Leyendas

La presente selección de leyendas, está resumida del Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, en el cual constan numerosos detalles por cada una, además de las citas bibliográficas de los autores que aportan a estos textos, suprimidas aquí en función de la brevedad, la síntesis y el mejor entendimiento.

Del misterio cubano

Cagüeiro

El cagüeiro es un personaje propio del arsenal fabulativo del campesino cubano. En algunas zonas rurales se dice que un bandido o un rebelde es “cagüeiro”, cuando tiene la habilidad de ocultarse o mimetizarse ante la vista de todos, ya sea porque puede hace invisible, o por su facilidad para convertirse en una planta, animal o cosa. Un cagüeiro escapa siempre.

Este es un personaje propio de la región oriental de Cuba. A veces es un bandolero que tiene la facultad de convertirse en un animal, un árbol, o cualquier otro integrante del monte, al verse perseguido como resultado de sus fechorías, para burlar a sus posibles captores. Cuenta la leyenda que sólo pueden tener una camisa, logrando su mimetismo al ponérsela al revés y pronunciar un conjuro mágico. No siempre es un hombre fuera de la ley. Se puede ser cualquier cosa, herrero, vaquero, capataz, leñador o carbonero, pero si además se tiene la habilidad para desaparecer o transformarse en otra cosa, es además un cagüeiro.

Nos cuenta Samuel Feijóo, en su libro Leyendas Cubanas, que en Palmarito de Cauto, la escritora Carmen Lovelle entrevistó a Antonio Pérez Lago, de 84 años, el cual le explicaba que conoció a un individuo al que le decían Felungo, del cual todos aseguraban que era cagüeiro, de esos que conocían del conjuro de la camisa. Era desmochador de palmiche y en las casas a las que iba a trabajar, se quedaba a vivir por unos días.

Las familias lo querían, porque donde él estuviera no había hambre. Iba de cacería siempre solo, nunca permitía que le acompañaran. Cuando entraba en el monte se quitaba los zapatos y los colgaba de un árbol. Siempre salía de la floresta con un venado, una jutía, o un puerco jíbaro. En época de sequía, o de mucha lluvia, cuando había escasez de viandas, se introducía en el monte y a los pocos días regresaba con alguna vianda. Por muy bien que lo trataran, nunca permanecía mucho tiempo en la misma casa.

Algunas familias no le permitían estar dentro de la vivienda por el mal olor que tenía, pues según la tradición, los cagüeiros no podían tener más de una camisa y no la abandonaban nunca. Sólo compraban otra, cuando ésta se desprendía del cuerpo en podridos ripios.

Verlo mejor en la pag. 111 de El Catauro.

Cagüeiros. Ilustraciones del artista plástico Alberto Cañero.

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Fragmento del dramatizado radial Solo el monte lo sabe, basado en esta leyenda.

Niña en la carretera

Con frecuencia, en los años de la década de los setenta del siglo XX, contaban los viajeros que acostumbraban a transitar en automóvil, por la carretera entre Bayamo y Las Tunas, así como en otros tramos viales del oriente cubano, que precisamente en días lluviosos aparecía a menudo, junto a la vía, una niña de unos 10 u 11 años, vestida con una túnica talar, la cual hace señas de pare a los vehículos.

Se refiere que pide suave, pero firmemente, la ayuda de un médico para auxiliar a su mamá que gime enferma en una casa cercana. Algunos que la han seguido se han visto conducidos por la extraña muchachita, bajo la lluvia, hasta la puerta de un humilde bohío, típica vivienda campesina. Otros mencionan una casa de mampostería, pero todos coinciden en haber sido recibidos por una anciana, que sorprendida inicialmente, les ha hecho pasar.

Los visitantes cuentan, que fueron rogados para atender una enferma, y llevados hasta una habitación, donde yacía una mujer sobre la cama. Unos declaran que por haber sido facultativos y portadores casuales de los medicamentos precisos, pudieron tratar la aflicción de la enferma. Otros aducen que la llevaron al hospital. En todos los casos, la anciana preguntó a los recién llegados como fueron enterados de la situación de su hija, y debieron estos contar como habían sido guiados, desde la carretera hasta allí, por una niña que dijo ser su nieta.

Los ojos de la viejecita se inundaron de pronto, mientras desviaba la mirada hacía la pared cercana. Señaló su dedo tembloroso al retrato dentro de un rústico marco, en el que podía reconocerse a la niña que les guió hasta la puerta y con voz ahogada en sollozos dijo ¡¿Mi nietecita?! ¡¡Mi nietecita cumple hoy una año de muertaaaa!!

Verlo mejor en la pag. 406 de El Catauro.

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Fragmento del dramatizado radial Niña en la carretera, basado en esta leyenda.

La dama de Blanco

A mediados del siglo XIX, en las afueras de lo que hoy es la ciudad de Camagüey, se perdió una niña pequeña, que fue buscada por partidas de campesinos y esclavos durante cuatro días.

