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El panorama
Desde la tarde anterior habíamos
llegado al ingenio y, ahora, almorzábamos con
apetito de guajiros debutantes, en el portal del bungalow
que tenían los ingenieros. Cien metros al frente,
paralelas a la línea de casas del batey, se extendían
las vías del ferrocarril en una longitud aproximada
de cuatrocientos metros, perdiéndose por un extremo
en una gruta de árboles, y por el otro, en la
traición de una curva.
Eran las doce.
El viento, como un perro jíbaro, había
huido hacia el monte. En el cielo, página fulgurante,
el sol semejaba la palabra de fuego de una maldición
de luz. Los carriles eran como de plata y fulguraban
como relámpagos cautivos.
Eran las doce en el campo, en Cuba.
El personaje
El paradero, que nos quedaba casi enfrente,
un tanto a nuestra izquierda, estaba, contra la costumbre
de todos los pueblecitos, solitario.
El viejo telegrafista, sentado en un taburete que se
recostaba a la criolla en la puerta de entrada, fumaba
tranquilamente. De pronto se levantó y fue hacia
la mesa de los puntos y rayas (¡Una tan sólo
de las muchas estatuas a Morse!)
Un muchacho fue a cambiar el chucho de un desviadero
de grúa.
A lo lejos, intermitentes e imperiosos, sonaron varios
pitazos. "Un tren con vía libre" -dijo
alguien.
El telegrafista, con esa calma peculiar en los viejos
empleados de ferrocarriles, que nos desespera a los
que hemos leído en las novelas y visto en las
cintas, toda la veloz ceremonia que requiere el paso
vertiginoso de un tren por los paraderos intermedios,
apareció en el andén con una banderola
roja en la mano cuando ya la máquina atacaba
velozmente la curva, envuelta en humo y como salpicando
chispas.
La tragedia
El viejo empleado se acercó al
borde del andén para coger los papeles que le
tirarían al pasar, pero su mala suerte le hizo
dar un traspié y cayó violentamente a
la línea.
La locomotora, con un rugido de conquista, avanzaba
incontenible y a los veinte metros era una montaña
que rodaba...
Nos sentimos oprimidos y angustiados igual que en una
pesadilla insoportable. Yo, que casi lo era, me sentí
niño y hubiera llorado por evitar aquello...
Como en algo posible, pensé en que el tiempo
y el espacio debían acabar en aquel segundo interminable
y que todo quedara como en el vacío, con la locomotora
perpetuamente a igual distancia del pobre viejecito,
antes que permitir a mis ojos el tormento de verlo aplastado
por la máquina.
Pero... ¡todo inútil!... El hombre, que
se había dado un serio golpe al caer, no pudo
sacar una pierna de entre los polines, y a pesar de
los esfuerzos titánicos del maquinista, la locomotora
llegó hasta él patinando rabiosamente
sobre los raíles llenos de centellas.
El héroe
Llegamos en silencio, como ante los
muertos tendidos. El maquinista tenía la enorme
mano soldada en la palanca del freno, y con los ojos
muy grandes, miraba como por primera vez el mecanismo
inexplicable de la caldera o la insoportable angustia
del paisaje. Y mientras, de sus ojos caían lágrimas,
como campanadas de reloj...
Dimos la vuelta con temor. Allí estaba el viejo
con las manos apoyadas en la tierra, y el busto erguido
¡y con cara tranquila!... "Que den para atrás"
-nos dijo- y, luego, al ver nuestro asombro, una risita
nerviosa y espeluznante hirió nuestros oídos
y quedó en ellos para siempre.
Pensé, ante aquella muestra de valor espontáneo
y tranquilo, cuán despreciables eran las hazañas
famosas de todos los héroes fanfarrones de la
historia.
Y como si empezara a aburrirse, dijo luego, con una
voz llena de urgencia: "Vamos, den marcha atrás,
que no voy a estar aquí toda la vida..."
El maquinista por fin hizo retroceder la máquina,
y los crujidos de los huesos rotos se oían en
medio del fragor del coloso, lastimeramente, como el
llanto de un niño que despierta durante una ovación
en el teatro.
¡Qué profunda pena y qué profunda
admiración sentí entonces hacia aquel
viejecito valeroso!...
Cuando el monstruo negro dejó libre el espacio
entre el andén y las vías, ¿nos
acercamos o fuimos atraídos? No lo sé...
Ya el telegrafista estaba en pie, pálido pero
tranquilo, recostado al muro de cemento, con su pierna
rota en la vía, y nos dijo con calma: "Vaya,
vaya, ¡por Dios!, dejen esa cara. No ha sido nada.
La pierna era de palo; la original está enterrada
en el campo de batalla de Ceja del Negro..."
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