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Introducción a la Música Colonial
 
El Filarmónico
 
La periferia habanera
 

Introducción

(Este es un fragmento de la Introducción que la Dra. Zoila Lapique le hizo a su investigación Música Colonial Cubana 1812-1902, editada por Letras Cubanas en 1979)

 
 

El entusiasmo de unos pocos lectores no eliminaba las dificultades que tenían que vencer los editores para tirar una publicación periódica con regular frecuencia. A esto se unían, generalmente, los escasos recursos económicos de los publicistas, que impedía, aún más, sostener cualquier revista o periódico por mucho tiempo sin anuncios o lectores. En consecuencia, la mayor parte de nuestras publicaciones tienen una vida corta, que los editores a veces alargaban por la eliminación de sus grabados —uno de los factores que las encarecían— o la alteración de la periodicidad de las entregas o números, antes que desaparecer definitivamente, ya que las suscripciones no podían sostener a ninguna publicación científica o literaria, por mucha calidad que tuviesen.

La vida lánguida de estas revistas puede seguirse, paso a paso, si revisamos cuidadosamente cada número desde el optimista prospecto donde se anunciaban atractivos planes –grabados de modas, música, retratos, etc.—, hasta la última entrega con la coletilla de “cesará de publicarse hasta nuevo aviso”. Y, aunque no todas las publicaciones de ese período pueden mencionarse, por la baja calidad de su material y lo efímero de sus vidas, en general estas revistas tienen un valor extraordinario para el estudio y revalorización de nuestra ciencia, literatura y, en especial, la poesía y la música, pues en ellas aparecieron obras que, aunque fragmentadas a veces por las entregas, son valiosos aportes que se hubieran perdido o hasta quizás ignorado. Además, debido a que las casas editoras de música no tuvieron generalmente la preocupación de consignar fechas de publicación en las piezas tiradas en hojas sueltas —sólo en ocasiones el grabador dejaba constancia del año en la estampación por medio del número de plancha— este catálogo se hace el método idóneo para un estudio científico y cronológico de nuestra música impresa.

   
 

Hasta entonces, 1822, las piezas de música impresas eran importadas de Europa o Norteamérica, especialmente de Madrid, París o Filadelfia. Las reuniones en salones privados o en sociedades de especialistas o aficionados —como la fue la de Santa Cecilia, creada en 1816— recurrían a determinados procedimientos de reproducción para obtener copias de las piezas más gustadas: la copia manual o la impresa en el extranjero.

Por otra parte, los aficionados se hacían tan numerosos que resultaba casi inaplazable la creación de un taller donde imprimir tanto las composiciones propias, como los pasajes de música favorita —a un precio mucho más bajo—, para añadirlos a los álbumes de piezas musicales. Y esta demanda del medio propició el comienzo de los empeños litográficos en Cuba en la temprana fecha de 1822.

Ahora bien, la aplicación inicial de la litografía en la impresión de piezas musicales, tal como sucedió en La Habana, no puede sorprendernos. Por el contrario, el descubrimiento de Aloys Senefelder (1772-1834) había abaratado el costo de las impresiones musicales en Europa, y no podemos olvidar que el propio Senefelder hizo sus primeros trabajos litográficos, de carácter comercial, copiando precisamente música: las conocidas doce canciones de Gleisner. El éxito económico fue tal que muy pronto las casas editoras del Viejo Mundo adoptaron el reciente sistema de reproducción, y artistas y artesanos que trabajaban en este moderno ramo buscaron otros campos adonde llevarlo. Y La Habana, como plaza musical de consideración, fue una de las ciudades favorecidas por aquéllos para dar a conocer el descubrimiento artístico en tierras del Nuevo Mundo.

Es así que en el otoño de 1822 descubrimos establecido en nuestra capital a Santiago Lessieur y Durand, pintor miniaturista, nacido en Versalles, Francia, en el último tercio del siglo XVIII, y residente en Cuba desde 1808. Su taller —donde se editó el Periódico Musical— estaba instalado en la calle Compostela, esquina a la de Amargura, y era nominalmente conocido por Imprenta Litográfica de Música de Santiago Lessieur o La Litografía de Música, o a veces, más sencillamente, imprenta Litográfica o Litografía de la Habana. Así se la menciona en los muchos anuncios que aparecen en la prensa periódica de la época (1822-1828) y en las ilustraciones de varios libros publicados en estos años.

