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Introducción
(Este
es un fragmento de la Introducción que la Dra. Zoila Lapique
le hizo a su investigación Música Colonial Cubana
1812-1902, editada por Letras Cubanas en 1979) |
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El
entusiasmo de unos pocos lectores no eliminaba las dificultades
que tenían que vencer los editores para tirar una publicación
periódica con regular frecuencia. A esto se unían,
generalmente, los escasos recursos económicos de los publicistas,
que impedía, aún más, sostener cualquier
revista o periódico por mucho tiempo sin anuncios o lectores.
En consecuencia, la mayor parte de nuestras publicaciones tienen
una vida corta, que los editores a veces alargaban por la eliminación
de sus grabados —uno de los factores que las encarecían—
o la alteración de la periodicidad de las entregas o números,
antes que desaparecer definitivamente, ya que las suscripciones
no podían sostener a ninguna publicación científica
o literaria, por mucha calidad que tuviesen.
La
vida lánguida de estas revistas puede seguirse, paso a
paso, si revisamos cuidadosamente cada número desde el
optimista prospecto donde se anunciaban atractivos planes –grabados
de modas, música, retratos, etc.—, hasta la última
entrega con la coletilla de “cesará de publicarse
hasta nuevo aviso”. Y, aunque no todas las publicaciones
de ese período pueden mencionarse, por la baja calidad
de su material y lo efímero de sus vidas, en general estas
revistas tienen un valor extraordinario para el estudio y revalorización
de nuestra ciencia, literatura y, en especial, la poesía
y la música, pues en ellas aparecieron obras que, aunque
fragmentadas a veces por las entregas, son valiosos aportes que
se hubieran perdido o hasta quizás ignorado. Además,
debido a que las casas editoras de música no tuvieron generalmente
la preocupación de consignar fechas de publicación
en las piezas tiradas en hojas sueltas —sólo en ocasiones
el grabador dejaba constancia del año en la estampación
por medio del número de plancha— este catálogo
se hace el método idóneo para un estudio científico
y cronológico de nuestra música impresa. |
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Hasta
entonces, 1822, las piezas de música impresas eran importadas
de Europa o Norteamérica, especialmente de Madrid, París
o Filadelfia. Las reuniones en salones privados o en sociedades
de especialistas o aficionados —como la fue la de Santa
Cecilia, creada en 1816— recurrían a determinados
procedimientos de reproducción para obtener copias de las
piezas más gustadas: la copia manual o la impresa en el
extranjero.
Por
otra parte, los aficionados se hacían tan numerosos que
resultaba casi inaplazable la creación de un taller donde
imprimir tanto las composiciones propias, como los pasajes de
música favorita —a un precio mucho más bajo—,
para añadirlos a los álbumes de piezas musicales.
Y esta demanda del medio propició el comienzo de los empeños
litográficos en Cuba en la temprana fecha de 1822.
Ahora
bien, la aplicación inicial de la litografía en
la impresión de piezas musicales, tal como sucedió
en La Habana, no puede sorprendernos. Por el contrario, el descubrimiento
de Aloys Senefelder (1772-1834) había abaratado el costo
de las impresiones musicales en Europa, y no podemos olvidar que
el propio Senefelder hizo sus primeros trabajos litográficos,
de carácter comercial, copiando precisamente música:
las conocidas doce canciones de Gleisner. El éxito económico
fue tal que muy pronto las casas editoras del Viejo Mundo adoptaron
el reciente sistema de reproducción, y artistas y artesanos
que trabajaban en este moderno ramo buscaron otros campos adonde
llevarlo. Y La Habana, como plaza musical de consideración,
fue una de las ciudades favorecidas por aquéllos para dar
a conocer el descubrimiento artístico en tierras del Nuevo
Mundo.
Es
así que en el otoño de 1822 descubrimos establecido
en nuestra capital a Santiago Lessieur y Durand, pintor miniaturista,
nacido en Versalles, Francia, en el último tercio del siglo
XVIII, y residente en Cuba desde 1808. Su taller —donde
se editó el Periódico Musical— estaba instalado
en la calle Compostela, esquina a la de Amargura, y era nominalmente
conocido por Imprenta Litográfica de Música de Santiago
Lessieur o La Litografía de Música, o a veces, más
sencillamente, imprenta Litográfica o Litografía
de la Habana. Así se la menciona en los muchos anuncios
que aparecen en la prensa periódica de la época
(1822-1828) y en las ilustraciones de varios libros publicados
en estos años.
