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El que quiera conocer otro país,
sin ir al extranjero, que se vaya a Oriente; que se
vaya a las montañas de Oriente donde está
el Realengo 18 y en donde se extienden otros, como el
de Macurijes, el de Caujerí, El Vínculo,
el Bacuney, Zarza, Picada, Palmiján y algunos
más. Que se vaya a Oriente, a las montañas
de Oriente. El que quiera conocer otro país.
Que monte en una mula pequeña y de cascos firmes
y se adentre por los montes donde la luz es poca a las
tres de la tarde y los ríos, de precipitado correr,
se deslizan claros por el fondo de los barrancos, con
las aguas frías como si vinieran del monte.
Allí encontrará no sólo una naturaleza
distinta, sino también costumbres diferentes
y hasta hombres con sentido diverso de la vida.
Y, aunque acaso a un occidental no le sea grato, encontrará
también el orgullo de una historia considerada
como propia; la satisfacción de que no haya río
por el que no hubiera corrido sangre mambí, ni
monte donde no pueda encontrarse el esqueleto de algún
héroe.
El viaje al Realengo
Pero no es fácil llegar al Realengo.
No es fácil ni aun en tiempos de la seca.
Cordillera tras cordillera van dejando en las cimas
los más fértiles valles de Cuba; pero
las pendientes suelen ser vertiginosas y, corriendo
el agua de las montañas por el fondo, los caminos
se encharcan con el paso de las bestias y como el sol,
detenido por las enramadas que cruzan de árbol
a árbol, no llega al suelo, jamás se secan
los pasos. Pero en épocas de las lluvias, cuando
caen esas densas e interminables cortinas de agua que
sólo se precipitan en las montañas, los
caminos se ponen intransitables hasta para las arrias
de valientes mulitas que se clavan en el fango hasta
los ijares.
Y estos son los únicos caminos que hay para ir
al Realengo 18. Porque en tren se puede llegar hasta
la Lima, hasta Cumira, Jurisdicción, Carrera
Larga, Manantial, Ermita, Belona, Palmarejo, Sabanilla
y Marimón; pero de esos "puntos" hay
que partir a pie o a caballo. Y según sea el
barrio del Realengo al que uno quiera dirigirse puede
escoger el lugar de partida. Yo, presumiendo que ya
Lino Álvarez y su gente se encontraban en Los
Ñames, partí de Cuneira en Chivo, el caballo
del gallego Hipólito, que se lo alquila a cualquiera
por un peso y hasta conseguí de paso unas botas
horribles, capaces de inflarle los pies a cualquiera.
Wilfredo Sir, el activo corresponsal de Ahora en Guantánamo,
que se encargó de repartir ejemplares de nuestro
diario entre los campesinos, me acompañó
en la excursión.
Por los montes
Por los montes cruzan los caminos, se
abren las trochas, se despliegan las veredas y se pierden
los trillos. Por los montes únicos que quedan
en Cuba pasa el caminante con el gusto del silencio;
porque la vista, ante la majestad de la naturaleza espléndidamente
salvaje, transforma su sentido y la pupila se convierte
en paladar: el paisaje gusta, sabe maravillosamente.
Por el fondo de los barrancos se oye el rumor de los
arroyos precipitados; hay, a pesar del fuerte sol de
las lomas, una grata penumbra bajo los árboles
enormes, y ni aun al mediodía se siente el ardor
solar; la tierra, de una feracidad inaudita, no pierde
una pulgada para producir, y por el tronco de los árboles
centenarios suben las enramadas; tupen las selvas los
bejucos, y de tarde en tarde, cuando más se nota
el gran silencio del monte, salta la grotesca carcajada
de la guacaica, como una canción de burla.
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