Como réplica al esfuerzo editorial de Santiago Lessieur y Enrique González, otros músicos —Antonio Raffelin y Toribio Segura—- se asociaron en el referido año de 1822 para sacar el Journal Músico. Confiaban los redactores en que el público habanero no miraría con indiferencia la salida de esta publicación, por ser “...naturalmente inclinado a ella por su delicadeza”. En él se ofrecía “...una pieza pequeña pero divertida, bien de canto, bien de baile. Este papel saldrá de la Imprenta del Gobierno dos veces al mes para piano, guitarra y flauta pues para los tres instrumentos se admiten suscriptores en dicha imprenta” (4).

También en 1822, Toribio Segura dio a conocer por medio de la prensa que había recibido una colección de música selecta para piano solo, de los mejores autores. Incluía, además, esta colección, música para violín, flauta, violoncello, con acompañamiento de piano, y música militar. Se hallaba a la venta en el almacén del señor Valloth, calle de la Obrapía número 7, “... frente a la casa del señor Marques de Cárdenas.”

En 1824, el mismo Toribio Segura persistía como editor musical, además de compositor, y anunciaba a los aficionados habaneros la publicación de una Cartilla desde el cristus, puesta para canto con acompañamiento de pianoforte, o, en su defecto, guitarra.

En este año, aparentemente fracasado en su nuevo intento editorial, Toribio Segura informaba nuevamente en la prensa de la época la apertura de un salón de la música y baile en nuestra ciudad, El Aguila de Oro, establecido en la Plaza de San Francisco:

Estaba compuesta de una sala y galería espaciosa. En la primera se ejecutarán conciertos por artistas de un mérito conocido y se cantarán diversas piezas de música en español, italiano, francés e ingles, y en la segunda, adornada al intento con la mayor elegancia, seguirá luego el baile, que durara lo más hasta media noche (...).

 

 

 

 

Un periódico musical en Cuba: El Filarmónico mensual

(Este es un fragmento de un artículo de Zoila Lapique aparecido en la Revista de Música del Departamento de Música de la Biblioteca Nacional José Martí, en octubre de 1961).

   
 

Investigaciones sobre la vida del Filarmónico mensual

¿Pero qué sabemos en concreto de este periódico? ¿Llegó a publicarse? Si revisamos las bibliografías cubanas y otros trabajos donde se estudia o menciona a la prensa periódica en Cuba, nos encontramos que poco o nada se ha investigado sobre él. Esto nos lleva a dividir en dos grupos las investigaciones de los bibliógrafos e historiadores que citan títulos de periódicos aparecidos en Cuba en el periodo de 1811-1812. Estos grupos son: 1ro:, aquellos que omiten a “El Filarmónico Mensual” y, 2do., los que lo mencionan.

Entre los del primer grupo tenemos: Jacobo de la Pezuela que en sus dos obras: “Ensayo Histórico de la Isla de Cuba” y en “Historia de la Isla de Cuba”, omite a “El Filarmónico”, a pesar de los numerosos títulos de periódicos que cita.

Lo mismo sucede con José María de la Torre en su trabajo “Lo que fuimos y lo que somos ó La Habana Antigua y Moderna”, en el capítulo que dedica a la prensa periódica.

Adolfo Dollero en su obra: “Cultura Cubana”, en el capítulo “Apuntes sobre la introducción de la imprenta”, no lo menciona.

En igual caso nos encontramos al revisar el trabajo de Joaquín Llaverías “Contribución a la Historia de la Prensa Periódica”.

Aurelio Mitjans en su “Historia de la Literatura Cubana”, es otro que también omite el nombre de “El Filarmónico” cuando menciona los títulos de los periódicos surgidos en el año de 1811-12. Pertenecientes al segundo grupo, están aquellos que mencionan al “Filarmónico”. Revisando en primer término la obra de Bachiller, este nos dice:

“...“El Filarmónico Mensual” se publicó un número mensual como lo indica el título en la casa de D. Esteban Boloña. En él se publicó una cartilla de los principios para aprender el arte de la música (anunciado en El Frayle pag. 240 y es el único anuncio que contiene)...”

