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Siempre escuché hablar de
Reynaldo con afecto. Conozco a muchas personas del
mundillo intelectual y todas hablan de él con
respeto y cariño. Conozco a muchas personas,
y esto incluye a gente de diferentes grupos y tendencias,
jóvenes y ya no tanto, sin embargo, todos coinciden
en que Reynaldo González es "tremendo tipo".
Pero por ser "tremendo tipo" (la frase es, específicamente,
de Jorge Luis Arzola) a nadie se le hace una entrevista.
Primero hay que tener una trayectoria literaria y
periodística envidiable. Segundo, escribir
una Novela como Al cielo sometidos . Tercero, ganarse
el Premio "Italo Calvino" y que la Novela se traduzca
al italiano. Cuarto: que esa misma Novela integre
el listado de los libros galardonados con el Premio
Nacional de la Crítica Literaria. Y quinto:
ser tremendo tipo y que la gente hable de uno con
cariño y respeto. ¿Esa es tu naturaleza
o te has propuesto ser un personaje querido y admirado
por todos?
No creo que resultar querido sea una conquista, sino
un regalo al que debemos responder con igual premio.
En mi caso, como dices, debe ser por mi naturaleza,
o que en el fondo, pese a dificultades -que las he
padecido-, estoy a bien conmigo mismo. Cierto que
sin ser blando, no cultivo enemigos, aunque nada impide
que los tenga. Ellos saltan al camino, a buscar o
inventarse enemistades porque rumian sus propias insatisfacciones.
Por etapas nuestro cotarro se muestra enfermo por
las filias y las fobias de quienes se improvisan cortesanos
y resultan andaveidiles, o como los calificaría
un personaje de Al cielo sometidos , breteros.
Intentan lucrar en situaciones imprecisas, adular
a quien da destinos, manipular espacios vacíos,
organizar capillas, erigirse magísteres
de grupos que se creen vanguardistas o avanzados
pero solo consiguen municipalizar el ambiente. Logran
enrarecerlo, aunque luego se aclara, a pesar de ellos.
Como ves, los tengo calibrados: no merecen enemistad,
sino compasión. Es una sabiduría ya
sintetizada en versos de la sepultura de una señorona
camagüeyana, Mercedes Rondón, citada por
Severo Sarduy en una Novela: ...sólo te
inmortaliza / el mal que tú economizas / y
el bien que puedas hacer . Cuando llegas a esa
conclusión, soslayas la malevolencia. Eso sin
poner la otra mejilla, por supuesto. Lo demás
es paisaje.
Yo siempre digo que en La Habana nadie es de La
Habana, pero en realidad fue una sorpresa descubrir
que tú eres de Ciego de Ávila. ¿Cómo
y cuándo Reynaldo se traslada a la capital,
específicamente en qué circunstancias?
Te sorprendes porque practico el sano deporte de integrarme
para captar las circunstancias. La historia que pides
puede resumirse: fui fundador y dirigente de la Asociación
de Jóvenes Rebelde en Ciego de Ávila,
y de la Juventud Comunista en Camagüey. Debí
dejar el cargo para seguir mi derrotero y mi vocación.
Ya escribía mi primer libro - Miel sobre
hojuelas, cuentos- y, con cierto amateurismo,
en el camagüeyano periódico Adelante.
Me ofrecieron la conducción del tabloide
Pueblo y Cultura , que pronto llevé
a revista. Ese trabajo exigió que me mudara
a La Habana en 1962. Aquí hallé profesionales
muy generosos, que me abrieron puertas y me comunicaron
elementos del oficio, como los fraternales Enrique
de la Osa y Fernando Campoamor. Ya sabes que soy autodidacto,
a mucha honra, como diría un gitano legítimo.
Una de mis alegrías recientes fue saber que
los colegas escritores de mi natal Ciego de Avila,
ciudad a la que dediqué dos libros -la Novela
Siempre la muerte, su paso breve y el relato
testimonial La fiesta de los tiburones -,
abandonaron injustificadas reticencias y me nominaron
para el Premio Nacional de Literatura. Si alguna vez
lo obtengo, lo tendrán como suyo. ¿A
la quinta llegará la vencida?
Fuiste jefe de redacción de Pueblo y Cultura
y de Revolution et/and Culture y jefe de la plana
cultural de Revolución, publicaciones de una
importancia vital para la cultura cubana. ¿Cómo
recuerdas esa época?
La recuerdo como una época formadora, que para
mí todas lo son. En Pueblo y Cultura
mis "empleados" eran Onelio Jorge Cardoso y Félix
Pita Rodríguez. Nunca ocupé mi flamante
silla de redactor jefe. Ellos tuvieron mucha paciencia
conmigo. Alterné la conducción de Pueblo
y Cultura con la plana de Revolución
-ofrecida por De la Osa- y comencé a
escribir en cuanto órgano de prensa me invitaba:
Bohemia, Hoy, Unión,
La Gaceta de Cuba, luego la revista Cuba,
que dirigía Lisandro Otero, Casa de las
Américas, Granma, El Caimán
Barbudo y Juventud Rebelde , periódico
al que he vuelto en mi tercera edad con una sección,
"Desde mi proa", un tanto atravesada porque sale los
miércoles, el día del medio. Aprendí
la grandeza y la humildad del periodismo mientras
ensayaba la literatura y saboreaba la manera en que
ambos oficios se integran y enriquecen. Escribí
de todo, desde crítica literaria hasta reportajes
sobre la industria azucarera, los piratas del Caribe
y la inseminación artificial. Sobre eso recuerdo
un artículo didáctico que titulé
"Eran las tres de la tarde cuando inseminaron a Mamita".
Años después lo vi recogido en una antología
italiana del humor cubano. Virgilio Piñera
publicó mi libro Miel sobre hojuelas
en Ediciones Erre. Manuel Moreno Fraginals y José
Luciano Franco me pastorearon en investigaciones históricas
cubanas, que siempre me han seducido. Odilio Urfé
me haló por la oreja para que escuchara la
verdadera música de Cuba y conociera a sus
intérpretes. José Rodríguez Feo
puso en mis manos los libros imprescindibles para
no ser un presuntuoso ignorante. Mi trabajo de editor
me acercó al inmenso Alejo Carpentier. Fui
amigo de Nicolás Guillén, luego de José
Lezama Lima. Algunos hallazgos benéficos de
aquella época: mi amistad con Leo Brouwer,
Tomás Gutiérrez Alea, René Portocarrero,
Luis Martínez Pedro, Raúl Martínez,
Umberto Peña, Luc Chessex y otros que junto
a mis congéneres literatos dieron razón
entrañable a mis días. Como ejercía
el periodismo cultural, fui conociendo a la buena
y apasionante gente que arma la cultura cubana, de
la música, el teatro y la danza a la pintura.
Sus vidas se entrecruzaron con la mía, respirábamos
el mismo aire, gozábamos y padecíamos
los mismos placeres y sinsabores. Fueron años
de privilegio, que agradezco y no olvido.
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