La feliz muchacha
subió con él la loma.
Hacía puchas de flores silvestres y estaba sostenida
de la alegría
del amanecer, de los pétalos que enloquecía
el aire blanco. A veces
le apartaba con sus voces, pero estaba llena de deliciosos
grititos
de asombro, y en la cueva tuvo su mano.
Quería descansar en un valle de un verde muy profundo,
le dijo.
Le habló de la luna, cómo es el romper del primer
norte sobre los
campos costeños.
Entonces recobraba la fuente de las amadas, que la hizo
incomparable reina de las errancias
en el tiempo frío cuando entra su lento rojo, alimento
de los
mismos sentidos;
silencio en las cañas, humedad, nocturno inmóvil,
algún pájaro,
luna serenísima:
su azul vago, su historia de oro, su pobre tristeza.
La muchacha no quiso dormir y sí conversar en un parque
del
pueblo.
POEMAS
Yerba
Aprende la lección
de la yerba,
echa tu hoja.
Ella ignora si aprovechará su trabajo
y echa su hoja verde.
No se pregunta si vendrá el poeta
a cantarla,
a comer de sus verdes para dar esperanzas.
Si vendrán los amantes
a reposar sobre sus palacios.
Echa su hojita verde.
No sabe si la comerá el cordero
o el diente de la nieve.
No oye la palabra polvo,
no entiende la palabra estéril.
Echa su hojita verde.
Ah, no soy una yerba:
puedo echar mi hojita verde
pero sé que los cuervos no la comen
ni el león, ni la sierpe.
Echo mi hojita.
Quizás una hormiguita cansada
a mi sombra reposará,
quizás una lombriz errabunda
eluda al buitre bajo mi verde.
Y si no viene nadie
¿qué culpa tengo yo de echar mi verde
como si viniera el orbe a comerlo?
El niño
Yo no busco
el palacio
Lujoso,
Los altares de oro:
Yo
Busco
El hogar humildísimo
Y en él a un niño.
En ese niño está
Mi dios mortal,
Pidiéndome:
Ayúdame,
¿no ves que soy
un niño?
Sea un dios
o sea un dragón
Futuro:
¡Es un niño que me mira!
Ven a mi pecho,
hijo,
Mis brazos necesitan abrirse,
Aunque abracen quimeras.
Junio 4/79
Manantiales del aire
Limpio florecer
de mayo
al fresco anuncio del oro:
el aire con su tesoro
del más colorido rayo.
Cimbra un rojo guacamayo
el silencio de la sierra.
Por las lomas la luz yerra
con sus joyas de la mano,
regándolas en el llano:
ciega de amor por la tierra.
A
mi oficio
A mi
escribir cantando me refiero
laborioso y tranquilo: me entretiene
las impedidas horas y sostiene
un hálito de honor donde me esmero
por ser fiel, por ser hombre verdadero,
velado de la luz que le mantiene
el tiempo en su flor real, donde no viene
sino rumor de signo valedero.
…Ah, quedará mi torre, mi silueta,
del arte lento y solo de alma suma,
donde la mano se aproxima y reta
con inhábil dibujo de su espuma
la furia de la mar, terco poeta—
disuelta entre la ruina de la pluma.
Recuento
Nada más puedo ser,
ayúdame tarde;
un caminante oscuro por la orilla
otoñal del agua,
ayúdame agua;
una canción perdida siempre
bajo un árbol apenas visible,
ayúdame árbol;
un ojo de niño condenado,
un enfermo que vaga sin ruta,
ayúdame errancia;
un poeta
de puro sortilegio,
un tan vago sonido cayendo:
ayúdame verso;
un amor que ha encendido los fuegos
de oro, del joven oro:
Ah, vasto
campo, tiempo tan bello
monótono cayendo en mi pérdida
fría, acude ¿puedes
calentarme como una transida doncella
con tiernas pausas, correspondencias turbadas,
con pensamientos con el sueño de la yerba,
entrando en locura jubilosa
como llama vasta y santa, canto
vívido, honor del mundo?
Ah, cuerpo
mío, condenado suave,
alma de mi cuerpo, sola de mi cuerpo, pájaro
andando en un solo nido, su único
arrimo de pajas rotas, devuélveme, ayúdame:
hazte pacífico para que yo lo sea, restaura,
enloquece, suave, sonríe, heroico cae
en tu sórdido lecho noble si puedes.
Abril 11, 1956
(Muerte de mi madre)
NOVELA
La
jira descomunal. Capítulo XX. Fragmento.
La cuestión es hervir bien las raíces
y las hojas, el pescado les da su sabor y la gente come como
loco de esta sopa dijo Iliana.
Otilia González añadió:
Con el hambre el sabor es lo de menos, el hambre pone
el sabor.