Esta nota para nosotros indica que “El Padre de la bibliografía cubana” no tuvo este periódico en sus manos y que solo registró su existencia bibliográfica a través del anuncio insertado en el “Frayle”.

Las razones que tenemos para sustentar esto son las siguientes:

1ro. Bachiller omite el subtítulo del periódico “Cartilla primera para aprender con facilidad el arte de la música” que aparece en la portada del periódico.

2do. Omite el nombre del editor (que firma con las iniciales M.M.) y que también aparece en la portada del periódico.

3ro. Hay imprecisión de datos en cuanto a números publicados y nombre del editor, cosa que contrasta notablemente con la cita precisa del anuncio publicado en “El Frayle”, donde leemos:

“...NOTA: Sin embargo de que no corresponde al plan de este periódico el anuncio de noticias, a solicitud de un amigo insertamos el siguiente aviso:

Los suscriptores al Filarmónico mensual acudirán a recoger [el] número correspondiente al mes de mayo que contiene una cartilla de los principios para [apren]der con facilidad el arte de la música explicada en dos láminas. Se vende en la imprenta de D. Esteban de Boloña y en el despacho del papel sellado. El que quiera suscribirse [de]xará el [nom]bre y número de su habitación...”

Esta noticia fue un hecho insólito en el “Frayle” y llamó poderosamente la atención de Bachiller a tal punto que citó al “Filarmónico” –que era el periódico anunciado— en su “Catalogo Razonado”. Las razones de amistad que alega El Frayle para incluirlo, pudimos comprobarlas cuando encontramos en su número XXVI, una interesante carta de M.M. (editor del Filarmónico) que tiene mucho de política y nada de música y en la cual dice lo siguiente :

“Señor Frayle: ¿Sabe V. lo que se dice por ahí de su periódico? Dos cosas, la primera que aunque V. responde a su modo al discurso de El Patriota Americano sobre las instituciones religiosas no se hace V. cargo de las respuestas que él va dando a sus números; y que este silencio algo significa. La segunda que a que viene haberse V. metido con los francmasones? ...Yo como soy su amigo, he creído de mi obligación poner en su noticia estas cosas, para que, si V. puede, tape las bocas que así hablan, y si no, allá se avenga V. Queda de V. su amigo, M.M.”

Quizás piensen algunos que esta carta bien pueda ser de otro que utilizara idénticas siglas, pero en cuanto veamos la respuesta que recibió en las paginas de “Frayle”, las dudas se desvanecen. La carta dice así:

“...Señor M.M. Doy a V. las espresivas gracias por el interés que toma por mi reputación. Y en contestación a su muy favorecedora, digo: que desde el principio me propuse no interrumpir mi periódico contestando chocarrerías, tales como las que se imprimieron contra su prospecto y prefacio, las cuales harán eternamente el deshonor a sus autores...de V... El Frayle.”

Desde luego que los redactores de “El Patriota Americano” no iban a dejar escapar esta oportunidad para rebatir a su enconado enemigo y contestaron la respuesta de “El Frayle” al señor M.M., aunque no mencionan a este sino de una forma muy velada.

Esta nota aparece bajo el titulo: “Para el Frayle todo no ha de ser silencio aunque con él mucho se diga...” y en ella, en su primera parte, “El Patriota” expresa su creencia de que con motivo de los días de cuaresma, dejaría el Frayle su tono mordaz, satírico y venenoso y añaden en el segundo párrafo: “Mas por desgracia hemos encontrado en todos sus números y particularmente en el último el mismo autor que dictó el prefacio con los mismos sentimientos, las mismas ideas repetidas, las mismas simplezas, parvuleces e inanidades, las mismas sátiras, y sobre todo, el mismo odioso conato de irritar nuestro amor propio...”.
Hasta aquí los dardos cruzados entre M.M., “El Frayle” y “El Patriota Americano”.

Volviendo a nuestra búsqueda bibliográfica para perfilar la vida de “El Filarmónico Mensual”, nos encontramos con que Carlos M. Trelles en su “Bibliografía Cubana del Siglo XIX”, no registra este periódico, cosa que sólo hace muy posteriormente cuando en un trabajo publicado en la Revista Bibliográfica Cubana, dice: “El Filarmónico Mensual, El Habana, Impr. de Boloña 1812 (Mayo) doce números. Fue el primer periódico musical de Cuba y la fundó el habanero Francisco Ríos”.