Quienes la encontraron a la orilla de un riachuelo, contaban que la pequeña había manifestado a su padre encontrarse con una mujer vestida de túnica blanca, que le ayudó a cruzar la corriente. Desde ese momento, la alimentaba con abundantes frutas y le cantaba lindas canciones para dormirla, sin abandonarla nunca, hasta unos pocos minutos antes de ser encontrada. Todos quedaron sorprendidos, puesto que en esta zona abundaban los perros jíbaros y puercos cimarrones, de manera que fue un verdadero milagro que aquella pequeñuela sobreviviera esos cuatro días. Muchos creyeron entonces que un ánima noble, le había ayudado a esperar a sus rescatadores.

Verlo mejor en la pag. 169 de El Catauro

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Fragmento del dramatizado radial El regreso de Amalia, basado en esta leyenda.

La luz de Yara

En las regiones cercanas al poblado de Yara, en la provincia de Granma, ubicada en la zona oriental de Cuba, cuentan que surge de la loma de Yara una luz inexplicable. Se traslada a gran velocidad por el aíre y muchos cuentan que suele dividirse en varias porciones, para unirse después. Algunos la describen blanca con destellos deslumbrantes, otros roja. En todos los casos es luz muy brillante. Una de las leyendas explica que puede convocarse rayando un anillo de oro sobre los arrecifes. Nunca ha causado daño a personas, animales o cosas.

Se le atribuyen varios orígenes. Algunos creen que anuncia tesoros enterrados por los piratas, aunque la mayoría de los campesinos tiende a relacionarle con el alma en pena del indio Hatuey, que fuera quemado vivo por los españoles en la época colonial, quién reclama el oro robado por aquellos colonizadores. Cuentan que cuando quemaron vivo al heroico cacique, un viento enorme llevó las cenizas y las dejó caer en la loma de Yara. Ese viento continua siendo su compañía. Las cenizas se convierten en luz y la brisa la pasea. A veces puede convertirse en dos, tres y hasta siete partes. Algunos dicen que es totalmente silenciosa, otros aseguran que cuando la Luz de Yara desaparece, suele escucharse un ruido como de piedras que chocan.

Estas luces misteriosas, son vistas en muchas partes del mundo, donde se reportan en el folclor o en la realidad de la vida diaria, tomando diferentes nombres, según la región en que aparezcan. En España, Luz de miedo; en las selvas de Filipinas, Binangunam y los árabes las mencionaban como, Es-sari o Ed-douli. En varios lugares de Latinoamérica las han nombrado de diversas formas: Linternas del Diablo; La lámpara; Candelas de los muertos; Actinios y Waterduivel, o Diablo del agua. En Brasil, se les conoce como Boitatá; en el folclor argentino como, El Farolito, La Luz Mala, o La Umita, que significa en quechua “cabecita”.

Verlo mejor en la pag.332 de El Catauro.

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Entrevistas a testigos presenciales, en Purial de Vicana. Municipio Media Luna. Actual Provincia Granma.

AUDIO 1: Entrevista a Gustavo Vargas (fragmento)

AUDIO 2: Entrevista a Irene Guerra (fragmento)

El Güije de La Bajada

En el río La Bajada, en la provincia cubana de Sancti Spíritus, hay un reservorio de agua conocido por el Charco del Güije. Se cuenta que aquí aparecía un negrito muy feo, de unas seis cuartas de alto, barbudo, dotado de fuerza extraordinaria y agilidad extrema. Salía de su madriguera durante las noches y hacía maldades a los vecinos de la zona.

La noticia se extendió a toda la comarca y muy pronto se hizo famoso el Güije de La Bajada. Muchos intentaron atraparlo, pero nunca pudieron. Cierta vez apareció un manuscrito antiguo en unas ruinas de lo que fuera una iglesia colonial, en el que se brindaba un plan, que a decir del documento, era la única forma de poder atrapar un güije. Debían ir siete hombres primerizos llamados Juan, el día de San Juan, a las cuatro de la mañana.

Un tiempo después, se reunieron los juanes y armados de sogas, perros, lazos corredizos y cadenas, lograron atrapar al negrito. Lo montaron en una carreta y llevaron al pueblo, atado de píes y manos. La comitiva cruzaba frente a la iglesia, en el mismo momento que estaba terminando la misa en la ermita. La voz del oficiante mencionó entonces en voz alta: “Ite misa est”. Al oír esto, el güije dio un gran brinco en la carreta y cayó afuera, ya desatado. Saltando endemoniadamente, huyó a toda velocidad. Aunque le persiguieron a caballo, no pudieron atraparlo. Y por mucho que lo intentaron, nunca más lograron capturarlo. Actualmente durante las fiestas sanjuaneras remedianas, es dramatizada esta farsa popular para divertimento de la población asistente a estas fiestas folclóricas.

