Ensayo

 

ÁLGEBRA Y POLÍTICA
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Nueva York, 13, 6, 1936

Querido Raúl:


Ayer te mandé el mamotreto histórico. Hoy creo que esto va a resultar otro mamotreto pero algebraico. Verás. Especulando, especulando, ayer descubrí la íntima conexión del álgebra con la política. Porque si no hay duda que la política es problema, el álgebra es la ciencia encargada de resolver todos los problemas generales de la cantidad. De ahí me vino a la imaginación eso que considero íntima conexión entre ambas. No vayas a pensar que estoy loco o más bromista que otros días. Es un asunto serio. Revisando en mi imaginación todo el complicado panorama político cubano de hoy -que tanto varía de aquí a mañana- y en el cual hay tantas cosas por resolver y aún por plantear; y existe tal enorme confusión de factores y tanta posibilidad contradictoria de resultados, como una cosa natural me vino el recuerdo de cuando yo estudiaba álgebra en el Instituto de Santiago, donde el padre de Marcio me puso El Cometa, porque de tarde en tarde aparecía en la clase, resolvía brillantemente algunas ecuaciones o factores, y desaparecía sin dejar otro rastro que el de la absoluta seguridad de encontrarme jugando a la pelota en el Malecón. Hoy, estoy absolutamente seguro de que mi camino verdadero, a pesar de mis suspensos y mis aprobados miserables, estaba por ahí, por el álgebra, la geometría, toda esa ciencia matemática, llena de especulación, descubrimiento, imaginación y grandeza. El día menos pensado me pongo a estudiar todo eso y aunque sea a los ochenta años oirás hablar de tremendos descubrimientos.
Pero bien, creo que te iba a hablar de política, de política cubana. Fíjate que panorama: por un lado las contradicciones del imperialismo yankee, que en el caso de Cuba quisiera esclavitud sin más, pero que tiene pendiente sus elecciones reeleccionales y una serie de medidas de altísima y habilidosísima demagogia con respecto a toda la América Latina; de otro lado, las contradicciones internas de la propia política local de Cuba, con Miguel Mariano y su cohorte y Batista y su ganga, cada uno por sí comido de recelos hacia su propio aparato, y que pretenden desplazarse mutuamente, poniendo en juego los más desaforados recursos y las maniobras más sutiles; y, aún por otro lado, las contradicciones del campo revolucionario, claramente dividido, no ya sólo en su ideología profunda, sino en sus tácticas, en la secreta ambición de diferentes procedimientos; consciente por un lado e inconsciente por otro de su impotencia para acciones inmediatas.


 
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