El Chofer, a lo lejos, desde lo alto de un techo de ramas,
en una aldea recién comenzada a levantar por los náufragos,
les gritó:
Terminen la sooopa. ¡Pallá van cuatro hombreeeeees
a buscaaaaarlaaaa!
Aniano Frías, Abdon María Pérez, Ricardo
Soy y Redanio Aranas, aparecieron junto a Iliana y Otilia.
Venimos por la sopa pa' los que están en las
casas.
Y se llevaron el humeante caldero. Ileana y Otilia pusieron
nueva olla sobre tres piedras. Le introdujeron nuevas yerbas,
trozos de pescado y dos cubos de agua. A poco esta hervía.
Desde lo alto de los
árboles que les cobijaban, bandos de monos chillaban
y saltaban. Y multitud de pájaros trinaba, piaba, graznaba.
En el claro donde se levantaba el campamento seis hombres
velaban, rifle o metralleta en mano, listos a disparar contra
cualquier fiera que intentara asaltarles. Un joven indio,
de pequeña estatura, cazaba monos con su cerbatana
envenenada. El Chofer había dispuesto ahorro de balas.
El
poeta culto Hermes Blanco, escribía páginas
que juzgaba importantes sobre la vida salvaje. Eladio Ortas,
valiéndose de un palo pesado de aguda punta, abría
hoyos en el suelo, donde echaba semillas arrancadas a la selva
que le envolvía. Le imitaban una docena de personas,
que formaban la brigada de siembra, comandada por Felipe Dueñas,
cuya larga práctica de agricultor le daba autoridad
indiscutida.
Máximo
Arcibiello, Francisco León, Evaristo Valdivié
y Nivio Esparraguera, pescaban en grupo, en el inexorable
turno de pesca, día y noche, que se había impuesto
desde el descubrimiento de sogas y anzuelos en la patana del
Damují.
Los
náufragos se habían organizado mucho desde el
mes y medio de su llegada a la selva. Al principio dormían
en el ómnibus si las noches enfriaban. Después
pasaron a tierra, para dormir sobre lo firme. Por el día,
siempre bajo la dirección del Chofer, se organizaban
para colectar frutas, hongos bayas, raíces y yerbas
que estimaban comestibles. Menos el anciano muertero, muy
quebrantado por el largo viaje, y el latifundista, de escasas
fuerzas musculares, el resto de los componentes del naufragio
estaban obligados a trabajar para sobrevivir. El producto
de las búsquedas se
repartía entre la comunidad. Nadie, si no los muy débiles,
estaban excusados de trabajar. Y el trabajo era divertido
y a nadie fatigaba.
Jaiba
Triste y el Mudo, siempre en compañía, al décimo
día de estancia en la nueva tierra conocieron una sorpresa
provechosa. Se inclinaba el Mudo a recoger de unos matojos
ciertas frutillas cuando divisó un indio, talludo,
tatuado, melenudo, con dos machetes a la cintura y una lanza
tosca a la diestra y nervuda mano. El Mudo se desprendió.
Pasó disparando frente a Jaiba Triste quien quedó
en suma lelilad ante hecho de tan malos presagios. No tuvo
mucho tiempo para seguir absorto. El mismo indio salvaje con
los dos machetes a la cintura se le plantó delante
lanza en ristre. Jaiba Triste se desprendió. El indio
corrió tras él. No habían recorrido mucho
en un trillo recovequeador en la profusa selva cuando ya les
rodeaban los vigilantes del campamento, arma en mano. El indio
tiró su lanza al suelo. Fue conducido ante el Chofer.
Como
nadie hablaba su lengua, los gestos se hicieron necesarios.
Se pudo saber que el indio venía persiguiendo un venadillo
cuando topó con el Mudo; que su tribu no se andaba
muy distante y que tenía muchos largos machetes como
aquellos que portaba, lanzas y armas de fuego y que era guerrera
y agresiva.
Se
deliberó largo sobre los informes del indio. Se acordó,
en primer lugar,
que se le despojase de sus machetes, muy necesarios para cortar
gajos y aún pequeños árboles, para levantar
ranchos. Se acordó a su vez unos días más
para averiguar datos sobre la condición de la tribu.
Asimismo se tuvo a bien organizar una vela permanente de hombres
armados alrededor del naciente campamento. No se había
aprobado aún este ultimo acuerdo cuando llegó
Iliana, desde la cocina bajo los árboles, y gritó:
¡No!,
¡no! y ¡no! ¡Eso no! Porque los indios cogen dormíos
a los que velan. No hacen ruido. Se arrastran como majases.
Se cuelan adentro y nos matan a todos. Los blancos no tienen
oídos pa esos ruidos y siempre el indio los sorprende.
