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I
Cómo fuimos detenidos
(continuación)
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A la casa de Línea fuimos llegando en grupos
escandalosos y estúpidos. Aureliano Sánchez
Arango, el Guajiro Pendás y Raúl Roa llegaron
juntos, hablando de cine y de Charles Chaplin. Ya estaban
allí -cuando entramos de golpe Ramiro Valdés
Daussá, Juan Febles, Raúl Ruiz, Jesús
Menocal, Roberto Lago y yo- Silvia Shelton, Nena Segura
Bustamante, Juan Antonio Rubio Padilla, Carlos Prío,
Marcio Manduley, Manuel A. Varona, y no recuerdo quién
más. Eran, poco más o menos, las dos de
la tarde y como de costumbre los muchachos se hacían
esperar. Cienfuegos, que no había almorzado,
se fue a la fonda de enfrente "a meterse un bistec".
Aquel día no recuerdo yo bien cuál era
el motivo de la junta. Luego se supo que los compañeros
de ideología de izquierda que entonces formaban
parte del Directorio, Aureliano Sánchez Arango,
Pendás, Roa y Manuel Guillot, iban a plantear
en la sesión el problema de su separación
del mismo, si aquel no encauzaba rectamente, por sobre
el obstáculo actual, la lucha contra el imperialismo
yanqui. Hubiera sido, sin duda, una sesión agitada
y violenta, pues la mayor parte de los muchachos pensaba
que era imposible ampliar el radio de acción
de la lucha hasta su verdadera raíz.
Pudo ocurrir aquel día algo mejor aún
que una discusión tan interesante. Pudo ocurrir
que el quórum no se completara. Y, efectivamente,
el tiempo fue pasando y parecía como si no fuera
posible efectuarse la sesión. Pero, Mongo Miyar,
Carlos Manuel Fuertes y Rubén León, se
aparecieron a última hora para constituir exactamente
el quórum, en los momentos en que ya nos íbamos;
en los momentos en que ya Raúl Roa, Aureliano,
Pendás y yo habíamos acordado conseguir
una máquina y una mandarria para hacer un raid
nocturno del que hablaré en el libro que pienso
escribir, sobre todo esto que está pasando todavía.
Pero llegaron los muchachos en la máxima inoportunidad
de su vida y la sesión dio comienzo enseguida.
Eran casi las cuatro de la tarde.
El asalto a la casa
Como aquella noche se iba para Santiago
de Cuba Marcio Manduley, había que aprovechar
su viaje y lo primero que se acordó fue que llevara
una copia del manifiesto que se iba a lanzar a los pocos
días. Entonces Ramiro vino conmigo desde el comedor,
en donde se estaba celebrando la junta, hasta la máquina
de escribir en el despacho, y allí se puso a
dictármelo, haciéndole al paso algunas
correcciones que estimaba pertinentes.
Ya teníamos hecha una página a renglón
estrecho, cuando tocaron a la puerta. Eran Ofelia Domínguez
y la hermana de Rafael Escalona, que también
estaba con nosotros. Ellas pasaron enseguida al fondo
de la casa e inmediatamente nos llegó a Ramiro
y a mí el silencio de los muchachos callados,
como si estuvieran oyendo algo en voz baja. Alguien
vino a decirnos que a Ofelia la habían seguido
dos policías de la Secreta hasta la misma puerta
de la casa y que ella había entrado sólo
para avisarnos que nos fuéramos enseguida. Yo
me asomé por una de las persianas de la sala,
y vi entrar al jardín a un señor de cara
de comerciante, que le va mal en los negocios. Hasta
bigotes tenía el buen hombre. Y convencido de
que todo era miedo puro, me senté de nuevo a
la máquina y Ramiro siguió dictándome
el manifiesto. Pero de pronto: ¡Rapatra-papatrá!
¡Arriba las manos! ¡Arriba las manos y todo
el mundo quieto! Ramiro y yo oímos el ruido violento
de una puerta que se rompe de pronto, a patadas o con
una tranca, y voces altas y airadas, llenas también
de palabras groseras y sucias. Al momento, en la confusión,
pensé que los muchachos se escapaban rompiendo
algo, pero al asomarnos al corredor, desde el fondo,
unas caras pálidas, como si fueran ellas las
asaltadas, nos apuntaron los revólveres. Ninguno
de nosotros llevaba un arma y cuando se convenció
bien de ello el que hacía de jefe, un hombre
un poco mulato, vestido de gris, con sombrero de castor,
abrió la puerta de la calle y allí estaba
el individuo con cara de comerciante fracasado, con
el revólver en la mano, custodiando la puerta.
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