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| AVENTURAS DEL
SOLDADO DESCONOCIDO CUBANO |
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Entre otras cosas de menor importancia,
nuestra literatura carece de su libro de la guerra.
Desde Sin novedad en el frente -y aún antes,
según tengo entendido- Alemanía, Francia,
Inglaterra, los Estados Unidos, Italia y hasta España
-que no tomó parte en la contienda-, han producido
una serie de obras de diversa notoriedad, constituyendo
todas ellas lo que se ha venido llamando la literatura
de la guerra. Cuba, por su parte, en nada ha contribuido
a enriquecer este episodio de la literatura universal.
Y, sin embargo, Cuba, fatalmente, tenía que producir
también su literatura de la guerra, puesto que
nadie negará el importantísimo papel que
desempeñamos los cubanos en aquella, por fortuna,
lejana conflagración.
A pesar de aquella famosa caricatura, de quién
sabe qué osado ignorante, que pintaba al Kaiser
y a su Estado Mayor buscando a Cuba en un mapa, al recibir
la noticia de que esta le había declarado la
guerra a Alemania, lo cierto es que puede afirmarse
que la Guerra Europea la ganamos nosotros.
Acostumbrados como estamos a no darle importancia a
lo nuestro, no me extrañaría que algún
sabio de café sonriera, irónicamente,
asegurando que se trataba de una pequeña exageración
de mi parte. Mas no es necesario argumentar mucho.
Por lo pronto, para los que piensan demasiado en nuestra
insignificancia, es necesario recordar que el vaso ya
lleno hasta los topes, se desborda con una gota de agua;
y ya, cuando nosotros, conscientes de nuestro deber
de humanidad, decidimos intervenir para poner punto
final a la guerra, aliados y alemanes estaban con los
hígados fuera, como dos boxeadores que no pueden
más y no tienen más esperanza que la de
la campana. La lucha estaba realmente en estas condiciones,
cuando se supo por todas las potencias que Cuba, la
Perla de las Antillas, "la tierra más fermosa
que ojos humanos hayan visto", como dijera Cristóforo
Colombo, iba a lanzar su peso formidable en la balanza
para decidir la justa. Quien niegue esto, ni sabe un
comino de historia, ni es capaz de ninguna grandeza.
Y, aun más, desprecia a su propio país
y merece, en consecuencia, no sólo la excomunión,
sino también el ostracismo.
Hay que aclarar, no obstante, que en este hecho histórico,
como en tantos otros, se nos ha tratado de robar toda
la gloria. ¿No pretenden los americanos que no
fue nuestro gran Finlay, sino el mayor Gorgas, quien
venció a la fiebre amarilla? No es nuevo, por
desgracia, esto de que nos arrebaten las cosas...
Yo debo, pues, ponerlo todo en su lugar, y con vista
a una serie de documentos irrefutables, que no cito
para evitar que otros historiadores, como se hace siempre,
los interpreten al revés, aclararé los
hechos punto por punto, y dejaré definitivamente
establecido que no fueron los Estados Unidos, sino los
cubanos, quienes decidimos la guerra mundial con nuestra
actitud.
Para analizar el problema en su dimensión de
profundidad, hay que recordar lo siguiente: por aquella
época -periódo de 1914-18-, existía
en la Constitución de la República de
Cuba un apéndice denominado Enmienda Platt, a
virtud del cual, nosotros, para declarar la guerra a
cualquier otra nación, teníamos que contar
con la venía de los Estados Unidos. Algunos han
considerado esto como vejaminoso para nuestra nacionalidad.
Muchos de nuestros más sapientes críticos,
tácticos y estrategas militares, consideran en
cambio, que esta Enmienda Platt no ha sido otra cosa
que un tratado de alianza ofensiva y defensiva entre
Cuba y los Estados Unidos, obtenido por estos que necesitaban
una fuerte aliada, frente a su Canal de Panamá,
y, temerosos, más que nada, de que Cuba firmara
un tratado similar con Inglaterra, en cuyo caso, no
ya sólo se vería en peligro el susodicho
Canal, sino que también era muy probable que
Cuba, a la larga, conquistara la Florida y aun la Lousiana.
Acéptese o no esta tesis de los peritos militares,
lo cierto es, y no habrá quien lo ponga en duda,
que Cuba y los Estados Unidos, por razón de la
Enmienda Platt -tan severamente enjuiciada por todos
esos nuevos revolucionarios rojos vendidos al oro de
Moscú- han devenido en potencias aliadas y gracias
a esa alianza se ha mantenido el equilibrio norteamericano,
como dicen los estadistas y diplomáticos.
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