Como
réplica al esfuerzo editorial de Santiago Lessieur y Enrique
González, otros músicos —Antonio Raffelin
y Toribio Segura—- se asociaron en el referido año
de 1822 para sacar el Journal Músico. Confiaban los redactores
en que el público habanero no miraría con indiferencia
la salida de esta publicación, por ser “...naturalmente
inclinado a ella por su delicadeza”. En él se ofrecía
“...una pieza pequeña pero divertida, bien de canto,
bien de baile. Este papel saldrá de la Imprenta del Gobierno
dos veces al mes para piano, guitarra y flauta pues para los tres
instrumentos se admiten suscriptores en dicha imprenta”
(4).
También en 1822, Toribio Segura dio a conocer por medio
de la prensa que había recibido una colección de
música selecta para piano solo, de los mejores autores.
Incluía, además, esta colección, música
para violín, flauta, violoncello, con acompañamiento
de piano, y música militar. Se hallaba a la venta en el
almacén del señor Valloth, calle de la Obrapía
número 7, “... frente a la casa del señor
Marques de Cárdenas.”
En
1824, el mismo Toribio Segura persistía como editor musical,
además de compositor, y anunciaba a los aficionados habaneros
la publicación de una Cartilla desde el cristus, puesta
para canto con acompañamiento de pianoforte, o, en su defecto,
guitarra.
En
este año, aparentemente fracasado en su nuevo intento editorial,
Toribio Segura informaba nuevamente en la prensa de la época
la apertura de un salón de la música y baile en
nuestra ciudad, El Aguila de Oro, establecido en la Plaza de San
Francisco:
Estaba
compuesta de una sala y galería espaciosa. En la primera
se ejecutarán conciertos por artistas de un mérito
conocido y se cantarán diversas piezas de música
en español, italiano, francés e ingles, y en la
segunda, adornada al intento con la mayor elegancia, seguirá
luego el baile, que durara lo más hasta media noche (...).
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Un
periódico musical en Cuba: El Filarmónico mensual
(Este es un fragmento de un artículo de Zoila Lapique
aparecido en la Revista de Música del Departamento de Música
de la Biblioteca Nacional José Martí, en octubre
de 1961). |
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Investigaciones
sobre la vida del Filarmónico mensual
¿Pero
qué sabemos en concreto de este periódico? ¿Llegó
a publicarse? Si revisamos las bibliografías cubanas y
otros trabajos donde se estudia o menciona a la prensa periódica
en Cuba, nos encontramos que poco o nada se ha investigado sobre
él. Esto nos lleva a dividir en dos grupos las investigaciones
de los bibliógrafos e historiadores que citan títulos
de periódicos aparecidos en Cuba en el periodo de 1811-1812.
Estos grupos son: 1ro:, aquellos que omiten a “El Filarmónico
Mensual” y, 2do., los que lo mencionan.
Entre
los del primer grupo tenemos: Jacobo de la Pezuela que en sus
dos obras: “Ensayo Histórico de la Isla de Cuba”
y en “Historia de la Isla de Cuba”, omite a “El
Filarmónico”, a pesar de los numerosos títulos
de periódicos que cita.
Lo mismo sucede con José María de la Torre en su
trabajo “Lo que fuimos y lo que somos ó La Habana
Antigua y Moderna”, en el capítulo que dedica a la
prensa periódica.
Adolfo
Dollero en su obra: “Cultura Cubana”, en el capítulo
“Apuntes sobre la introducción de la imprenta”,
no lo menciona.
En
igual caso nos encontramos al revisar el trabajo de Joaquín
Llaverías “Contribución a la Historia de la
Prensa Periódica”.
Aurelio Mitjans en su “Historia de la Literatura Cubana”,
es otro que también omite el nombre de “El Filarmónico”
cuando menciona los títulos de los periódicos surgidos
en el año de 1811-12. Pertenecientes al segundo grupo,
están aquellos que mencionan al “Filarmónico”.
Revisando en primer término la obra de Bachiller, este
nos dice:
“...“El
Filarmónico Mensual” se publicó un número
mensual como lo indica el título en la casa de D. Esteban
Boloña. En él se publicó una cartilla de
los principios para aprender el arte de la música (anunciado
en El Frayle pag. 240 y es el único anuncio que contiene)...”
Esta nota para nosotros indica que “El Padre de la bibliografía
cubana” no tuvo este periódico en sus manos y que
solo registró su existencia bibliográfica a través
del anuncio insertado en el “Frayle”.
