Faz
(II). Fragmento inicial

  Era de noche. Las mujeres de Ciego de Ávila cantaban canciones
criollas sentadas en sillones, por las aceras.
Entró al parque sin retreta;
miraba a las doncellas voltearse sonriendo.
Desde los pinos de los canteros chillaban unos pájaros prietos
cuyos blancos excrementos cubrían la flor de la mariposa. El
perfume y el pasar de las doncellas y los rostros extraños y lo
desconocido del lugar
le mareaban un poco. Vino un negrito que resultó tuberculoso,
que le pedía un vaso de leche,
y se fueron a comer pescado frito, a un kiosko mal iluminado,
en un rincón del parque. Poco después
llegó a un hospedaje con la bicicleta y el negrito.

El negrito fumaba bajo su mosquitero. Su ascua roja en la boca
iluminaba intermitente un rostro enigmático. Afuera
vio a la prostituta encendiendo un tabaco.
Ella le dijo: Disipo con esta yerba, tírale
un jaloncito: lo alto que te encarama.

La feliz muchacha subió con él la loma.
Hacía puchas de flores silvestres y estaba sostenida de la alegría
del amanecer, de los pétalos que enloquecía el aire blanco. A veces
le apartaba con sus voces, pero estaba llena de deliciosos grititos
de asombro, y en la cueva tuvo su mano.
Quería descansar en un valle de un verde muy profundo, le dijo.
Le habló de la luna, cómo es el romper del primer norte sobre los
campos costeños.
Entonces recobraba la fuente de las amadas, que la hizo
incomparable reina de las errancias
en el tiempo frío cuando entra su lento rojo, alimento de los
mismos sentidos;
silencio en las cañas, humedad, nocturno inmóvil, algún pájaro,
luna serenísima:
su azul vago, su historia de oro, su pobre tristeza.
La muchacha no quiso dormir y sí conversar en un parque del
pueblo.


POEMAS

Yerba

Aprende la lección de la yerba,
echa tu hoja.
Ella ignora si aprovechará su trabajo
y echa su hoja verde.
No se pregunta si vendrá el poeta
a cantarla,
a comer de sus verdes para dar esperanzas.
Si vendrán los amantes
a reposar sobre sus palacios.
Echa su hojita verde.
No sabe si la comerá el cordero

o el diente de la nieve.
No oye la palabra polvo,
no entiende la palabra estéril.
Echa su hojita verde.

Ah, no soy una yerba:
puedo echar mi hojita verde
pero sé que los cuervos no la comen
ni el león, ni la sierpe.
Echo mi hojita.
Quizás una hormiguita cansada
a mi sombra reposará,
quizás una lombriz errabunda
eluda al buitre bajo mi verde.
Y si no viene nadie
¿qué culpa tengo yo de echar mi verde
como si viniera el orbe a comerlo?


El niño

Yo no busco el palacio
Lujoso,
Los altares de oro:
Yo
Busco
El hogar humildísimo
Y en él a un niño.
En ese niño está
Mi dios mortal,
Pidiéndome:
Ayúdame,
¿no ves que soy
un niño?

Sea un dios o sea un dragón
Futuro:
¡Es un niño que me mira!

Ven a mi pecho, hijo,
Mis brazos necesitan abrirse,
Aunque abracen quimeras.

Junio 4/79


Manantiales del aire

Limpio florecer de mayo
al fresco anuncio del oro:
el aire con su tesoro
del más colorido rayo.
Cimbra un rojo guacamayo
el silencio de la sierra.
Por las lomas la luz yerra
con sus joyas de la mano,
regándolas en el llano:
ciega de amor por la tierra.
 

A mi oficio

  A mi escribir cantando me refiero
laborioso y tranquilo: me entretiene
las impedidas horas y sostiene
un hálito de honor donde me esmero
por ser fiel, por ser hombre verdadero,
velado de la luz que le mantiene
el tiempo en su flor real, donde no viene
sino rumor de signo valedero.

…Ah, quedará mi torre, mi silueta,

del arte lento y solo —de alma suma,
donde la mano se aproxima y reta
con inhábil dibujo de su espuma
la furia de la mar, terco poeta—
disuelta entre la ruina de la pluma.

   

Recuento

Nada más puedo ser,
ayúdame tarde;
un caminante oscuro por la orilla
otoñal del agua,
ayúdame agua;
una canción perdida siempre
bajo un árbol apenas visible,
ayúdame árbol;
un ojo de niño condenado,
un enfermo que vaga sin ruta,
ayúdame errancia;
un poeta de puro sortilegio,
un tan vago sonido cayendo:
ayúdame verso;
un amor que ha encendido los fuegos
de oro, del joven oro:

Ah, vasto campo, tiempo tan bello
monótono cayendo en mi pérdida
fría, acude ¿puedes
calentarme como una transida doncella
con tiernas pausas, correspondencias turbadas,
con pensamientos con el sueño de la yerba,
entrando en locura jubilosa
como llama vasta y santa, canto
vívido, honor del mundo?

