7/7
Al parecer, has abandonado el cuento,
pues a partir de la publicación de Miel
sobre hojuelas tus publicaciones han sido en
el terreno del testimonio, la Novela, e incluso, la
biografía. ¿Puedes darme algunas razones?
Ni yo mismo me lo explico. Ha dejado
de interesarme en el plano personal, para escribirlos,
pero los disfruto si están bien construidos.
Ya en mi primera Novela los cuentos aparecen como
integrantes de un conjunto. Algunos antologados en
diferentes países, en particular "Elvira en
su blusa roja", de gran éxito. Pienso que arribar
a la Novela, que es un género de gran complejidad
y exigencia, se te convierte en una meta, casi una
obsesión. Ya sé que algunos tienen en
el cuento su respiración, y proponerles la
Novela sería violentarlos. Hace poco García
Márquez nos habló de dos libros de cuentos
en los que trabaja al unísono, alternándolos
con sus memorias, ya vemos que no es asunto de novatos.
En 1993 escribí un relato, "La mujer impenetrable".
Ganó el Premio "Juan Rulfo" de Radio Francia
Internacional. Lo llevó a escena el realizador
cinematográfico Orlando Rojas y me reveló
aspectos casi mágicos de mi texto. Como me
gusta la narración breve, no te sorprenda que
alguna vez vuelva por esos rumbos.
Un viejo amigo español, escritor
también, me expuso una vez una teoría
sobre las tipicidades que cada país mostraba
como joyita para la curiosidad del extranjero. En
el caso de Cuba hablaba de tres: el ron, el tabaco
y el Che. Curiosamente, otras de tus búsquedas
creativas se hallan en el campo de la biografía.
Primero una bien conocida sobre el Che y ahora sobre
el tabaco. Creativamente, como escritor de otros géneros,
¿qué te atrae de este?
Mi generación conoció
la trayectoria del Che en su momento, antes de que
llegara a logotipo de camisetas deportivas, y me duele
que se le paree al ron y el tabaco. El libro a que
te refieres, Che comandante, nació
a la semana de su muerte, no fue solo mío,
sino de un colectivo de autores, una entrega especial
de la revista Cuba. Ninguno de nosotros lo
hubiera escrito solo. Estábamos en la ebullición
del sentimiento guerrillero y del dolor por su pérdida.
Recuerdo que mi último fragmento lo terminé
al amanecer, junto a Roque Dalton, apuntalados por
una botella de scoth, mientras González
Bermejo esperaba en la redacción, apremiado
por la entrega inmediata. Luego escribí otros
capítulos y salió en Ediciones Diógenes,
de México, que dirigía Enmanuel Carballo,
donde agotó nueve o diez ediciones. Visto desde
hoy, cuando tantas cosas se conocen de los acontecimientos,
parecerá ingenuo. No lo he vuelto a leer. No
es que prefiera escribir biografías -sí
leerlas-, pero a nada me niego, al final todo me interesa.
Una de las tareas más difíciles para
un escritor es adquirir informaciones complejas y
organizarlas sin que resulten una friolera de datos.
En ese sentido, El bello habano fue una
prueba. Ambos libros fueron trabajos diametralmente
opuestos. En mi trabajo periodístico, con seudónimos
o sin firma, hice de todo, incluida una crónica
sobre la inseminación artificial que Meri Lao
recogió en su sabroso libro Cuba ride,
en Italia, sin saber que era mía. Contaba el
descalabro de un inseminador con una vaca que cayó
en "falso celo" porque se enamoró de él,
se ponía cachonda cuando se acercaba en el
sidecar.
Confesaste en un encuentro de narrativa
en Sancti Spiritus que te fascinaba la Novela picaresca.
¿En qué sentido tu última Novela,
Al cielo sometidos, premio
"Italo Calvino" acá en Cuba y ahora
publicada en Italia, sigue los pasos de esa casi ancestral
tradición hispana? ¿Qué puntos
unión tiene con tu obra anterior y con el asunto
"lo cubano"?