Las
razones que tenemos para sustentar esto son las siguientes:
1ro.
Bachiller omite el subtítulo del periódico “Cartilla
primera para aprender con facilidad el arte de la música”
que aparece en la portada del periódico.
2do. Omite el nombre del editor (que firma con las iniciales M.M.)
y que también aparece en la portada del periódico.
3ro. Hay imprecisión de datos en cuanto a números
publicados y nombre del editor, cosa que contrasta notablemente
con la cita precisa del anuncio publicado en “El Frayle”,
donde leemos:
“...NOTA:
Sin embargo de que no corresponde al plan de este periódico
el anuncio de noticias, a solicitud de un amigo insertamos el
siguiente aviso:
Los
suscriptores al Filarmónico mensual acudirán a recoger
[el] número correspondiente al mes de mayo que contiene
una cartilla de los principios para [apren]der con facilidad el
arte de la música explicada en dos láminas. Se vende
en la imprenta de D. Esteban de Boloña y en el despacho
del papel sellado. El que quiera suscribirse [de]xará el
[nom]bre y número de su habitación...”
Esta
noticia fue un hecho insólito en el “Frayle”
y llamó poderosamente la atención de Bachiller a
tal punto que citó al “Filarmónico”
–que era el periódico anunciado— en su “Catalogo
Razonado”. Las razones de amistad que alega El Frayle para
incluirlo, pudimos comprobarlas cuando encontramos en su número
XXVI, una interesante carta de M.M. (editor del Filarmónico)
que tiene mucho de política y nada de música y en
la cual dice lo siguiente :
“Señor
Frayle: ¿Sabe V. lo que se dice por ahí de su periódico?
Dos cosas, la primera que aunque V. responde a su modo al discurso
de El Patriota Americano sobre las instituciones religiosas no
se hace V. cargo de las respuestas que él va dando a sus
números; y que este silencio algo significa. La segunda
que a que viene haberse V. metido con los francmasones? ...Yo
como soy su amigo, he creído de mi obligación poner
en su noticia estas cosas, para que, si V. puede, tape las bocas
que así hablan, y si no, allá se avenga V. Queda
de V. su amigo, M.M.”
Quizás
piensen algunos que esta carta bien pueda ser de otro que utilizara
idénticas siglas, pero en cuanto veamos la respuesta que
recibió en las paginas de “Frayle”, las dudas
se desvanecen. La carta dice así:
“...Señor
M.M. Doy a V. las espresivas gracias por el interés que
toma por mi reputación. Y en contestación a su muy
favorecedora, digo: que desde el principio me propuse no interrumpir
mi periódico contestando chocarrerías, tales como
las que se imprimieron contra su prospecto y prefacio, las cuales
harán eternamente el deshonor a sus autores...de V... El
Frayle.”
Desde
luego que los redactores de “El Patriota Americano”
no iban a dejar escapar esta oportunidad para rebatir a su enconado
enemigo y contestaron la respuesta de “El Frayle”
al señor M.M., aunque no mencionan a este sino de una forma
muy velada.
Esta nota aparece bajo el titulo: “Para el Frayle todo no
ha de ser silencio aunque con él mucho se diga...”
y en ella, en su primera parte, “El Patriota” expresa
su creencia de que con motivo de los días de cuaresma,
dejaría el Frayle su tono mordaz, satírico y venenoso
y añaden en el segundo párrafo: “Mas por desgracia
hemos encontrado en todos sus números y particularmente
en el último el mismo autor que dictó el prefacio
con los mismos sentimientos, las mismas ideas repetidas, las mismas
simplezas, parvuleces e inanidades, las mismas sátiras,
y sobre todo, el mismo odioso conato de irritar nuestro amor propio...”.
Hasta aquí los dardos cruzados entre M.M., “El Frayle”
y “El Patriota Americano”.
Volviendo a nuestra búsqueda bibliográfica para
perfilar la vida de “El Filarmónico Mensual”,
nos encontramos con que Carlos M. Trelles en su “Bibliografía
Cubana del Siglo XIX”, no registra este periódico,
cosa que sólo hace muy posteriormente cuando en un trabajo
publicado en la Revista Bibliográfica Cubana, dice: “El
Filarmónico Mensual, El Habana, Impr. de Boloña
1812 (Mayo) doce números. Fue el primer periódico
musical de Cuba y la fundó el habanero Francisco Ríos”.