Al güije, se le denomina jigüe en la región oriental de Cuba y en la provincia de Camagüey. Según Samuel faeijóo, es la leyenda cubana más recia y constante. Sus similares en América Latina son: “La Tunda”, Ecuador; “Duende Sasy”, Brasíl; “Yacy Yateré, Paraguay; “Ribel”, “Ribereño”, o “Mohán” ,Colombia; “Negros del agua”, Uruguay. Según Alfredo Zayas en su Lexicografía Antillana, “jigüe” es un cubanismo, una voz caribe y es de origen indocubano. El güije viene a ser una versión tropical del duende europeo y pertenece sin duda alguna a la parentela universal de gnomos, elfos, trasgos, lutines, kabolds, etc. La mayor relación con los duendes europeos se encuentra en el Xanu, enano que vive en las aguas. A lo largo de casi toda Cuba, hay leyendas con descripciones de muchos tipos diferentes de güijes, desde inocentes juguetones, hasta secuestradores de niños y asesinos, incluyendo güijes alados.

Verlo mejor en la pag.332 de El Catauro.

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Fragmento del dramatizado radial La maldición del güije, basado en esta leyenda.

Madre de agua

Se le describia casi siempre como un majá muy grande y ancho con cuernos, pelos en el lomo, o barbas y escamas tan gruesas que ni las balas le entran. Las leyendas en Cuba dicen que viven centenares de años y todo aquel que trate de matarle, morirá.

Habitaba en ríos y lagunas que nunca se secaban mientras contaran con su presencia. En las distintas regiones adquiere este ser diferentes características. Agresivo en unas, o neutral, maligno, beneficioso, silbante o silencioso en otras, pero siempre se rodea de misterio su aparición. En algunos lugares se le atribuye la propiedad de “bajear” (hipnotizar) a sus víctimas y llevarlas al fondo de las aguas, donde las devora.

Según nos cuenta el inovidable Samuel Feijóo, en su maravilloso libro Leyendas Cubanas, en la antigua provincia de Las Villas, hay una pequeña loma en la finca cañera La Josefa, llamada El Itabo, en la región de Caonao. Cercana se halla una laguna, donde solía verse una madre de agua. En el año 1922, desapareció un hombre que abrevaba allí su yegua y al siguiente día se vio una mancha de sangre en la laguna. Otro que fue a pescar en este lugar, desapareció también.

En el pueblo de Remedios, actual provincia de Villa Clara, el doctor Miguel Martín Farto, recogió un testimonio extraordinario de la señora Ida de Paula. El suceso ocurrió en el patio de su casa ubicada en la calle Máximo Gómez. El lugar estaba lleno de hojas de plátano y todas las noches, después de las doce, ella escuchaba un ruido allí. En varias ocasiones salió y golpeaba las hojas con una vara, creyendo que era alguna lechuza, pero mientras más golpes daba, más ruido sentía. La señora pidió a un vecino que le limpiara el patio, pero no se encontró nada.

Esa misma noche al salir ella, vio en la esquina de la fosa, un bicho que nunca en su vida había visto, ni en las revistas, ni en los libros. Asomaba una cabeza grande y chata. Tenía un par de tarros en forma de tirabuzones, terminados en punta fina. Entre ellos colgaba una cresta. Estaba cubierta de escamas que parecían duras. Tenía un color raro, como veteado. Los ojos saltones. Cuando abrió la boca, esta era más grande que el resto de su cabeza. La lengua era negra y bífida. Tenía dientes que se dirigían hacía atrás. La señora Ida, buscó una botella con salfumán (ácido clorhídrico industrial) y la vertió dentro de la boca del animal. La madre de aguas se derrumbó dentro de la fosa. El hueco por donde salió, fue tapado al día siguiente con cemento. Pero luego apareció otro, y en muy poco tiempo varias aberturas más. Una noche la sintió chiflar.

Según Feijóo, en varios países de Latinoamérica existen leyendas de un majá con características similares: la Vacu-Mama, en el folclor amazónico; Madre de Aguas, en Colombia; Moña, en Paragüay; Pinchero o Piguchén, en Chile; Mae d´ agua, en el folclor brasileño.

Verlo mejor en la pag. 337 de El Catauro.

Ilustracion de Madre de Agua, del artista plástico Alberto Cañero

Del humor criollo

La leyenda del guajiro del café (1)

Cuenta esta leyenda que hace mucho tiempo atrás, cuando el guajiro todavía estaba aprendiendo los secretos del monte, se encontró con un arbusto verde que no conocía, cargadito de pequeños frutos redonditos y colorados. Probó uno, y al morder, se dio cuenta que no podía comerlo. Pero algo le decía que aquella planta tan linda no estaba allí por gusto, pues la naturaleza solo hace las cosas cuando tienen alguna utilidad. De manera que volvía al lugar, una y otra vez, a ver si podía resolver el misterio de la matica de los pequeños frutos colorados.

