Novela

 

AVENTURAS DEL SOLDADO DESCONOCIDO CUBANO
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Prólogo
(continuación)

Mucho se ha argumentado en contra y a favor de la salida de los muertos. Yo, por ejemplo, a pesar de mi fe, no puedo dejar de constatar el hecho, de que, en una larga prisión en que estuve, en la cual mis camaradas casi todos tenían en las costillas algún asesinato, y que, en conjunto, por los alrededores de la cárcel debía haber un par de miles de espíritus, lo cierto es que ninguno salió jamás, ni hizo la menor señal de su presencia. ¿Debe esto considerarse como definitivo? Falso. Y ello porque, ante todo, hay que partir de la base de que los muertos también son humanos, y ¿cómo iban a pensar en salir, a presencia de semejante grupo de forajidos? Los muertos -no debe olvidarse- no pierden su condición de vivos, y la puñalada por la espalda que recibieron como pasaporte para el otro mundo, les enseñó que con hombres dispuestos a ir a presidio, no se puede andar con jueguitos, ni lucecitas, ni nada de eso. Por eso, los espíritus no aparecen en las cárceles, donde, además, la disciplina es extremadamente rígida y peligrosa.
El argumento a favor es que, por el contrario, hay muertos que salen en todas partes y que le salen a cualquiera, por muy buen resguardado que esté. Y esto refuerza sólidamente mi tesis de que los muertos siguen siendo vivos en todos los sentidos. En efecto, ¿quién no recuerda los sustos que hemos pasado nosotros por andar sacándole a la gente determinados muertecitos?
No hay duda, desde luego, que este problema, como todos, pertenece a la relatividad y, si se me permite, yo formularé la teoría de la aparición espiritual de esta suerte: el que ha sido vivo antes de estar muerto, ese sale de todas maneras; y el que ha estado muerto antes de morir, ese no sale de ningún modo ni a nadie. De otro modo: hay muertos, amigos del descanso, muertos de temperamento abúlico, que no salen de ninguna forma y otros que, por el contrario, por mucho que se guarezcan los que les temen, salen siempre, por encima de todos los obstáculos, y, como suelen ser muertos con propósitos determinados, en definitiva se salen con la suya. Y, claro está, que estos son sólo principios generales, porque si me pusiera a clasificar los muertos, de acuerdo con sus actividades y temperamentos, necesitaría otro ensayo, que no este lugar.
Sentada ya sobre bases firmes la evidencia científica de la salida de los muertos, me resta sólo desvirtuar ciertas insinuaciones de la crítica llamada seria sobre la veracidad de mi trabajo. Si en Cuba muy pocos se atreverían a negar el espiritismo, en cambio, sí hay muchos que dudarán de mi capacidad para ponerme en comunicación mediumnímica con cualquier ser. Estos individuos objetarán de fijo, que yo no he sido favorecido realmente durante mi estancia en Nueva York por las visitas del Soldado Desconocido sino que, más bien, influido, yo, como don Quijote, por la lectura de los libros de la guerra, y aun por las películas que de ellos se han filmado, me he dispuesto al truco y he escrito falsas narraciones.
Muy fácil me resulta destruir esa presunción. Jamás he leído, uno solo, de entre los famosos libros de la guerra. Si no lo sabían, ya lo saben. Ni de Remarque, ni de Arnold Zweig, ni de Barbusse. Ello no significa que me haya podido sustraer totalmente a su influencia. Largo y tendido he escuchado a mis compañeros hablar de ellos. Por si también lo ignoraban ya lo saben: una de las formas que más he aprovechado yo para aprender es dejar que otros lean y luego me cuenten sus impresiones. De esa manera, he ahorrado una barbaridad de tiempo. En cuanto a las películas de guerra, de estas sí he visto varias, no lo niego. Pero de ahí, a decir que mis lecturas de oídas y sesiones cinegráficas he sacado yo mis relatos, hay enorme diferencia. Véase por qué. Yo he leído sobre astronomía y botánica y otra porción de cosas, sobre las cuales no he escrito por mucho que me interesen e impresionen. Y en punto a películas, si algunas de guerra he visto, muchas más las he sufrido de gángsters, reinas, polícias, bandidos, cowboys y niñas ingenuas que se casan con millonarios. Y, a pesar de que estas suelen ser tan malas como las de guerra, jamás me ha dado ni por escribir la biografía de Al Capone, ni aventuras de Tom Mix, ni amores inéditos para Janet Gaynor.
Echados por tierra todos estos argumentos, sólo me queda por rebatir ya el tan poco gentil de "¿por qué he sido yo y no otro el favorecido por la amistad y las confesiones de Hiliodomiro del Sol, Soldado Desconocido de Arlington?".
Como buen marxista, yo podría en este caso ir desdoblando la serie de causalidades que fueron propiciando el que un día, por casualidad, nos encontráramos Hiliodomiro y yo. Mas rechazo hacer esto para no cansar y me acojo al crédito público. Hay quien se encuentra un billete de cien pesos y todo el mundo se lo cree. Cuando un novelista necesita que se acabe el libro, hace que determinado personaje mate al protagonista, y todo el mundo está conforme y nadie protesta. Cuando en las películas del Oeste, un cowboy dispara cien tiros con un revólver de seis cápsulas, todo el mundo se emociona y admite la creación del revólver-ametralladora, no sólo sin protestar, sino encantado. Cuando compra cualquiera un billete de lotería y durante veinte años no se saca un centavo nadie protesta y todo el mundo sigue jugando.


 
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