En esta nota breve, Trelles ofrece tres datos bibliográficos
de importancia no mencionados en anteriores trabajos:
1ro.
Número de cartillas publicadas; 2do., el nombre de su editor
y, 3ro. la identidad y nacionalidad de este.
Pero, ¿pueden tomarse estos datos como ciertos, confiando
en que provienen de un bibliógrafo como Trelles? ¿De
qué fuentes tomó este los informes?
Trataremos
de analizar con cuidado cada uno de ellos para desentrañar
la verdad y llegar al por qué de lo afirmado por Trelles.
Primeramente,
él afirma que se publicaron doce números y sobre
esto podemos afirmar que solo hemos encontrado la huella de DOS
NÚMEROS pertenecientes respectivamente, a los meses de
mayo y junio. La investigación realizada a través
de los anuncios publicados en los periódicos de la época,
arroja lo siguiente:
1ro.
El editor del periódico publicó el anuncio de su
proyecto en el mes de marzo aunque no editó el primer número
hasta dos meses después, es decir, en el mes de mayo.
2do.
En el primer párrafo de su contestación a “Al
Apasionado a la armonía” el propio M.M. reconoce
que solo tenía “tres suscriptores y uno en promesa”,
lo que indica que tendría grandes dificultades económicas
para poder editarlo pues era un hombre pobre según sus
propias palabras. En cuanto a los anuncios que mencionan los números
que se editaron, encontramos uno que apareció en el Diario
de la Habana el 7 de Mayo de 1812 donde se lee: “AVISO.
A los suscriptores del Filarmónico Mensual, acudirán
a recoger el número correspondiente a este mes de mayo,
y si continúan en la suscripción, se servirán
dexar el apunte de sus casas para llevarles el segundo número.
El que ahora se publica comprende una cartilla con los principios
más esenciales para aprender con facilidad la música,
demostrada con dos láminas. En el prospecto y en el número
620 de este Diario está la probada necesidad de unos principios
metódicos para todos los aficionados a la música.
Se
vende esta cartilla en la imprenta de D. José Esteban Boloña,
y en el despacho del papel sellado...”
No
se produce otra noticia hasta el 22 del propio mes, cuando en
el mismo Diario de la Habana aparece bajo el epígrafe “Impresos”,
la siguiente nota: “En la imprenta de D. Esteban Boloña
se hallará el número uno del Filarmónico
mensual, con láminas...”
Como
ya dijimos, esas noticias publicadas en el “Diario de la
Habana”, seguramente sorprendieron a los lectores poco habituados
a periódicos de esa naturaleza, por esa época. Pero
no sería menor el asombro experimentado por los lectores
de “El Frayle”, cuando al día siguiente (23
de mayo) apareció el anuncio que pasaría a ser mencionado
en el trabajo de Bachiller.
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La
periferia habanera
(El fragmento de este capítulo esta extraído de
la edición en español del libro de María
Luisa Montalvo “La Habana Historia y Arquitectura de una
Ciudad Romántica, editado por The Monacelli Press en el
2000, y en el que la Dra. Zoila Lapique colaboró junto
a Alicia García Santana. Este capítulo fue uno en
los que más trabajó). |
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Nuestra
errante villa de San Cristóbal de La Habana, finalmente
asentada en la costa norte, al este de su bahía, hace cuatrocientos
setenta y nueve años, dio vida a poblados más jóvenes
que, al paso del tiempo, se convertirían en la periferia.
Con el crecimiento de La Habana también surgieron barrios
nuevos, como el Cerro, El Vedado, Marianao y la Víbora.
La periferia habanera es su territorio circundante, donde aparecieron
pueblos o ciudades con una fisonomía urbana diferenciada
y estable, en comparación con 1a Habana metropolitana;
poblaciones que, aún en la actualidad, mantienen su independencia
física y territorial, y no pasaron a ser parte de la Gran
Habana, propiamente dicha.
Es
posible que la historia de este proceso se iniciara el 8 octubre
de 1607, cuando Felipe III de España firmó en Madrid
una Real Orden en virtud de la cual se dividía la Isla
de Cuba en dos gobiernos; uno, en La Habana, en la costa norte,
y otro, en Santiago de Cuba, en la costa sur de su extremo oriental.
