Indispensable para la ubicación del estatuto popular en la cultura en la obra de Néstor García Canclini es Las culturas populares en el Capitalismo, donde asegura que se necesita una estrategia de estudio que abarque la producción, la circulación y el consumo de la cultura popular.
Como necesidad primaria en las investigaciones de los estudios culturales, Néstor García Canclini reclama la delimitación de lo que serían las culturas populares, así como la delimitación de las condiciones de su estudio.
La oralidad de la noticia en una población pequeña como San Antonio de las Vueltas hace que se extravíen, aún hoy, importantes testimonios que bien ayudarían a conocernos mejor en esas circunstancias festivas que tanto se han prestado a ejercicios discriminatorios e incluso a justificaciones colonizadoras.
La participación activa de todas las clases de la sociedad en la fiesta, fraguada con plenitud en 1928, reacondiciona el modo en que se exteriorizan los eventos carnavalizadores y reconstituye las manifestaciones de desorden e inversión de los roles sociales que le son naturales.
Durante los primeros años del siglo XX, la Parranda voltense transita por su infancia, con iniciativas esporádicas, a veces descentradas de la estrategia fundamental de competencia.
La primera rareza que pide un alto explicativo respecto a la Parranda voltense está ligada a los nombres de los Barrios, tan familiares para los lugareños, pero tan pintorescos para todo aquel que se desayuna con este tipo de festividad. Hablo del zoónimo Jutío y del sonoro Ñañaco.
La visita de los parranderos remedianos a Vueltas en sus celebraciones patronales de 1892 explicaría por qué, en la primera etapa de La Parranda voltense, se aprecia una asimilación directa de los elementos establecidos en Remedios, sobre todo con respecto al uso de la simbología.
En Vueltas, o San Antonio de las Vueltas, los barrios contendientes se nombran Occidente (Jutíos) y Oriente (Ñañacos). La primera Parranda de la cual hemos hallado noticia documental está ubicada en el 24 de diciembre de 1892. Por suerte, hemos logrado fecharla más de un siglo después del suceso.
El cubano de primera mitad del siglo XIX bailaba en virtud de un ritual de comunicación, en un acto de prefiguración que necesitaba alejar, lo más posible, ideas de fingimiento. Su representación expresaba deseo y circunstancia.
El Baile urbano fue un crisol de relaciones, de intercambios y mezclas capaces de socializar las libertades que el cubano demandaba en su comportamiento inmediato. Era un trapiche de autonomía en la conducta en el cual se procesaban, obviamente, todos los extremos correspondientes al humano carácter de los seres que lo frecuentaban.