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III
Los protagonistas del Realengo
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Gil Hierrezuelo
Fue Jaime, un comunista, quien me habló
de este hombre silencioso que es el Vicepresidente de
la "Directiva". Tanto él, como Tomás
Pichardo, son hombres de la ciudad y conservan todavía,
a pesar de diez años de estancia en el monte,
unos amarillentos sombreros de pajilla de un viejo estilo.
A Gilito, como le dicen allí, hace falta tratarlo
más para conocerlo, porque es hombre de pocas
palabras. Sé por él mismo, sin embargo,
que fue tabaquero en Santiago de Cuba, pero un día
se metió en el monte y en él lleva más
de diez años, viviendo de la tierra. Como tabaquero,
tiene alguna cultura y él fue uno de los autores
del "Reglamento" de la Asociación.
Y el vicio de ser campesino se ha adueñado de
tal manera de él, que no piensa volver a la ciudad.
Tomás Pichardo
Tomás Pichardo, es, pudiéramos
decir, el "intelectual" de la Directiva. Fue
en un tiempo telegrafista y yo no sé por qué
camino llegó a la decisión, como Gil,
de adentrarse en la montaña a vivir entre los
campesinos con su modo rudimentario de vida, alejado
de las máquinas, de los trenes y de los puertos.
Tomás Pichardo es el Secretario de la Asociación
y tiene una máquina de escribir portátil,
en la que se redactan todos los manifiestos de la Asociación,
que ya llegan al número de seis; y se hacen las
comunicaciones a que la lucha legalista ha obligado
a la Asociación. Tomás Pichardo, considera
en alto grado la honradez de Lino Álvarez, que
no es un hombre culto, pero que tiene el sentido de
las cosas y de la acción. Por eso es el jefe.
Monguito
Monguito es Luis Castillo, un luchador
comunista que, como Jaime Emaus, Almarco, Ferrer, Cristián,
y algún otro, se ha sentido atraído por
la posibilidad revolucionaria que entraña la
lucha de los realenguistas por la tierra, y ha convivido
con ellos y con ellos estuvo los días en que
pareció que podía haber pelea, por lo
que se ha ganado la estimación de los montunos,
especialmente de Lino que lo considera un buen compañero.
Allí me lo encontré yo, con su suéter
de la calle. Cuando brindaron un poco de café
a nuestra llegada, al tocarle su turno le pasó
la taza a Lino, que estaba al lado. "Tómesela
usted, que aquí todo somos iguales", le
dijo uno. "Pues por eso se la doy, -le contestó-.
Si no fuéramos iguales no se la daría."
Y a Lino le agradó la manera de considerar la
igualdad. Pero por lo que más ha conseguido Monguito
la estimación de los realenguistas es porque
vive con ellos, sin ser campesino, con la sencillez
campesina, sin ser jinete, trepa a las montañas
con ellos, y se acuesta al sereno y estuvo dispuesto
a pelear cuando la cosa se puso difícil.
Cada hombre en el Realengo tiene su interés:
Víctor Nápoles Álvarez, el hijo
mayor de Lino; Alfonso Viera, el arriero; Genaro Lahera,
que siempre está haciendo frases chistosas; Rodolfo
Martínez, un mulato habanero que pide que acuse
en su nombre al bodeguero explotador, y José
Pradas Barrios, con facultades oratorias, y muchos más,
pero Lino Álvarez encarna el sentir de todos
aquellos hombres y de toda aquella tierra. Su vida tiene
el aliciente de la anécdota y del drama y de
él me ocuparé con mayor extensión.
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