No convenía, decía el Rey, que estuviera el gobernador
–como de hecho lo estaba-- ausente de esta importantísima
ciudad y puerto. La villa de La Habana tendría jurisdicción
sobre un vasto territorio que comprendía, por el oeste,
los puertos de Mariel, Cabañas y Bahía Honda, y
por el este, hasta la bahía de Matanzas –aún
no estaba fundada la ciudad— extendiéndose hasta
cincuenta leguas “de longitud la tierra dentro y por la
mar de una y otra parte”. La Real Orden proponía
que se titulara Gobernador y Capitán General de la Isla
de Cuba y de la dicha ciudad “...como se han titulado hasta
ahora los que han sido de toda la Isla”. El gobernador de
Santiago de Cuba estaba supeditado al de La Habana. Sin embargo,
las villas de Trinidad, Sancti Spiritus y la población
de San Juan de los Remedios no quedaron sujetas a los gobiernos
de Santiago o de La Habana, y fueron regidas por sus cabildos.
Desde entonces se les conoció como “Las Villas”.
Con
esa orden el Rey trataba de defender la Isla de los ataques de
corsarios y piratas que infestaban nuestras costas y, sobre todo,
frenar el intenso comercio de contrabando que enemigos de España
hacían el territorio cubano, con perjuicio para la Corona.
La Habana, a partir de ese documento, comenzó otra etapa
de su vida, al quedar bajo su gobierno tan extensos territorios,
en los que pronto comenzaron a levantarse viviendas y rústicas
viviendas que, con el decursar del tiempo, serían asientos
de poblados.
En el siglo XVII se crearon poblaciones en el interior del territorio
habanero, en lo que se ha llamado “el corazón rural
de la región”. La notable movilidad de los primeros
pobladores, quienes se mudaban continuamente en búsqueda
de mejores tierras para establecerse, dio lugar a la formación
de caseríos y villas. El proceso de ocupación territorial
estaba relacionado ton las actividades económicas entonces
predominantes: el ganado, en haciendas, y el tabaco, en las vegas.
El primero, por su carácter de explotación extensiva,
tendía a la dispersión demográfica; el segundo,
por el contrario, concentraba a la población campesina.
Existían, además, estancias agrícolas situadas
en lugares de valor económico. En las cercanías
de La Habana también surgieron poblados por la necesidad
de suministrar alimentos a la ciudad cabecera y cuya ubicación
dependió en gran medida de su proximidad a las vías
de comunicación existentes entre La Habana y su hinterland,
a fin de facilitar la exportación de los productos por
elpuerto.
Estos
poblados surgieron de manera espontánea, sin responder
a una planificación previa, y adquirieron reconocimiento
jurídico gracia de la Iglesia Católica representada
por el obispo don Diego Evelino de Compostela, quien, en las postrimerías
del siglo XVII, funda numerosos curatos y erige otras tantas iglesias.
Compostela llegó a Cuba el 17 de noviembre de 1687 y, desde
el primer momento, emprendió obras de reforma en su episcopado,
las que, por su carácter, tardarían anos en ejecutarse
y que, dada su importancia, le sobrevivieron. Entre esas obras
cabe enumerar numerosas escuelas de primeras letras; el Seminario
de San Carlos y San Ambrosio, para la educación eclesiástica;
el primer colegio de niñas de La Habana; los conventos
de Santa Catalina y Santa Teresa; el hospital para convalecientes
del convento de Belén; las iglesias del Cristo y del Ángel.
En la zona rural fundó las parroquias de Santiago de las
Vegas, San
Miguel del Padrón, Jesús del Monte, San Antonio
del Río Blanco, Guamacaro, Macuriges Guamutas, La Hanábana,
Guanajay, Santa Cruz, Consolación, San Julián de
los Güines, Batábano, Guane, Pinar del Río
y el santuario de Regla, en un pueblecito situado al otro lado
de la bahía de La Habana.
Excepcional
fue la fundación de Guanabacoa, pueblo de indios que, desde
el siglo XVI, se organizó cercano al puerto de La Habana.
Quedó en el olvido hasta 1555, cuando Jacques de Sores
atacó la ciudad y el gobernador, sus familiares y el resto
de los vecinos se refugiaron en Guanabacoa, palabra aborigen que
significa “sitio de aguas”, A partir de entonces,
la villa fue asiento de una población de origen español,
y los indios desaparecieron paulatinamente. En el siglo XVIII
la ciudad crece y se desarrolla, con lo cual se convierte en una
población de importancia.
En
el setecientos, junto con el nacimiento espontáneo de algunos
poblados, se crearon otros, por el interés de ricos hacendados
habaneros, llamados “villas de señorío".
