Cualquier aproximación sensata y legítima al asunto del cuerpo, el sexo y el erotismo en la cultura, y específicamente en la literatura, pasa por una especie de sinceridad desconcertada en la que la identidad personal acaba por ponerse en manos del lenguaje.
Casi todo lo que debo o tengo que decir de Kashmir se encuentra en estas mismas páginas, bellamente impresas —con una devoción que casi no existe ya— por Ediciones San Librario y Álvaro Castillo Granada.

Sexo de cine es un libro muy extraño porque no podría caber dentro de ese ensayismo, a ratos veladamente académico, que nos proporcionan la lucidez y la belleza del mejor pensamiento.
Hay rutas de lector y rutas de escritor. Pero semejante distinción es engañosa y no hace sino proponer una falsa dicotomía. Existe una sola ruta, supongo.
Teoría transcultural de las artes visuales, de Adolfo Colombres, es una tamización, un enjuiciamiento serio del centralismo estético europeo (occidental) y de sus teorías del arte, codificadas sobre todo a partir del Renacimiento.
Pero sigamos con el desbrozamiento minimalista de mi repertorio. Ellos (el repertorio en sí mismo y su desbrozamiento) solo tienen sentido para mí, para lo que sería mi tradición personal, y, desde luego, para mi literatura.
Hoy cederé a la tentación de explicar. Explicar quiere decir desplegar. Desplegar —un mapa, una vela— quiere decir, acaso, poner en movimiento.
Ahora que las listas se han puesto de moda y los repertorios canónicos tienden a fulgurar en las mentes de quienes necesitan leer por medio de esquemas...
Palabras de introducción a mi antología “Cuentos de amor y desamor”, de próxima aparición por la editorial Gente Nueva.
Palabras leídas en la sede de Ediciones Holguín durante la celebración, el 16 de septiembre, de los 25 años de trabajo de esa casa editorial.