Testimonios

 

105 DÍAS PRESO
1/3

I
Cómo fuimos detenidos

El 3 de enero de este año, a pesar de que ninguno de nosotros recuerda si el cielo estaba azul, o si hacía mucho frío, no se nos olvidará jamás. Él nos trajo un centenar de días vividos, llenos de fuerza y de audacia consciente y plenamente jóvenes. Y a pesar de que durante ellos la alegría fuerte de sentirse limpios dio con mucha frecuencia tono a nuestra estancia en la cárcel, ahora, al empezar a escribir estas impresiones para los lectores de El Mundo, antes que nada me llegan los recuerdos de los compañeros que sufrieron horas de angustia en la prisión. Antes que ninguno el de Ramiro Valdés Daussá, gran compañero y gran amigo, que se encontró a la mamá muerta, cuando llegó a La Habana trasladado de Isla de Pinos, y que volvió del cementerio a la cárcel, después del entierro, tremendo y conmovedor, con el valor de un hombre entero y verdadero; me acude asimismo el recuerdo de Cuchi Escalona, preocupado e incrédulo de nuestras opiniones falsamente optimistas en aquellos días en que supe, inmovilizado por las rejas y la distancia, que a su hermano Amaury y al compañero Agustín Guitart, les había explotado en las manos una bomba, que les dejó gravemente heridos, acaso a punto de morir. Y me viene también el recuerdo de aquellos que soportaron preocupaciones y dolores hondos, de dos compañeros igualmente queridos y valientes, a quienes la prisión casi les cuesta la vida. Benito Fernández -que se llamó en la cárcel, Raoul Duchesnes- a quien se trajo a La Habana en aeroplano en un estado de extrema gravedad del que salió gracias a un milagro; y el del caso más dramático aún de Jesús Menocal, flaco y transparente como el viento, víctima de la huelga de hambre apenas iniciada, y que ha venido luchando con una penosa convalecencia de tres largos meses, de la que muchas veces se pensó que no saldría más que para servir de bandera, uniendo su nombre a la larga lista encabezada por Julio Antonio Mella.
Por todos estos recuerdos hondos y por el de las largas horas de alegría chiflada y descompuesta, es que nunca nosotros nos olvidaremos del 3 de enero de 1931, a pesar de no poder decir hoy, como sería de rigor, si el cielo estaba azul, o si hacía mucho frío.

La ratonera

Ya aquel día, todos nosotros estábamos acostumbrados a vivir fuera de nuestras casas y a leer en los periódicos, sin ninguna preocupación, que se nos había mandado a detener. Cada uno tenía su "cueva" -cuando no eran varias- y la mía, siguiendo los consejos de Edgar Allan Poe, la escogí al lado de una jaula de león. Para que no se preocupe el lector: me pareció prudente irme a vivir bien cerca de Alfonso L. Fors, el jefe de la Policía Judicial.
La realidad es que le habíamos perdido el respeto a la policía y que llegábamos a las casas, pésimamente escogidas, sin ninguna preocupación.
El compañero que escogió la casa del periodista Rafael Suárez Solís merece que lo detengan 105 días. Situada a la entrada de El Vedado, con una bodega y restaurante al frente, un parque, una botica al lado, línea doble de tranvías, y al paso de todas las guaguas de Marianao y los repartos, el lugar, en aquellos días de vigilancia y de sospechas, era estupendo para una ratonera. Que alguien nos vendió es evidente; pero nosotros muchas veces hemos pensado que el sitio propició enormemente la delación. Informes que nos han dado, aseguran que alguno de nosotros fue seguido y se esperó a que estuviera llena la trampa para cogernos a todos. El nombre de algunos delatores, increíbles casi, sonó también, y algún día, con más base, serán nombrados para que se defiendan. Aunque será preferible esperar a que el teniente Calvo acabe de redactar sus interesantes Memorias para despejar la incógnita.


 
1/3

 



Diseño Web: Rocney Delgado Miranda Créditos Contacto