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Zoila Lapique Becali (La Habana, 27 de junio de 1930). Los primeros años de su vida transcurrieron en el Cerro, donde vivió hasta cumplir los 18 años de edad en que se muda a Playa a la residencia que ocupa en la actualidad. Su padre, un “hombre muy irreverente”, de origen español, su madre, una española con reminiscencia francesa, su tío materno, Ramón Becali –el primer cronista de cine de la Isla—, sus tías maternas y su hermana mayor Rosa influyeron considerablemente en su persona y en su obra. Aprendió a leer a los 4 años de edad con la ayuda de su hermana Rosa, quien entonces estudiaba la carrera de Pedagogía y Filosofía en la Universidad de La Habana y, como parte de su entrenamiento, enseñaba a leer a los niños que querían entender las historietas aparecidas en los periódicos. Cursó hasta el 6to. grado en la Escuela Pública No. 18 del Cerro, la secundaria (el 7mo. y el octavo) en la secundaria Benito Juárez, en La Habana Vieja, y el Bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza del Vedado.

Zoila fue la menor de los tres hijos del matrimonio Lapique. El hermano que le sucedía le llevaba trece años de diferencia, lo que la forzó a desenvolverse entre los intereses de los mayores desde muy temprana edad y estar pendiente de la vida cultural y política de La Habana de la época. Siendo una niña ya era evidente su predilección por las construcciones arquitectónicas del Cerro y del Vedado —donde vivían sus tías— de principios de siglo y por la música lírica. Desde esa fecha prefiere las casas con jardines, las óperas, las zarzuelas y la música clásica. Su gusto por la historia creció con las visitas frecuentes que realizara a su casa Emilio Roig de Leuchsenring, amigo íntimo de la familia. A aquellas tertulias también asistían Enrique Gay-Calbó, Hortensia Pichardo, José A. Portuondo y Estrella Rey. Otra de sus aficiones, el cine, vino de la mano de su tío Ramón, un audaz empresario teatral, quien trajo a los cines de La Habana películas de Francia, Italia y España. Años después su tío la acercaría al prestigioso profesor universitario y crítico de cine, José Manuel Valdés Rodríguez.

Paradójicamente la persona que estudió con profundidad 40 años después la música colonial cubana, escuchó poca música nacional durante su infancia y adolescencia. No obstante, Zoila siempre se ha considerado a sí misma “una persona de oído musical abierto”. Fue su residencia en Playa y sus relaciones con familias judías durante los estudios de bachillerato las que la llevaron por nuevos derroteros de la música: vivir próximo a una casa solar en la que habitaba un matrimonio negro que oía con frecuencia a la Orquesta América con Ninón Mendoza en la voz y estar cercana a familias sefarditas “me llevaron a ampliar mi cultura musical”.

Sus primeras publicaciones fueron en el terreno musical y aparecieron en una revista juvenil realizada por los estudiantes de bachillerato del Vedado de los años 1943 y 1944. En la Revista Alba, de apenas dos números, Zoila hacia las notas musicales y Roberto Fernández Retamar, además de estar a cargo de las notas de literatura, dio a conocer sus primeros poemas.

Siendo una familia de origen español y liberal, la filiación política de la familia Lapique, y por tanto de Zoila, se perfiló con el curso de la guerra civil española y de la II Guerra Mundial, estando siempre a favor de la causa republicana y en contra del franquismo y del eje fascista Berlín-Roma-Tokío. Asimismo, su familia guardó estrechas relaciones con los comunistas cubanos, en particular con Blas Roca y la hermana de Antonio Guiteras. De esa época sobresalen los montajes de las obras de teatro político que concluían con mítines y arengas revolucionarias.

En 1955 matriculó en la Escuela de Bibliotecarias, que radicaba en la Sociedad Económica de Amigos del País, escuela que estaba adscripta a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, graduándose de la misma en 1957. En la Biblioteca de la Sociedad comenzó su vida laboral, siendo su objeto de trabajo los fondos disponibles del siglo XVIII. Sus intereses políticos y la atmósfera revolucionaria predominante en los centros de enseñanza desde mediados de la década del cincuenta, la llevaron a integrar el Grupo de Mujeres Oposicionistas Unidas, compuesto en su mayoría por estudiantes de ese centro docente: Natalia Bolívar, Anita Betancourt, Celita Sánchez Agramonte, Marta Freyre, Beba Sifontes, por citar algunas. Aunque no estaba adscripto a ninguna organización revolucionaria o partido político, el Grupo tenía, dentro de las filas que apostaban por el cambio, un amplio espectro de relaciones: sirvió al Directorio 13 de marzo en numerosas ocasiones, mantuvo nexos con el M-26-7 y desarrolló relaciones con los comunistas que se desempeñaban en esa fecha en la clandestinidad. Ellas tenían una publicación clandestina de alcance nacional.

Los estudios de bibliotecología le multiplicaron su avidez de lectura y su interés de “estar siempre entre libros y trabajar con fuentes primarias” y desarrollaron su habilidad para “saber buscar en bibliotecas”. Teniendo apenas 28 años, Zoila llegó a ser experta en referencias y especialista en Bibliografía Colonial Cubana, sirviendo de apoyo a investigaciones de Jorge Aguayo, Fernando Ortíz y de Ramón Pérez de la Riva. En este período realizó un grupo de investigaciones sobre la litografía y el tabaco, que publicaría años después.