En esta nota breve, Trelles ofrece tres datos bibliográficos de importancia no mencionados en anteriores trabajos:

1ro. Número de cartillas publicadas; 2do., el nombre de su editor y, 3ro. la identidad y nacionalidad de este.

Pero, ¿pueden tomarse estos datos como ciertos, confiando en que provienen de un bibliógrafo como Trelles? ¿De qué fuentes tomó este los informes?

Trataremos de analizar con cuidado cada uno de ellos para desentrañar la verdad y llegar al por qué de lo afirmado por Trelles.

Primeramente, él afirma que se publicaron doce números y sobre esto podemos afirmar que solo hemos encontrado la huella de DOS NÚMEROS pertenecientes respectivamente, a los meses de mayo y junio. La investigación realizada a través de los anuncios publicados en los periódicos de la época, arroja lo siguiente:

1ro. El editor del periódico publicó el anuncio de su proyecto en el mes de marzo aunque no editó el primer número hasta dos meses después, es decir, en el mes de mayo.

2do. En el primer párrafo de su contestación a “Al Apasionado a la armonía” el propio M.M. reconoce que solo tenía “tres suscriptores y uno en promesa”, lo que indica que tendría grandes dificultades económicas para poder editarlo pues era un hombre pobre según sus propias palabras. En cuanto a los anuncios que mencionan los números que se editaron, encontramos uno que apareció en el Diario de la Habana el 7 de Mayo de 1812 donde se lee: “AVISO. A los suscriptores del Filarmónico Mensual, acudirán a recoger el número correspondiente a este mes de mayo, y si continúan en la suscripción, se servirán dexar el apunte de sus casas para llevarles el segundo número. El que ahora se publica comprende una cartilla con los principios más esenciales para aprender con facilidad la música, demostrada con dos láminas. En el prospecto y en el número 620 de este Diario está la probada necesidad de unos principios metódicos para todos los aficionados a la música.

Se vende esta cartilla en la imprenta de D. José Esteban Boloña, y en el despacho del papel sellado...”

No se produce otra noticia hasta el 22 del propio mes, cuando en el mismo Diario de la Habana aparece bajo el epígrafe “Impresos”, la siguiente nota: “En la imprenta de D. Esteban Boloña se hallará el número uno del Filarmónico mensual, con láminas...”

Como ya dijimos, esas noticias publicadas en el “Diario de la Habana”, seguramente sorprendieron a los lectores poco habituados a periódicos de esa naturaleza, por esa época. Pero no sería menor el asombro experimentado por los lectores de “El Frayle”, cuando al día siguiente (23 de mayo) apareció el anuncio que pasaría a ser mencionado en el trabajo de Bachiller.

 

 

 

 

La periferia habanera

(El fragmento de este capítulo esta extraído de la edición en español del libro de María Luisa Montalvo “La Habana Historia y Arquitectura de una Ciudad Romántica, editado por The Monacelli Press en el 2000, y en el que la Dra. Zoila Lapique colaboró junto a Alicia García Santana. Este capítulo fue uno en los que más trabajó).

   
 

Nuestra errante villa de San Cristóbal de La Habana, finalmente asentada en la costa norte, al este de su bahía, hace cuatrocientos setenta y nueve años, dio vida a poblados más jóvenes que, al paso del tiempo, se convertirían en la periferia. Con el crecimiento de La Habana también surgieron barrios nuevos, como el Cerro, El Vedado, Marianao y la Víbora. La periferia habanera es su territorio circundante, donde aparecieron pueblos o ciudades con una fisonomía urbana diferenciada y estable, en comparación con 1a Habana metropolitana; poblaciones que, aún en la actualidad, mantienen su independencia física y territorial, y no pasaron a ser parte de la Gran Habana, propiamente dicha.

