|
|
Capítulo
LI
La mordaza
(continuación)
|
Al fin, una convulsión profunda me conmovió
y di un salto en la cama... Como ratas huyeron los asesinos,
pero ante mis ojos persistió la imagen de los
infelices atormentados con los rostros más conmovedores
que nunca, más imploradores también de
venganza...
Y se esfumaron poco a poco, como si se alejaran, y sus
quejidos se fueron diluyendo en el silencio pensativo
de mi imaginación atormentada.
Los recuerdo bien. Su aparición fue para mí
como un mandato de mí mismo, y haré que
la ignominia caiga sobre los asesinos. Es todo cuanto
yo puedo hacer.
|