Testimonios

 

REALENGO 18
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I
El escenario

(continuación)

De vez en cuando, sobre algún palo se hace el dormido algún traidor chipojo, cazador de insectos. Cerca de las nubes no vive el mosquito y por eso, a pesar de la humedad de las lluvias, se puede cruzar por las montañas sin temor a las picadas. En medio de tanta exuberancia de la vida vegetal aparecen los parásitos de curujeyes, caquelus y orquídeas sencillas que arraigan en los árboles. Las amplias hojas de la enredadera de macusey cubren a veces los gigantes troncos; algunas veces la invencible robustez de los caguairanes ha sido abatida por el rayo o por el tiempo y entonces las enramadas van subiendo el tronco hasta que lo cubren todo y queda el árbol como un adorno funerario de estupenda majestad y belleza. Alguna palma real que ha encontrado donde germinar, se eleva hasta lo más alto en competencia con los jobos de gigantescas proporciones y los mandacapullos de troncos como las ceibas. El jubabán, el dagame, los cedros, las majaguas, y dispersas caobas, se arraigan en la tierra dirigiéndose al cielo con ímpetu de luchadores de potencia igual. Se aprietan los árboles unos contra otros y en los espacios libres las lianas se enredan, se unen y le hacen a la sierra una cabellera imponderable. Por los caminos florecen en umbelas, los guacos, y hay montes enteros con color de miel.
De trecho en techo los montunos han ido construyendo sus bohíos y a su alrededor cultivan la flor de pascua, variedades infinitas de cálifas y crotos y algunas enredaderas de bugambyl o de hipomea. Luego, cuando el monte se aclara un poco para descender a los valles cultivados, bordean los caminos millones de aguinaldos florecidos; millones de campanillas de fififi y de campanas moradas y blancas campanitas rojas que esmaltan los bejucos de las cercas. Sobre las lomas, algunas veces, se levanta la corona de las ceibas que acostumbradas a su elegancia, hacen esfuerzos no siempre fructuosos por destacarse en medio de un monte de gigantes del mundo vegetal. Y vuelan los sinsontes, los cernícalos, los pericos, los mayitos y, allá más lejos, por "Monte Ru", cuentan que el ruiseñor encanta la selva con sus cantos.
Este es el monte donde está el Realengo. Quien quiera ir a un país distinto y más bello, que vaya allá; que consiga un caballo y trepe por las lomas. Que cruce el José Grande y el Jaibo y suba luego a la Yúa, La Doncella, Manacar, La Lechuza, o el Mirador y se acueste luego en la noche, bajo las estrellas, sobre un tronco tendido de caguairán y dormirá entonces donde tantas veces habrá dormido el majá, cazador de jutías.
Pero si alguien quiere subir a las lomas en son de guerra, que tenga mucho cuidado. Que por allí Flor Crombet y Guillermón Moncada y Periquito Pérez y Antonio y José Maceo, hicieron filigranas con sus machetes contra los mausers de los españoles! Que tenga mucho cuidado el que quiera subir a las lomas en son de guerra, porque detrás de un indomable caguairán un hombre, con su rifle puede hacerle frente a diez, sin miedo a las balas; y al paso por las cañadas una sola ametralladora puede acabar con mil hombres!... Que no tenga mucha fe en los aeroplanos quien quiera subir en son de guerra a las montañas, porque allí hay cuevas capaces de ocultar a quinientos rebeldes y, por último, que piense quien quiera arrojar de allí a los montunos que ellos son también como árboles de su monte, que están arraigados a la tierra de tal modo, que ellos son tierra también; que nada hasta ahora ha podido arrancarlos de allí y nada podrá nunca hacerlos salir de aquello, que guarda toda la historia de sus miserias y de sus luchas; de su vida sencilla; de su valor legendario! Saben que son también árboles del monte y prefieren morir desgarrados en él, en medio de la salvaje esplendidez de la naturaleza, a morir de anemia y de hambre en un "trasplante" forzoso a los ridículos parques ingleses que son los pueblos y ciudades a donde tendrían que irse a pedir limosnas. ¡Ellos, que no la reciben más que de la tierra y el cielo!


 
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