Ah, cuerpo mío, condenado suave,
alma de mi cuerpo, sola de mi cuerpo, pájaro
andando en un solo nido, su único
arrimo de pajas rotas, devuélveme, ayúdame:
hazte pacífico para que yo lo sea, restaura,
enloquece, suave, sonríe, heroico cae
en tu sórdido lecho noble si puedes.

Abril 11, 1956

(Muerte de mi madre)



NOVELA

La jira descomunal. Capítulo XX. Fragmento.

—La cuestión es hervir bien las raíces y las hojas, el pescado les da su sabor y la gente come como loco de esta sopa —dijo Iliana.
Otilia González añadió:
—Con el hambre el sabor es lo de menos, el hambre pone el sabor.
El Chofer, a lo lejos, desde lo alto de un techo de ramas, en una aldea recién comenzada a levantar por los náufragos, les gritó:
—Terminen la sooopa. ¡Pallá van cuatro hombreeeeees a buscaaaaarlaaaa!
Aniano Frías, Abdon María Pérez, Ricardo Soy y Redanio Aranas, aparecieron junto a Iliana y Otilia.
—Venimos por la sopa pa' los que están en las casas.
Y se llevaron el humeante caldero. Ileana y Otilia pusieron nueva olla sobre tres piedras. Le introdujeron nuevas yerbas, trozos de pescado y dos cubos de agua. A poco esta hervía. Desde lo alto de
los árboles que les cobijaban, bandos de monos chillaban y saltaban. Y multitud de pájaros trinaba, piaba, graznaba.
En el claro donde se levantaba el campamento seis hombres velaban, rifle o metralleta en mano, listos a disparar contra cualquier fiera que intentara asaltarles. Un joven indio, de pequeña estatura, cazaba monos con su cerbatana envenenada. El Chofer había dispuesto ahorro de balas.

El poeta culto Hermes Blanco, escribía páginas que juzgaba importantes sobre la vida salvaje. Eladio Ortas, valiéndose de un palo pesado de aguda punta, abría hoyos en el suelo, donde echaba semillas arrancadas a la selva que le envolvía. Le imitaban una docena de personas, que formaban la brigada de siembra, comandada por Felipe Dueñas, cuya larga práctica de agricultor le daba autoridad indiscutida.

Máximo Arcibiello, Francisco León, Evaristo Valdivié y Nivio Esparraguera, pescaban en grupo, en el inexorable turno de pesca, día y noche, que se había impuesto desde el descubrimiento de sogas y anzuelos en la patana del Damují.

Los náufragos se habían organizado mucho desde el mes y medio de su llegada a la selva. Al principio dormían en el ómnibus si las noches enfriaban. Después pasaron a tierra, para dormir sobre lo firme. Por el día, siempre bajo la dirección del Chofer, se organizaban para colectar frutas, hongos bayas, raíces y yerbas que estimaban comestibles. Menos el anciano muertero, muy quebrantado por el largo viaje, y el latifundista, de escasas fuerzas musculares, el resto de los componentes del naufragio estaban obligados a trabajar para sobrevivir. El producto de las búsquedas se repartía entre la comunidad. Nadie, si no los muy débiles, estaban excusados de trabajar. Y el trabajo era divertido y a nadie fatigaba.

Jaiba Triste y el Mudo, siempre en compañía, al décimo día de estancia en la nueva tierra conocieron una sorpresa provechosa. Se inclinaba el Mudo a recoger de unos matojos ciertas frutillas cuando divisó un indio, talludo, tatuado, melenudo, con dos machetes a la cintura y una lanza tosca a la diestra y nervuda mano. El Mudo se desprendió. Pasó disparando frente a Jaiba Triste quien quedó en suma lelilad ante hecho de tan malos presagios. No tuvo mucho tiempo para seguir absorto. El mismo indio salvaje con los dos machetes a la cintura se le plantó delante lanza en ristre. Jaiba Triste se desprendió. El indio corrió tras él. No habían recorrido mucho en un trillo recovequeador en la profusa selva cuando ya les rodeaban los vigilantes del campamento, arma en mano. El indio tiró su lanza al suelo. Fue conducido ante el Chofer.

Como nadie hablaba su lengua, los gestos se hicieron necesarios. Se pudo saber que el indio venía persiguiendo un venadillo cuando topó con el Mudo; que su tribu no se andaba muy distante y que tenía muchos largos machetes como aquellos que portaba, lanzas y armas de fuego y que era guerrera y agresiva.

Se deliberó largo sobre los informes del indio. Se acordó, en primer lugar, que se le despojase de sus machetes, muy necesarios para cortar gajos y aún pequeños árboles, para levantar ranchos. Se acordó a su vez unos días más para averiguar datos sobre la condición de la tribu. Asimismo se tuvo a bien organizar una vela permanente de hombres armados alrededor del naciente campamento. No se había aprobado aún este ultimo acuerdo cuando llegó Iliana, desde la cocina bajo los árboles, y gritó:

¡No!, ¡no! y ¡no! ¡Eso no! Porque los indios cogen dormíos a los que velan. No hacen ruido. Se arrastran como majases. Se cuelan adentro y nos matan a todos. Los blancos no tienen oídos pa esos ruidos y siempre el indio los sorprende. Lo sé por una novela radial donde se explicaba todo eso. ¡Yo propongo que vayamos a dormir a la patana! Desde allí se vigila mejor. Se oye y se ve, porque el agua lo refleja todo. ¡Y si nadie me apoya yo me voy a dormir a la guagua!

