Cuentos

 

ASESINATO EN UNA CASA DE HUÉSPEDES
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(continuación)

Ventajas de ser asesino

El asesino en la familia
Es asunto indiscutible por no sé qué ciencia, que el hombre anhela sobre todas las cosas la conquista absoluta del poder en cualquiera o en todas sus fases. Esto quiere decir, traducido al lenguaje del vulgo, que él desea, de todas maneras, convertirse en el pez grande del refrán... La lucha por esta conquista comienza, individualmente, en la infancia. Yo, alumno del tercer grado, le doy a los chiquitos del primero y del segundo; y mi hermano mayor, alumno del quinto, me da a mí.
Pero socialmente la batalla da comienzo en el seno de la familia. Aquí es donde un carácter templado en el asesinato se impone. En efecto, no existe hogar más tranquilo y feliz que el mío desde que soy asesino. Aparte de las ventajas materiales que me reportó el crimen (¡si hasta duermo mejor!...), mi mujer y sus ayudantes (suegra, hermanos, primos, etc.) sienten desde aquel día, sobre sí, una doble presión que los humilla a su verdadero estado de siervos. Se sienten cómplices, obligados por el silencio, y al mismo tiempo, profundamente temerosos de una agresión sanguinaria. Mi mujer, por ejemplo, valga el caso, antes de ser yo criminal, cada vez que le negaba algo, se ponía a dar unas pataditas nerviosas que me afilaban los nervios como lápices... Ahora... ahora no le falta nunca un botón al calzoncillo... ¿Y qué decir de la suegra? No se atreve a acusarme, porque tendría que cargar con la hija de nuevo... pero no me hace ya ni una chispa cuando habla, por temor a que, por la noche, cuando todos duermen, haga con ellos lo que con el sobrino de doña Fela... Pero... ¿y los hermanos? Hombres de seis pies con perfectas voces de vicetiples nunca más me han dirigido la palabra... ¡Y cuidado, que antes me ponían unas voces de trueno que daban ganas de abrir el paraguas!...

El asesino en la sociedad
La sociedad, por ser un cuerpo de engranaje mucho más complicado que el de la familia, exige a sus triunfadores eminentes cualidades que no siempre aparecen perfiladas por la mano generosa de la naturaleza... (Antes de seguir, como usted lo notará, yo debo confesarle que esta parte me la ha hecho un amigo mío que es medio literato... Por eso está así con tantas palabritas...) Y aquí del asesinato como profunda escuela para el perfeccionamiento de los atributos del carácter. El hombre que ha cometido un crimen adquiere hasta su máximo la facultad del dominio propio. Como en cada ser aprende a sospechar un investigador de su delito, acaba por independizarse del mundo y formar él uno propio regido por sí mismo. Este constituirse en un sistema solar autóctono lo libra de los mil imperativos con que agobia al hombre la estupidez social y la ñoña sensiblería burguesa propicia al escándalo llorón a cada pequeña desgracia casera...
Y esta independencia de su ser sensitivo es lo que mayormente lo capacita para trepar en la vida. Si el asesino, a más del placer puro del crimen, sabe sacar provecho de su acto, he ahí la fórmula del hombre preparado para merecer los más altos favores del poder y de la fama... Ya sé que saltan a la boca un puñado de nombres, antiguos y actuales... Pero basta con citar un nombre de todos conocido... (Aquí me dan ganas de hacer una encuesta a los lectores, para ver qué nombre pongo, como hacen los periódicos; pero ante la dificultad, desisto.) Pondremos a Napoleón, cumbre del asesinato, genio del crimen, que supo, inmune a las minucias del escrúpulo, deshacerse de quien le estorbó, lo mismo en la vida pública que en la privada...


Pero, ¡ah, caramba! Mi entusiasmo al explicar los beneficios de la profesión me habían hecho olvidar mi propio caso. Y realmente, para el hombre que no está acostumbrado a "estas cosas de gabinete", lo mejor es poner un ejemplo. Así resulta más fácil dar a conocer las ventajas del método empleado.






 
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