Testimonios

 

REALENGO 18
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III
Los protagonistas del Realengo

Gil Hierrezuelo

Fue Jaime, un comunista, quien me habló de este hombre silencioso que es el Vicepresidente de la "Directiva". Tanto él, como Tomás Pichardo, son hombres de la ciudad y conservan todavía, a pesar de diez años de estancia en el monte, unos amarillentos sombreros de pajilla de un viejo estilo.
A Gilito, como le dicen allí, hace falta tratarlo más para conocerlo, porque es hombre de pocas palabras. Sé por él mismo, sin embargo, que fue tabaquero en Santiago de Cuba, pero un día se metió en el monte y en él lleva más de diez años, viviendo de la tierra. Como tabaquero, tiene alguna cultura y él fue uno de los autores del "Reglamento" de la Asociación. Y el vicio de ser campesino se ha adueñado de tal manera de él, que no piensa volver a la ciudad.

Tomás Pichardo

Tomás Pichardo, es, pudiéramos decir, el "intelectual" de la Directiva. Fue en un tiempo telegrafista y yo no sé por qué camino llegó a la decisión, como Gil, de adentrarse en la montaña a vivir entre los campesinos con su modo rudimentario de vida, alejado de las máquinas, de los trenes y de los puertos. Tomás Pichardo es el Secretario de la Asociación y tiene una máquina de escribir portátil, en la que se redactan todos los manifiestos de la Asociación, que ya llegan al número de seis; y se hacen las comunicaciones a que la lucha legalista ha obligado a la Asociación. Tomás Pichardo, considera en alto grado la honradez de Lino Álvarez, que no es un hombre culto, pero que tiene el sentido de las cosas y de la acción. Por eso es el jefe.

Monguito

Monguito es Luis Castillo, un luchador comunista que, como Jaime Emaus, Almarco, Ferrer, Cristián, y algún otro, se ha sentido atraído por la posibilidad revolucionaria que entraña la lucha de los realenguistas por la tierra, y ha convivido con ellos y con ellos estuvo los días en que pareció que podía haber pelea, por lo que se ha ganado la estimación de los montunos, especialmente de Lino que lo considera un buen compañero.
Allí me lo encontré yo, con su suéter de la calle. Cuando brindaron un poco de café a nuestra llegada, al tocarle su turno le pasó la taza a Lino, que estaba al lado. "Tómesela usted, que aquí todo somos iguales", le dijo uno. "Pues por eso se la doy, -le contestó-. Si no fuéramos iguales no se la daría." Y a Lino le agradó la manera de considerar la igualdad. Pero por lo que más ha conseguido Monguito la estimación de los realenguistas es porque vive con ellos, sin ser campesino, con la sencillez campesina, sin ser jinete, trepa a las montañas con ellos, y se acuesta al sereno y estuvo dispuesto a pelear cuando la cosa se puso difícil.
Cada hombre en el Realengo tiene su interés: Víctor Nápoles Álvarez, el hijo mayor de Lino; Alfonso Viera, el arriero; Genaro Lahera, que siempre está haciendo frases chistosas; Rodolfo Martínez, un mulato habanero que pide que acuse en su nombre al bodeguero explotador, y José Pradas Barrios, con facultades oratorias, y muchos más, pero Lino Álvarez encarna el sentir de todos aquellos hombres y de toda aquella tierra. Su vida tiene el aliciente de la anécdota y del drama y de él me ocuparé con mayor extensión.

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