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I
El escenario
(continuación)
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De vez en cuando, sobre algún
palo se hace el dormido algún traidor chipojo,
cazador de insectos. Cerca de las nubes no vive el mosquito
y por eso, a pesar de la humedad de las lluvias, se
puede cruzar por las montañas sin temor a las
picadas. En medio de tanta exuberancia de la vida vegetal
aparecen los parásitos de curujeyes, caquelus
y orquídeas sencillas que arraigan en los árboles.
Las amplias hojas de la enredadera de macusey cubren
a veces los gigantes troncos; algunas veces la invencible
robustez de los caguairanes ha sido abatida por el rayo
o por el tiempo y entonces las enramadas van subiendo
el tronco hasta que lo cubren todo y queda el árbol
como un adorno funerario de estupenda majestad y belleza.
Alguna palma real que ha encontrado donde germinar,
se eleva hasta lo más alto en competencia con
los jobos de gigantescas proporciones y los mandacapullos
de troncos como las ceibas. El jubabán, el dagame,
los cedros, las majaguas, y dispersas caobas, se arraigan
en la tierra dirigiéndose al cielo con ímpetu
de luchadores de potencia igual. Se aprietan los árboles
unos contra otros y en los espacios libres las lianas
se enredan, se unen y le hacen a la sierra una cabellera
imponderable. Por los caminos florecen en umbelas, los
guacos, y hay montes enteros con color de miel.
De trecho en techo los montunos han ido construyendo
sus bohíos y a su alrededor cultivan la flor
de pascua, variedades infinitas de cálifas y
crotos y algunas enredaderas de bugambyl o de hipomea.
Luego, cuando el monte se aclara un poco para descender
a los valles cultivados, bordean los caminos millones
de aguinaldos florecidos; millones de campanillas de
fififi y de campanas moradas y blancas campanitas rojas
que esmaltan los bejucos de las cercas. Sobre las lomas,
algunas veces, se levanta la corona de las ceibas que
acostumbradas a su elegancia, hacen esfuerzos no siempre
fructuosos por destacarse en medio de un monte de gigantes
del mundo vegetal. Y vuelan los sinsontes, los cernícalos,
los pericos, los mayitos y, allá más lejos,
por "Monte Ru", cuentan que el ruiseñor
encanta la selva con sus cantos.
Este es el monte donde está el Realengo. Quien
quiera ir a un país distinto y más bello,
que vaya allá; que consiga un caballo y trepe
por las lomas. Que cruce el José Grande y el
Jaibo y suba luego a la Yúa, La Doncella, Manacar,
La Lechuza, o el Mirador y se acueste luego en la noche,
bajo las estrellas, sobre un tronco tendido de caguairán
y dormirá entonces donde tantas veces habrá
dormido el majá, cazador de jutías.
Pero si alguien quiere subir a las lomas en son de guerra,
que tenga mucho cuidado. Que por allí Flor Crombet
y Guillermón Moncada y Periquito Pérez
y Antonio y José Maceo, hicieron filigranas con
sus machetes contra los mausers de los españoles!
Que tenga mucho cuidado el que quiera subir a las lomas
en son de guerra, porque detrás de un indomable
caguairán un hombre, con su rifle puede hacerle
frente a diez, sin miedo a las balas; y al paso por
las cañadas una sola ametralladora puede acabar
con mil hombres!... Que no tenga mucha fe en los aeroplanos
quien quiera subir en son de guerra a las montañas,
porque allí hay cuevas capaces de ocultar a quinientos
rebeldes y, por último, que piense quien quiera
arrojar de allí a los montunos que ellos son
también como árboles de su monte, que
están arraigados a la tierra de tal modo, que
ellos son tierra también; que nada hasta ahora
ha podido arrancarlos de allí y nada podrá
nunca hacerlos salir de aquello, que guarda toda la
historia de sus miserias y de sus luchas; de su vida
sencilla; de su valor legendario! Saben que son también
árboles del monte y prefieren morir desgarrados
en él, en medio de la salvaje esplendidez de
la naturaleza, a morir de anemia y de hambre en un "trasplante"
forzoso a los ridículos parques ingleses que
son los pueblos y ciudades a donde tendrían que
irse a pedir limosnas. ¡Ellos, que no la reciben
más que de la tierra y el cielo!
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