Testimonios

 

PRESIDIO MODELO
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Capítulo LI
La mordaza

(continuación)


Fue de pronto que me puse a pensar en la mordaza, en los dientes clavados en ella y en la sangre, ennegrecida por el tiempo.
Me sucedió entonces que adquirí la convicción absoluta de que quien estaba pensando no era yo, sino otro yo que no era yo mismo... Algo muy raro, lo comprendo, pero absolutamente cierto.
Y vino lo inaudito: primero pensé en la mordaza -es decir, pensaba el otro yo que no era yo- enseguida, en los dientes clavados en ella y en la sangre... ¡E inmediatamente después los dientes se adhirieron a sus maxilares, los maxilares se completaron en las cabezas y las cabezas en las figuras de los presidiarios martirizados!... ¡Y todo aquel conjunto aterrador se puso a gesticular, primero, a aullar después, a quejarse con sobrehumanos gemidos, con desgarradores lamentos... y dirigidos todos a mí, amontonados sobre mis ojos dilatados, unos me imploraban venganza, otros me increpaban por mi silencio; aquellos me suplicaban un recuerdo para la madre lejana y otros lloraban sobre mis ojos lágrimas ardientes de cólera, de pena, de pavor, de angustia!... Es inenarrable, verdaderamente. ¡De pronto alguna cara se destacaba del conjunto y se aproximaba a mis pupilas y en ellas lanzaba un grito agudo, un chillido de pánico, y se alejaba!... ¡Otras veces, aunque era completamente de día, la oscuridad de la noche rodeaba los contornos, y los ojos fosforescentes de un preso taladraban los míos en una súplica aterrada!... ¡Y una vez, de una de aquellas bocas convulsas, por las comisuras de los labios, fluyó la sangre, hirviente y lenta, y me rodó por la cara como una lágrima incendiada!...
Sumido en el singular estado que he descrito, observaba con atención, pero sin emocionarme de modo extraordinario, la crisis violenta que el espectáculo provocaba en el otro yo que no era yo mismo, y esperaba que todo acabaría pronto, cuando ocurrió algo más fantástico aún. Ocurrió una regresión; mejor pudiera decir, una fragmentación del grupo.
Todos se callaron y uno sólo se puso frente a mis ojos, mientras los demás me miraban con ojos severos, llenos de una tristeza indescriptible. Y el que estaba frente a mis ojos comenzó a agitarse en convulsiones terribles, y a tomar su rostro espantosas figuraciones del dolor. En su cara el miedo vibraba como un grito. Y todo el cuerpo le temblaba con estremecimientos como de la fiebre. La mordaza tapaba su boca y la angustia de la asfixia contraía su rostro e hinchaba las grandes venas del cuello hasta ponerlas tensas y moradas, como gajos de arbustos... ¡Por los bordes de la mordaza, gritos estrangulados borbotaban, y con un babeo asqueroso, espumoso de saliva y de sangre, se le escapaban fragmentos de súplicas y maldiciones!...
¡Un hombre se fue sustituyendo por otro: caras negras que se ponían verdosas, violetas, rojo profundo; caras mulatas que se ponían pálidas, lívidas, y caras blancas, amarillas por la anemia, que en un esfuerzo desesperado adquirían un rosado de enfermedad!... ¡Y ojos, eternos ojos de angustia, inflamados por el esfuerzo, rojos por el llanto o la cólera, dilatados por el terror!... ¡Gritos ahogados por las mordazas, insultos abortados en la lengua estrujada por el cuerpo, sangre saltada de las encías por la rabiosa presión de los dientes sobre el taco!...
¡El grupo todo se agitó con estremecimiento aún más terrible cuando la evocación vino a completarse ante mis ojos, que comenzaron a ser los míos!...
Los mayores, los repulsivos mandantes, surgieron de las mismas bocas babeantes de los martirizados, cobraron vida real, se perfilaron sus figuras y sus rostros bestiales, y vi a Badell, a Domingo el Isleño, a Gómez Montero, a Durán, Oropesa, Cabodevilla, Chilango Morales, Walfrido y toda la siniestra cohorte de asesinos, acercarse a los presidiarios atormentados, tirárseles al cuello, estrangularlos, golpearlos brutalmente, arrojarlos contra las paredes y los pisos, mientras los infelices sangraban, impotentes para defenderse ni gritar siquiera...


 
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