Uno de esos días, apareció por allí un guineo blanquinegro, que le dijo bajito al oído: tos-tao, tos-tao, tos-tao. El guajiro entendió perfectamente y recogió aquellas fruticas rojas para llevaras a su bohío, donde tostó el grano. Pero después de esto no supo que hacer. En ese momento, vino hasta su misma puerta un guareao, y el ave se le acercó emitiendo su sonido característico: pi-lao, pi-lao, pi-lao. De inmediato, el guajiro agarró un pilón, con el que hizo polvo aquellos granos. Ahora, quedó atento a cualquier señal que le dijera la utilidad de ese polvo prieto. Pero como nada ocurrió, le preguntó a un guanajo que por allí pasaba, cómo hacer con aquellas semillas, que el guineo le indicó tostara y el guareao que moliera en el pilón. Aquel personaje movió sus ojos de un lado a otro y tartamudeó con alegría: co-co-co-colao, co-co-co-colao. No fue necesario más. El inteligente guajiro puso a hervir agua y pronto se esparció por el monte el aroma delicioso de la primera colada de café.

Aquello olía muy sabroso y la boca se le hizo agua, pero aun no se daba cuenta cuál era el próximo paso a seguir. Un chivo grande y amarillo, cuya presencia no había notado hasta el momento, estaba mirándole desde hacía tiempo. El guajiro se preguntaba --¿Qué hacer con esto, que huele tan rico?--, cuando el chivo amarillo le dijo: bee-bee, bee-bee, indicándole lo que debía hacer. De esta manera, entusiasmado por la idea del chivo, tomó aquel el néctar negro y se sintió mejor que nunca antes en su vida.

Desde entonces, todos los días por la mañana antes de empezar a trabajar en el zurco; por la tarde, cuando llega agotado a su bohío; y los domingos, cuando le visita algún vecino; el guajiro practica con alegría todo lo que le enseñaron los animalitos del monte y se regala su tacita del mágico café.

* Nota de los autores *

En realidad, el café es introducido en Cuba por los franceses, que provenientes de Haití, arribaron a la isla entre los años de 1801 y 1806. Los negros lucumíes le llamaban Obimotigwa, o también, Iggi Kan y los congos le decían Kuandia. Se dice que usaban las hojas verdes en buches, para mitigar el dolor de muelas, las semillas para laxante y las raíces troceadas para bajar la fiebre. También se cuenta que derramaban café molido dentro de los ataúdes de sus muertos, para retardar la corrupción del cadáver. Muchas de estas aplicaciones como medicina verde, fueron ampliamente utilizadas por el ejército mambí, durante la guerra contra el poder colonial español.

(1) Versión infantil exclusiva, para la tesis de la Lic. Dagmara Zamora Jeréz, del Círculo Infantil Hormiguitas Laboriosas, en Marianao, Ciudad de La Habana.

El vampiro del cementerio

A finales del año 1945 los tranvías unían los diferentes barrios de la ciudad de Matanzas. El maquinista Alfredo Gómez terminaba su turno de medianoche y pasó por las puertas del cementerio San Carlos, cuando vio que un hombre vestido de negro le llamaba haciendo señas con la mano. Se sintió conmovido pensando en algún doliente sumido en su inconsolable pena y fue hasta allí. Cuando estaba ya próximo al sujeto, se percata de su extraordinaria palidez, el rostro alargado y los ojos proyectados hacia dentro. De su boca semiabierta, asomaban dos colmillos. Alargó el individuo su mano para tocarle, pero él huyó a toda carrera.

Al hacerle el cuento a sus amigos, algunos de ellos le tildaron de mentiroso, más hubo uno que se comprometió a ir con Gómez al cementerio, a clavarle una estaca al vampiro. La gente decía que era el espíritu de un médico, que acostumbraba a robarle la sangre a sus pacientes y al ser sorprendido por el familiar de uno de ellos, le mató. Aquella noche de lluvia, el conductor de tranvías y su amigo esperaron la aparición del vampiro, hasta que le vieron salir. El compañero de nuestro héroe se acobardo a última hora, pero Alfredo, valiente y decidido, salió dispuesto a enfrentarlo. Un grito aterrador rompió el silencio, seguido por el sonido de un cuerpo que caía en tierra.

El acompañante salió espantado y no volvió hasta mañana siguiente, con un nutrido grupo de conocidos, ante los cuales habíase fraguado la operación. En el suelo del camposanto, con un rictus de terror en su rostro, estaba el cadáver de Alfredo, con su capa clavada al piso, el cual yacía aun prendido con rígidas manos, al ropaje anclado por la estaca de madera en la húmeda tierra.