La votación fue unánime para Iliana, con la reserva de que inmediatamente se comenzara a construir una empalizada. Una vez concluida esta, se dormiría en tierra. Aquella noche el indio durmió en el ómnibus. Desde una de sus ventanillas miraba melancólico el brillo de la cercana selva húmeda.

Fue despertado por el grito de Hermes Blanco:

¡Mal rayo me parta! ¡Unas hormigas cabezonas me han comido las poesías!
Nadie le hizo caso. Arcibiello sonrió y se dijo:
"A mí, que canto décimas, para comerme la poesía tendrían que comerme la cabeza."



CUENTO

La fascinación del cerdo

Un puerco se quedó mirando a un cocuyo que pasó sobre su chiquero alumbrando el fango.
Ansioso, le siguió un largo tramo, viéndole, fascinado, la luz verdeazulosa. Pero el cocuyo se perdió de su vista.
De vuelta a su fangal, se decía el puerco tristemente:
—Qué extraño bocado he perdido.

  Asamblea mundial de pájaros

  Las aves se reunieron para hacer una Ley general por la paz, que a todos protegiera.
Fue una gran asamblea. Vinieron pájaros de todas la zonas del mundo. Aun las aves que habitaban en solitarios peñascos, en las regiones polares, acudieron.
En medio de la primera sesión se levantó la paloma rabiche y dijo:
—Proyecto de ley: el gavilán no podrá comerse a mis hijos.
Se levantó el gavilán y dijo:
—Esa ley destruye a mi raza. ¿Con qué nos sostendremos si no de la fragante carne de la paloma?
Se levantó la mariposa y dijo:
—Proyecto de ley: que el pitirre no coma más mariposas.
Se levantó el pitirre y respondió:
—Amo las flores y cuando veo una mariposa volando pienso en una flor con alas, y me tiro y la ensarto, y la devoro. Y como saben a flor, nunca me entero que como mariposas.
Se levantó el aura tiñosa y dijo:
—Proyecto de ley: que el pitirre no me pique más la cabeza.
Se levantó el pitirre y replicó.
—Soy un fanático de la belleza. La horrible cabeza del aura excita mi ataque puro contra la fealdad.
Se levantó la paloma rabiche y dijo:
—¡Amor, oh aves, amor!
Y el halcón que la miraba se dijo:
—El amor es una rica pechuga…
La ciguapa, presidenta de la asamblea, callaba.
Se levantó el zunzún y dijo:
—Hagamos la ley justa como la hace el hombre.
Se levantó la bijirita y dijo:
—El hombre hace la ley que le conviene y nos mata.
Se levantó la gallina y dijo:
—Proyecto de ley: que la lechuza no robe y mate a mis pollitos.
Se levantó la lechuza y dijo:
—¿Y con qué alimento a mis pichones?
La ciguapa dio dos golpes con una varilla de guamá en una güira seca, para llamar al orden y dijo:
—Se suspende la asamblea hasta el año próximo. Los temas son profundos y tenemos que estudiar las soluciones adecuadas.
Y las aves se esparcieron por toda la tierra.
La ciguapa en su nido, se dijo:
—La labor es grande. Si se quiere la paz entre las aves, hay que cambiar sus estilos de vida. Todas quieren la paz, porque en general no hay ave que no esté amenazada por otra. Hay que lograrla…
Y calló porque vio la sombra del gavilán cruzar sobre el ateje donde estaba su nido.



PROSA

  …nada de cuanto el verso lanza soy de veras ni me representa cierto; jamás seré comprendido entero por nadie que ame mi obra; mi obra es sangre y habilidad, misterio y persecución de vida y de luz errante.


— No quiero ser distinto de lo que amo.

— No leáis apresuradamente porque hay letra minada.

— Quizás el árbol espera en su semilla, pero el hombre no espera en sus huesos.

— ¡No regresar / jamás! ¡Una / sola vez / bastó para helarme!

Voz última

Espíritu del paisaje, nombre y sol mío, de fino regocijo, sé el día tú cuando el hombre siente su pureza deshacerse, y la luz es amiga y el campo luce y se tiende y flor y música ligera le circuyen. Sé fiel: abre en mí las llaves deliciosas de un olvido, verdoso y fragante.
Da alas. Borren tus festones mi cansancio de hombre aún asombrado.
¡No dejes que muera yo muerte de mutuo desamor, muerte sin rama ni río!



Redacción Editorial: Virgilio López Lemus


Diseño: Evelio Rodríguez Figueredo

Actualizado: 27/05/02

 


Corrección editorial: Ruth Lelyen