Con la Universidad de La Habana abierta, gracias al Triunfo de la Revolución, matricula en 1959 la carrera de Bibliotecología, de un año de duración, y complementa sus estudios con un curso de documentalística. En ese propio año comienza a trabajar en la Biblioteca Nacional “José Martí” como auxiliar de bibliotecaria, labor que realiza alternando sus estudios universitarios. En 1964 se graduó de la Licenciatura en Historia en la Escuela de Historia de la Universidad de La Habana.

En la Biblioteca, Zoila es destinada al Departamento de Música con el objetivo de organizar los fondos y archivos disponibles allí bajo la dirección del profesor y prestigioso músico e investigador, Argeliers León. Junto a él y a Odilio Urfé “aprendí muchas cosas referentes a música cubana”. De este período data su primera investigación musicológica cubana: “Un periódico músical en Cuba: “El filármonico mensual”, que apareció en la publicación de ese departamento en su segundo número del año 1961. Este trabajo marcó su carrera investigativa porque determinó que se dedicara más que al trabajo neto de la bibliotecaria al procesamiento e interpretación de la información recogida.

A petición de Argeliers León, comenzó entonces a estudiar la música y las notas musicales en la prensa seriada del siglo XIX, que fue el origen de uno de sus libros más preciados: Música Colonial Cubana, una voluminosa y erudita investigación. Aunque editada en 1977, esta investigación recibió en 1974 el Premio de Musicología “Pablo Hernández Balaguer” del I Congreso Mundial de Musicología, celebrado en La Habana. Dentro de los resultados historiográficos más importantes aparecidos en esa obra están los relacionados con las etapas históricas de la contradanza (la Contradanza tuvo, desde mediados del siglo XVIII hasta más allá de la mitad del siglo XIX, dos momentos fundamentales. En primer lugar vino a través de España y en Cuba se le insertó la célula rítmica de origen africano conocida como la conga, y después recibió el aporte musical franco-haitiano, tras una sedimentación de más de medio siglo en tierra cubana de este grupo de emigrantes) y el origen de las Habaneras (La habanera tuvo su origen a partir de una contradanza –género exclusivamente bailable— a la que se incluyó “versos expresamente dichos al compás de la música”, algo que era ya costumbre en algunas zonas de España).

Formando parte del equipo que trabajó en el Departamento de Colección Cubana de La Biblioteca en los años 70s, apoyó la investigación cenital que realizara Manuel Moreno Fraginals sobre el sistema de producción azucarera colonial en Cuba. Sobre el papel de Zoila en esta investigación, Moreno Fraginals dice en el prólogo de su libro:

...“Y estimamos que también resulta claro que un trabajo de estas proporciones no hubiese llegado a su culminación si no hubiésemos recibido una amplia ayuda institucional e individual. Y queremos agradecer esta ayuda a:

Zoila Lapique y Virgilio Perera, a quienes catalogamos como coautores de muchas de estas investigaciones. Sin ellos este libro no se hubiese terminado. El inventario de ingenios cubanos es más una obra de arte de Zoila Lapique que mía”...(El Ingenio. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1978. T. 1, p. 11).

Aparte de su trabajo como referencista especializada “al cual nunca renuncié” dentro del Departamento de Colección Cubana, formó parte del Subdepartamento de Investigaciones Históricos Culturales, de ese propio departamento. Allí junto a Ramón de Armas, Octavio Smith, Roberto Friol y Guillermo Sánchez Arguelles, por citar algunos.

En esta nueva etapa en obra, Zoila, además de profundizar sus estudios sobre la música colonial cubana e introducirse en el mundo de los ingenios azucareros cubanos, estudia diversas manifestaciones de la gráfica colonial (la litografía, la caricatura política), la prensa satírica y humorística en el siglo XIX y la arquitectura de la capital del país y de sus pueblos periféricos. Con ello, contrario a la tendencia de los historiadores (entre lo político y lo económico) de esa época –finales de los 70s y principios de los 80s--, Zoila se consolida como una de las más acuciosas investigadoras de la Historia Social del país.

En ese equipo de investigadores trabaja hasta 1997, fecha en que se retira, luego de haber laborado en la Biblioteca Nacional por casi 40 años. Al dejar de trabajar en ese centro, Zoila era investigadora titular sobre siglo XIX y profesora invitada de la Facultad de Artes y Letras (ofrecía clases en la Especialidad de Arte en la Asignatura Pinturas y Grabados, el último año de esa carrera, durante cuatro años). Además impartió conferencias sobre Cultura Cubana en la Florida International University durante los años 90. Mantiene el ejercicio de la docencia en los Diplomados de Tabaco, que se efectúan en el Museo del Tabaco.
En la actualidad es miembro de la Sección de Musicología, Historia de la Música y Crítica de la Asociación de Músicos de la UNEAC, miembro de los Tribunales de Categoría del Centro de Investigaciones sobre la cultura Juan Marinello y de los eventos anuales “Habaneras”.

Próximamente saldrá publicada, por Ediciones Boloña, una investigación que da continuidad a los análisis iniciados en su tomo Música Colonial Cubana. Tiene inéditos los libros Diccionario de Ingenios, Federico Miahle en Cuba, La prensa satírica y humorística en el siglo XIX, Las etiquetas cubanas de habanos y cigarrillos y Vocablos utilizados en la música popular cubana, en coautoría con Natalia Bolívar y Arósteguí.

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