Es posible que la historia de este proceso se iniciara el 8 octubre de 1607, cuando Felipe III de España firmó en Madrid una Real Orden en virtud de la cual se dividía la Isla de Cuba en dos gobiernos; uno, en La Habana, en la costa norte, y otro, en Santiago de Cuba, en la costa sur de su extremo oriental. No convenía, decía el Rey, que estuviera el gobernador –como de hecho lo estaba-- ausente de esta importantísima ciudad y puerto. La villa de La Habana tendría jurisdicción sobre un vasto territorio que comprendía, por el oeste, los puertos de Mariel, Cabañas y Bahía Honda, y por el este, hasta la bahía de Matanzas –aún no estaba fundada la ciudad— extendiéndose hasta cincuenta leguas “de longitud la tierra dentro y por la mar de una y otra parte”. La Real Orden proponía que se titulara Gobernador y Capitán General de la Isla de Cuba y de la dicha ciudad “...como se han titulado hasta ahora los que han sido de toda la Isla”. El gobernador de Santiago de Cuba estaba supeditado al de La Habana. Sin embargo, las villas de Trinidad, Sancti Spiritus y la población de San Juan de los Remedios no quedaron sujetas a los gobiernos de Santiago o de La Habana, y fueron regidas por sus cabildos. Desde entonces se les conoció como “Las Villas”.

Con esa orden el Rey trataba de defender la Isla de los ataques de corsarios y piratas que infestaban nuestras costas y, sobre todo, frenar el intenso comercio de contrabando que enemigos de España hacían el territorio cubano, con perjuicio para la Corona. La Habana, a partir de ese documento, comenzó otra etapa de su vida, al quedar bajo su gobierno tan extensos territorios, en los que pronto comenzaron a levantarse viviendas y rústicas viviendas que, con el decursar del tiempo, serían asientos de poblados.

En el siglo XVII se crearon poblaciones en el interior del territorio habanero, en lo que se ha llamado “el corazón rural de la región”. La notable movilidad de los primeros pobladores, quienes se mudaban continuamente en búsqueda de mejores tierras para establecerse, dio lugar a la formación de caseríos y villas. El proceso de ocupación territorial estaba relacionado ton las actividades económicas entonces predominantes: el ganado, en haciendas, y el tabaco, en las vegas. El primero, por su carácter de explotación extensiva, tendía a la dispersión demográfica; el segundo, por el contrario, concentraba a la población campesina. Existían, además, estancias agrícolas situadas en lugares de valor económico. En las cercanías de La Habana también surgieron poblados por la necesidad de suministrar alimentos a la ciudad cabecera y cuya ubicación dependió en gran medida de su proximidad a las vías de comunicación existentes entre La Habana y su hinterland, a fin de facilitar la exportación de los productos por elpuerto.

Estos poblados surgieron de manera espontánea, sin responder a una planificación previa, y adquirieron reconocimiento jurídico gracia de la Iglesia Católica representada por el obispo don Diego Evelino de Compostela, quien, en las postrimerías del siglo XVII, funda numerosos curatos y erige otras tantas iglesias. Compostela llegó a Cuba el 17 de noviembre de 1687 y, desde el primer momento, emprendió obras de reforma en su episcopado, las que, por su carácter, tardarían anos en ejecutarse y que, dada su importancia, le sobrevivieron. Entre esas obras cabe enumerar numerosas escuelas de primeras letras; el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, para la educación eclesiástica; el primer colegio de niñas de La Habana; los conventos de Santa Catalina y Santa Teresa; el hospital para convalecientes del convento de Belén; las iglesias del Cristo y del Ángel. En la zona rural fundó las parroquias de Santiago de las Vegas, San
Miguel del Padrón, Jesús del Monte, San Antonio del Río Blanco, Guamacaro, Macuriges Guamutas, La Hanábana, Guanajay, Santa Cruz, Consolación, San Julián de los Güines, Batábano, Guane, Pinar del Río y el santuario de Regla, en un pueblecito situado al otro lado de la bahía de La Habana.

Excepcional fue la fundación de Guanabacoa, pueblo de indios que, desde el siglo XVI, se organizó cercano al puerto de La Habana. Quedó en el olvido hasta 1555, cuando Jacques de Sores atacó la ciudad y el gobernador, sus familiares y el resto de los vecinos se refugiaron en Guanabacoa, palabra aborigen que significa “sitio de aguas”, A partir de entonces, la villa fue asiento de una población de origen español, y los indios desaparecieron paulatinamente. En el siglo XVIII la ciudad crece y se desarrolla, con lo cual se convierte en una población de importancia.