Hay otra versión de esta leyenda, donde el protagónico está encarnado en un cubano llamado don Pepe, cuya notoria fama era proveniente de su pregonado valor para enfrentar fantasmas y apariciones, el cual fue encomendado por un grupo de amigos para acudir al cementerio con la tarea del consabido clavo hincado. Pero, al parecer este otro héroe tuvo mejor fortuna en su aventura, pues solo llevó un gran susto, que le hizo desfallecer de miedo y lo mantuvo sin conocimiento, con sus pantalones mojados en la entrepierna, hasta el día siguiente, en que lo encontraron tendido en el suelo. Verlo en la pag. 517 de El Catauro.

* Nota de los autores *

Esta leyenda se repite, con diversas variantes, en no pocos países hispanoparlantes.

De la vida real a la leyenda

La muerta-viva

Cuéntase que por las calles de La Habana, a finales del s. XIX, rodaba en quitrín negro con aspecto de carroza fúnebre, una pálida y ojerosa mujer que parecía en verdad tener la muerte encima. La dama, agraciada fémina de cuerpo escultural, vestía toda de negro y cubría medio rosto con luctuoso velo. Lo que acentuaba la aureola de misterio en su persona.

Con esta indumentaria acostumbraba a recibir perversos y adinerados clientes, pues en medio de unas sobrias y elegantes habitaciones, decoradas con motivos funerarios, maquillada como un cadáver y en regia cama con forma de ataúd, ejercía la prostitución para las más altas esferas, en oculto secreto, con mucho acierto en su especialidad. También reza esta leyenda, que un día esta peculiar facilitadora sexual, amaneció desnuda sobre su tétrico lecho, real y totalmente muerta, estrangulada por un cliente desconocido, con el que tal vez se esforzó demasiado en el realismo de su última actuación.

Verlo mejor en la pag. 383 de El Catauro.

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Fragmentos del dramatizado radial La muerta viva, basado en esta leyenda.

Matías Pérez

Personaje de existencia real convertido en leyenda e inmortalizado en el dicho cubano: ¡Voló, como Matías Pérez! Que en Cuba hace alusión a alguna persona que desapareció sin dejar rastro y no se cuenta con su regreso.

A mediados del siglo XIX el mundo estaba preparado para iniciar la conquista del espacio aéreo. En La Mayor de La Antillas habían volado en globos: Roberstson en 1828 y Blinó en 1831. En el año de 1851 el francés Godard repitió esta hazaña en La Habana, acompañado por nuestro personaje como ayudante en sus tres ascensiones. Matías Pérez, era un comerciante de origen portugués establecido en esta ciudad, conocido como el rey de los toldistas, a causa de su actividad en ese sector comercial. Fabricó su propio globo aerostático y en el mes de junio de 1856 hizo su primera ascensión pública, descendiendo sin novedad en las afueras de la ciudad. El día 28 de ese mismo mes, volvió a remontar hacía las nubes en su globo “La Villa de París”, protagonizando la más recordada de todas las ascensiones de Cuba.

El intrépido aeronauta se elevó hasta convertirse en un minúsculo punto suspendido en el espacio, para desaparecer ante las miradas de miles de espectadores que esperaron en vano su regreso. Las autoridades de la isla realizaron amplias búsquedas por mar y tierra sin obtener resultados. El país entero quedó consternado con la desaparición de este pionero de la conquista del aire.

Así quedó para siempre en el recuerdo de la población, que mantiene vigente aun la legendaria frase. El imaginario popular cubano recoge otras variantes de esta leyenda, como: que escapó con una enamorada vestida de ayudante; que en las noches de junio alguna vez se le ve volar con su globo iluminado; también viejos marineros afirman haber visto el mencionado aerostato en furiosas tormentas nocturnas. Otras versiones aseguran que sus restos fueron encontrados en un cayo.

Verlo mejor en la pag. 317 de El Catauro.

Ilustración del historietista cubano Luis L. Sosa, en su versión del Matías Pérez.

* Nota de los autores *

El historietista cubano Luis Lorenzo Sosa, se inspiró en esta leyenda, para recrear su inolvidable personaje de Matías Pérez, quien en la primera historieta de su serie, describiera un encuentro cercano de tercer tipo desde su aerostato, a partir del cual se lanzó a innumerables aventuras en planetas lejanos y viajes en el tiempo, recreando a grandes y pequeños con sus hazañas, y convirtiéndolo en uno de los personajes clásicos del género en Cuba. (Ver más en Guaicán Literario)

Padre santo de Guanabacoa

Leyenda popular basada en un personaje real de la antigua Villa de Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa, el reverendo fray Ignacio del Corazón de Jesús Moreno y Rapallo, nacido en Cádiz, España, en julio de 1801. Llega a Cuba en al año de 1826 y algún tiempo después es destacado a la villa de Guanabacoa, donde fundó y atendió con fervor varias instituciones religiosas.

