Testimonios

 

PRESIDIO MODELO
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Capítulo XX
El "Recluso Modelo"

Fue una tarde gloriosa aquella del 3 de enero de 1931, cuando un grupo copado por sorpresa y sin armas, en casa del escritor Rafael Suárez Solís, entró en el Castillo del Príncipe haciendo resonar, bajo los arcos aplastantes, por los corredores húmedos, por entre los paredones y las bóvedas espesas, gritos inauditos, de combate, de violencia, insultos frenéticos, lemas vibrantes de la revolución, ¡efervescencia heroica de la juventud!... Todos los que en aquel episodio participamos tenemos el derecho de recordarlo con legítimo orgullo. Por primera vez acaso en la historia de la odiosa fortaleza, penetraron en ella presos que asumían tal actitud. Y los reclusos, con azoro silencioso, nos veían pasar, asombrados, presintiendo que todo aquello tenía que acabar mal...
Aún recuerdo con satisfacción aquel resonar ultra-wagneriano de nuestros gritos, que las paredes, envilecidas por el crimen y la maldad, rechazaban con la fuerza de todo el silencio que los años habían ido acumulando en ellas...
¡Y nuestra entrada en la oficina del Supervisor, que tuvo mucho más de asalto revolucionario que de ingreso de detenidos!...
Todos estos recuerdos se agolpan en mi imaginación al comenzar a escribir este capítulo, precisamente porque en aquel momento conocí al teniente Ambrosio Díaz Galup, supervisor de la Cárcel, a quien a la salida de aquella prisión acusaría públicamente de los atropellos a los presos y del asesinato del Chino Wong, compañero de la revolución; y a Goyito Santiesteban, el "Recluso Modelo", del cual habríamos de oír aterradoras historias, y quien, al ver la indecisión de Díaz Galup ante nuestro insólito comportamiento, asumiendo el papel de jefe, quiso arreglarlo todo por la diplomacia...
Pero el momento era malo, y, además, tuvo la poca fortuna de dirigirse a Manuel Guillot, uno de los más violentos entre los del grupo. Le dijo a Guillot:
-Joven, tenga la bondad, cálmese y siéntese... Yo sé que ustedes son unas personas decentes y saben conducirse bien...
Mas Guillot le gritó, con toda su potente voz:
-¡Nosotros no somos personas decentes ni nada!... ¡Nosotros lo que somos es revolucionarios y nos portamos como revolucionarios!
Entonces, sin más trámites, nos hicieron pasar para las famosas "Leonas", las enormes galeras de ingreso de El Príncipe, que después nos darían húmedo y hediondo refugio tantas veces...
Pero ya habíamos conocido a Goyito... Era un hombre que sabía ser meloso y diplomático, a pesar de su aspecto desagradable. Era corpulento, de tórax formidable, piernas cortas, cabeza y cara grandes, frente amplísima, vegetación pilosa escasa, y al centro, una calva creciente, salpicada de retoños enfermizos y débiles, como esas charcas en las que se da el masío...
Carlos Montenegro, que hizo amistad con muchos de nosotros, en los paseos de nuestro "Patio de los incomunicados" nos contaba episodios de la vida del Presidio y en muchos de ellos la figura de Goyito como protagonista desempeñaba repulsivos papeles... Otros presos, por el contrario, nos contaban con los ojos en blanco, que "ese había sido el verdadero padre


 
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