—¡Al ladrón! —gritó
un viejo asomado a una mesa de zapatero.—
¡Al ladrón! —repitió,
sin que acudieran en su auxilio.
Con gran esfuerzo se desembarazó de sus
instrumentos, guardó la faena en una alacenilla
de pared, cerró la puerta y se amarró
la faltriquera, en lo que gran cuidado puso, antes
de correr a la vía. Había derrochado
tiempo, su vista no tropezó con quien lo
birló, rápido en agarrar, ensacar
y huir. Escaseaban viandantes a la hora en que los
más se recogían, la plaza ofrecía
su aspecto más desolado, al centro el rumor
de una fuente de caño estrecho y enfrente,
bajo un soportal, un mozo a quien de largo sabía
ensimismado en trucos de naipes, aprendizaje de
vagabundos sin más oficio que pasar las horas.
Inútil será preguntarle el derrotero
de quien me arrebató la mercancía
del mostrador, razonó el viejo, será
testigo mudo, como los de su calaña, amparados
en la inquina y la complicidad. Un gesto de impotencia
coronó su rodeo, aseguró que todo
estuviera en orden, dio por terminada la jornada
y se alejó pesaroso bajo el resplandor del
mediodía.
No había doblado el cantón de un
ángulo cuando asomó el ladrón
ajustándose unos zapatones que a todas vistas
le quedaban grandes. Gran sigilo aplicó en
mirar en derredor, antes de escabullirse. Pero el
de los naipes levantó un pie, lo hizo tropezar
y rodar por tierra. Con presteza de fiera le cayó
encima, se enredaron en una riña que resultó
breve. El ladrón fue más ágil,
se revolvió y ganó distancia para
apuntar a su agresor con un metal curvo. El de los
naipes no se arredró:
—¿Quieres los zapatos para andar o
para navegar? —se zafó el tajo, estremecido
por una carcajada—, debiste buscarlos a tu
pie, metiste la mano sin pericia.
—El remendón tenía más
ojos para mi hurto que para su lezna, agarré
al tanteo, lo que pude —se quejó el
ladrón al envainar el arma—. En cuanto
a pericia, ya que haces de alguacil ¿dónde
dejaste tus barajas?
En vano registró su bolsa, admirado de la
ligereza del contrario que en la trifulca, sin que
lo sintiera, le había sacado el mazo.
—Quien ha oficio ha beneficio —rió
el ladrón—. No seré bueno en
despojar zapateros, pero en meter los cinco para
sacar los diez, pocos me aventajan.
—Dios te dio una gracia que a mí me
niega —el tahúr recuperó sus
naipes—. Lo mío es el pillaje en pueblos
costeros adonde llegan hombres escorados como barcos.
Si los arrimo al tapete, los limpio.
—Sin excederte pones justicia en este mundo,
habilidades que no me fueron dadas. Otras tengo
para aliviar la carga ajena, la necesidad es mi
brújula. Antonio me llaman, nacido en Ávila.
—¿Es nombre o mamparo?
—Bastante esfuerzo me da esconder la mano
después del hurto para, además, trocarme
el nombre.
—Es que Antonio también me llaman,
pero de Extremadura.
No sería el mejor principio para una amistad,
pero así se conocieron dos que llevaban igual
prisa en hallar refugio. Se dieron las manos y anduvieron
un trecho, sin destino, al acecho de librar condumio
en Palos, puerto de mala pesca, con parroquianos
más resecos que el desierto. En esquinas
de fonduchos e iglesias esquivaron la inclemencia
del viento nocturno, unas veces se atuvieron a labores
de estiba, otras como aguadores, las más
pasaron en blanco, o con hartazgos en frutales de
las cercanías. Huían de un tiempo
trabajoso, cuando mucho cargaron las aguas, crecieron
los arroyos y las vías se trajinaban con
pesar. Ascender roquedales para esquivar el camino
trillado, costumbre de quien lleva al adversario
en los talones, les dio tiempo a cambiar razones
de vida. Cada uno contó sus artimañas
para escapar del hambre y seguir a la incógnita
del día siguiente. Les fue creciendo la confianza
de quienes poco arriesgan y todo tienen por ganar,
sin proponérselo sintieron que una corriente
de simpatía los dominaba.
—Esto se va a ir al santo carajo —dijo
mil veces Antonio el de Extremadura, muletilla que
marcaba su desconfianza—. Me arrastré
por planicies onduladas, oteros, montes bajos, tierras
de labor, pinares, caminos donde topé una
roñosa cristiandad, todos contra todos en
una vida que es martirio. Les medí la intención
sin que me embrollaran en pasos de justicia, de
los que me salvé no por cumplido, sino por
bellaco. Para arrimar el bocado aprendí a
contrariar preceptos, más me tentó
lo torcido si insistían con rigores, la disciplina
puede ser justa pero no llena las tripas.
Habían llegado a una casa de putas que les
encomiaron por discreta y guardada, aunque más
de uno la conocía. El olor a coño
en ofrecimiento lo siente el hombre a varias leguas,
como los machos de la jauría olfatean a la
hembra en celo, razonó el de Ávila.
Con aquellos pensamientos por bártulo se
plantaron ante la dueña, doña Remigia,
mujer de voluntad sin regreso, que conocía
su negocio como pocas. Pidieron algo de vino y se
acodaron a observar el sitio. Esperaban lo peor,
pero fue como si los convocara la suerte. La estancia
comenzó a llenarse de hombres deseosos de
perder la angustia que les obsequiaba la intemperie.
Refugio buscaban en la casa de una matrona de buena
ley, con sus putas despiojadas, retoque en los rostros,
llenos de color los labios, blanqueados los pechos
y faldones a media alza, para que mejor apreciaran
la oferta.
—Desenfadadas en el hacer y discretas en
el decir, como corresponde a señoras de mancebía
—recitó doña Remigia, saco de
sentencias ganadas en una vida larga. A su tono
sermonero tendrían que acostumbrarse, a los
círculos que dibujaba con las manos y un
movimiento lento entre las mesas.— Dar placer
y engordar la bolsa es oficio de cuidado. Educamos
a unos, mantenemos cumplidos y reposados a los otros.
Si estamos en falta ante el rigor de los cielos,
no para su infinita misericordia. El Creador concede
un escape a la maldad metida en la sangre de los
hombres, por alguna parte deben desfogar y le pareció
más conveniente de la cintura abajo. En cuanto
a nosotras, les recuerdo que Dios escribe recto
con renglones torcidos, habrá que descifrar
los Evangelios, en la cuenta de todas las cuentas
nos librará de cargos. Fue aviso que una
puta, María Magdalena, ganara sitio entre
seres de nombradía.
1/2