Los Viernes de Cuaresma y la Semana Santa, guiaba la Procesión de Penitencia por las calles, cargando una pesada cruz. Acostumbraba también a rezar su rosario, recorriendo todas las noches la ciudad. En 1846 un terrible huracán causó grandes destrozos en la ermita del Potosí (construida en 1644, se considera uno de las edificaciones más antiguas de Guanabacoa), en la reconstrucción de la cual, el padre Moreno tuvo una destacada participación, y donde comenzó su fama de milagroso, al lograr fondos para las obras, cada vez que estas se detenían por motivos económicos.

Una de las características que más apreciaba la población en este sacerdote, era que nunca tocó una moneda con sus manos. Cuenta la tradición oral popular que el más famoso de los milagros del Padre Santo de Guanabacoa, es la conocida leyenda del lechero, recogida por el famoso autor cubano Álvaro de la Iglesia, en la segunda serie de su obra “Cuadros Viejos” publicada en La Habana en 1915. Debió de suceder entre los años 1848 al 50. Yendo muy de mañana al santuario de Jesús Nazareno del Potosí, el Padre Santo encontró un niño que lloraba de hambre. Quiso el sacerdote remediar esta miseria y solicitó a un lechero que regresaba de su venta en la villa, un poco de leche para el pequeño. El aludido se excusó apenado, diciéndole que la había despachado toda, incluso hasta lavado las botijas. Como fray Moreno le insistió en que buscara, el campesino bajó de su caballo y pensando que se dudaba de él, echó mano a una de las botijas, la destapó y volteó, viendo con asombro que salió un chorro de leche. El Padre Santo tomó el recipiente y se lo fue a llevar al niño, pero ya este había desaparecido.

Otro milagro atribuido a fray Ignacio, es el privilegio que poseen los vecinos de Guanabacoa, de verse protegidos contra la muerte por los rayos. La tradición cuenta que en la mencionada villa ocurrían en un principio multitud de muertes a causa de los rayos que desfogaban con verdadera furia durante las tormentas eléctricas. Por esta causa el padre santo imploraba a la Santísima Virgen de Nuestra Señora de la Asunción, para que librara a sus hijos de esta terrible forma de morir y cuenta la leyenda, que se le apareció esta santa, prometiéndole concederle la gracia a los vecinos de Guanabacoa, de ver asegurada su vida contra la fulminación de los rayos. Desde ese entonces es famosa la frase “Los rayos de Guanabacoa” cuando alguien quiere referirse a algo que parece ser muy peligroso pero no hace daño.

El padre Moreno falleció el 11 de octubre de 1850 y fue sepultado el 13 en el santuario del Potosí. Después fueron trasladados sus restos a un nicho en la pared de la mencionada ermita, donde se lee en una lápida de mármol gris ”Restos del P. Ignacio Moreno del Corazón de Jesús”.

Verlo mejor en la pag. 429 de El Catauro.

De amores difíciles

Azurina

Por la época en que los piratas del Caribe eran dueños y señores de las costas de este archipiélago, Joseph Díaz había establecido vivienda en el sitio de Tureira, cerca del poblado de Fernandina de Jagua, quién de cuando en vez mantenía relaciones con aquellos filibusteros, entre los cuales tenía fama de ser una persona de fiar.

Cierto día recibe la visita de uno de estos bandidos. Venía acompañado por una hermosa mujer en avanzado estado de preñez, con aspecto perturbado. El pirata explicó a Joseph, a quién sabía de buen corazón, que la mujer en cinta había perdido la razón y él necesitaba que le cuidara y alimentara. También solicitó que tomase la criatura bajo su protección y le sirviese de padre, para lo cual hizo traer gran número de cofres desde su barco, que contenían ropas, joyas y otros artículos de mercadería. Después de amenazarlo de muerte si no cumplía el encargo, aquel temible pirata se marchó sin decir cuando volvería. La mujer nunca llegó a recuperarse de su perturbación mental y se fue del mundo también en cuerpo y alma, en el momento dar a luz una hermosa criatura que creció bajo la protección del buen Joseph, quien la bautizó con el nombre de Azurina.

Quince años después, era una bella chica de piel blanca y cabellos rubios con grandes ojos almendrados y azules. Ya en su ancianidad, quería como un padre el señor Díaz a la muchacha, que creció a su lado sin haber logrado conocer el misterio de quién había sido su madre, ni estar segura tampoco de la identidad de su padre verdadero. Una mañana de domingo, ancló en la playa un gran navío. De él, desembarcó un joven de imponente aspecto, cuyo porte de bucanero indicaba su oficio.

