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El 3 de enero de este año, a
pesar de que ninguno de nosotros recuerda si el cielo
estaba azul, o si hacía mucho frío, no
se nos olvidará jamás. Él nos trajo
un centenar de días vividos, llenos de fuerza
y de audacia consciente y plenamente jóvenes.
Y a pesar de que durante ellos la alegría fuerte
de sentirse limpios dio con mucha frecuencia tono a
nuestra estancia en la cárcel, ahora, al empezar
a escribir estas impresiones para los lectores de El
Mundo, antes que nada me llegan los recuerdos de los
compañeros que sufrieron horas de angustia en
la prisión. Antes que ninguno el de Ramiro Valdés
Daussá, gran compañero y gran amigo, que
se encontró a la mamá muerta, cuando llegó
a La Habana trasladado de Isla de Pinos, y que volvió
del cementerio a la cárcel, después del
entierro, tremendo y conmovedor, con el valor de un
hombre entero y verdadero; me acude asimismo el recuerdo
de Cuchi Escalona, preocupado e incrédulo de
nuestras opiniones falsamente optimistas en aquellos
días en que supe, inmovilizado por las rejas
y la distancia, que a su hermano Amaury y al compañero
Agustín Guitart, les había explotado en
las manos una bomba, que les dejó gravemente
heridos, acaso a punto de morir. Y me viene también
el recuerdo de aquellos que soportaron preocupaciones
y dolores hondos, de dos compañeros igualmente
queridos y valientes, a quienes la prisión casi
les cuesta la vida. Benito Fernández -que se
llamó en la cárcel, Raoul Duchesnes- a
quien se trajo a La Habana en aeroplano en un estado
de extrema gravedad del que salió gracias a un
milagro; y el del caso más dramático aún
de Jesús Menocal, flaco y transparente como el
viento, víctima de la huelga de hambre apenas
iniciada, y que ha venido luchando con una penosa convalecencia
de tres largos meses, de la que muchas veces se pensó
que no saldría más que para servir de
bandera, uniendo su nombre a la larga lista encabezada
por Julio Antonio Mella.
Por todos estos recuerdos hondos y por el de las largas
horas de alegría chiflada y descompuesta, es
que nunca nosotros nos olvidaremos del 3 de enero de
1931, a pesar de no poder decir hoy, como sería
de rigor, si el cielo estaba azul, o si hacía
mucho frío.
La ratonera
Ya aquel día, todos nosotros
estábamos acostumbrados a vivir fuera de nuestras
casas y a leer en los periódicos, sin ninguna
preocupación, que se nos había mandado
a detener. Cada uno tenía su "cueva"
-cuando no eran varias- y la mía, siguiendo los
consejos de Edgar Allan Poe, la escogí al lado
de una jaula de león. Para que no se preocupe
el lector: me pareció prudente irme a vivir bien
cerca de Alfonso L. Fors, el jefe de la Policía
Judicial.
La realidad es que le habíamos perdido el respeto
a la policía y que llegábamos a las casas,
pésimamente escogidas, sin ninguna preocupación.
El compañero que escogió la casa del periodista
Rafael Suárez Solís merece que lo detengan
105 días. Situada a la entrada de El Vedado,
con una bodega y restaurante al frente, un parque, una
botica al lado, línea doble de tranvías,
y al paso de todas las guaguas de Marianao y los repartos,
el lugar, en aquellos días
de vigilancia y de sospechas, era estupendo para una
ratonera. Que alguien nos vendió es evidente;
pero nosotros muchas veces hemos pensado que el sitio
propició enormemente la delación. Informes
que nos han dado, aseguran que alguno de nosotros fue
seguido y se esperó a que estuviera llena la
trampa para cogernos a todos. El nombre de algunos delatores,
increíbles casi, sonó también,
y algún día, con más base, serán
nombrados para que se defiendan. Aunque será
preferible esperar a que el teniente Calvo acabe de
redactar sus interesantes Memorias para despejar la
incógnita.
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