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Fragmento de Envidia de Adriano
(el poema que le da título):

 

Mis quebrantados pasos no agradecen

que laboriosa y fiel la primavera

a cada rama done su alegría.

Los rosáceos laureles se restauran

del largo invierno entre palmeras locas

de brisa y de calor mediterráneo.

Atenas se estremece con las luces

de una mañana donde me acompañas.

Sombra de mi ilusión, conmigo vienes

y sonríes con esa luz perdida

que mi ansiedad revive, mas conoce

en tu amor la irreparable muerte.

Llegamos a esta puerta, me la indican

tu distancia y desdén, las sordas huellas

de un fervor que en su dolor fenece

aunque conmigo va, hábito triste,

bagaje roto, itinerario arduo.

Los siglos que cantaron la leyenda

aquí apresada en mármoles y emblemas,

no aguardarán esquivos la fragancia

de tu cuerpo y el mío, aquellas noches

tan brevemente nuestras, cuando todo

era sorpresas, tiemblos y caricias.

Frente a ajenas parejas conmovidas

que entrelazan sus dedos y ansiedades

te tengo en soledad contra mi pecho,

apretado vacío, inexistencia.

Mira por mí la luz que anima el valle,

columnas crea entre columnas ciertas

y el verde amarillea, el rojo enciende

para que aquel amor de nuevo crezca.

Aquí al emperador rindieron culto

y al nombre de Antínoo, su fiel entrega,

su juvenil gracejo y su vehemencia.

La bienamada Atenas, tan distante,

guardó la gracia en mármoles y escalas,

templos, lagos, recodos nunca hollados

por la tenue sandalia del amigo.

Amor de rey y siervo, ¿cuál primero

señorear supo el corazón del otro?

Los amantes aquí no conocieron

la fuerza del silencio compartido

ni el abrazo después de la batalla,

pero todos cantamos esa dicha,

calor inmemorial, marca en el tiempo

de los cuerpos que estremeció la noche

extendida por siglos y suspiros

y goces obsequiados a sus nombres.

Entrecruzadas líneas recorrimos,

mares y mundos por caer contritos

ante este memorial que retó el tiempo,

eternizó el amor, burló el olvido.

Cuando labios ansiosos se juntaron

vida dieron de nuevo a los que un día

en delirantes gestos la exaltaron.

Huérfano de los tuyos, olvidado

de tu gentil sonrisa y de tu aliento,

te me invento, fantasma de mis dudas,

te veo y miro y toco en el silencio.

Antínoo no gozó de estas ofrendas

ni su perfecto cuerpo supo entonces

que era dios en la tierra de sus padres.

Adriano no probó de estos naranjos,

su regio manto no cubrió esta losa

ni su altivo pensar cuidó el intento

de aquel ansioso pino inadvertido

que pugna por la luz y por la brisa

entre zarzas y piedras del camino.

No imaginó mi trémula mirada,

esta solemne envidia que me embarga

ante la inmarcesible persistencia

de su abrazo en la muerte y en la queja.

Adolorido en su pesar terrible,

amor llorando por su amor perdido,

quizás no supo la candente herida

que da el amor que muerto tiene vida.

Con denuedo imperial lanzó sus huestes

a renovadas guerras y campañas,

ordenó que arquitectos y escultores

exaltaran el bello cuerpo amado,

las noches y los días compartidos

en requiebros, gemidos y cuidados.

Su férrea voluntad, su orgullo fiero,

su impotencia y dolor le aconsejaron

que el aguerrido amor de sus soldados

devolviera en espejos la ternura

que el efebo le dio, mas no era el mismo.

Al vivaquear, el cántico, la espera,

entre batallas y arduas contingencias,

cual viento generoso repartieron

la risa, el tacto, tantas añoranzas

que persistente llanto fueron luego,

cuando la soledad lo acorralaba.

Multiplicó su amor en sus legiones,

ritos, votivas llamas, ordenanzas,

mas no recuperó la dulce calma

que la presencia de Antínoo le daba.

Carros enardecidos del imperio,

parloteo soez de los soldados,

sudor de erguidos cuerpos obsequiados

en el juego, el lecho y la batalla,

la ebriedad del banquete y el discurso

inflexible, llegada la venganza

contra quienes herían el recuerdo

del amante perdido y exaltado,

no aquietaron el ánimo dolido.

Si la implacable carne le ordenaba

el roce de otra, sólo el torpe vino

disfrazar supo tan macabra farsa,

mueca de ciego, música de sordo,

pues el pecho prendado se quejaba.

Cuando la amable manta cubrió el sueño

que insípido desfogue propiciara

como la leña que consume el fuego,

el simulacro se desvanecía,

la mascarada ante el horror cedía.

Dolido del vacío de tu ausencia,

cómo asumo matices de esa historia,

qué insondable soledad me llega

de estas colinas, majestuosa nada

en mármoles pulida, piedra en piedra,

desfiles, ceremonias, sacrificios,

sin encontrar la mano deseada

en la fiebre, la noche y el reposo,

suaves honores que el amante daba,

más dulces que el aplauso tribunicio,

más firmes que el acero de su espada

para fundar la vida y apreciarla.

Qué pobre el rico emperador lloroso

en su tienda vacía, delirando

frente al tiempo frenético, callado

ante la muerte que su amor rendía

y el reclamo insensato de la vida.

Ay de su dulce sueño y su extravío,

colmados de palacios y riquezas,

burlados por la cruel e ingrata parca.

Ay de mí, también muerto en desvarío

que aleja tu favor y que me deja

la vasta soledad de tu escapada.

Yo también giro en vértigo doliente,

ausente voy, tan solo en compañía

como el emperador omnipotente.

Se unen las paralelas en el tiempo,

el impávido mármol glorifica

su amor evaporado, pero el mío

vacío andante deja, mi desvelo,

sensible soledad multiplicada.

El sol apenas roza los contornos

de este fulgor cantado por columnas

rotas como el placer desvanecido,

perdidas en la hoguera de los tiempos

como especias de funerarios ritos.

Mi torpe amor no halla la respuesta

definitiva de la muerte, loco

de tanta pausa cruel y esquiva suerte

y tanto ya no estás y tanto grito.

Mis pasos reconstruyen esa angustia,

espejo torturante cuando a solas

recorro el tiempo de un amor eterno

frente a la ingrata brevedad del mío,

tan olvidado y trunco, escarnecido.

 

Atenas, 13-14 de junio, 1991