Era Guillermo Bruce, conocido como uno de los piratas más audaces de las Antillas. Quedaron ambos estáticos al mirarse a los ojos. La pasión movió al bucanero a encontrarse con el señor Díaz, para solicitarle con todo respeto, le concediera a la joven por esposa. El viejo Joseph les explicó a ambos, la historia del origen de Azurina. Recalcándole, que al no ser su verdadero padre, no podía decidir sobre el destino de la chica. Abundando en razones por las cuales, si en verdad existiere un amor digno y profundo, sería innoble someter tan frágil criatura a una vida azarosa, tan llena de peligros, privaciones y dificultades.

Guillermo Bruce aceptó esta condición y fue solo a la mar, dejando a su amada en tierra. La infeliz doncella, herida del mal de amor, llevaba la herencia fatal de la locura materna, que floreció con el dolor. Se dice que oyó unas voces susurrantes desde las olas, mencionar su nombre varias veces. Ella creyó identificar el llamado de su bucanero y adentróse insensible en las frías aguas, hasta que desapareció bajo la espuma del mar. Cuenta la leyenda que desde entonces, en las noches de luna llena por esta zona de la Tureira, puede verse flotando el cadáver de una mujer, que las olas terminan por llevar a la playa.

Verlo mejor en la pag. 74 de El Catauro.

Modesto y Margarita

Es posible que Modesto Cantó Menjíbar viviese una monótona existencia, hasta que apareció la joven Margarita Pacheco, quien hizo encender en él la llama del amor, tal vez apagada durante mucho tiempo. Existieron rumores, que ella era su vecina y estaba casada con un hombre que la maltrataba. La violencia ejercida sobre la joven, fue llevándole a un sentimiento profundo hacia la pobre sufriente y algún tiempo después se sintieron ambos atraídos, simpatía que no pudo definirse, hasta que pudo resolverse la separación del cruel marido.

La primavera del amor entró en ambos corazones con la misma ternura y pudieron al fin, efectuar su unión. Pero la pálida cruel de la guadaña, le arrebató a la mujer de su vida. Fallece ella de 39 años. Él vivió 20 años más, durante los cuales visitaba a diario la tumba de su amada y le dedicaba una hermosa melodía a los acordes de un violín interpretando un himno titulado: "Sublime sueño", que el propio Modesto compuso para ella.

Profesor de oficio, músico y escultor, talló el busto de Margarita en 1964 con la inscripción: “Margarita mía, modelo ésta obra inspirado en tu sagrada memoria. Tu Modesto”. También, esculpió un busto de él al año siguiente, que colocó al lado del de su amada. Así esperaba el momento para unirse a ella.

En el panteón, conocido como “la Tumba del Amor”, puede apreciarse un epitafio que dice: “Bondadoso caminante: abstrae tu mente del ingrato mundo unos momentos y dedica un pensamiento de amor y paz a estos dos seres a quienes el destino tronchó su felicidad terrenal, y cuyos restos mortales reposan para siempre en esta sepultura, cumpliendo un sagrado juramento. Te damos las gracias desde lo eterno. Modesto y Margarita”.

Afirmanban los presentes en el entierro de Modesto, que en el Cuartel SE 10 Campo Común, del Cementerio de Colón, una luz blanca ascendió al cielo, llevándose el alma de los amantes. Hay confirmación que la tumba fue clausurada por solicitud del señor Cantó Menjíbar hecha antes de morir, pues fue tan grande su amor, que sólo quería compartirlo con la mujer amada en su último lecho.

Verlo mejor en la pag. 38 de El Catauro.

Pedro el organista

Tuvo Pedro una vida consagrada al culto, desde su ingreso a Iglesia Parroquial de la ciudad de Villa Clara, a mediado del siglo XVIII, sirviendo como sacristán, organista y campanillero. Fue secreta víctima de un platónico amor, que nunca le concedió una mirada y lo más probable fuera, que jamás ella supiese de estos sentimientos.

Según nos relata Garófalo Mesa, en su libro Leyendas y tradiciones villaclareñas, una noche de invierno, la inexorable Dama de la Guadaña se llevó el cuerpo de la añorada criatura. Las voces de bronce del campanario gimieron salpicadas en lágrimas, durante el más angustioso toque de ánimas que fuese escuchado en la villa. En la misa para el descanso de su alma, el órgano del sacrosanto oficio lamentaba en tristes cadencias, mientras lloraba con armoniosos dolores musicales escapados de entre los dedos de Pedro el organista:

¡De pronto...! ¡Brotó sin cauce ni medida otra melodía! Como si irrumpiera de un ángel rebelde, un canto con voces de utratumba cual sinfonía del dolor universal, durante la cual todos pudieron escuchar los irreprimidos quejidos de angustia del ejecutor, quien cantaba ahora con voz ronca y descompuesta, una vieja melodía en latín, mística joya de ancestrales eruditos, que nadie sabe como llegó a su conocimiento. Concierto extraño de tragedias humanas que cesó bruscamente. Los asistentes miraron asombrados hacía el balcón del organista.