Son los casos de Bejucal, Santa María del Rosario, Jaruco
y San Antonio de los Baños.
San
Felipe y Santiago del Bejucal fue fundada por el capitán
don Juan Núñez de Castilla. Por Real Cédula
del 29 de abril de 1713, el Rey aprueba la fundación de
la ciudad "...en una localidad llana y saludable, á
la falda meridional de la inmediata sierra también llamada
de Bejucal y al pie de otras lomas más bajas”. Era
preciso que el fundador construyera la iglesia parroquial y donara
cuatro caballerías de sus tierras para repartirlas entre
30 pobladores con sus familias. A cada uno de estos se le concedería
un solar para la construcción de su casa, y además
tierras para la labranza. Por los méritos de esta fundación
le fue concedido a Nuñez de Castilla el titulo de Marqués
de San Felipe y Santiago del Bejucal. Sin embargo, Hugh Thomas
opina que "...debía su titulo a sus esfuerzos en apoyo
de la política de la Corona, contra los cultivadores de
tabaco en los años 1710-1720”, política que
provocó una represión contra los vegueros de San
Miguel del Padrón, Jesús del Monte y Guanabacoa,
y que llevó al ahorcamiento de doce de ellos, en 1723.
Estos hechos pudieran considerarse como las primeras manifestaciones
contra el poder colonial.
El
surgimiento de Santa María del Rosario se debió
a don José Bayona y Chacón, Conde de la Casa Bayona,
quien empleó para ello los campos de su antiguo ingenio
Quiebra Hacha, entre 1728 y 1732, bajo similares condiciones a
las de Bejucal, en una tierra bañada por el sol, rodeada
de verdes colinas, a la vuelta del camino principal que comunicaba
La Habana con Matanzas. Se distingue el poblado desde muy lejos
por la alta torre de su iglesia parroquial, construida entre 1760
y 1766, y llamada “la catedral de los campos de Cuba”
por su prestancia arquitectónica. Esta iglesia, además,
cuenta con un altar barroco de gran belleza, sólo comparable
con el altar de la iglesia de Remedios. La Corona española
premió a Chacón, concediéndole el título
de Señor y Justicia Mayor de la villa. Este lugar se distinguió
por sus aguas medicinales y su balneario. Un esclavo del Conde
conocía las propiedades curativas de las aguas y se las
recomendó a su amo, quien padecía de reuma. Curado
éste, quiso agradecerlo y se hizo pintar por Nicolás
de la Escalera, junto con su familia, los criados y el esclavo,
para una de las pechinas de la cúpula de la iglesia de
Santa María del Rosario. En esta obra aparecen “...por
primera vez representantes de todas las clases sociales de ambos
sexos”. Matanzas,
por su parte, nace en 1693 a la vera de la bahía de su
nombre, en la costa norte del país; ella habría
de llegar a ser una importante ciudad, ya que, en el siglo XIX,
esta región se convertiría en la de mayor importancia
azucarera del país, riqueza que se reflejo en su arquitectura.
Quizás Matanzas sea la ciudad más neoclásica
de Cuba. Situada sobre la falda de una elevación que rodea
su inmensa y abierta bahía, semeja un gigantesco anfiteatro.
Sus ordenadas calles bien trazadas y sus casas con decoraciones
clasicistas, al igual que sus imponentes edificios públicos,
la hacen una ciudad bien trazada y de gran belleza.
Dada
la necesidad de comunicar esta importante ciudad con la de La
Habana, el doctor Gabriel de Santa Cruz y Aranda concerta con
Carlos III la fundación de una población en el corral
de su propiedad, llamado San Juan de Jaruco, en sitio que se convertiría
en “...la llave para las comunicaciones entre la capital
y el centro y el territorio oriental de la Isla”. (122).
A cada colono se le entregarían tierras para la labranza
y un solar con su casa de vivienda, compuesta de sala, aposento
y cocina. El 12 de junio de 1769, el Capitán General, Antonio
María de Bucarely, le informa al Rey que se encontraban
unos 60 vecinos asentados en la nueva población, por lo
que le fue concedido a don Gabriel el título de Conde de
San Juan de Jaruco. Los vecinos se dedicaron a tener casas de
hospedaje para los hacendados y dueños de ingenios que
iban y venían de sus fincas, con su servidumbre, por el
antiguo camino entre La Habana y Matanzas.

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