales, Los estranguladores...
Fue Raúl Ruiz, el popular Cienfueguito, quien
vino a estropear aquel "ingenuo y pueril volver
a la infancia" -como diría Juan Marinello,
según imitación de Raúl- cuando
una noche exclamó, con su voz chusmona, al leer
algún párrafo escalofriante de Sandokan:
¡Caray, este hombre quiere ser más guapo
que nadie!... ¡Mira que tiene rabia!... ¡Con
una herida así en el pecho y estar nadando tanto
tiempo como un pescado! ¡Qué va, no trago!"
Y terminó haciendo una observación que
nos hizo reír a todos. "¡Y luego,
a estos "paraos" lo único que les rompen
los cañones es el bauprés!"
La efervescencia no puede durar mucho nunca y esta se
agotó también. Ya sólo queda que
de vez en cuando Carlos Montenegro, para distraer los
ochenta y pico de días que le quedan para irse
en libertad después de once años de prisión,
viene a pedir "un libro de Salgari", para
al día siguiente devolverlo un poco desencantado,
sospechando, como en una esperanza que "estos de
ahora sean hechos por otro" para aprovechar la
fama conquistada.
Y queda también que algunas veces Mongo recita
con énfasis pirata, aunque no venga al caso,
aquello de: "¿Y Singal, el más valiente
y audaz pirata de la Malasia? ¡Atravesado el pecho
por una bala de espingarda cayó a mi lado! ¿Y
Sangau, el León de las Romades? ¡Yo lo
vi! ¡Cayó a mi lado con un casco de metralla
en la cabeza! ¡Muertos! ¡Muertos todos mis
valientes! ¡Pero les vengaremos!..."
Y de aquel deseo de Raúl Roa y mío de
hacer una reivindicación de Emilio Salgari, del
gran poeta de las aventuras, sólo quedan estas
líneas. Sin embargo, perdura en ellas algo que
ya es bastante: un bello recuerdo de la infancia.
Marzo de 1931. Castillo del Príncipe.
|