Mi relación con la picaresca
es muy vieja, en apasionadas lecturas y hasta en mi
enfoque de la cotidianidad. Si aprendes a tener una
visión pícara de algunos sucesos, esquivas
el agobio. La picaresca literaria le abrió
compuertas impensadas a la narrativa española.
Arribó a nuestras playas en las naves de Cristóbal
Colón. Existe una línea picaresca en
nuestros escritores, ya criollos, cuando tuvieron
voz propia, para zafarse el fardo eclesiástico
y el empaque ceremonial de la colonia, su burocracia
ineficaz, el almidón llevado a las costumbres.
La picaresca animó el desarmante choteo de
que nos hablara Mañach, la prosa periodística
y hasta los discursos de Raúl Roa. Palpita
en buena parte de lo escrito por Carpentier, que la
valoró mucho. Su Concierto barroco
es un juguete picaresco logradísimo. Tras el
parabán culterano, Lezama mostró su
lado pícaro en largos fragmentos de Paradiso,
carcajada sardónica que asoma en sus metáforas,
incluidas las escenas sexuales que inquietaron a los
pacatos. Sin una valoración de la picaresca
no se podría entender Electra Garrigó,
de Piñera. El condimento picaresco le
aporta subrayado a las Novelas policíacas de
Padura Fuentes, las rocambolescas maratones sexuales
de Pedro Juan Gutiérrez. Es decir, entre los
escritores cubanos lo picaresco condimenta lo uno
y lo otro. Tanto en Siempre la muerte, su paso
breve como en La fiesta de los tiburones,
es el elemento que rompe el dramatismo o que caracteriza
los personajes. En Al cielo sometidos he
querido rendir homenaje a la línea picaresca
de la literatura, al tratar un tema particularmente
español: la austeridad de Isabel la Católica
y el horror inquisitorial de Torquemada, vistos desde
un burdel. Me ha servido la recreación de un
lenguaje sabichoso, sentencioso, de doble sentido,
sin que pierda hondura, pues, a fin de cuentas, no
es una comedia, sino lo contrario. La picaresca, en
este libro agarrada como el toro, por los cuernos,
se vincula a cuanto he escrito hasta ahora.
En los últimos tiempos se
habla mucho, y creo que muchas veces con absoluta
superficialidad, de la identidad nacional defendida
desde la cultura en una época donde se impone
el lenguaje de la globalización (término
que también, usualmente, tiende a analizarse
desde una sola perspectiva: la fatalista). ¿Hasta
qué punto puede incidir un escritor, un intelectual
con su obra, en la defensa de esa identidad, sobre
todo si seguimos el criterio de muchos de que esa
defensa tiene que ver muy poco con lo individual y
sí mucho con una estrategia social, en este
caso en el terreno de la cultura?
El asunto de la identidad va más
allá de ceremoniales grandilocuentes y declaraciones
altisonantes. El mejor modo de defenderla es vivirla.
Conozco a quienes molesta el pueblo cubano, sus expresiones,
lo aprecian poco, pero se lanzan en parrafadas sobre
la defensa de la identidad. ¿De cuál
identidad me hablan? ¿Cómo representar
una cultura que no se vive? Y claro que el asunto
de la identidad es completamente individual. ¿Será
de "la masa" acaso? Esa masa está hecha de
individuos. Sí, por supuesto que hay demasiada
cáscara en el parloteo sobre la identidad.
El aporte del escritor nacerá de sus páginas,
no de sus discursos para la galería. ¿Cómo
defender la identidad cubana? Siendo realmente cubano.
Eso significa vivir Cuba, gozar y padecer con ella,
en ella, sin pretender un iluminado alejamiento de
la realidad, y estar avisado ante los impostores.
El escritor, antes que todo, es un individuo, un ciudadano.
La escritura es un don y un castigo,
aseguró Whitman. ¿Cómo ha asumido
el ser humano que es Reynaldo González al escritor,
al intelectual que es Reynaldo González?
A nuestra edad hemos comenzado un nuevo
romance, como una reconciliación, para dejar
de ser tres y, al fin, fundirnos en uno solo.
7/7