El tono del cantante fue subiendo, cada vez más excitado en su dolor, hasta llegar a un punto en que el órgano emitió un bronco estallido, como si se hubiera partido en pedazos. Se escuchó entonces una cruel y nerviosa carcajada, al tiempo que un tropel de acordes desafinantes atentó contra los tímpanos de los asistentes al sacrosanto lugar. Corrió por todo el templo una oleada de terror y sobrevino un sepulcral silencio.

Le encontraron sin vida a Pedro, con las manos crispadas sobre el teclado y los ojos inundados de lágrimas. Desde entonces aparece todas las noches, después del toque de ánimas, la translúcida figura que cruza la nave de la vieja iglesia y se dirige al coro, donde hace sonar las armonías del órgano como música bajada del cielo.

Verlo mejor en la pag. 438 de El Catauro

Del romancero aborígen

Alaida

Existe una flor que prefiere nacer a la orilla del río y carece de perfume, cuyos minúsculos pétalos de color rojo encendido llaman la atención del caminante. Cuenta la leyenda que a finales del siglo XVII, vivía en las márgenes del río Cauto, una bella india llamada Alayda, cuya bondad y nobleza de sentimientos, le hacían ser merecedora de admiración por varios de los bravos guerreros de esta parte de la isla.

Se enamoró de ella el joven Zue, unos de los más fuertes y respetados de entre los habitantes de aquel lugar, y su sentimiento fue prontamente correspondido. Pero un obcecado rival proveniente de otras tierras, le asechaba de continuo a escondidas, entre las ramas del monte, rumiando su ira ante la felicidad de la pareja.

Una tarde en que los enamorados paseaban a la orilla del río, Zue recogió un manojo de aquellas flores rojas que tanto gustaban a Alayda, le preparó una corona y fue a colocarla en la frente de su amada. En ese momento se escuchó un grito de rabia y el puñal del extranjero buscó el corazón del noble enamorado, que cayó al suelo sin vida. El amargo dolor de perder al ser querido, trastornó el juicio a la hermosa muchacha, quien balbuceando continuamente el nombre de Zue, agonizó durante siete días, para morir al fin de la más profunda tristeza. Desde entonces, esta flor no dura más allá de ese tiempo, en que Alayda sobrevivió a su amado y por eso lleva su nombre.

Verlo mejor en la pag. 37 de El Catauro.

Baiguaná, la india dormida

Personaje famoso entre las leyendas indocubanas de Matanzas recogidas por Américo Alvarado. Era una mujer muy bella que enloquecía a los hombres, quienes abandonaban sus faenas de pesca y caza, para ir tras ella.

El cacique Macuaní convocó al Dios Murciélago, para que le indicara como resolver el asunto de la ardiente Baiguana y por indicaciones de éste, llevó a la bella mujer un pescado de regalo; ella lo comió y cuando la Luna estaba en lo alto se acostó a dormir frente a su bohío. A la salida del sol, Baiguana amaneció convertida en montaña con forma de mujer acostada: la célebre loma denominada actualmente Pan de Matanzas.

En el continente Americano, existen varias leyendas de mujeres convertidas en montañas; como esta otra de los chocoes, pueblo que habita en lo profundo de las selvas de la provincia de Darién, al sudeste del istmo, en Panamá, donde la bella Setetule, en castigo a su vanidad, también queda dormida y convertida en elevación geográfica, por designio de los dioses.

Verlo mejor en la pag. 280 de El Catauro.

Iasiga

Era Iasiga una hermosa indocubana esposa de Maitio. Se dedicaba él a las labores de caza y pesca para sustentar a su familia y contribuir a la comunidad. Pero Iasiga era de temperamento fogoso y apasionado. En cierta ocasión se encontró en el monte con Gaguiano, apuesto y joven siboney, quien tenía fama de conquistador de mujeres y la apasionada fémina se entregó sin resistencia a las delicias del sexo, con el furtivo galán.

En varias ocasiones, al regresar de la faena diaria, Maitio se extrañaba de la ausencia de su consorte y al verla regresar, le indagaba su paradero, a lo que ella respondía que había estado ocupada en llevar ofrendas a sus familiares muertos. Cierta vez, Maitio, intrigado por la frecuencia con que Iasíga recurría a las ofrendas funerarias, decidió seguirla y la sorprendió en pleno idilio con Gaguiano, quién huyó al monte al ver al ofendido marido. Con el dolor tallado en el rostro, Maitio invocó a los cemíes en alta voz, para que castigaran a la infiel Iasíga a vagar eternamente por las costas, sin esperanzas de inspirar compasión, ni oportunidad para el descanso. La hermosa india fue transformada al instante en un monstruo marino y dicen que aparece, triste y solitaria de cuando en vez a los pescadores en el litoral. Algunos suponen que la leyenda se refiera al manatí, o a una enorme tortuga que por temporadas recala en la bahía de Jagua.

Verlo mejor en la pag. 276 de El Catauro.