Lo sé por una novela radial donde se explicaba todo
eso. ¡Yo propongo que vayamos a dormir a la patana! Desde
allí se vigila mejor. Se oye y se ve, porque el agua
lo refleja todo. ¡Y si nadie me apoya yo me voy a dormir a
la guagua!
La
votación fue unánime para Iliana, con la reserva
de que inmediatamente se comenzara a construir una empalizada.
Una vez concluida esta, se dormiría en tierra. Aquella
noche el indio durmió en el ómnibus. Desde una
de sus ventanillas miraba melancólico el brillo de
la cercana selva húmeda.
Fue
despertado por el grito de Hermes Blanco:
¡Mal
rayo me parta! ¡Unas hormigas cabezonas me han comido las
poesías!
Nadie
le hizo caso. Arcibiello sonrió y se dijo:
"A mí, que canto décimas, para comerme
la poesía tendrían que comerme la cabeza."
CUENTO
La fascinación
del cerdo
Un puerco
se quedó mirando a un cocuyo que pasó sobre
su chiquero alumbrando el fango.
Ansioso, le siguió un largo tramo, viéndole,
fascinado, la luz verdeazulosa. Pero el cocuyo se perdió
de su vista.
De vuelta a su fangal, se decía el puerco tristemente:
Qué extraño bocado he perdido.
Asamblea mundial de pájaros
Las
aves se reunieron para hacer una Ley general por la paz, que
a todos protegiera.
Fue una gran asamblea. Vinieron pájaros de todas la
zonas del mundo. Aun las aves que habitaban en solitarios
peñascos, en las regiones polares, acudieron.
En medio
de la primera sesión se levantó la paloma rabiche
y dijo:
Proyecto de ley: el gavilán no podrá comerse
a mis hijos.
Se levantó el gavilán y dijo:
Esa ley destruye a mi raza. ¿Con qué nos sostendremos
si no de la fragante carne de la paloma?
Se levantó la mariposa y dijo:
Proyecto de ley: que el pitirre no coma más mariposas.
Se levantó el pitirre y respondió:
Amo las flores y cuando veo una mariposa volando pienso
en una flor con alas, y me tiro y la ensarto, y la devoro.
Y como saben a flor, nunca me entero que como mariposas.
Se levantó el aura tiñosa y dijo:
Proyecto de ley: que el pitirre no me pique más
la cabeza.
Se levantó el pitirre y replicó.
Soy un fanático de la belleza. La horrible cabeza
del aura excita mi ataque puro contra la fealdad.
Se levantó la paloma rabiche y dijo:
¡Amor, oh aves, amor!
Y el halcón que la miraba se dijo:
El amor es una rica pechuga…
La ciguapa, presidenta de la asamblea, callaba.
Se levantó el zunzún y dijo:
Hagamos la ley justa como la hace el hombre.
Se levantó la bijirita y dijo:
El hombre hace la ley que le conviene y nos mata.
Se levantó la gallina y dijo:
Proyecto de ley: que la lechuza no robe y mate a mis
pollitos.
Se levantó la lechuza y dijo:
¿Y con qué alimento a mis pichones?
La ciguapa dio dos golpes con una varilla de guamá
en una güira seca, para llamar al orden y dijo:
Se suspende la asamblea hasta el año próximo.
Los temas son profundos y tenemos que estudiar las soluciones
adecuadas.
Y las aves se esparcieron por toda la tierra.
La ciguapa en su nido, se dijo:
La labor es grande. Si se quiere la paz entre las aves,
hay que cambiar sus estilos de vida. Todas quieren la paz,
porque en general no hay ave que no esté amenazada
por otra. Hay que lograrla…
Y calló porque vio la sombra del gavilán cruzar
sobre el ateje donde estaba su nido.
PROSA
…nada de cuanto el verso lanza soy de veras ni me representa
cierto; jamás seré comprendido entero por nadie
que ame mi obra; mi obra es sangre y habilidad, misterio y
persecución de vida y de luz errante.
No quiero ser distinto de lo que amo.
No leáis apresuradamente porque hay letra minada.
Quizás el árbol espera en su semilla,
pero el hombre no espera en sus huesos.
¡No regresar / jamás! ¡Una / sola vez / bastó
para helarme!
Voz última
Espíritu
del paisaje, nombre y sol mío, de fino regocijo, sé
el día tú cuando el hombre siente su pureza
deshacerse, y la luz es amiga y el campo luce y se tiende
y flor y música ligera le circuyen. Sé fiel:
abre en mí las llaves deliciosas de un olvido, verdoso
y fragante.
Da alas. Borren tus festones mi cansancio de hombre aún
asombrado.
¡No dejes que muera yo muerte de mutuo desamor, muerte sin
rama ni río!