En el setecientos, junto con el nacimiento espontáneo de algunos poblados, se crearon otros, por el interés de ricos hacendados habaneros, llamados “villas de señorío". Son los casos de Bejucal, Santa María del Rosario, Jaruco y San Antonio de los Baños.

San Felipe y Santiago del Bejucal fue fundada por el capitán don Juan Núñez de Castilla. Por Real Cédula del 29 de abril de 1713, el Rey aprueba la fundación de la ciudad "...en una localidad llana y saludable, á la falda meridional de la inmediata sierra también llamada de Bejucal y al pie de otras lomas más bajas”. Era preciso que el fundador construyera la iglesia parroquial y donara cuatro caballerías de sus tierras para repartirlas entre 30 pobladores con sus familias. A cada uno de estos se le concedería un solar para la construcción de su casa, y además tierras para la labranza. Por los méritos de esta fundación le fue concedido a Nuñez de Castilla el titulo de Marqués de San Felipe y Santiago del Bejucal. Sin embargo, Hugh Thomas opina que "...debía su titulo a sus esfuerzos en apoyo de la política de la Corona, contra los cultivadores de tabaco en los años 1710-1720”, política que provocó una represión contra los vegueros de San Miguel del Padrón, Jesús del Monte y Guanabacoa, y que llevó al ahorcamiento de doce de ellos, en 1723. Estos hechos pudieran considerarse como las primeras manifestaciones contra el poder colonial.

El surgimiento de Santa María del Rosario se debió a don José Bayona y Chacón, Conde de la Casa Bayona, quien empleó para ello los campos de su antiguo ingenio Quiebra Hacha, entre 1728 y 1732, bajo similares condiciones a las de Bejucal, en una tierra bañada por el sol, rodeada de verdes colinas, a la vuelta del camino principal que comunicaba La Habana con Matanzas. Se distingue el poblado desde muy lejos por la alta torre de su iglesia parroquial, construida entre 1760 y 1766, y llamada “la catedral de los campos de Cuba” por su prestancia arquitectónica. Esta iglesia, además, cuenta con un altar barroco de gran belleza, sólo comparable con el altar de la iglesia de Remedios. La Corona española premió a Chacón, concediéndole el título de Señor y Justicia Mayor de la villa. Este lugar se distinguió por sus aguas medicinales y su balneario. Un esclavo del Conde conocía las propiedades curativas de las aguas y se las recomendó a su amo, quien padecía de reuma. Curado éste, quiso agradecerlo y se hizo pintar por Nicolás de la Escalera, junto con su familia, los criados y el esclavo, para una de las pechinas de la cúpula de la iglesia de Santa María del Rosario. En esta obra aparecen “...por primera vez representantes de todas las clases sociales de ambos sexos”. Matanzas, por su parte, nace en 1693 a la vera de la bahía de su nombre, en la costa norte del país; ella habría de llegar a ser una importante ciudad, ya que, en el siglo XIX, esta región se convertiría en la de mayor importancia azucarera del país, riqueza que se reflejo en su arquitectura. Quizás Matanzas sea la ciudad más neoclásica de Cuba. Situada sobre la falda de una elevación que rodea su inmensa y abierta bahía, semeja un gigantesco anfiteatro. Sus ordenadas calles bien trazadas y sus casas con decoraciones clasicistas, al igual que sus imponentes edificios públicos, la hacen una ciudad bien trazada y de gran belleza.

Dada la necesidad de comunicar esta importante ciudad con la de La Habana, el doctor Gabriel de Santa Cruz y Aranda concerta con Carlos III la fundación de una población en el corral de su propiedad, llamado San Juan de Jaruco, en sitio que se convertiría en “...la llave para las comunicaciones entre la capital y el centro y el territorio oriental de la Isla”. (122). A cada colono se le entregarían tierras para la labranza y un solar con su casa de vivienda, compuesta de sala, aposento y cocina. El 12 de junio de 1769, el Capitán General, Antonio María de Bucarely, le informa al Rey que se encontraban unos 60 vecinos asentados en la nueva población, por lo que le fue concedido a don Gabriel el título de Conde de San Juan de Jaruco. Los vecinos se dedicaron a tener casas de hospedaje para los hacendados y dueños de ingenios que iban y venían de sus fincas, con su servidumbre, por el antiguo camino entre La Habana y Matanzas.

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